Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 25 #2
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CAPÍTULO 25 #2

Rūku se levantó colocando sus manos en su cabeza. Una niebla extraña y oscura comenzó a bajar las escaleras hacia el camarote, extendiéndose como una fina capa sobre los suelos. De pronto, el hombre rompió una botella y apuntó a los demás con sus astillas, quienes lo miraban con confusión.

―¡No los conozco! ¡Mueran! ¡Muer…!

Hanae se había movido, silenciosa y rápida. De un segundo a otro estaba sobre Rūku. Lo tacleó y despojó de la botella mientras él se movía con desesperación. Sus compañeros veían estupefactos la escena. La mujer optó por golpear su cabeza contra el suelo para noquearlo.

―¿Qué demonios…? Nos estábamos divirtiendo ―reclamó uno de ellos.

―Debió haber sido la bebida ―supuso el otro marinero, antes de percatarse de la niebla que acariciaba sus pies.

―Creo que tenemos un problema ―anunció Hanae con preocupación.

Al levantarse, vio que algunas personas del camarote se levantaban de sus hamacas y caminaban sin pestañear hacia la cubierta del barco. Parecían sonámbulos, sin brillo en sus ojos, y repetían frases desconcertantes.

«Descubriré el secreto de la profundidad».

«Voy… voy».

«¿Dónde estoy…? Me encontraré».

«He caído en un abismo singular… Agua, agua», cantó uno.

Los siguió hacia el exterior. La niebla se había extendido y densificado.

Se movía como gruesas enredaderas, impidiendo la vista con una oscura densidad.

Era inquietante, rozando lo escalofriante, mientras el barco yacía varado en medio de la negrura del mar.

Había un leve viento, pero la nave no avanzaba.

Hanae comenzaba a pensar que se trataba de un demonio de rango superior, lo cual equivalía a habilidades o fuerza mayores que las de otros seres del infierno. Sin embargo, ni siquiera visualizaba alguna forma física que revelara al causante del descontrol mental.

El aire se había vuelto más pesado.

Generaba tensión en la espadachina.

Las personas sumidas en un trance comenzaron a dirigirse a las cuerdas de las velas, buscaban romperlas o desatarlas.

Alrededor de diez se encontraban saboteando el barco.

No era como la manipulación del Demonio del Control; estos repetían frases sin sentido, balbuceaban como recién nacidos y mostraban un deseo de descubrir «lo desconocido».

Los cantos de unos pocos sumaban desasosiego en el ambiente, como si no fuera lo suficientemente perturbador.

El resto de los tripulantes ―doce, sin contar a Hanae y al capitán―, intentaban detenerlos. Sin embargo, las reacciones eran variadas. Algunos gritaban, otros tomaban actitudes agresivas y otros mantenían la calma en silencio, dejándose mover sin hacer esfuerzo.

Un manicomio a bordo de un barco.

Pudo ver a Kaiyō y a Umi buscando ayudar; estaban tan confundidos como todos los demás marineros conscientes. No obstante, Hanae se concentraba en los alrededores. Su calma implacable solo se mostraba en el exterior, ya que su mente trabajaba con rapidez y sus ojos se movían de un lado a otro.

¿Es un demonio invisible? ¿Acaso vuela…?

Se acercó al borde del barco y vio el mar. Tan asiduo en su amplitud y oscuridad.

Afiló su mirada… Debajo de aquella capa superior del agua, podía haber mil y una cosas en las profundidades.

La idea de un demonio acuático cruzó por su mente y, en ese instante, algo golpeó la quilla sumergida del barco.

Este se tambaleó sin cuidado y Hanae se sostuvo del borde.

Se había inclinado hacia adelante por la inercia, alcanzando a ver algo debajo de la superficie sombría.

―Maldición…

Era grande, más de lo que la noche le permitió ver. Se alejó, comenzando a caminar hacia el centro, y alzó la voz para decir:

―¡Escuchen! ¡Hay algo debajo del agua y…!

Se interrumpió cuando algo a sus espaldas surgió del mar; tentáculos delgados e inmensos, en forma de arpón, intentaron atacarla con decisión.

Se hizo a un lado, pero uno de ellos atrapó a un tripulante detrás de ella, atravesándolo en el pecho y arrastrándolo al interior del mar.

Era obvio que se trataba de un demonio, pues la piel de los tentáculos era tan babosa que escurría como cascadas, pareciendo que se derretía; dentro de esa piel, manos y rostros clamaban por salir.

El cuerpo completo debía estar en alguna parte debajo del barco. Aquellos tentáculos solo eran los brazos que torturarían a los tripulantes atónitos.

Hanae tenía que pensar rápido. Había personas en pánico, otras desconcertadas e impactadas, y otras en un trance mental. Estaba consciente de que solo ella podía organizar a todos en el único lugar donde podían estar parcialmente seguros: el barco. Estaban muy lejos de tierra firme.

―¡Atención! ―llamó a todos. Invocó su valentía para poder dirigirse a un grupo de personas, pues detestaba tener cargas de atención colocadas en ella. Además, trabajar en equipo no era lo suyo―. Sostengan a todos los sonámbulos en los camarotes; una parte tratará de defender la nave y…

―¿Quién te crees tú? ¿Eh…? ―apareció Umi con tono amenazante―. ¡Tú no nos das órdenes!

Otro tentáculo salió del agua y barrió un costado de la borda, intentando atrapar a unos marineros que se lanzaron a tiempo al suelo.

Umi tenía razón; Hanae no era su capitana, ni siquiera era una tripulante.

Solo una extraña que había pedido viajar por tiempo limitado.

Ella consideraba que carecía de habilidades de liderazgo, sin mencionar su deficiente comunicación con las personas o su ansiedad para relacionarse.

¿Cómo podía pretender que era capaz de organizar a una tripulación? ¿Cómo…?

Sin embargo, debía intentarlo. El pánico de los demás indicaba que podrían cometer errores o paralizarse ante la amenaza anormal que presenciaban.

Mientras que Hanae había aprendido a jamás verse detenida por un enemigo, sin importar su apariencia o tamaño.

Mentalmente, estaba lista para luchar, así que debía estarlo para esa nueva situación.

Inhaló hondo y se convenció de que podía ser la líder que necesitaban en ese instante.

Un tentáculo salió de la nada y se llevó a otro tripulante. Sus gritos fueron ahogados al tocar el agua.

―¿Ves eso…? ¡Es un demonio! ―Señaló al tentáculo que se ocultaba nuevamente en el mar―. Si nos quedamos sin hacer nada, todos vamos a morir a bordo de esta nave.

―¿Un demonio…? ―Umi dudó, pero las características de la criatura eran muy obvias como para cuestionar lo que sus ojos veían. Jamás creyó en aquellas historias fantásticas sobre el Jigoku, pero no iba a formular preguntas cuando carecían de tiempo―. ¿Qué tienes en mente?

―Solo hagan lo que les pida…

En ese momento, Minami salió de su camarote, alzando la voz.

―¿Qué está sucediendo aquí? ¿Por qué hay tanto…?

Vio la espesa niebla y luego algo gigante moviéndose alrededor del barco. Mil y una señales de alerta pasaron por su mente. Sus piernas flaquearon ante la inmensidad.

―Señor… ―Hanae se acercó con seriedad, haciendo que la mirara―. Estamos bajo ataque y necesito que me escuche.

Todos se pusieron en marcha, buscando armas, ya que sentían la muerte demasiado cerca ante una criatura que jamás habían visto en la vida. Demonio o no, era temible en mar abierto.

Contuvieron a las personas en trance dentro de los camarotes, sacaron armas filosas para contraatacar a los tentáculos y Minami se colocó en el timón.

No fue difícil convencerlo; siempre imaginó la existencia de criaturas que carecían de humanidad, devoradoras de inocentes, incluso en los fantásticos mitos que rondan por Japón.

Siempre creyó que se sentiría emocionado al encontrarse con un ser igual, pero la verdad es que estaba tan aterrado como un niño pequeño.

Me he acostumbrado a presenciar la muerte, pero mi coraza no es totalmente insensible. Salvaría a todo el mundo si fuera posible…

No lo es.