CAPÍTULO 27 #2
Era intimidante. Su destino era llegar hasta esa puerta y la chamana lo había confirmado. Sin embargo, como cualquier otra persona, tenía miedo. Miedo de lo que pudiera haber detrás de aquella inmensidad o de lo que pudiera suceder al abrirla. Las dudas que no creyó tener… surgían.
¿Valía tanto la pena? Debía valerlo, de lo contrario siempre sería buscada por Nobukatsu y los demás demonios. La gente seguiría muriendo… Ella seguiría sufriendo. Jamás conocería lo que era la verdadera paz.
¿Cuánto tiempo más debía soportar el sufrimiento silencioso que guardaba desde hacía años?
Sus oídos parecieron ensordecerse cuando estaba a centímetros de tocar la puerta. Quizás era momento de respirar y aceptarlo. Cerró los ojos e inhaló profundo.
―Vamos… ―se dijo a sí misma. Su mano temblaba ligeramente. Su mente no estaba convencida del todo.
Iba a tocarla, pero una voz llamó su atención. Era una niña.
―¡Hey!
Hanae se giró y vio a una pequeña con dos trenzas, vestida con un kimono de tonos fríos. Unas personas se acercaban detrás de ella. Portaban vestimentas similares a las de la niña. Fácilmente, podrían camuflarse con la nieve. Había cierta impresión en sus miradas.
Un hombre barbudo fue el último en acercarse y se quitó la capa que cubría su cabeza.
―¿Hanae Yoshida?
―¿Sí…? ―Ella dudó.
―Te estábamos esperando.
Hanae siguió a aquellas personas, un tanto extrañada por aquellas palabras. Estaba curiosa por el conocimiento que ellos pudieran tener acerca de ella aparte de saber su nombre.
Caminaron a través de la nieve hacia un pueblo cercano a la puerta, tan cercano que la Puerta del Infierno se podía ver a la distancia.
―Creí que no había personas viviendo cerca…
―¿Quién te lo dijo…? ―inquirió el hombre sin dejar de caminar o de mirar al frente―. Déjame adivinar, ¿una chamana?
Esta vez se giró para ver el rostro de Hanae, quien asintió. Como resultado, él soltó un notable bufido.
―Existen chamanes que desean detener el paso de las criaturas tras esa puerta y no les importa las vidas que estén cerca. No me extraña que te ocultara la información.
―Saben de la puerta, de mí y de los demonios… ¿Cómo?
―Todo a su tiempo, Hanae. Primero lleguemos.
El pueblo era humilde, quizás más que los que se encontraban al sur de Japón; parecía como si se hubiera estancado en el tiempo.
Sus paredes estaban hechas de madera vieja y sus techos tenían paja.
Podía ver una estructura similar a un establo, un estanque entre las casas y, los pocos árboles esparcidos, carecían de hojas. Estaban desnudos a la vista de todos.
El lugar era más grande de lo que parecía. Se extendía un poco más allá de lo que sus ojos podían ver. Era un pueblo oculto a simple vista, rodeado de nieve. De hecho, si no hubiera personas, parecería una aldea fantasma en medio de la nevada nada, en el punto más lejano de Japón.
En dirección a la casa comunal del pueblo, las personas se detenían y miraban a la mujer con ojos maravillados; incluso algunos niños la señalaban. Mientras tanto, Hanae aún no sabía qué significaba su presencia en esa zona.
Entraron al salón de aquella casa comunal, un lugar donde todos los habitantes se reunían para hablar de temas importantes o compartir comidas.
Guiaron a Hanae hasta una mesa y varios se sentaron en ella, incluido el hombre barbudo de antes.
Vio a la niña tomar asiento a su lado, pero no por mucho tiempo.
―Yuki, ve a jugar con los demás niños ―dijo una mujer. Hanae supuso que era su madre debido al parecido.
―Pero, ¡quiero quedarme!
―Trataremos temas de adultos. Por favor…
La niña aceptó, mirando a la espadachina una última vez antes de salir.
―Bien, Hanae… ―inició a hablar el hombre barbudo―.
Mi nombre es Kito Hattori y soy el líder de este pueblo desde hace años.
Este lugar ha sido llamado «El Pueblo de Mil Años» o «Los Testigos del Porvenir», debido a que nuestros antepasados fueron parte de una gran guerra siglos atrás.
Y ahora seremos testigos de la próxima. ―Él hablaba con firmeza, tanto en su voz como en su mirada―.
Estás en Yokan. ―Se refirió al pueblo y miró a Hanae mientras sacaba una pintura antigua―.
Has sido guiada hasta acá debido a la gran guerra contra los demonios que se aproxima.
A lo largo de los tiempos, las premoniciones respecto al futuro no han parado.
Frecuentemente narraban que una mujer de largo cabello negro, ojos oscuros y portadora de espadas sería nuestra guía en la batalla.
Hanae estaba sorprendida de que, en la pintura que había sido colocada en la mesa, apareciera la figura de una mujer similar a ella.
El papel estaba algo arrugado y desprendía un olor a libros empolvados, pero alrededor de la silueta podía ver criaturas horrorosas rodeándola desde distintos ángulos.
Parecían sedientos de su sangre y hambrientos de su carne mientras la miraban con locura.
Aquella mujer enarbolaba una espada en una mano y en la otra sostenía un segundo filo que tocaba lo que parecía ser el suelo.
―Nos ayudarás a pelear en esta guerra…
La declaración pareció severa a oídos de Hanae. Su desasosiego la hizo tragar saliva.
―Kito, ¿cómo sabemos si realmente es ella? Solo estaba parada frente a la puerta ―cuestionó la mujer de antes, la madre de Yuki.
A Hanae le pareció una pregunta válida. Posó sus manos sobre su regazo mientras escuchaba con atención.
―Tiene las espadas y las características físicas de las premoniciones, pero ¿cómo lo sabremos con certeza? ―La mujer señaló la pintura.