Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

BATALLA

Habían organizado un plan. Uno que llevaba más de cien años en espera, pero con el paso de los siglos se fue modificando.

Con la llegada de Hanae, aprovecharon su presencia para mejorarlo.

Era el elemento esencial para ganar esa guerra, o al menos esas eran las grandes expectativas que tenían.

Aspiraban a la victoria, pues perder ante los demonios significaba permitir que el infierno se asentara sobre la tierra, que arrasara con cada ser vivo y consumiera la humanidad.

Hombres y mujeres, todos los que tuvieran la capacidad y la voluntad de pelear, se colocarían en filas en dirección hacia la puerta.

Estarían armados con lanzas, espadas, cuchillas, naginatas, entre otras armas japonesas que fueron creadas o modificadas con obsidiana.

En la retaguardia habría arqueros y, detrás de ellos, grandes catapultas que cargarían inmensas piedras hacia los objetivos; estas tendrían incrustados pedazos de obsidiana para amplificar el daño.

El pueblo de Yokan no deseaba dejar la victoria a la suerte.

Hanae estaría en la delantera, siendo lo más lógico debido a sus habilidades. Ella estuvo de acuerdo en todo momento. Se había enfrentado a una cantidad incontable de demonios durante toda su vida.

Ahora haría lo mismo, pero en una batalla donde no estaría sola.

La noche estaba avanzada, sin emitir rastro de la luna, por lo que esta no sería testigo de lo que estaba por suceder. Todos se movilizaban, cargando antorchas en sus manos para iluminar el campo nevado.

Al mismo tiempo en que las filas se organizaban, aquellos que no podían pelear serían llevados hacia un refugio en la profundidad del pueblo.

Las embarazadas, los infantes, los ancianos y los enfermos se ocultarían en un espacio subterráneo hasta que todo finalizara; si es que la conclusión era la esperada.

La idea de una batalla fallida no sería inusual en sus mentes, pero sí preocupante.

Antes de unirse al campo de batalla, Hanae se colocó de rodillas en el lugar donde siempre meditaba dentro del pueblo, con su espada envainada sobre sus piernas y su cabeza agachada.

Sus cicatrices, tanto internas como externas, la habían acompañado por todo su trayecto hasta llegar al día final.

Aquellas grietas en su piel, apenas visibles debido a la vestimenta abrigada, no fueron juzgadas por ningún pueblerino en Yokan, pero las portaba como un recordatorio de lo que Nobukatsu era capaz de hacer a otros: maldecir, poseer, corromper…

Estaba consciente de que Kai no fue la excepción; se había dejado llevar por los juegos del demonio.

Fue un humano nacido de un pacto e incluido en las filas del mal.

Ella pudo haber sido como él… como su medio hermano.

De todas formas, no estaba ahí para recordar a Kai, sino para dedicarle sus esfuerzos a su madre.

―Natsuki Yoshida, mamá… Por ti… hoy todo termina.

Fue lo último que dijo antes de dirigirse hacia la delantera, llevando sus fieles espadas ―aquella heredada de su madre y la otra que poseía la frase «Guerrera del amanecer» en hermosos kanjis― y el lienzo de los niveles del Jigoku enrollado en su espalda.

¿Sería realmente la guerrera que traería el amanecer a Yokan y al mundo entero? Estaba por verse.

En el camino veía caras más jóvenes que ella, y otras mayores.

Algunos rezaban según sus creencias; otros miraban el cielo en búsqueda de alguna luz que les sirviera de buen augurio; y unos permanecían en silencio, como Kito, quien estaba en la delantera junto a Hanae y miraba por última vez la foto de su familia.

Todos necesitaban un recordatorio del porqué estarían librando una batalla que el mundo, probablemente, jamás conocería.

Kito miró a Hanae y asintió, dándole a entender que estaban listos.

―Veamos qué nos depara el destino ―dijo Kito, estando sobre un caballo, al igual que muchos otros guerreros de aquella noche.

Todos estaban en silencio mientras miraban la inmensa puerta aún cerrada. Tan solo unos metros se interponían entre las primeras filas y la entrada al Jigoku.

Los minutos pasaban, pareciendo una eternidad. Nadie sabía qué esperar con exactitud. Ni siquiera la mujer que había estado batallando con demonios durante años, ya que esa noche sería distinta a cualquier otra.

De pronto, algo sucedió. Las diversas líneas marcadas en la piedra se encendieron en un color rojizo y luminoso, como si sangre viajara desde el centro hacia cada figura que fue tallada con aparente dedicación.

Era la primera vez que la actual generación de Yokan veía algo así suceder en la puerta, por lo que los cientos de ojos expectantes estaban atónitos.

Las líneas siguieron un camino por toda la estructura antes de que las puertas se abrieran lentamente.

Hanae sacó sus katanas, sosteniéndolas en ambas manos.

Todos sujetaron con fuerza sus propias armas mientras la oscuridad se mostraba en el interior de aquella brecha.

Extrañamente, no había ningún demonio a la vista ni algún sonido.

Sin embargo, la espadachina comenzó a tener la misma sensación de hormigueo en la nuca que siempre surgía cuando había un demonio cerca, y esta vez parecía intensificarse.

Recorría desde su cuello hasta todo su cuerpo como una advertencia ruidosa de que se avecinaba gran peligro.

Jamás había sentido ese sexto sentido tan intenso, pues comenzaba a punzar su sien y su columna se tensaba con incomodidad.

Su cuerpo amenazaba con paralizar sus nervios.

Los primeros indicios de los demonios se hicieron notar a través de las sombras, con sus siluetas deformes y los sonidos extraños que emitían. Se acercaban más y más al exterior, iluminado solo por antorchas. La voz estridente de Kito se escuchó diciendo:

―¡Prepárense!

Los arqueros estaban listos para disparar sus flechas. Las catapultas, cargadas.

Demonios de todas las formas aparecieron corriendo; chillaban, gritaban o vociferaban.

Algunos sonaban confundiblemente como bestias de la fauna japonesa.

Sin embargo, cuando se habían acercado lo suficiente a la línea delantera, las flechas llovieron a través del cielo, en dirección a ellos.

Los cristales de obsidiana en las puntas se clavaron en las criaturas con éxito.

Dos rondas de flechas bastaron para terminar con aquellos que salieron detrás de las puertas, pero pronto se dieron cuenta de que eran menos demonios de lo pensado.

El hecho de que la puerta se abriera sin colocar sangre humana, significaba que, del lado infernal, había una gran cantidad de demonios tratando de cruzar. Mucha más de la que habían asesinado con las flechas.

La propia Hanae sabía que los demonios podían hacerlo mejor que eso.

Había sido testigo de criaturas de distintos rangos y con peligrosas habilidades.

Esto solo se trató de una simple prueba de calentamiento.

Lo real vendría con los próximos intrusos que cruzaron la puerta: gigantes demonios con garras y colmillos, otros más pequeños con apariencia de murciélagos…

Aparecían seres sin rostros, sin extremidades, con varios ojos, entre otras características dignas de pesadillas.

Las flechas fueron lanzadas nuevamente después de un grito de Kito, pero no fueron suficientes para eliminar la gran cantidad de demonios que atravesaba las puertas. Hanae blandió sus espadas en ambas manos y se preparó junto a los demás.

La pelea no se dio a esperar y la sangre comenzó a ser derramada en aquella batalla.

Ardua, sangrienta…

Antorchas caían en la tierra, así como las cenizas de los demonios o los cuerpos de excelentes luchadores.

Intensa, atroz…

Flechas encendidas en fuego calcinaban a los enemigos y grandes piedras bañadas en aceite y flamas alcanzaban a los más colosales.

Hanae fue inevitablemente arrastrada hacia el medio de la batalla; cortaba con la determinación encendida en sus ojos y ayudaba a quienes podía en el camino.

Lidiaba con los asaltos y heridas que recibía mientras se concentraba en desprender cabezas y clavar sus filos de obsidiana en los núcleos de las criaturas.

Pero, al detenerse momentáneamente y ver a su alrededor, no sabía cuál bando podría ganar y cuál no.

Muchas personas estaban muriendo ante sus ojos; hombres y mujeres gritaban con extremidades separadas de sus cuerpos, u otros morían después de un último suspiro; entre tanto, la Puerta Infernal seguía abierta, dejando pasar a cuantos demonios pudieran ingresar.

―¡Hanae, te acercaré!

Escuchó a Kito llegar en un caballo. Le ofreció su mano; gotas de sangre habían salpicado en él. Hanae aceptó la ayuda y se subió en el lomo.

Pasaban a través del campo a toda velocidad. Hanae no había notado cuánto había retrocedido al intentar atacar y defender, distrayéndose de ingresar al otro lado de la puerta, sea lo que sea que hubiera ahí.

Utilizó sus espadas para eliminar a algunos demonios al galopar, despejando los costados del caballo.

Sin embargo, una voz infantil se escuchó entre la batalla.

Una niña… Era Yuki. Lloraba de manera desgarradora mientras abrazaba su juguete de paja, apegado a su pecho.

Un demonio de piel lisa, brazos más largos que sus piernas, sin cuello y una sonrisa colmilluda, se acercaba a ella salivando con antojo.

―¡Tenemos que ayudarla! ―gritó la espadachina y señaló la dirección.

Hanae estaba dispuesta a ignorar el objetivo principal, pues no dejaría sola a una niña indefensa.

Kito se desvió, ahora cabalgando en aquella dirección.

Hanae estaba decidiendo salvar una vida antes que acercarse a su venganza.

Era un gran y distinto paso en comparación con elecciones de su pasado, como la niña que años atrás dejó abandonada para asesinar a un demonio, resultando en una conclusión contraproducente.

La espadachina se bajó del caballo antes de llegar y corrió, embistiendo al demonio para alejarlo de la niña. Cayó sobre él, presionando su pecho con una mano, y le apuntó con su espada.

La criatura solo rió como si fuera parte de un juego. Luego se transformó en una niña pequeña, aunque la sonrisa no desaparecería.

―No asesinarás a una niña pequeña, ¿o sí…?