Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 22 #3
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CAPÍTULO 22 #3

Ya no vivirás buscando cobrar venganza. Sé lo que realmente anhelas.

Como Demonio del Control, debo conocer lo que mis víctimas desean controlar.

Me he encargado de desnudar tu mente y lo que buscas es controlar tu destino…

tu libertad. El pacto maldito con el que naciste.

La frialdad tocaba sus palabras, rozándolas como un filo.

―La soledad te quema y los recuerdos te acaparan dolorosamente. ¿Por qué no dejas que me encargue de eso?

La sanguijuela llegó al mentón de Hanae y se detuvo frente a su boca.

Parecía hacer contacto visual con la mujer que pronto llevaría una eterna sonrisa en su rostro.

Luego se introdujo en su boca y atravesó su garganta.

Los dedos de la mujer se retorcieron al tiempo en que ella se desplomaba en el suelo, volviendo a tomarse el cuello, esta vez debido a aquella criatura que acababa de entrar en su cuerpo.

―Acéptalo, Hanae Yoshida, y forma parte de mí.

Hanae comenzó a sentir cómo sus dedos se entumecían y sus pies se acalambraban. Su piel dejó de sentirse como su piel y sus músculos comenzaron a parecerle incómodos. El Demonio del Control estaba pasando a través de su alma para volverla un muñeco hueco como los demás.

Pero ella no podía permitirlo.

Mientras pudiera pensar por sí sola, no estaba perdida.

Y, con lo poco que podía controlar de sí misma, convirtió sus dedos en garras y la piel de uno de sus brazos en cenizas.

Invocó aquella parte demoníaca, logrando tener cierta fuerza en sus brazos.

La sonrisa de «Kibou» parecía haberse curvado ligeramente hacia abajo al ver cómo Hanae luchaba contra el control.

Su brazo temblaba al intentar moverlo en dirección a su enemigo.

A duras penas logró asestar un ataque mientras un gruñido se convertía en un grito.

Cargó contra el hombre y sus garras causaron cuatro aperturas horizontales en su estómago, alcanzando su cráter. El punto débil del demonio.

Pronto perdería fuerza.

El hombre retrocedió, viendo la sangre escurrirse de aquel espacio.

Hanae aprovechó para levantarse y tomar a «Kibou» de los hombros.

En ese momento, todas las personas afuera de la casa intentaron irrumpir, golpeando la puerta y las ventanas.

Pero, antes de que pudieran entrar, la semidemonio golpeó el cráter, atravesando su puño hasta su espalda.

La luz que poseía el núcleo del enemigo se apagó, convirtiéndose en una herida irreparable en un cuerpo humano.

―No… Esto no termina para mí… ―dijo el demonio con el último aliento y fuerza que le quedaban.

De inmediato, todo se volvió silencio en aquel pueblo.

Hanae vio sus manos volviendo a la normalidad, manteniendo el rojizo de su propia sangre y de la ajena.

Se miró en el espejo, notando la herida de su cuello en proceso de cicatrización.

Un vómito repulsivo la tomó desprevenida, soltando bilis.

Su cuerpo expulsó lo único que quedó de la sanguijuela…

cenizas. La transformación parcial de Hanae la había calcinado en su interior.

Soltó un suspiro y vio a las personas a su alrededor… Todas estaban bien.

Los aldeanos se miraban unos a los otros con sorpresa en sus rostros; algunos, entre lágrimas, se abrazaban, felices de que podían moverse a voluntad. Había salvado a un pueblo y tenían otra oportunidad de vivir.

Sus reservas de comidas estaban podridas, sus camas empolvadas y sus casas podían caerse a pedazos en cualquier momento. Pero, a partir de ahora, el tiempo robado les era devuelto para volver a la normalidad y ser el pueblo que años atrás fueron.

Hanae les ayudó con algunas cacerías durante aquella noche, siendo acompañada por hombres voluntarios, y juntos hicieron una fogata en medio del pueblo. Al amanecer seguiría su camino, pero ahora convivía junto a los pueblerinos agradecidos.

Las últimas palabras del Demonio del Control resonaron como un eco en su cabeza. Había dicho «esto no termina para mí». Apretó los dientes, sabiendo que cometió el error de no utilizar su katana para asesinarlo. Probablemente lo volvería a encontrar y, cuando eso sucediera, estaría lista.

Quería pensar lo mismo del momento en que volvería a cruzarse con Kai. Tenía el presentimiento de que, tarde o temprano, sus miradas se volverían a enfrentar.

Yūkan había estado removiéndose con nerviosismo en el viejo establo de Gokayama, donde solo había un caballo medio desnutrido de expresión deprimente.

No quería estar ahí y bufaba constantemente.

Había visto las sombras moverse con cautela en el exterior.

También había detectado algunos ojos entre la madera podrida y sonrisas perversas, así como sanguijuelas hambrientas cruzando debajo de la puerta.

Escuchó el escándalo de su jinete, quien inquietó a todo el pueblo como pirañas en búsqueda de carne fresca.

El caballo ha sido el fiel transporte y acompañante de Hanae Yoshida, siendo testigo de terribles monstruos y deseando escapar en cada escándalo sanguinario.

Sin embargo, siempre había vuelto a ella.

Durante meses le prestó su lomo, y antes de eso, Hanae le brindaba comida diariamente en el pueblo masacrado por demonios murciélago.

La noche que emprendieron camino fue la noche en que el mundo se abrió para Yūkan.