Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

KAI

Hanae no era la única a la cual le arrebataron la vida que conocía, su tranquilidad, su familia…

Existía una persona que fue vendida después de su nacimiento.

Alguien que jamás pensó que un pacto demoníaco sería lo que cambiaría su vida completamente.

Pero, al mismo tiempo, le hizo comprender el porqué de la crueldad de su madre.

Kai Ōhashi era el hijo mayor de una familia de tres hermanos y una madre soltera.

Vivían en un hogar digno de miembros de clase media, parcialmente apegados a una ciudad pequeña al norte de Japón.

Podía creerse convincente la tranquilidad que aparentaban vivir en conjunto; sin embargo, a Kai le tocaba el peor aspecto de su progenitora.

Desde que comenzó a tener memoria, los tratos despectivos hacia él eran constantes.

Lo insultaba, le dedicaba distintos apodos con desdén, le ordenaba las tareas más pesadas…

Por mucho tiempo, Kai vivió entre las sombras del desconocimiento ante la actitud de su madre.

No obstante, a pesar de los tratos, él se esforzó en nunca dejar de quererla.

Si bien le resultaba difícil sentir aprecio hacia su madre, era un niño lleno de inocencia y confusión sobre qué era el amor materno, así que aguantó cada palabra o empujón que recibió al crecer.

Por otro lado, se llevaba de maravilla con sus dos hermanos y su hermana menor.

Jugaban sin cesar y se apoyaban en cada momento.

Kai, junto a sus hermanos, se hacía llamar «El escuadrón Ōhashi».

Incluían de vez en cuando a la menor, a pesar de que comprendía poco debido a su reducido vocabulario e inmadura mentalidad.

Fue la última en nacer, así que la convirtieron en su «protegida».

Kai no nació con maldad en su corazón, ni con egoísmo o deseos maliciosos.

La verdad es que nadie nacía con tal oscuridad en su alma.

No obstante, un atisbo de envidia se asomaba ante los tratos especiales de su madre hacia sus hermanos.

Si bien les hablaba y cuidaba con la calidez que siempre soñó, a él solo le tocaban las migajas de afecto materno que se agotaban con rapidez.

Luchaba por no quejarse, luchaba por no hablar de más…

De lo contrario, imaginaba que recibiría una reprimenda.

Sus hermanos eran testigos del contraste entre ellos y Kai, pero tampoco entendían las razones.

Sin embargo, aunque eran una familia parcialmente feliz, viviendo de forma apacible en un lugar donde la naturaleza y la ciudad se fusionaban. ¿por qué Kai se convirtió en una versión muy distinta a su «yo» de la infancia?

Un pacto.

El día en que Nobukatsu fue a buscarlo, la brisa se tornó fuerte, causando que las hojas de los árboles se azotaran entre sí.

Los rayos del sol se escondieron cobardes detrás del grisáceo de las nubes.

Los pájaros cantores quedaron mudos súbitamente.

La sombra del demonio hizo acto de aparición mostrando su corpulento cuerpo proyectado sobre el suelo.

Los niños de la familia Ōhashi habían estado jugando cerca del pozo poco profundo de su jardín. Reían y corrían mientras se turnaban en una competencia para decidir quién sería el ganador. Kai siempre se esforzaba, pero muchas veces dejaba ganar a sus hermanos menores.

―¡Quien pierda deberá traer una canasta repleta de bayas a rebozar! ―declaró uno de los pequeños.

Hacían apuestas inofensivas entre risas, las cuales pronto se apagarían.

El entorno cálido y familiar de aquella mañana se tornó en un clima oscuro y nublado ante la presencia del ser del Jigoku. Se quedaron mudos. Boquiabiertos. Alzaron la vista a aquel que contrastaba con el lugar, para luego comenzar a gritar.

―¡Mamá! ¡Mamá!

Kai fue uno de los que gritó en búsqueda de su madre mientras era seguido de cerca por sus hermanos.

Sin embargo, antes de entrar a la casa, chocó con el torso de la mujer.

Cayó de espaldas y alzó la vista hacia su rostro serio; a diferencia de ellos, no parecía sorprendida ni asustada.

En cambio, tomó a su primogénito de la oreja y lo obligó a levantarse.

Él gimió de dolor. Fue arrastrado frente a Nobukatsu, quien conectó su mirada con los ojos aterrorizados del menor.

―¡Mamá! ¿Qué haces? ―Kai no comprendía por qué lo habían llevado ante él.

Vio a sus hermanos atemorizados detrás de las ventanas, sin atreverse a moverse. No los culpaba; si pudiera, estaría igual.

―Aquí lo tienes. Haz lo que quieras con él ―anunció la mujer, antes de darse media vuelta para volver a la puerta de su hogar. Su gesto ceñudo se mantuvo, sin remordimiento por sus acciones.

―¡Mamá!

―¡Ya no soy tu madre! ―Se giró de golpe, encarándolo―. Jamás quise serlo. Era incapaz de tener hijos, de formar una gran familia, así que me aseguré de que fuera posible ―escupía las palabras como si despreciara recordarlo todo―. Te vendí para poder tener a mis amados hijos. Ahora vete de mi vista.

Los ojos humedecidos de Kai la miraban atónitos, totalmente impactados por la realidad que había soltado su madre.

Por esa razón jamás lo quiso. Por eso le daba las sobras y lo miraba con desprecio, al igual que nunca le brindó un miserable abrazo o solo accedía a vestirlo con los harapos más desgastados en comparación con sus hermanos.

Su mente diminuta no lo comprendía en totalidad; de hecho, negaba la situación en silencio.

Pero con el tiempo se encargaría de asimilarlo… si es que sobrevivía.

Ahora tenía a un demonio colosal a sus espaldas.

Sus huesos temblaban ante la imponente presencia del ser, el cual lo arrastró lejos de esa casa.

Sus hermanos lloraban al ver cómo Kai era secuestrado y desaparecía en un portal de oscuridad.

Para su sorpresa, Nobukatsu no tenía planes de asesinarlo, más bien de convertirlo en una especie de soldado.

Llevó a Kai al Jigoku y le explicó todo lo que debía saber. Le dio dos opciones:

―O mueres como un humano inservible… o trabajas para mí y te alzas como príncipe del Jigoku.

Era una oferta ambiciosa, pero esta no llamaba la atención de Kai.

Solo quería volver con su familia. Por esta razón, aceptó.

No por el poder ni por el rango importante en algún nivel del infierno, ni por lo que podría ser capaz de hacer en contra de cualquiera que le hiciera daño…

sino para poder cumplir una deuda y vivir tranquilamente junto a sus hermanos.

―Bien… Trabajaré para ti ―dijo el niño al ponerse de pie frente al imponente Nobukatsu―. Pero hagamos un trato.

El demonio se inclinó hacia el frente, acercando su rostro ceñudo hacia el infante.

―¿Tú…? ¿Un trato conmigo? ¡No estás en posición de pedirlo!

―Si me quieres para ti, si realmente el poder que dices que tengo te sirve… me dejarás poner una sola condición.

Nobukatsu gruñó con descontento, pero le permitió hablar emitiendo un ligero ademán de mano.

―Aprenderé de mi parte demoníaca, te ayudaré y cumpliré con tus órdenes… pero, cuando llegue a la mayoría de edad, me liberarás.

Kai, a pesar de su joven edad, hablaba con propiedad. Desprendía una valentía de la que Nobukatsu era consciente, aun si sus dedos frágiles se movían con nerviosismo. Incluso era astuto.

―¿Quieres volver al mundo que te escupió desde tu nacimiento? ¿Quieres volver con tu madre inmunda?

La ofensa no le alcanzó. Estaba consciente de lo que era su madre… Ahora lo estaba.

―Quiero volver con mis hermanos. Es lo único que pido.

Nobukatsu lo reflexionó. Sabía que, mientras más edad tuviera Kai, más fuerte se volvería.

―De acuerdo, pero yo decidiré la edad, o morirás ahora mismo sin cumplir tus deseos.

El demonio era cruel, tanto como cualquier otro. Sin embargo, había una brecha de salida a la cual había accedido, y Kai se esforzaría por cruzarla.

―Aunque… cuando veas todo lo que puedes hacer con la libertad que te ofrezco, ya no querrás volver.

Los años pasaron, con Kai volviéndose más y más fuerte.

Era entrenado por Nobukatsu y otros demonios en el infierno.

Algunos jinetes, Belioth en especial, lo sometían a ejercicios difíciles y agotadores.

Drenaba la energía de Kai a niveles más bajos que el Limbo.

Asimismo, mientras su cuerpo se reforzaba, su mente se endurecía y su corazón se pudría.

Veía la realidad despreciable de muchos humanos; era testigo de torturas crueles en el Jigoku y de la poca esperanza que lo rodeaba.

El niño que alguna vez fue se pudría en un manto de polvo olvidado. La poca chispa que quedaba de su infancia se apagó con los años. Había incluso olvidado su objetivo principal.

Kai parecía vivir como quería hasta que un día, en uno de sus viajes hacia el plano terrenal, se encontró con una mujer.

Arrugada y con bolsas bajo los ojos, cargaba una botella de alcohol en su mano.

Su energía vital parecía haber sido drenada con los años y, a simple vista, era difícil reconocerla.

No obstante, los ojos que alguna vez lo miraron con odio eran difíciles de olvidar. Era su madre.

La siguió hasta su casa, la misma en la que Kai nació y fue criado por poco tiempo.

De ese lugar salieron sus dos hermanos y su hermana menor; habían crecido.

Sus rostros habían madurado, al igual que su experiencia en la tierra; no mostraban la felicidad de su infancia.

Ayudaron a la mujer a entrar a través de las puertas y cerraron detrás de ellos.

Los siguientes días Kai continuó visitándolos, pero manteniendo la distancia. Conocía sus rutinas. Memorizaba la distancia que recorrían como un juego vicioso.

Dai y Koa eran gemelos casi idénticos; eran dos años menores que Kai.

Ambos salían a la misma hora de la mañana para trabajar; Dai en el mercado, mientras que Koa era negociante.

El mayor de los Ōhashi no estaba sorprendido por sus profesiones.

Mientras uno siempre presentó más solidaridad y humildad, el otro mostró sus dotes para lograr lo que quería y alcanzar cimas.

Su hermana menor, Asa, se había convertido en una joven hermosa. Estudiaba entre semana y cuidaba a su madre casi todo el tiempo, debido a sus problemas con el alcohol. Su cabello cobrizo destacaba tanto como el de Kai, siendo Dai y Koa quienes lo poseían corto y de un café oscurecido.

Kai nunca supo cómo acercárseles. ¿Qué podría decirles?

«Hola… ¿Se acuerdan de la vez que fui vendido por nuestra madre?».

«He vuelto después de trece años…».