Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 26 #2
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CAPÍTULO 26 #2

Pasaron varios minutos de inactividad y la voz de Umi llegó hacia Hanae. Había subido para ver qué sucedía.

―¿Ganamos?

Hanae vio a su alrededor; no había señales del demonio, pero la niebla permanecía ligeramente esparcida y la incomodidad no se desvanecía de su cuerpo.

―No lo creo…

Algo estaba sucediendo, pero era tan silencioso que nadie se percataba. Los tentáculos viscosos volvían sin hacer escándalo, subiendo por el barco y adhiriéndose a este para dirigirse a sus tripulantes.

―¿Estamos a salvo? ―preguntó Kaiyō mientras avanzaba para acercarse a ambas; sin embargo, un tentáculo lo tomó del tobillo.

Repentinamente, él, junto a cinco tripulantes, fue mordido y arrastrado fuera del barco, mientras otros tentáculos atacaban los cañones del barco, traspasando las paredes con fuerza. Fue un ataque simultáneo y más decidido. El demonio estaba perdiendo la paciencia.

―¡Kaiyō! ―gritó Umi al ver que su hermano era arrastrado al mar.

―¡Ayuda a los demás y que no dejen de disparar!

Hanae no titubeó. Corrió hacia aquella dirección e inhaló profundamente, inflando sus pulmones y preparándolos para el porvenir. De un salto, se sumergió en las aguas oscuras. El mar tocó su cuerpo y las bajas temperaturas estremecieron su piel sin piedad.

Cuando sintió el agua empapando hasta la punta de sus pies, abrió los ojos, encontrándose con los de Kaiyō.

Era arrastrado hacia las profundidades desconocidas.

Nadó lo más rápido que pudo, impulsándose con sus brazos y manteniendo un ritmo insistente.

Se empujaba a sí misma en contra de la densidad del agua.

Sus oídos se habían tapado e ignoraba la sal que se escondía en sus ojos.

Kaiyō era arrastrado más y más a lo profundo, pero Hanae logró tocar su mano.

Había aplicado toda la fuerza que pudiera contener su cuerpo para alcanzarlo.

Lo sostuvo; sin embargo, el tentáculo insistía en coleccionar su vida.

A su alrededor veía a otros hombres siendo llevados al mismo destino: una oscura profundidad más adelante, donde no divisaba nada.

Sacó una de las espadas de su espalda y la dirigió hacia el tentáculo de su pierna para cortarlo.

La densidad del agua le impidió que fuera rápida en los movimientos, pero logró zafar a Kaiyō de aquel demonio.

La extremidad retrocedió, dejando una mancha de su propia sangre en el agua.

La espadachina impulsó al hombre hacia arriba, quien continuó nadando en dirección a la superficie, aguantando el poco aire que le quedaba en los pulmones.

Hanae miró hacia abajo nuevamente y vio al último tripulante desaparecer en la oscuridad.

Aún podía aguantar la respiración y estaba decidida a nadar hacia aquella dirección.

Ahora bien… desconocía qué tan grande era aquel demonio que se ocultaba de la superficie.

Podía estar nadando hacia una trampa mortal.

Se mantuvo mirando fijamente en aquel punto donde el tripulante había desaparecido, el mismo lugar donde los tentáculos se retrajeron.

De pronto, una luz hizo presencia como una luciérnaga en plena noche.

Parecía diminuta, algo que confundió a Hanae.

Así, se dirigió hacia el lucero con el pensamiento de que en la lejanía albergaba el demonio.

Mientras se preguntaba si realmente sus tentáculos llegaban tan lejos, repentinamente la luz amarillenta se maximizó, con la inmensidad y potencia luminosa del sol, dejando ver una boca repleta de dientes.

Debía tener más de quinientos mil en toda la boca.

Se movían, giraban alrededor de las paredes de la cavidad, y se iluminaban en tonos cálidos.

Era un espectáculo terrorífico en la profundidad.

Cuando aquella boca se dejó ver, una onda de pulso sacudió la profundidad, llegando hacia Hanae y aturdiéndola brevemente. Al mismo tiempo en que una voz muy grave y temible resonaba palabras en su mente, causando escalofríos en su cráneo.

«Hanae… No hay escapatoria», fue lo primero que dijo. En ese punto, ya había dejado el barco en paz, pues su objetivo era la cazadora que se había sumergido en su territorio.

Intentó someterla con sus tentáculos, pero ella se defendía como podía con su espada.

No obstante, comenzaba a pensar que pelear bajo el agua era otra debilidad que debía evitar.

Aunque, en ese momento, no tenía de otra.

Eventualmente, la criatura la rodeó con sus largas extremidades, impidiendo que pudiera moverse; envolviéndola con rostros que chupaban su piel.

Era llevada hacia la boca, cuyo interior poseía un ojo con una pupila vertical.

Más y más cerca de la cavidad, se podía sentir calor emanando desde la fosa. Si era tragada, podía ser su fin.

Hanae estaba muy cerca de la Puerta del Jigoku como para morir ahora.

Por eso, se concentró. Sus cejas se arquearon, su piel se tornó oscura y escamosa, con una textura de piedra.

Invocó exitosamente su lado demoníaco. De esa forma, utilizaría sus propios brazos para escapar de aquel nudo en el que estaba envuelta, arrancándo los tentáculos con fuerza.

El demonio chilló, propulsando una onda que la intentó aturdir, pero ella sostuvo con firmeza su espada y se incorporó en el agua, comenzando a nadar hacia la gran criatura, la misma que comenzó a aspirarla.

«¡Eres una humana más! Y en mi reino solo eres un pescado inservible».

Las puntas de los tentáculos intentaban alcanzarla nuevamente en aquellas profundidades, cuya única luz provenía de la inmensa boca hambrienta, lugar donde se dirigía Hanae.

Su ojo debía ser su núcleo… su corazón. El lugar más difícil para asesinarlo.

Por lo tanto, las ideas que se cruzaban por su mente eran descabelladas. Tentaban a la muerte.

Ni el mar ni la tierra pertenecen a ti ni a los de tu especie. Pertenecen a las personas que solo tienen una vida y luchan por sobrevivir a sus dificultades cada día, pensó Hanae en respuesta.

Cortó tentáculos sin parar, abriéndose paso mientras se dejaba atraer.

Pertenecen a cada niño, joven y adulto que recolectan experiencias, que envejecen a base de aprendizajes. No todos los humanos son buenos. Algunos son crueles y desmedidos en sus acciones. Sin embargo, así como las personas obtienen su karma, los demonios también lo sufren… por mi propia mano.

Evitó soltar la espada de su mano en todo momento. Su intención era acabar con el demonio de una vez por todas y que no volviera a nacer.

Se creen que les pertenece todo lo que tocan, incluyendo las vidas. ¡Arrebatan sin discriminación a los padres de sus hijos! Seguirán sufriendo por el daño que hacen.

Forcejeó y sintió el calor abrazar su cuerpo al adentrarse en la boca, la cual se fue cerrando con intención de atraparla.

Todo se oscurecería en la profundidad.

En la superficie, en el barco donde los tripulantes restantes se reagrupaban, ahora miraban en todas direcciones. Permanecían en búsqueda de algún tentáculo inadvertido. Incluso la niebla se había dispersado.

―¿Alguien vio esa luz? ―preguntó Kurai con inquietud.

―¿Qué luz? ―preguntó uno de los tripulantes, extrañado.

―Juré haber visto una luz intensa en el fondo del agua…