Epílogo
Hanae tendría que tomar un largo camino para volver a Kibi Plain.
Sin embargo, luego de dos meses, haría una parada en Tokio; tanto para averiguar si la espada de su madre podía repararse como para visitar a Saori.
La mujer la recibió con los brazos abiertos y aceptó escuchar todas las historias que la espadachina tenía para contar.
Se deleitó por la amabilidad de aquella que le ofreció asilo por unos días, al menos, hasta que se repusiera con descansos.
La química que alguna vez hubo entre ambas, más que una amistad, creció.
No obstante, lejos de ser una época complicada, Hanae decidió que no estaba lista para embarcarse en una relación.
Aún necesitaba sanar internamente… Sanar de verdad.
De todas formas, Saori tenía pensado irse de Japón en algún momento.
La idea de conocer el mundo llamaba la atención de Hanae.
Pero, al mismo tiempo, estaba muy arraigada al país que tanto defendió.
Y algo en ella le decía que no podía dejarlo desprotegido.
Después de cerrar las Puertas del Infierno, los demonios parcialmente desaparecieron.
Si bien redujeron bastante su presencia en la tierra ante el asesinato de Nobukatsu, Hanae estaba segura de que resurgirían en algún momento. Era cuestión de tiempo.
Los días junto a Saori le hicieron comprender que ella no era parte de su destino. Sin saberlo, el destino le tenía un regalo. El devolverle a alguien que alguna vez perdió. Alguien inesperado…
Un día, años después de haberse despedido de Saori, caminaba en Kibi Plain.
Una de sus katanas la acompañaba en su espalda; había logrado arreglar la espada de su madre gracias al herrero de Tokio, pero prefirió dejarla colgada en su hogar como un preciado recuerdo.
En sus manos cargaba una pequeña canasta mientras pasaba por el mercado local.
Era primavera y flores rosáceas bajaban como lluvia de los árboles de cerezo.
Las personas caminaban tranquilamente y sus conversaciones se desvanecían mientras pasaban a su lado.
Sin embargo, una voz en particular llamó su atención.
De reojo notó unos rasgos familiares que la dejaron petrificada.
Lentamente, se giró para ver al chico. Sus cabellos rubios resaltaban a la vista.
―¿Iku? ―Su voz fue débil, pero él alcanzó a escucharla, girándose con curiosidad poco después. Estaba acompañado por otro joven y ambos llevaban herramientas para pescar.
―¿Uh…?
Ambos se miraron y Hanae sintió su corazón retumbar.
Su rostro era similar a Iku; sus cabellos, su voz, e incluso parecía estar relacionado con la pesca.
Sin embargo, era como si nunca hubiera muerto.
Como si años después estuviera frente a ella, rozando la adultez.
¿Se trataba de la misma persona que conoció en su infancia?
―No… Mi nombre es Itsuki, pero, ahora que lo pienso… ―Él posó un dedo en su barbilla―. Si quitamos las primeras letras y tomamos las últimas, al revés sería «Iku». ―Sonrió después de ese curioso descubrimiento y miró a la joven―. ¿Te conozco?
Más que una pregunta simple, sentía haberla visto en alguna parte. Podía estar equivocado, pero era un sentimiento peculiar de familiaridad, sin mencionar lo hermosa que le parecía esa mujer.
―¡Oh! ¡Tienes una espada! ―La señaló con interés―. ¿Es falsa o real? Nunca había visto a una mujer con una espada.
Mientras Itsuki hablaba, Hanae intentaba asimilar que incluso su actitud era parecida al chico que alguna vez conoció, sintiendo un déjà vu que acumuló sentimientos en su interior.
Esto causó que, sin querer, dejara caer la canasta que llevaba en las manos.
A pesar de haber vivido situaciones terroríficas para cualquiera, la simple presencia del joven hombre causaba gran impacto en ella.
―¡Con cuidado! ―Él se agachó para recoger las frutas que cayeron de la canasta y se la devolvió al levantarse, conectando brevemente con los ojos de la más baja―. ¿Estás bien?
―Sí… Mm… ―Se secó la humedad de los ojos, no había notado que estaba a punto de lagrimear―. Es el polvo…
―Sé lo que es eso. La primavera es hermosa, aunque a veces causa alergias… ―Él atrapó una flor que iba cayendo y se la entregó con una sonrisa―. Tal vez no sea la única flor que veas hoy, pero… ¡Para ti!
Hanae la miró con ojos iluminados. Era la segunda flor que le otorgaban en toda su vida. Entre su desconcierto, la tomó en silencio.
―Bueno, ya me tengo que ir… Debo atrapar peces antes de que me los quiten todos. Uhm… ―Intentó pensar en el nombre de la mujer, sin poder recordar si esta lo mencionó.
―Hanae…
―¡Hanae! Me gusta… Eres la primera que conozco con ese nombre. ―Sonrió, como solía ser usual en Iku―. ¿Vienes muy a menudo?
―De vez en cuando. Vivo en la casa de allá… ―Señaló una pequeña colina, donde se encontraba la mansión Yoshida.
Volver a su antiguo hogar fue complicado al inicio.
A pesar de que ya se encontraba en paz con la idea de residir ahí, aún mantenía los signos de pelea después de años.
Las cicatrices de sus recuerdos permanecían, así como las físicas en sus extremidades; las cuales, usualmente, ocultaba debajo de un haori o largos kimonos. Sin embargo, todo lo estaba superando.
―¡Wooh! ―Itsuki miró con asombro―. Yo vivo por acá, así que… ¡Espero nos veamos a menudo!
―Eso espero…
Hanae lo vio alejarse con un sentimiento de alegría en su interior. De hecho, rio levemente al verlo voltearse hacia ella cuando estaba unos pasos alejado.
Podía ser reencarnación, no lo sabía… Pero, sin duda, algo de Iku había en él.
Se volvieron a ver en aquella zona. Hanae salía a pasear para encontrárselo a propósito.
A partir de ahí, se veían más a menudo, y la relación de amistad que crearon fue escalando más y más hasta el punto de surgir su primer beso bajo uno de los árboles de cerezo.
La historia que ambos estaban creando avanzaba con fluidez, como si hubieran estado esperando toda una vida para conocerse.
Tiempo después, Itsuki descubrió sobre las habilidades de Hanae cuando un demonio intentó atacarlo por primera vez.
Ella perdió el control, reviviendo las memorias de la muerte de Iku, pues no quería que algo así sucediera de nuevo.
Para su sorpresa, a pesar de su evidente miedo, él la aceptó y ella accedió a contarle la historia de su vida.
Al parecer, los demonios volvían a surgir, así que Hanae tuvo una idea: reunir a un grupo de personas para batallar contra aquellos seres del infierno.
Su experiencia de vida le hizo comprender que todo era mejor cuando no estaba sola, sino junto a personas con un mismo objetivo, o con experiencias similares.
Le comentó a Itsuki su idea y él la apoyó hasta el fin de sus días, ayudándole a reclutar personas valientes que quisieran exterminar a los seres que les quitaron todo y que aterrorizan vidas.
Pasó de no tener familia a tener una inmensa.
Así comenzó una nueva era en Japón, junto a un grupo que por siglos reclutaría y entrenaría a cazadores para exterminar la plaga demoníaca que azotaría al mundo. Hanae se convertiría en una leyenda, así como su historia.
El grupo se llamaría la Orden del Sol Naciente.