Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 28
91%

CAPÍTULO 28

YOKAN

En las siguientes semanas del frío invierno, Hanae se mantuvo en el pueblo de Yokan, viviendo y conviviendo entre ellos.

Los ayudaba a prepararse para el supuesto porvenir.

Conseguían obsidiana en montañas y cuevas, Y preparaban más armas y municiones con aquella piedra.

Las armaduras eran creadas por ellos mismos y servirían de protección para aquellos dispuestos a pelear por el futuro de Japón.

Al parecer la mayoría tomaría una espada para evitar que las puertas se abran y el mal sea escupido.

De vez en cuando los veía entrenar, sintiendo un extraño vuelco en su corazón al observar tanto a jóvenes como a ancianos preparándose por lo que creían que pronto vendría.

Durante generaciones, las historias de una gran guerra habían sido inculcadas en sus mentes, y ahora parecían determinados a pelear en ella sin importar el costo de sus vidas.

Formarían parte del único batallón en defensa de la humanidad.

En una de las exploraciones se encontraron con un área repleta de hoyos en el suelo, escondidos bajo capas de nieve.

Tuvieron que enfrentarse a demonios níveos y diminutos, con una apariencia menos grotesca que la de otros que Hanae había conocido.

Tenían extremidades y cabezas pequeñas, además de formas geométricas coloridas en sus rostros; incluso cuernos o espinas prominentes.

Habían pisado su territorio en búsqueda de obsidiana, así que tanto Hanae como otras seis personas del grupo fueron atacadas por aquellas criaturas diminutas y saltarinas.

La espadachina los cortó con sus katanas mientras los demás se defendían utilizando sus propias armas de obsidiana; desde hacía siglos, todas sus armas se forjaban a partir de ese material.

Reconocían y comprendían la importancia que aquella piedra volcánica poseía.

Para suerte de todos, no hubo muertos y solo unos pocos heridos leves.

Al parecer se trataba de una especie de demonio que no iba usualmente tras humanos, pero eran tan carnívoros como cualquier otro.

Respecto a la Puerta del Infierno, Hanae había regresado en más de una ocasión para contemplarla y estudiar la inmensidad que dividía dos mundos distintos.

Kito le había comentado que, para que la entrada se abriera, debía cumplirse una de dos condiciones.

La primera consistía en tener dos seres ―uno en cada lado, el humano y el infernal― dispuestos a abrir la brecha colocando su sangre sobre la piedra.

De esta forma se plasmaría el deseo mutuo de romper la fina línea que los separaba.

La segunda se basaba en el peso de una balanza: mientras más seres, personas o demonios estuvieran dispuestos a abrir la puerta desde uno de los lados mediante la sangre, esta terminaría por abrirse a la fuerza.

Esa situación implicaba una voluntad masiva de cruzar al otro lado.

Sin embargo, la mujer jamás buscó abrirla utilizando la primera opción, debido a la cercanía con Yokan y a lo peligroso que podría resultar para el mundo.

Se preguntó si valía la pena poner en riesgo a todos los humanos ―o al pueblo más cercano― a causa de su venganza, construida con egoísmo y dolor…

Y llegó a la conclusión de que no. Prefería esperar el momento indicado, sin mencionar el acuerdo que había hecho con Kito de pelear junto a ellos y no sola.

Durante aquel tiempo, Hanae también se mantuvo entrenando para aumentar la resistencia de su cuerpo, especialmente después de utilizar su forma demoníaca. Quería evitar desmayarse en medio de la batalla y poner en peligro tanto a los demás como a sí misma.

Un día se encontraba meditando en un jardín congelado en la frontera del pueblo.

Tenía una espada sobre su regazo y la luz del sol tocaba sus ojos cerrados.

Siempre meditaba, pero esta vez la puerta estaba frente a ella: la Puerta Infernal de su destino.

Era inevitable. Se podía ver desde cualquier rincón del pueblo.

―¡Salvadora!

La voz de una pequeña niña llegó a sus oídos. Era Yuki.

Aquel apodo hizo eco en su mente, aunque comenzaba a acostumbrarse, puesto que la mayoría en el pueblo la nombraba así.

―Hola…

Hanae consideraba que no era buena tratando con infantes, pero la realidad es que fácilmente se llevaba bien con ellos.

De cierta forma, le causaba calma estar alrededor de almas tan inocentes.

En su propia niñez las cosas no resultaron de la mejor manera y dieron origen a toda una vida complicada y anormal.

Por tal razón, admiraba a los niños y a su inocencia, sabiendo que eran dignos de proteger.

―¿Qué es eso? ―se refirió a la flor que la niña llevaba entre sus dedos.

―¡Es una flor de invierno! Mi madre dice que son comunes en estas épocas, pero son difíciles de encontrar con la nieve. ―Se la extendió a la mayor―. ¡Es para ti!

―¿En serio?

Hanae tomó la flor con cuidado, viendo los pequeños y blancos pétalos. Podía comprender por qué era difícil de divisar entre las capas de nieve.

―¡Cuídala como nos cuidarás a nosotros!

Yuki se alejó corriendo y Hanae esbozó una pequeña sonrisa. Supuso que era un tipo de guardiana para el pueblo, o para toda la humanidad, aunque confiaba en que Yokan se sabría defender fervientemente cuando llegara el momento.

***

Una noche la cazadora se acostó a dormir en su cabaña asignada.

Era pequeña como cualquier otra, pero ni siquiera en su niñez se dejó llevar por los lujos.

Había aprendido a vivir con humildad y sin las atenciones que tuvo desde que nació.

Incluso la dureza de la cama no le importaba, estaba consciente de que eso era mejor que dormir sobre la tierra húmeda en medio de un bosque.

El invierno estaba cerca de terminar, pero el cielo no parecía querer detener su caída de copos. Si bien los habitantes de Hokkaido se abrigaban día y noche, sobre todo los de Yokan, quienes se encontraban en la punta norte de la isla, estaban acostumbrados a los climas gélidos.

Hanae estaba dispuesta a dormir plácidamente. Sin embargo, apenas cayó en el sueño, una voz potente resonó dentro y fuera de su mente, como si hubiera sido pronunciada con firmeza contra sus oídos.

«Hanae…».

La había escuchado antes; podía reconocerla. Rústica y grave…

Era Nobukatsu.

«Iré por ti y por cada ser que pise la tierra… Sabrás lo que es sufrir mi ira».

La mujer frunció el ceño sin poder abrir los ojos.

Recibía imágenes de cientos de demonios organizándose en el Jigoku y preparándose para cruzar al otro lado.

Una figura sin rostro, de gran tamaño y volumen muscular, se posicionaba detrás del gran grupo de demonios que gruñía y vociferaba todo tipo de sonidos.

Hanae tenía la sensación de que estaba siendo observada por este ser.

«Por años… has vivido desafiando mi pacto, tal como tu madre, pero mi paciencia se ha acabado».

Sintió un escalofrío incómodo en la sien.

«Llegó el momento de conocernos, hija».

La conexión con Nobukatsu terminó y Hanae despertó abruptamente. Se sentó en la cama mientras inhalaba profundo, como si no hubiera estado respirando durante largos minutos.

Vio sus espadas a un lado y las tomó; no perdió el tiempo en dirigirse hacia Kito, el cual se encontraba dormido en su cabaña. Detestó despertarlo, pero con una sola frase lo hizo.

―Es la hora.

Al abrir sus ojos, él solo la miró con su acostumbrada seriedad, pero asintió sabiendo lo que significaba. Debían reunir a los guerreros, preparar al pueblo y caminar hacia la Puerta Infernal, hacia la batalla inminente.

Su voz… jamás la había escuchado y era inquietante; tenía el poder de incomodar mis nervios de una manera inimaginable. ¿Se veía igual a la visión que tuve una vez? Pronto lo sabría. ¿Sangraría como cualquier demonio? Estaba por verse.

Voy por ti, Nobukatsu.