Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 29 #2
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CAPÍTULO 29 #2

Hanae se sintió desconcertada. Era un ser maligno, pero aquella forma le causaba un conflicto mental. Estaba enojada por aquel truco y terminó clavando su espada en el pecho de «la niña». Vio a Kito llegar con un hombre y, cuando volvió a ver al demonio, este poseía su forma normal.

Trataría de que la imagen de una niña siendo atravesada por su propia espada no resonara en su mente; ya había vivido algo así con Iku. Pero había cosas más importantes sucediendo en ese instante.

―¡Yuki! ¿Qué haces afuera? ―dijo el padre de la niña. Se había bajado del caballo para cargarla.

―Me escapé… Quería ver la pelea, pero…

Los ojos cristalinos de Yuki la delataron al dirigir su vista hacia «La Salvadora».

―¡Lo siento! ―lloraba arrepentida.

―Llévala de vuelta con los demás y asegúrate de que estén bien… Hanae y yo debemos acercarnos hacia la puerta ―ordenó Kito, y todos se pusieron en marcha.

Kito y Hanae reanudaron la marcha en dirección hacia su destino. Faltaba poco para llegar a la Puerta del Infierno.

―Siempre fuiste su heroína, no me extraña que haya querido verte en acción. Sin embargo, aún es muy pequeña para entender lo que está bien y lo que está mal. Y, definitivamente, eso fue muy tonto.

―Nunca me he sentido como una heroína…

Kito se limitó a sonreír muy ligeramente sin voltear a verla.

―Habrá pérdidas hoy, Hanae... Pero no queremos más de las necesarias.

Pronto llegarían a la puerta, pasando entre demonios y guerreros de Yokan. Algunos gigantes caían al ser impactados por las grandes piedras, causando que el suelo retumbara. Otros demonios colosales golpeaban hacia sus pies con grandes hachas, sin fijarse en qué bandos estuvieran atacando.

―¡Ve! ―gritó Kito mientras hacía girar el caballo bruscamente. Un relincho salió de este―. Haz lo que tengas que hacer… Termina con aquel que inició esta guerra, pero no olvides quién eres, Hanae.

La mujer se bajó del caballo después de asentir, dispuesta a mantener aquellas palabras en su mente. Se dirigió hacia la frontera de los mundos, donde cortó con veloces movimientos a dos demonios lánguidos y salivantes; ningún otro demonio saldría.

En ese instante, recordó la profecía, tal como fue pronunciada por la chamana Nozomi:

La gran batalla renacería

desde las fauces de la desesperanza.

La salvadora surgiría

portando un atisbo infernal.

La melancolía de su armadura

haría justicia a la humanidad.

Con la oscuridad terminaría.

Y la brecha de sangre se cerraría.

Sonaba como una gran responsabilidad que pudiera o no llevarse a cabo. Podría salvar a la humanidad, o condenarla con su fracaso.

Tenía sus espadas, el lienzo del Jigoku en su espalda y un gran deseo por ver un amanecer con su objetivo cumplido y la guerra ganada.

Caminó, introduciéndose en la oscuridad espesa dentro de las puertas. A medida en que avanzaba, veía con menos claridad a su alrededor y los sonidos de la batalla se iban apagando; ni siquiera sabía dónde sus pies estaban pisando.

¿Era solo oscuridad o había algo más dentro? No lo sabía.

Sin embargo, una luz se notaría al final del largo pasillo. Avanzó y sintió calor; supo al instante que no estaba en Hokkaido.

Un piso rocoso y agrietado se encontraba debajo de ella y, al ver a su alrededor, se encontró con cascadas de lava y un cielo sin inicio ni fin se alzaba sobre su cabeza.

Era tal cual recordaba en sus visiones con la Arena Infernal.

Miró detrás de sí, notando la batalla en Yokan, pero a kilómetros lejanos; extraño, pues sintió que había caminado por solo dos minutos.

Vio las Puertas del Jigoku. Parecían un reflejo de aquellas del lado humano, pero con diferencias en los grabados.

También había sangre en toda la piedra, esparcida con miles de manos o patas de los demonios.

Definitivamente, todos buscaron abrir la brecha.

Solo una era más reciente: una mancha de sangre más grande que cualquier otra, y la que permitió la conexión entre ambos planos.

Era como si existieran dos puertas hermanas, distintas en cada lado, siendo conectadas por un túnel de sombras.

Hanae tomó un ala de la puerta con intención de cerrarla e impedir el paso.

Era pesada, por lo que se esforzó, inclinándose hacia atrás para jarlarla; el esfuerzo se evidenciaba en su rostro.

Del lado humano no la verían a ella, pero sí cómo se movían las puertas inexplicablemente.

No obstante, antes de poder aplicar toda su fuerza, sintió algo tocar su pie.

Ella cayó hacia adelante, emitiendo un sonido seco al impactar contra el suelo rocoso.

Fue arrastrada, pero con su espada hirió a la sanguijuela que la había tomado, logrando liberarse.

Se levantó desconcertada, viendo cómo varias de esas criaturas aparecían formando un cuerpo deforme frente a ella, sin rasgos faciales o características humanas, solo sanguijuelas.

Sentía que había visto animales similares en alguna parte.

―Hanae… ―Nunca había escuchado esa voz, pero era obvio que conocía a la espadachina; no debía sorprenderle, estaba en terreno hostil―. Ya nos conocemos.

―Recuérdame a cuál de ustedes no maté correctamente…

Era una cazadora de demonios impecable; sin embargo, desde que tuvo acceso a su lado inhumano, había asesinado a dos demonios con sus propias manos y no con la obsidiana de su espada. Al no hacerlo, reencarnaban en el Jigoku. Por alguna razón, así funcionaba.

El demonio suspiró con decepción, caminando hacia ella. Había tomado una forma humanoide con las sanguijuelas, las cuales se movían a su alrededor como fideos enredados en un tazón.

―Duele que no conozcas a quién estuvo a punto de someterte. Estuve tan cerca… Logré hacerlo con todo un pueblo.

―El Demonio del Control ―recordó, inquietándose internamente.

―Sí… ―dijo, y en una mano alargó las sanguijuelas en sus dedos, convirtiéndolas en un tipo de látigo; cinco dedos, cinco tentáculos. En la otra formaría una especie de espada grande que también se removía como si tuviera vida―. Terminemos lo que empezamos.

―Esta vez pienso hacerlo bien.

Su primera pelea en el Jigoku comenzó. La primera antes de pasar a los siguientes niveles en búsqueda de Nobukatsu.

Las sanguijuelas eran cortadas por la espadachina mientras los chillidos se escuchaban cuando sus pedazos salían volando. Si bien el demonio lograba sostenerla, tomando sus extremidades o cuello, ella se defendía con insistencia, contraatacando una y otra vez.

Intentó estrangularla, colgarla al revés y amarrar todo su cuerpo para aplastarla, alzándola como un muñeco y golpeándola contra el suelo.

En ocasiones, clavaba sus sanguijuelas como púas, buscando succionar la sangre ajena para fortalecerse aún más, pues estar en el infierno, en su «hogar», le daba ciertas ventajas.

Hanae quedaba con marcas de mordidas y moretones que pronto desaparecerían gracias a su rápida curación.

Incluso los cortes superficiales generados por el filo en la mano del demonio eran borrados de su piel.

Cada vez que Hanae le quitaba una parte a su cuerpo, el demonio parecía regenerarse con las sanguijuelas que lo rodeaban.

Por lo tanto, después de minutos de pelea, Hanae decidió atacar más rápido y más ferozmente.

Al igual que hizo con el Demonio de Mil Ojos…

lo redujo a nada: a una simple bola de lombrices flacuchas y heridas que apenas se movían.

―¿Dónde está Nobukatsu? ―preguntó, deteniéndose frente a lo que quedaba del demonio.

―Jamás podrás llegar a… ¡Agh!

No terminó de hablar, pues Hanae lo interrumpió al pisarlo.

―No tengo tiempo para negaciones y tonterías… ¡Habla! ―exigió con firmeza.

―El Jigoku es más amplio de lo que crees. Podría estar aquí, allá o bajo tus pies… ―El demonio rió secamente; sabía que era su fin―. Aun si lo encontraras, no podrías con él… Deberías temerle.

La mujer hizo un tajo horizontal, terminando con él, ya que no quería escuchar más palabras inquietantes.

Luego miraría a su alrededor. Recordaba haber recorrido diversos niveles en forma de visiones superrápidas debido a la Arena Infernal; arena que vio esparcida no muy lejos de su posición.

Nobukatsu estaba en alguna parte, viéndola, y ella estaba determinada a encontrarlo.

Ya estaba pisando el infierno, así que solo quedaba avanzar, razón por la cual tomó la pintura en su espalda y vio el mapa de los niveles.

Ella estaba en el más alto… y ahora debía bajar.

Antes de iniciar el recorrido, volvió hacia las puertas. Podía ver a kilómetros que aún sostenían la batalla. Invocaría su fuerza sobrehumana en sus brazos, tornándolos en escamas, y tomaría cada ala de la puerta ―una por una― para cerrarlas.

―¡Hanae! ―Escuchó a uno de los guerreros en la lejanía, llamando la atención de Kito y otros más. Se veían a kilómetros.

―¡No se detengan! ¡Cerraré las puertas! Si al amanecer no vuelvo… no intenten abrirlas. ―Ella hablaba sin dejar de jalar las puertas hacia ella.

La brecha se había debilitado debido al plasma de miles de demonios; si colocaba su propia sangre del lado infernal, podría salir, ya que poseía sangre de dos mundos. Sin embargo, de no hacerlo, significaría que había fallado y muerto.

Vio a Kito asentir una vez, antes de que las puertas se cerraran y que Hanae desapareciera de su vista.

«Guerrera del amanecer», eso se leía en mi katana.

Más que una frase de agradecimiento, se sentía como una responsabilidad, tan grande que rebasaba mis objetivos.

No se trataba solo de mí o de la valiente Yokan, sino de toda la humanidad.

Todos aquellos que alguna vez me miraron con desconcierto, molestia o indiferencia.

Aquellos que me hablaron de heroísmo o que me vieron con temor.

Los que creyeron en mí y en la voluntad con la que blandía mi espada, y en los que subestimaron cada paso por ser una joven mujer de misterioso pasado.

Esto era por los que perdieron a alguien por culpa de los demonios y por los que murieron en sus garras. Era por aquellos que fueron mi hogar: Hotako, Iku y mi madre. Por quienes me abrieron las puertas, como la Sra. Ima y Saori, y… por mí. Lucharía también por mí.

No se trata de ser una heroína, sino de hacer lo correcto para el futuro. Un amanecer nos espera.