Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

COLATERAL

Las velas se extendieron y los marineros se movilizaron en sus lugares al instante.

Tomaban cuerdas y verificaban que todo estuviera en orden desde que la nave comenzó a dar sus primeros pasos hacia el mar.

Hanae admiraba cada acción que conllevaba navegar un barco y, eventualmente, mantenerlo en movimiento.

Pasaba por la cubierta, dejando que el viento cruzara a través de ella, tal como hacía con las velas.

Sería un viaje de una semana para llegar a Shinhidaka, en la isla de Hokkaido.

Una vez estuviera allí, el camino sería más corto hacia su destino.

Su caballo estaría ubicado en un área de la planta baja del barco mientras llegaban, junto a otros animales.

Hanae no se imaginaba lo que sería tardar días sin ver directamente la luz del sol. Al menos pensaba en bajar de vez en cuando para darle atención, para que resultara un viaje menos tortuoso para Yūkan.

Horas después de haber zarpado al mar abierto, escuchó una voz.

―¡Hey! Tú… Espadachín. ―Se giró al escucharla; se trataba de Kaiyō, quien estaba al lado de Umi y otros tripulantes.

Hanae se acercó al llamado, notando las miradas curiosas y, en el caso de Umi, percibió molestia. Comenzaba a pensar que eso era normal en ella.

―Acompáñanos, ya que estarás cierto tiempo con nosotros.

Uno de los tripulantes le extendió una caja de madera que podía usar como silla y la palmeó, incitándola a sentarse. Hanae aceptó la invitación, quedando algo baja en comparación con los demás debido al tamaño de la caja.

―¿Esas espadas son falsas o reales? ―preguntó Umi.

―Son reales… ―al responder, notó las miradas escépticas de los demás.

No era la primera vez que veía dudas acerca de que alguien como ella cargara armas letales. Por tal razón, sacó una de su elegante vaina, permitiendo que reluciera ante los ojos ajenos. Uno de los tripulantes, asombrado por el diseño tan acabado, se atrevió a acercar su mano.

―Cuidado, corta fácilmente ―advirtió Hanae. El hombre de tez morena, extranjero, acercó su mano y dio un ligero golpe con sus dedos sobre la hoja. El metal resonó ligeramente, como una canción mortal digna de ser escuchada.

―¿Con esa espada te hiciste esas cicatrices? ―preguntó curioso un tripulante.

―No me las hice yo misma.

Hanae no deseaba contar lo sucedido; por lo tanto, dejó que las dudas revolotearan libres en el aire.

―A todo esto… ¿por qué llevas dos espadas contigo? ―Umi habló nuevamente.

―Protección… ―fue la breve respuesta de Hanae, siendo más obvia de lo que pensaba. Los demás lo aceptaron, incluso Kaiyō, quien hizo un puchero mientras asentía.

―El país es más peligroso que antes, ¿no es cierto, Umi? ―Él le dio una palmada algo brusca en la espalda. La mujer ahogó una tos y lo fulminó con la mirada―. Somos hermanos, pero ella sacó el mal humor de nuestra madre. A veces creo que es contagioso.

Hanae comenzó a entender el parecido, a excepción de la personalidad. Las actitudes de ambos eran fuertes, pero Kaiyō resultaba ser más relajado.

―Solemos viajar mucho. Seguimos al señor Minami desde hace unos meses, y algún día nos gustaría navegar por todos los mares del mundo. ¿Se imaginan los tesoros?

Podía ver que Kaiyō era todo un soñador.

Y, aunque Umi mantenía sus cejas arqueadas hacia abajo, le dirigía una mirada de cariño a su hermano.

Mientras tanto, los demás tocaban diversos temas o contaban anécdotas de su vida.

Evidentemente, ninguna se comparaba con las experiencias complejas de Hanae, quien evitó comentar sobre el caos que arrastraba.

―¿Alguna vez habías navegado, Hanae? ―preguntó un tripulante de ojos saltones.

―Nunca… Es una nueva experiencia.

Su tono era relajado. Podría deberse al movimiento tranquilizante de las olas al balancearse o a la compañía de los demás. Algunas cosas habían cambiado en ella en los últimos meses.

―Bueno… ¡Trata de no vomitar en la borda!

Las risas pronto resonaron, incluso Hanae rió levemente. Muy bajo, pues sabía que se trataba de una broma y que aquellos marineros tenían un humor llamativo.

―Veamos, Hanae. ¿Sabes pelear? ―dijo el marinero que, anteriormente, intentó tocar la espada. Se levantó del asiento.

―Déjala, Kurai ―mencionó alguien con gracia.

―No seré duro; es más… la dejaré atacar primero.

Él llevaba una sonrisa sumergida en confianza, al tiempo en que levantaba los puños delante de su rostro.

Le hizo una seña a la mujer para que se acercara a él. Ante el ánimo de los demás, finalmente Hanae aceptó, colocándose frente al retador. Posiblemente, solo le llevaba unos pocos años más a la mujer.

―Vamos…

―Trataré de no herirte ―mencionó ella con una pequeña sonrisa, pero él rió incrédulo.

Esa risa se apagaría al ver cómo Hanae atacó con rapidez, después de adoptar una postura de combate.

El hombre tuvo que reaccionar al instante para evitar ser golpeado, usando su antebrazo para desviar el ataque que se dirigió a él como una cuchilla.

Hanae pronto se hizo a un lado, colocando un pie en los suyos con intención de dejarlo caer.

Kurai se tropezó, plasmando una expresión pasmada antes de quedar pegado en el suelo.

Todos miraron a Hanae con sorpresa, pero luego rieron y se burlaron de Kurai, celebrando su derrota, que duró menos de un minuto.

Incluso Umi había soltado un par de risas.

La cazadora se acostumbraría al ambiente risueño entre los que pisaban aquel barco, llegando hasta el tercer día con ellos en alta mar.

El sol se había asomado por breves momentos anteriormente, pero ahora había caído la tarde y ningún rayo de luz se divisaba entre las nubes.

Era un día tan gris como cuando pisó el barco por primera vez, incluso más nebuloso.

Hanae comía con ellos, los ayudaba a pescar de vez en cuando y conversaba; aun si ella no era de muchas palabras. A veces solo se dedicaba a escuchar.

―Peces, langostas, cangrejos, estrellas… ¿Quién come estrellas? ―dijo Minami con una mirada de locura al ver la pesca del día.

Hanae había aprendido que esa mirada era común en él.

Las redes habían atrapado diversas especies marinas. Algunas tenían espasmos leves mientras el agua terminaba de escapar de sus cuerpos húmedos.

―¿Quién come estrellas? Ni siquiera tienen suficiente masa para llenar un estómago. ¡Preferiría comer un tiburón! ―soltó una risa. A veces no medía su volumen de voz.

―Las estrellas de mar con sopa de pescado no saben tan mal ―respondió Kaiyō, despreocupadamente, encogiéndose de hombros.

Junto con Hanae se encargaba de desenredar la malla de pescar para liberar lo que habían recolectado.

―¿¡Ah!? Bájate de mi barco Kaiyō. ¡Tírenlo por la borda!

El mayor hacía ademanes exagerados. Cualquiera pensaría que su reacción era una broma, pero a veces no se sabía qué tanta realidad había en sus actitudes.

―¡Vamos, Señor Minami! Le cocinaremos la mejor estrella de mar del país.

Umi apoyó a su hermano con media sonrisa.

―No, no… Estoy seguro de que Hanae me apoya. ¡Diles! ―Minami la señaló, llamando su atención.

―Puedo alimentarme de lo que sea, no soy exigente… ―dijo con la misma despreocupación de los hermanos. Después de tantas odiseas por sobrevivir y tener que vagar sola por todo Japón, aprendió a apreciar lo que poseía y el alimento que conseguía.

―¡Oh! ¡No puede ser! Me has fallado, niña.

Los hermanos rieron, notando que Hanae era más humilde de lo que parecía.

Sobre todo, Umi, quien había aflojado su complicada actitud hacia ella en aquel tercer día navegando.

Se le dificultaba confiar en las personas; por tal razón, no se llevaba bien con los desconocidos.

De vez en cuando solía ser algo exagerada al respecto.

Hanae no la culpaba, mucho menos después de escuchar su breve historia de abuso por parte de su padre.

Kaiyō al parecer le había dado una paliza a su progenitor y este huyó de la casa, dejando a su familia sin dinero.

Su madre se encontraba en una edad avanzada, así que los hermanos decidieron trabajar para poder ayudarla en los años que le restaban de vida.

Era algo noble, aun si el trabajo se trataba del comercio ilegal.

Había escuchado un comentario respecto a sus labores turbulentas antes de caer dormida.

También oyó susurros poco disimulados al pasar por cubierta.

De todas formas, no los juzgaba, y tampoco le interesaba saber qué transportaban.

Su única necesidad era llegar a su destino.

***

Cuando las horas pasaron, el cielo se oscureció y la neblina permaneció tatuada en el ambiente. Minami decía que no había de qué preocuparse…, pues climas similares abundaban en esa época del año.

Sin embargo, esa neblina parecía más densa de lo normal y oscurecía aún más la noche, impidiendo la vista hacia el horizonte; ni siquiera la luna se alzaba en el cielo.

Unas nubes densas se extendían por todo el firmamento sobre sus cabezas.

Algunas áreas del barco estaban iluminadas por unos pocos faroles, cuyas velas anaranjadas creaban aros de luz en los suelos.

Solo dos personas pasaban por la cubierta y una se encontraba en la canasta ubicada en la cima del palo mayor, utilizada para la vigía.

Entre tanto, los demás marineros descansaban en los camarotes, acostados en sus hamacas.

Unos pocos se mantenían despiertos, jugando sobre una mesa de madera, bebiendo y conversando.

Tenían un tono de voz moderado y poseían la única luz en aquella área.

Hanae intentaba conciliar el sueño en su hamaca.

Era como correr un maratón para poder atrapar el deseo de dormir, pero la extraña sensación que recibió la inquietó.

Un escalofrío recorrió desde su nuca hasta su espalda; incómoda y preocupante.

¿Un demonio estaba cerca? Abrió un ojo y percibió que todo el camarote se había tornado más oscuro.

Afinó sus oídos; los tres marineros aún conversaban.

―Gané, admítelo.

―Juguemos otra ronda. ¿Qué piensas, Rūku…? ¿Rūku? ―El marinero frunció el ceño al ver el rostro pálido y confundido de su acompañante.

―¿Quiénes… son ustedes? ―inquirió Rūku, razón por la que los demás quedaron desconcertados.

―Deja de bromear. Vamos por otra ronda.

―¿Quiénes son…? ¿Dónde estoy?