CAPÍTULO 24
RECORRIDO
Desde que Hanae inició su viaje con el fin de asesinar a Nobukatsu, yendo en contra de la corriente del pacto realizado por su madre, creyó que solo se fijaría en ese único objetivo, sin nada que la distrajera.
Sin embargo, hasta ahora, se había detenido innumerables veces a ayudar a personas peligro y a asesinar demonios que ni siquiera la buscaban.
Había convivido con quienes le aportaron una mínima pizca de paz a su vida e incluso había recuperado sentimientos empolvados que la hacían reconocer que era tan humana como cualquiera.
Y cometió errores en su trayecto.
Antes de partir de Gokayama, convivió con los aldeanos que salvó, notando las secuelas que el Demonio del Control había dejado en el pueblo y en sus vidas.
Prestó atención a sus historias, ayudó a enterrar a sus muertos y a conseguir alimento para el día.
Como agradecimiento, le regalaron recursos para el largo viaje que estaba realizando, pues aún faltaban varios días para llegar a su destino.
La salvadora fue testigo de la fe que los pueblerinos depositaban en ella y en su propósito; no era la primera vez que sus buenas acciones generaban reacciones positivas en los afectados. Supuso que no debía sorprenderse de que sucediera una vez más.
En los días siguientes, fue testigo de cómo las mañanas alcanzaban rápidamente el ocaso. El otoño se transformaba poco a poco en invierno, invocando los primeros copos de nieve que arroparían los caminos, tornándolos blanquecinos durante los próximos meses.
Se refugiaba, cazaba y creaba fogatas en los largos bosques que la acompañaban…
En las noches, se acurrucaba junto a su caballo en las cuevas o debajo de las hojas que habían caído, utilizándolas como sábanas.
En cuanto tuvo la oportunidad, aprovechó para cazar un oso, cuya piel le serviría como abrigo mientras las temperaturas bajaban.
Desde pequeña sintió afinidad por los animales, pero había aprendido a alimentarse de ellos y a quitarles la vida con sus propias manos para no morir de hambre y sobrevivir al cambio de clima.
Lejos de ser cruel, demostraba ser humana.
Sin embargo, mientras lo hacía, intentaba mostrar su respeto.
Llevar la piel de oso sobre sus hombros y su kimono negro le permitió no ser azotada con fuerza ante los primeros indicios de temperaturas gélidas, mientras se acercaba a la costa del mar de Japón, que separaba la isla mayor de Hokkaido.
En el camino, había escuchado que aquel lugar solía estar cubierto de nieve.
Cada esquina, árbol o hierbajo se veía obligado a aceptar el clima de la época.
Recordaba que en su niñez vivió la temporada de invierno sin mucho traumatismo por el frío, ya que su hogar estaba en el lado más alejado del norte.
Las brisas solían ser un aperitivo durante los días, siendo disfrutables antes de que llegaran los climas más cálidos.
Ni siquiera la nieve abundaba por esas zonas.
De todas formas, su madre prefería impedirle salir para que no atrapara un resfriado, aunque su hija era toda una aventurera, razón por la cual optaba por advertirle que se vistiera con ropas menos ligeras y más abrigadas.
Era una madre constantemente preocupada por su hija, quien a veces detestaba que fuera sobreprotegida. Sin embargo, en la actualidad, hubiera pagado por aún tener una madre que continuara regañándola o protegiéndola como Natsuki Yoshida hacía.
El recorrido hacia Hokkaido fue tranquilo.
La espadachina solo se preocupaba por los animales salvajes que rondaban dentro de los bosques, aunque de vez en cuando se encontró con demonios de bajo rango; uno en una montaña y otro alimentándose de unos humildes aldeanos en un pueblo cercano.
Tenían apariencias más mamíferas que humanas, pareciendo híbridos de distintas especies, pero no tenían ninguna especialidad que le causara un reto a la cazadora; la misma que intentaba evitar los pueblos o ciudades, quedándose cerca de los caminos que dirigían a su destino.
Despertaba con los primeros rayos de luz golpeando sus ojos y dormía cuando los grillos comenzaban su orquesta.
Estaba más acostumbrada a tener tal contacto con la naturaleza que a permanecer en lugares donde habitaran personas; no las evitaba, tan solo prefería ser una nómada que se concentraba en llegar a su destino.
Aún mantenía aquella dureza que la caracterizaba; no obstante, debía admitir que se había ablandado después de convivir con diversas personas.
Llegó a sentir aprecio y cariño por personas que difícilmente olvidaría.
Posiblemente, el único arrepentimiento que tenía era haber aceptado convivir con el hombre que le causó las cicatrices actuales y recientes en su cuerpo.
Mientras se acercaba a la costa, donde decían que encontraría transporte hacia Hokkaido, aprovechaba para practicar el control sobre sí misma.
Entrenaba aquella transformación que al inicio pensó que era problemática.
Presentía que, cuando llegara el momento final, debería invocarla y no quería fallar en el intento. Podría necesitarla.
A pesar de que las escamas en su piel le causaran repudio.
A pesar de que las garras que reemplazaban sus dedos parecieran dignas de pesadillas.
A pesar de que los cuernos y los fortalecidos colmillos clamaran por lágrimas de odio hacia sí misma.
Podría necesitar todo su ser, incluso lo que más odiaba, al momento de llegar a la Puerta del Infierno. O de enfrentarse a la supuesta batalla final.
Toda su vida solo estuvo enfocada en la venganza hacia Nobukatsu, de la que se convenció de que era dueña. Por ello, en ese punto del viaje, no había marcha atrás.
Tardó alrededor de un mes en llegar a la costa. Vio el mar oscuro saludándola, chocando contra la arena cubierta ligeramente por nieve. Pocas veces había visto el océano, pero su amplitud resultaba intimidante, sobre todo en esos momentos en que el cielo a su alrededor carecía de color.
Notó unas figuras a cierta distancia desde su ubicación; parecían preparar un barco antes de navegar.
Hanae se acercó, dejando las marcas de su calzado sobre la arena y, cuando estuvo lo suficientemente cerca, uno de los presentes le pidió que se detuviera.
El hombre joven bajó del barco, colocando sus pies en la plataforma de madera que separaba la tierra del mar.
Una acompañante lo seguía. Él llevaba un nunchaku ―un arma de dos palos cortos unidos por una cadena― y ella llevaba un tanto ―un arma de filo similar a un puñal―.
Ambos se acercaron manteniendo una distancia considerable.
La analizaron, deteniéndose unos segundos en las cicatrices de sus extremidades, las esquinas visibles fuera de su ropa.
―Te recomendamos que vuelvas por donde viniste… ―habló la mujer de cabello corto.
―Este no es lugar para civiles ―continuó el hombre.
Hanae los escuchaba con expresión neutral y sin sentirse intimidada de alguna forma. Llevó sus ojos detrás de las espaldas de ambos, específicamente al barco. Allí, la tripulación cargaba barriles pesados de madera.
―¡Hey! ―La fémina acercó un poco más el tanto―. Te dijimos que te fueras.
―Necesito subirme a ese barco. ¿Se dirigen a Hokkaido?
―¿Por qué quieres llegar a la isla?
―No es asunto tuyo.
―¡Oh…!
Ambos alzaron las cejas. La mujer, con molestia, carcomiéndole el entrecejo, y el hombre con impresión ante la actitud firme de Hanae. Eran reacciones comunes en aquellos que trataban de cerca con la espadachina.
―Quisiera hablar con el capitán ―demandó Hanae.
―Eso… podemos arreglarlo.
El hombre miró a la mujer, quien pareció suspirar silenciosamente, aguantando la frustración.
―Bien… ―aceptó ella―. Síguenos.
Los tres caminaron hacia la cubierta del barco, lugar donde había más movimiento.
Los tripulantes cargaban los barriles de un lado a otro, llevándolos hacia el piso inferior de la nave.
Algunos de ellos observaban a la espadachina al pasar, cuestionando qué hacía una mujer como ella pisando sus suelos.
Las amplias velas blancas se alzaban venerables en la cima de sus cabezas, siendo zarandeadas por el viento.
La nave era más grande de lo que pensó a simple vista.
Y yo que creía que un nenúfar en un estanque era imponente.
La inocente e inexperta infancia.
El hombre tocó la puerta que parecía ser la cabina del capitán y este salió casi al instante. Llevaba una barba descuidada y unas arrugas prominentes, acompañadas de ojeras que se deslizaban hasta tocar sus mejillas. A pesar de ese rostro añejado con los años, su ánimo se alejaba de su edad.
―¡Hola! ¿Qué traen por aquí mis tripulantes favoritos?
Las caras de ambos no mostraron alegría ante tal declaración.
―Ella es… Bueno, ella quiere cruzar el mar, en dirección a la isla ―mencionó el joven.
El capitán se acercó un poco para ver más de cerca a Hanae. Buscaba descifrar de qué parte de Japón pudiera provenir o si la había visto alguna vez.
―¿Y tu nombre es…?
―Hanae, señor.
―¡Es educada! ―Aplaudió dos veces como celebración―. ¿Eres de Tokio?
―No… de Kibi Plain ―aseguró.
Decir de dónde provenía no resultaba un problema, sobre todo cuando no tenía un hogar como tal. Hacía años no pisaba Kibi Plain ni las zonas cercanas a su hogar.
―Mm… Vienes de muy lejos.
Él pareció dudarlo, dándole un nuevo vistazo a las vestimentas de telas finas y oscuras que portaba; a la piel de animal sobre sus hombros, a las katanas duales en su espalda y a sus cicatrices. Le resultaba una joven peculiar sin siquiera conocerla.
―¿Por qué vas a Hokkaido? O mejor aún… ¿por qué deberíamos llevarte?
―Puedo pagar.
Sacó una bolsa con monedas de su cinturón y la extendió al hombre. Parecía ser una táctica infalible al momento de necesitar información, refugio e incluso transporte. Muchas veces vio cómo los ojos de las personas brillaban ante las monedas de la bolsa.
A veces por avaricia. Otras… necesidad.
El capitán la pesó en su mano e hizo un conteo mental de cuántas pudiera haber.
―¿Crees que tu dinero es mucho? Con los barriles en este barco podremos pagarnos toda una vida.
Los dos tripulantes lo miraron con desconcierto, como si el capitán hubiera revelado algo que no debía. Hanae notó la tensión poco disimulada en sus expresiones.
―En fin, niña… puedo aceptarlo. Ponte cómoda. Ellos son Kaiyō, Umi y yo soy tu capitán, Minami. En pocos minutos estaremos partiendo. Que Buda nos ayude con este clima.
Fue lo último que mencionó antes de dirigirse nuevamente hacia su cabina. Hanae suspiró al mismo tiempo que la brisa; ya tenía su pase hacia el otro lado.
Los días avanzaban, el tiempo corría…
Su corazón comenzó a latir con más presencia en su pecho, sabiendo que estaba más cerca de lo que alguna vez estuvo en la vida.
He visto hermosos paisajes a lo largo de mi vida. He convivido con la naturaleza que tanto me limitaron entre los muros de mi hogar durante la infancia. Los kimonos de telas finas y las atenciones de sirvientes a todas horas no me han hecho falta, a excepción del amor de mi madre.
La distancia se ha cortado hacia la Puerta del Jigoku, pronto podré cobrar mi venganza.