Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 27
87%

CAPÍTULO 27

HOKKAIDO

Los días restantes en alta mar fueron transcurriendo con normalidad.

Las noches ya no eran tan oscuras y se podían ver las estrellas siguiéndolos en el cielo.

Los días seguían algo grises, pero podía encontrarse paz en medio de las nubes.

Los tripulantes recuperaron la tranquilidad a la cual estaban acostumbrados, aunque no olvidarían los largos tentáculos que aterrorizaron el barco.

Uno que otro navegante tendría pesadillas sobre lo sucedido; otros aseguraban que no volverían a pisar un barco en su vida.

Algunas miradas desconcertadas hacia Hanae revoloteaban a su alrededor de vez en cuando. No comprendían nada de la existencia de la mujer o cómo esta logró sobrevivir; en cambio, quienes se encontraban conversando con ella la miradaban con otros ojos. Estaban inclinados a la curiosidad.

―¿Esa cosa era realmente un demonio?

Había preguntado Umi mientras Hanae intentaba explicar lo sucedido. Para ella era una obviedad que había cosas que no podían quedar ocultas para siempre.

―Había escuchado que existían, ya sabes… Creía que eran locuras, pero nunca imaginé algo igual. Solo monstruos horribles que acechaban en las noches.

―No quisiera asustarte, pero hay todo tipo de demonios. Algunos menos fuertes que ese… y otros peores.

―¿Peor…? ―Se quedó sin aliento―. ¿Qué puede ser peor que eso? ―Miró a Kaiyō a su lado, quien se hacía la misma pregunta.

―¿Y tú…? ¿Cómo saliste ilesa? ―Él miró a Hanae con completa curiosidad―. Incluso los rasguños desaparecieron…

―Y esas escamas que tenías antes… ―Umi no siguió, pero debía preguntarse si Hanae era uno de ellos. Claramente, no era completamente humana.

―Me he dedicado a asesinarlos toda la vida, solo eso deben saber.

Su tono no fue tan serio como de costumbre; sin embargo, con aquellas palabras buscaba no recibir preguntas respecto a ella. Sería una larga historia que no quería relatar en ese momento.

―No deben preocuparse, ese demonio ya no volverá a nacer. La obsidiana que usaron para los cañones es la misma que está en mi espada. ―La sacó para mostrarles los bordes oscurecidos por la piedra. Esta vez la veían más de cerca―. Ayuda a eliminar a los demonios.

―Nuestra madre siempre decía que la obsidiana era un purificador ―bufó Umi―. Nunca le creí.

―Espera… ¿Es posible que reencarnen? ―interrumpió Kaiyō.

―Existen pergaminos que dicen que, únicamente si no son asesinados con obsidiana, pueden volver a nacer. En este caso, lo fue ―aseguró―. Si alguna vez ven algo fuera de lo normal, no olviden tener obsidiana. Esta elimina a los demonios con mayor facilidad y les causa un dolor intenso.

La reencarnación en los demonios era un tema peculiar. Había aprendido de esta y de los seres del Jigoku hace años atrás.

Durante sus años siendo nómada, no solo se dedicó a asesinar demonios y a buscar la entrada del infierno, sino también a estudiar a esas criaturas, comprendiendo a qué se estaba enfrentando a un nivel más profundo, pues su madre jamás le habló de esos seres.

Tuvo que conocerlos de la peor manera, aunque dudaba que existiera alguna forma correcta de conocer a un demonio.

Una vez vagó por un pueblo desierto, el cual evidenció signos de algún ataque.

Incluso huesos llegaron a resaltar bajo la tierra.

En los documentos añejados de aquel lugar entendió que todo dependía de cómo eran asesinados.

Las espadas de Hanae hacían la diferencia, aunque se preguntaba si una persona, al morir, podría reencarnar.

Existían historias que lo afirmaban, en especial divulgadas por los chamanes en los pueblos, pero nadie tenía memorias de sus vidas pasadas para confirmarlo.

Se preguntaba si era posible ver a su madre reencarnada algún día o si la reconocería.

Eran ideas que borró por el momento, ya que, a pesar de ser agradables, debía enfocarse en su presente.

―Solo vimos los tentáculos... ¿Cómo era el demonio cuando estuviste ante él? ―preguntó Kaiyō.

Inquietante y aún más en un entorno donde yo tenía desventaja. Sentí algo de temor, un sentimiento que me recordaba mi humanidad, sobre todo al ver los millones de dientes en su boca. Podía exterminarme de un mordisco; pudo haberlos exterminado a todos si tan solo hubiera salido a la superficie.

Lo pensó, pero no les diría eso.

―Como si todos los males de la humanidad se hubieran convertido en una criatura letal. Una pesadilla hecha realidad.

Quizás no fue tan sutil.

El barco recibió reparaciones sin detener su ritmo, eventualmente alejándose del cadáver en desintegración en las profundidades.

Al menos las áreas destruidas de la nave no fueron lo suficientemente graves como para hundirla.

Sin embargo, la caída de una vela y el desgarre de otra los retrasarían en llegar a la isla.

El lado positivo era que parte de la tripulación seguía con vida, o al menos es lo que celebraban algunos, como Kurai.

El joven seguía maravillado por haber tenido el honor de manipular el barco de forma oficial.

Entre las buenas noticias, el capitán despertó con su energía habitual, totalmente revitalizado, como si un tentáculo no hubiera atravesado su cuerpo. De hecho, salió con una botella de alcohol de su camarote cuando supo que todo estaba bien. La herida dejaría una marca, pero no fue mortal.

―¡Buen intento, maldito monstruo marino! ―gritó el capitán Minami a los cuatro vientos―. No sé si eres de buena suerte o mala, niña… pero seguimos con vida.

Se había dirigido a Hanae, pues, siendo la primera vez que tenían a una viajera en su barco, tales locuras habían sucedido.

Las noches parecían más largas y del cielo comenzaron a caer copos blanquecinos, uno de los cuales fue atrapado por Hanae mientras descendía delicadamente hasta su palma. Ella lo observó hasta que desapareció por el calor de su tacto y dirigió su vista hacia la nieve ligera que caía en silencio.

Oficialmente, el invierno había llegado.

***

Un día despertó y la nave había tocado la orilla de Hokkaido. Fueron recibidos en el muelle, comenzando a descargar lo poco que quedó de la mercancía; ojos curiosos intentaban comprender qué le había sucedido al barco.

Hanae bajó, guiando las riendas de su caballo.

Portaba un sombrero kasa para cubrirse de la nieve.

En los hombros se colocó su capa de piel de oso para evitar que el frío la golpeara fuertemente.

Los colores oscuros eran usuales en su vestimenta, y esta vez no era la excepción.

Su kimono combinaba con el azabache de su cabello y de sus ojos.

―Debo continuar mi viaje ―dijo a los hermanos y al capitán―. Muchas gracias por haberme permitido viajar en su barco.

―¡Gracias a ti por haber sido nuestra tripulante, jovencita! ―Hizo una reverencia―. Y por habernos salvado de esa bestia inimaginable.

Hanae asintió y miró a Umi, quien le tomó la mano delicadamente. Aún no superaba que casi se quedaba sin su hermano.

―Muchas gracias… por todo ―agradeció antes de soltarla e inclinarse hacia el frente en señal de respeto.

―Suerte en tu viaje, espadachina. ―Kaiyō sonrió―. Ve con cuidado.

―Ustedes también… ―Hanae les devolvió la sonrisa levemente.

Plasmó en su mente la imagen de los tres despidiéndose mientras ella se alejaba. Después de lo vivido, le resultaba algo emotivo tener que partir. Probablemente, no los volvería a ver.

Se dio media vuelta y avanzó hacia lo profundo de Hokkaido.

***

Inició su viaje mientras se acercaba a la Puerta del Infierno.

Revisaba el mapa cada cierto tiempo para poder ubicar su posición actual y determinar cuánta distancia le faltaba recorrer.

Sin embargo, a diferencia de otros viajes, la nieve dificultaba el trayecto: congelaba su piel descubierta, escarchaba sus pestañas y cabellos, y entumecía sus extremidades.

Incluso su caballo se cansaba más rápido, debido a los largos caminos donde altas alfombras blanquecinas y frías cubrían sus patas.

Su hocico expulsaba vapor al respirar y parecía aguantar el clima gélido mejor que Hanae.

Quizás si se recubría de escamas aumentaría su calor corporal, pero decidió evitarlo.

De vez en cuando aprovechaba para descansar y calentarse en ciudades o pueblos que se encontraban en medio del camino. Estaba consciente de que, mientras más cerca de la puerta estuviera, menos civilización encontraría, según lo que la chamana Nozomi le comentó la última vez que la vio.

«No debe haber civilizaciones o personas viviendo cerca», fueron sus palabras.

Los días pasaron y, cuando volvió a colocar el mapa frente a sus ojos, ahí estaba la Puerta del Inframundo...

Era tan grande que parecía alcanzar las nubes.

Su mera presencia le quitaba el aliento y tuvo que mentalizarse antes de avanzar en aquella dirección.

Al apenas dar un paso, sintió una energía extraña.

Podría ser su subjetividad, su mente jugando con la importancia que esa puerta tenía para ella y el resto del mundo; sin embargo, era evidente que esas tierras tenían una densa historia.

Había una oscuridad invisible alrededor de esa entrada que se veía imponente a la distancia.

Caminó hacia la puerta, acercándose a su destino, y deteniéndose a unos cuantos metros.

Era inmensa, conectada con una montaña y construida en piedra, con grabados peculiares y un diseño que relataba una historia de antaño.

Los detalles eran similares a los que recordaba en su visión cuando tocó la arena negra junto a Kai.

Tenía relieves en sus bordes, así como una especie de grabados en forma de dibujos.

Parecían ser demonios de características monstruosas y personas junto a grandes llamas de fuego.

Parecía relatar una historia de guerra. Recordó las pinturas en la cueva, recordó la sangre que se derramó antes de poder sellar esa brecha peligrosa que no debería existir en el mundo.

Dio unos pasos más con intención de tocar la puerta y, cuando extendió la mano, se detuvo. Algo la inquietó dentro de ella y comenzó a hacerse preguntas.

¿Ahí sería la batalla final?

¿Todo terminaba ahí?

¿El momento era ahora?

Por primera vez parecía dudar.