Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

DEMONIO DE LO DESCONOCIDO

El demonio de las profundidades había sido avistado en distintas ocasiones, convirtiéndose en un mito y, a la vez, en una evidencia inimaginable para quienes sobrevivieron a sus ataques.

Muchos creyeron que solo eran alucinaciones de altamar, ocasionadas por falta de comida, agua o efectos de estar alejados de la civilización por meses, con barriles de alcohol.

Sin embargo, la realidad estaba metros y metros debajo de la superficie, donde especies desconocidas existían, siendo misteriosas y letales.

Especies animales que compartían su oscuro ecosistema con una bestia infernial, una con gran magnitud y fuerza, poseedora del poder de alterar la mente de las personas, causando confusión y delirios en el océano.

Controlaba a los más débiles de las tripulaciones para que detuvieran los barcos o, en su defecto, ayudaran a hundirlos.

El Demonio de lo Desconocido es un ser de alto rango, pero cuyo poder no se extendía más allá de las aguas saladas y sus cercanías. Se encuentra limitado.

«Desconocido», debido al efecto que causaba en las personas y porque nunca se ha descubierto su verdadera apariencia, lejos de los amenazantes tentáculos; quienes veían a la criatura no vivían para contarlo.

Resultaba ser tan misterioso como las grandes profundidades en el mar.

La criatura seguía debajo del barco y Hanae podía sentirlo.

Todos se movilizaron, preparándose para los próximos ataques, ya que sabían que la extraña y desconocida criatura no se iría tan fácilmente.

El ambiente sombrío inquietaba a cada alma presente, sobre todo porque la niebla espesaba aún más la oscuridad e impedía divisar con facilidad lo que podría suceder.

Bajaron las voces y subieron la guardia mientras se colocaban en distintos puntos del barco.

Hanae se acercó a un grupo frente a la cubierta, donde se encontraban los hermanos.

―Creo que es hora de que saques esas espadas, Hanae ―comentó Kaiyō.

―Estaba a punto de hacerlo ―dijo, al tiempo en que un sonido filoso anunciaba la salida de las dos katanas de su espalda.

El demonio de más de ocho tentáculos no tardó en atacar.

Sus brazos saltaron del agua y se lanzaron como púas hacia distintas direcciones, intentaba llevarse a las personas que defendían su vida con determinación.

Ninguno tenía la agilidad de Hanae, quien dejaba cicatrices con sus armas, pero peleaban como si fuera su última oportunidad de vivir, pues posiblemente podría serla.

Minami mantenía sus manos presionando el timón estático, en caso de que fuera necesario realizar alguna maniobra con el barco.

Sin embargo, el clima no estaba a su favor.

El viento no soplaba lo suficiente para alejarse con rapidez.

Las velas estaban mayormente desinfladas.

Miraba con temor a su alrededor y, desde su posición era testigo del esfuerzo que todos hacían para vivir.

Sentía la necesidad de correr, pero ¿correr a dónde?

No había escapatoria en aquella nave en medio del mar.

Pensaba en ayudar a los demás, en vez de quedarse inmóvil.

Resopló con frustración… No era algo fácil de asimilar.

Poco después de ese resoplido, sintió algo cerca de él, detrás de su nuca. Una gota helada cayó, deslizándose por el interior de su vestimenta. Miró hacia arriba, tembloroso, viendo aquellos rostros dentro de la piel babosa de la criatura.

«Ven al mar que tanto amas, Minami», dijo una boca sin rostro, con un tono tenebroso e inhumano; parecía que el tentáculo hablaba por sí solo.

Él soltó un grito y se hizo a un lado rápidamente. El tentáculo descendió, tocando el timón en el proceso y causando que el barco comenzara a girar.

Todos se deslizaban sin control hacia el estribor, al costado derecho del barco. Se sostenían de cuerdas, mástiles o cualquier estructura estática que pudiera salvar sus vidas. Si el timón no se detenía, el barco se volcaría.

Una persona cayó por la borda y otra gritó al mismo tiempo en que su cuerpo resbalaba en dirección al borde de la nave.

Era Kurai. Hanae no lo pensó; guardó una sola espada y se soltó de la cuerda que sostenía.

Se deslizó para llegar a él y tomó su mano.

Clavó la katana en el suelo de la cubierta para impedir que el hombre cayera al agua.

―Gracias, gracias… ―dijo Kurai sin aliento―. ¡Esa cosa me había mordido! No pude sostenerme a tiempo.

Aparentemente, los tentáculos mordían. Kurai tenía un costado de su pierna con la piel arrancada, ardiendo como si la hubiera sumergido en el salado mar. Sin embargo, podía caminar.

Mientras tanto, a un lado del timón, Minami se levantó como pudo.

―¡No hoy desgraciado! ―gritó Minami.

Utilizó sus cortos puñales para clavarlos en el tentáculo, pero se dio cuenta de que no cortarían mucho, ya que la extremidad era más gruesa que el filo.

De todas formas, este se retorció y retrocedió, permitiendo que el hombre enderezara el barco nuevamente.

Soltó una risa altanera cuando lo logró, la cual se acalló con un suspiro pesado.

Todos regresaron a la posición anterior, defendiendo como podían.

No obstante, era difícil. La criatura sacaba sus tentáculos con mayor rapidez e insistencia, tambaleando el barco con frecuencia.

Hanae se había tomado un segundo para ver a su alrededor; los hermanos eran hábiles y se defendían mutuamente, mientras que otros tripulantes eran un poco más torpes.

Pronto, uno de los barriles en la cubierta cayó, destapándose.

Pudo pensar que fue el destino o una muy buena coincidencia, pues las barricas contenían una piedra oscura, conocida por asesinar demonios.

Era obsidiana. Había otras piedras preciosas mezcladas, pero lo importante era ese vidrio volcánico.

―Tengo una idea… ―habló para sí misma y luego se dirigió hacia los hermanos―. ¿Tienen cañones?

Ellos asintieron y Hanae no perdió el tiempo, avanzando hacia el capitán.

―Ordene que preparen los cañones, podemos acabar con él…

Minami estaba impactado por todo lo que sucedía; por tal razón, cuando Hanae se acercó, parpadeó dos veces y frunció el ceño.

―¿Qué…?

―Dentro de esos barriles hay obsidiana; los demonios son vulnerables a esta. Si utilizamos el contenido contra la criatura, podemos asesinarla.

Los hermanos se encontraban cerca, escuchando la conversación desde las escaleras.

―Pero… ¡si utilizamos toda la obsidiana no obtendremos el dinero! ―objetó Umi, subiendo un par de escalones para ver a Minami―. ¡Perderemos la oportunidad!

―Si mueren, no podrán hacer dinero y ayudar a su madre ―respondió Hanae. Pudo ver que sus palabras tuvieron algún efecto en los hermanos―. El barco podría hundirse antes de llegar a Hokkaido.

―Siempre habrá nuevas oportunidades, Umi ―dijo su hermano con gentileza. La desilusión de Umi fue notable.

Los tres se miraron entre sí, pero Hanae solo dirigió su vista al capitán, en espera de una respuesta. El tiempo corría.

―Bien… ―aceptó Minami. Avanzó un poco hacia al frente para alzar la voz―. ¡Carguen los cañones con la obsidiana! Aho…

Un tentáculo llegó con rapidez, perforando el costado de Minami y sacándole un grito. Al instante, la cazadora cortó el tentáculo y un chillido se escuchó. Ayudaría a acostar al capitán, pues comenzaba a sangrar.

―¡Minami! ―gritó Umi y se acercó con preocupación junto a Kaiyō.

―¡No hay tiempo! ―exclamó Hanae con intención de que se enfocaran―. Hagan lo que pidió… Descarguen los barriles y utilicen la obsidiana como pólvora. Dividan a los tripulantes: unos deben continuar defendiendo en la cubierta y otros, posicionarse en los cañones.

Hablaba según lo que le parecía más coherente, aun si nunca había organizado a una tripulación o peleado contra un demonio con tentáculos como un kraken. Siempre había una primera vez para todo y su vida completa era prueba de ello. Colocó las manos de Minami en la herida para que presionara.

―¡Ve, Umi! Y Kaiyō… ayúdame a llevarlo a un lugar seguro.

Ambos asintieron y actuaron. Umi corrió para avisar a todos lo que debían hacer, mientras que Hanae ayudó a cargar al capitán para llevarlo a su cabina. Dejarlo tirado podía ser contraproducente.

Una vez en su aposento, hicieron un nudo en la herida con una tela para evitar que la hemorragia empeorara. Los ojos de Minami se habían debilitado y el sudor comenzaba a surgir en su frente.

―Ve y ordena disparar cuando creas conveniente ―dijo Hanae a Kaiyō.

―Aún necesitamos un capitán en el timón…

―¿Conoces a alguien que pueda hacerlo?

En la mente de Kaiyō había alguien.

Al volver a la cubierta fueron hacia Kurai, quien se espantó cuando Hanae tocó su hombro para llamar su atención.

Ambos le explicaron lo sucedido con el capitán y que alguien debía encargarse del timón.

Al inicio se negó rotundamente, pero lo cierto es que era el único que había practicado navegación junto a Minami.

A los minutos, estaba sosteniendo con manos sudorosas el timón.

―Manos a la obra… ―dijo Kaiyō con decisión.

Mientras tanto, Umi había organizado a los tripulantes en cada cañón; cuatro apuntando a cada lado del barco.

Los cargaría con obsidiana y ordenaría disparar a la vista de algún tentáculo.

No sería difícil divisarlos, ya que diversos los rodeaban.

Estas extremidades barrían la madera de la nave; los pisos, las bordas, las paredes…

Una extremidad había golpeado una de las velas y ahora caía desprendida hacia el agua.

Había más de ocho tentáculos rodeando el barco, algunos inmóviles, solo asomándose por el agua como tiburones hambrientos.

El demonio jugaba con sus presas, en vez de simplemente partir el barco en dos.

Los cañones sonaban con fuerza después de cada grito de Umi.

―¡Disparen…! ¡Disparen!

Su estridente voz desaparecía con los estruendos de cada disparo cargado.

Algunos fallaban ante las escurridizas extremidades, pero eran tan grandes que la mayoría de la obsidiana las alcanzaba con fuerza.

Pedazos de estas eran desprendidos, dejando costados desgarrados u orificios gigantes en el demonio.

Los chillidos resonaban aún debajo del agua. Estremecían el mar.

Después de un rato de tensión y temor, quienes quedaron en pie sobre la cubierta bajaron sus armas, incluso Hanae. Los tentáculos del objetivo retrocedieron. Pronto habría silencio.