CAPÍTULO 23 #2
«Fui llevado al infierno, pero no se preocupen. Vine a visitarlos y no a asesinarlos como mis visitas pasadas en las sucias aldeas».
Cualquier idea le parecía una mala idea. Y, mientras reflexionaba, un ruido de algo que se quebraba se escuchó en el interior de la casa, seguido de unos gritos. Kai se apresuró, llegando justo en el momento en que la mujer que le dio la vida, ahora amenazaba a Asa con un pedazo de porcelana.
―¡Niña tonta!
En ese instante, recuerdos fugaces aparecieron ante Kai.
Las escenas dolorosas de su infancia ahora se replicaban en su hermana, aquella que juró proteger en los viejos juegos inocentes con sus hermanos.
No iba a permitir que fuera dañada, mucho menos por la misma mujer que tanto dolor le había transmitido a su ser.
―Detente… ―su voz fue un susurro friolento, mezclado con la oscuridad que albergaba la sala.
Entre las sombras de su hogar alargó su mano, la cual se tornó en escamas cenizas y alcanzó la espalda de la mujer.
Su aparición siniestra provocó los escalofríos en Asa, como si la temperatura hubiera descendido instantáneamente en todo su cuerpo.
La joven vio, a espaldas de su madre, cómo unos ojos oscuros se asomaban entre las sombras.
Los mismos que asesinaron frente a ella.
Fueron segundos escalofriantes.
La oscuridad se había expandido en aquel espacio de la estancia.
Las garras filosas de Kai atravesaron el abdomen de su madre, despidiéndola súbitamente de la vida.
Cuando su cuerpo cayó, él se dejó ver a través de la luz de la sala.
Asa lo miraba estupefacta, sin poder reconocerlo.
Tenía tan solo tres años cuando su hermano fue llevado por Nobukatsu; así que no podía reconocer su rostro adulto.
―¿Quién eres? ¡Aléjate de mí!
Asa lloraba, retrocediendo en el suelo. Los vellos en sus brazos se habían alzado ante los escalofríos.
―Soy Kai… tu hermano.
En los ojos del semidemonio habitaba una súplica silenciosa: ser reconocido.
―¿Kai? ―escuchó una voz masculina llegar. Era Koa. Sus hermanos habían cruzado por la puerta.
―¿Qué sucedió? ―Dai se acercó hacia Asa, dirigiendo su vista a la mujer asesinada en el suelo y a la mano ensangrentada de Kai. Generó conclusiones instantáneas.
Dai y Koa mantuvieron por mucho tiempo la idea de que su hermano mayor no era humano.
Su madre había intentado intoxicarlos con su desprecio, pero ellos jamás la escucharon.
Tan solo se quedaron con la imagen de cómo Kai era llevado a un destino desconocido.
Pensaron que había muerto. Después de esto, su madre fue la misma mujer amable de siempre; empero, a medida que envejecía, parecía desgastarse y amargarse.
El papel de madre amorosa se degradaba al pasar los años.
Poco a poco mostraba su verdadera cara, aquella que tanto conoció Kai.
Con el tiempo, ellos también generaron desasosiego.
Un leve rencor hacia todo lo que los rodeaba había surgido, al menos de parte de Koa.
―Vete… ―sentenció Koa―. Ya has hecho suficiente daño a esta familia.
Aquellas palabras se clavaron como un puñal en el corazón de Kai. Dolorosas. Se sentía como si sangre invisible se derramara de él. Mas no había nada que decir.
Kai desapareció como humo en el viento. Había usado ceniza del infierno para alejarse de sus hermanos.
Volver con su familia había sido su objetivo principal y, a pesar de sentir que no lo querían, estaba convencido de que podía cambiar su parecer. Que la época de felicidad que tuvieron juntos podía resurgir. Por tal razón, le suplicó a Nobukatsu por su libertad.
―Déjame ir… La condición del trato era que pudiera ser libre al llegar a la mayoría de edad. He hecho todo lo que me has pedido.
Kai estaba arrodillado, con el cabello oscuro acariciando los costados de su rostro.
―¿Te quieres ir en tu mejor momento? Estás al nivel de un Jinete. Coleccionaste almas para mí y ocasionaste pecados, incluso en los más puros de corazón. ¿No quieres tener tu propio trono?
―Quiero ser libre… ―su lengua destiló esperanza.
Había perdido gran parte de su humanidad con los años, como hijo y ayudante de Nobukatsu.
Quería volver a sentir lo que era ser humano.
En ese punto, se había desensibilizado y había borrado su empatía.
Lo único que volvió a causar algo en su interior fue la forma en la que sus hermanos lo miraron y las palabras firmes de Koa.
Nobukatsu gruñó e imaginó mil y una torturas para su desafiador; hundirlo en pozos de lava hirviendo, ahogarlo en aguas putrefactas, quizás lanzarlo desde gran altura para ser ensartado en un millón de púas.
No obstante, no lo hizo. Pensó en algo mejor.
Una forma de aprovechar una vez más sus habilidades.
―Hanae Yoshida… ―Nobukatsu escupió. Kai lo miró con desconcierto―. Asesínala o tráemela… y serás libre.
Kai entornó la mirada. Una tarea idónea para lograr aquel objetivo impuesto. Conseguir una última alma por su libertad… lo consideraba trabajo fácil. Sin embargo, no pensó que sería más complicado de lo que creía.
Una conexión invisible lo alcanzó como una brisa fresca al verla.
A la mujer que desafió su propio pacto: Hanae Yoshida.
Lejos de la atracción que generaba su cuerpo de porcelana o su esbelta postura, le intrigaba la persona que era.
¿Por qué peleaba? ¿Por qué poseía esa actitud difícil?
Y, sobre todo, por qué debería asesinarla o sentenciarla llevándola hasta Nobukatsu.
¿Cuál era su interés con ella? Su historia era una interrogante.
Buscaba respuestas, pero la presión de su padre demonio se ejercía constantemente. Aun así, lo ignoró más de una vez y se desvió de su misión principal.
Aquel desvío solo causó que la atracción se estrechara. Por primera vez en mucho tiempo, pudo jurar que sintió la humanidad florecer en él nuevamente.
Comenzó a buscar la abnegación, a pesar de ser un elemento poco propio de su personalidad.
Inició rituales de respiración como si buscara el más intrínseco aroma de los árboles, prestándole atención a la naturaleza.
Le costaba, pero lo intentaba. Imitaba en ciertos aspectos a Hanae para poder comprender qué ella sentía en su lugar al hacer actos tan mundanos o simples a sus ojos.
Sin embargo, pese a la valentía de pelear juntos, no tuvo la suficiente para despertar junto a ella después de aquella noche en que sus cuerpos se unieron.
Había visto su rostro pacífico contra la almohada.
Fue la única vez en que la vio tan tranquila y sin fruncir el acostumbrado ceño.
Y, aun así, había sacado las garras de sus dedos para dañarla.
La tenía tan cerca; podía finalmente cumplir con su misión, pero el deseo de asesinarla estaba demasiado lejos. Dudó y abandonó la habitación.
Su cercana traición hacia la mujer le quemó el pecho y, una vez más, no pudo hacerlo.
Sabía que no se trataba de amor; sin embargo, había generado un aprecio genuino por la espadachina, dadas las similitudes con su propia historia.
Incluso un interés posesivo surgió al ver cómo casi se quitaba la vida.
Como si hubiera estado a punto de perder el único elemento que lo hacía sentir más vivo, o humano.
Se le dificultó cumplir su misión cuando Hanae era tan parecida a él. Tanto que asustaba.
Se acercó tanto a la mujer que el simple roce de sus pieles despertaba una tormenta de sentimientos. Y, el hecho de que fueran hermanos, fue la gota que derramó el vaso para luego evaporarse. Más que un interés, descubrió que era su familia…
Sacó fuerza desde sus entrañas para poder completar su misión cuando se enteró de que eran, de cierta forma antinatural, medios hermanos.
Pero, aquel día en que Hotako apareció, decidió escapar.
Vio el dolor que le causó a Hanae desde la distancia.
Si bien la muerte de su sensei no estaba en la lista de Kai, así ocurrió.
Una vez más ocasionaba pesadumbre a su paso.
Añadía otra carga al corazón adolorido de la espadachina.
Y se maldijo por esto.
Ahora Kai volvía al Jigoku, con las manos vacías y sin haber culminado la pelea con Hanae.
¿Volvería a verla? ¿Qué sucedería al llegar con Nobukatsu? Quizás debería redimirse y hacer el trabajo que había estado evitando.
A veces, cuando observo mis katanas, admiro sus filos peculiares y letales, y me pregunto si algún día éstas me permitirán completar mi propósito. Me pregunto si podré envainarlas hasta el fin de mis días.