CAPÍTULO 22 #2
La fastidiosa sensación le recordaba al Demonio de las Pesadillas; sin embargo, sentía que este era distinto. Escarbaba en sus nervios e intentaba cortar las cuerdas del libre albedrío.
Despertó y abrió los ojos, viendo a la mosca a un lado de su cabeza.
El insecto intentó escapar, pero Hanae se levantó y sus dedos la atraparon con una gran precisión.
La acercó a sus ojos, notando el verdor y los tintes amarillentos en su cuerpo diminuto.
Se preguntó de dónde salió hasta que, inmediatamente, dirigió su vista hacia el platillo de comida.
Al abrirlo, otras dos moscas salieron de él, así como un olor putrefacto.
Aquellos alimentos debían tener meses vencidos.
Habían perdido su color y sus pieles estaban arrugadas en aquel estado de descomposición.
Arrugó su nariz ante el hedor y volvió a cubrir aquella comida podrida.
Dejó a la mosca libre, pero sacó su espada, cortando precisamente a los tres insectos que volaban cerca de ella en menos de un segundo. Estos cayeron muertos al suelo, partidos a la mitad.
Desconocía si el demonio solo podía controlar personas a través de los insectos o cómo funcionaba su poder; sin embargo, parecía que era hora de irse de aquel pueblo.
Lamentablemente, el destino no le permitió descansar antes de partir.
Miró el amuleto omamori en su cuello, el que dio la chamana antes de irse de Tokio, y parecía haberse consumido parcialmente; sus bordes se habían extenuado sin explicación por algún fuego invisible.
Se preguntó si gracias a esto había podido salir del control del demonio antes de que fuera tarde.
Era algo que no sabría, pero conociendo a las chamanas…
debió haber tenido una visión o presentimiento al respecto. Actuaban de maneras misteriosas.
Le agradeció en silencio y colgó el resto del omamori en el mango de una de sus katanas; específicamente, en aquella con la frase que los herreros añadieron. Sería un amuleto de buena suerte.
Antes de partir, vio las fotos y reconoció a Kibou; el joven que invocó al Demonio del Control.
Supuso que esa había sido su habitación en algún momento de su vida.
Eventualmente, recordó al hombre que le dio la bienvenida.
Era el mismo, pero más anciano y demacrado.
Consumido por el tiempo, o a causa del mismo demonio que había dominado a ese pueblo.
A medida que Hanae salía silenciosamente de la habitación y pasaba por los estrechos pasillos de aquel hotel, estaba consciente de que debía buscar el núcleo del demonio.
Al autor de la precariedad y de la maldición de Gokayama.
No era un pueblo grande, pero desconocía dónde podría estar o a través de cuántos residentes vigilaba.
Pensando en ello decidió que iría hacia el propio Kibou.
Al apenas girar en el pasillo a su izquierda, para bajar las escaleras, se encontró cara a cara con la joven que le había llevado la comida. Mantenía una expresión inquietante.
―Disculpa… ―mencionó Hanae.
―Hola. ¿Ya probaste tu comida? ¿Te gustó?
―No, aún no… Necesito hablar con el hombre que me recibió. ―Intentó aparentar calma.
―¿Hombre?
―Sí… Kibou.
Al mencionar eso, la joven no dijo más. Calló con aquella sonrisa inmovible. Poco después, Hanae se dio cuenta de su error: había mencionado el nombre de Kibou. Era una mente colectiva.
Ambas llevaron sus manos al mango de sus armas, siendo la joven quien sacó primero el cuchillo.
Hanae se movió unos centímetros, causando que aquel filo pasara cerca de su hueco axilar, al mismo tiempo que tomó la katana envainada.
Sin esperar otro ataque, cortó la cabeza de la mujer.
Esta rodó con la misma expresión tatuada; sin reducir la sonrisa ni cerrar los ojos, carentes de vida.
Error tras error.
Hanae escuchó las puertas de todas las habitaciones abriéndose al unísono.
Se trataba de todas las personas en el hotel.
Salieron corriendo en dirección a la cazadora.
Tenía la duda de si esas personas podrían volver a ser ellas mismas, por lo que no quiso arriesgarse a atacarlas.
Solo buscó escapar. Bajó las escaleras con rapidez, esquivando los ataques de las personas que se dirigían a ella a través del espacio estrecho.
Llevaban consigo palos, cuchillos, palillos japoneses aún empapados de comida, entre otras armas improvisadas.
No sabía si querían herirla o matarla, o ambas, pero no se quedaría para averiguarlo.
Debido a la persecución, le sería imposible salir por la puerta principal, por lo que optó por entrar a una de las habitaciones y salir por una ventana.
Ideando aquella maniobra, rompió el papel de arroz con los pies y salió al exterior del hotel.
Una vez afuera, se aseguró de escabullirse y subirse a los techos de aquella estancia.
Sus habilidades de escalada se mantenían en ella desde su niñez, así que no le resultó difícil.
Desde la cima del recinto, veía a los pueblerinos salir con sus armas por la puerta principal. La buscaban por todo el pueblo; entre tanto, nuevas personas salieron de sus casas para unirse a la búsqueda, deseosos de derramar sangre recién llegada.
El Demonio del Control había enviado la orden de buscar a Hanae.
Como todos los demonios del Jigoku, había escuchado hablar de la hija semidemonio de Nobukatsu, pero sus intereses se alejaban de cualquier recompensa que pudiera obtener al devolverla o asesinarla.
Este demonio en particular deseaba controlar el poder que ella pudiera poseer.
Su egoísmo iba más lejos que cualquier interés ajeno.
Estando encima del hotel, Hanae notó cómo las personas entraban y salían de las casas constantemente, pero no veía a Kibou. Debía estar en alguna parte.
Para su mala suerte, debido a su peso en el techo desgastado, uno de los materiales de la estructura se desprendió, cayendo al suelo y llamando la atención sonoramente.
Los ojos pasmados la avistaron en la cima y la señalaron con sus índices.
En ese momento, la cazadora sintió el tejado vibrar.
Fue repentino, pareciendo que un terremoto se originaba en el techo del hotel. Se movía y cobraba vida.
Hanae comenzó a correr, pasando de un tejado a otro, pues se volvían olas detrás de ella.
Sabía que se trataba del mismo demonio que la buscaba.
Había creído que solo podía controlar a las personas; sin embargo, su poder alcanzaba incluso las superficies o los objetos inanimados.
De hecho, todo el pueblo parecía temblar.
¿Qué tanto alcance podía tener un demonio como ese?
En algún punto fue empujada por una viga y Hanae impactó contra el suelo.
Al abrir los ojos, un desconocido se abalanzó de lleno hacia ella con un cuchillo en su mano.
Lo detuvo, forcejeando con él. Miró sus labios agrietados, deshidratados por los meses sin tener suficiente agua.
Intentaba pronunciar algo en medio de la sonrisa.
«Ayúdame», mencionó entre dientes. Entonces supo que cada pueblerino estaba sufriendo dentro de un cuerpo incontrolable.
La mujer lo empujó y se levantó mirando a su alrededor, encontrando la casa que había visto en su pesadilla. Tenía una entrada distinta a las demás; una puerta en forma de arco, cuya pintura rojiza se había opacado con el paso del tiempo.
―Allá voy, baka ―dijo para sí misma y corrió, siendo perseguida por más de quince personas en ese pequeño pueblo.
La población era diminuta en comparación con otras aldeas y, desde que el demonio llegó a sus puertas, parecía haberse reducido más.
Entró a la casa, dando un empujón a la puerta para cerrarla.
Sin embargo, antes de poder hacer otro movimiento, sintió cómo algo filoso le cortaba la garganta desde atrás.
La sangre comenzó a brotar en una línea horizontal, mientras rodeaba su cuello con ambas manos y se colocaba de rodillas.
Sus ojos estaban abiertos por la impresión.
Escuchó unos pasos tras de sí y vio a Kibou limpiando el cuchillo que acababa de utilizar.
―Tranquila… Ambos sabemos que no morirás.
Las personas que la perseguían se habían detenido en el exterior de la casa, rodeando la entrada principal.
―Ki… ¿Kibou? ―dijo Hanae con dificultad. La sangre de su cuello abierto se derramaba por sus manos.
―Demonio del Control, querrás decir… Y pronto, estarás bajo mi control.
Él comenzó a despojarse de la parte superior de su kimono, primero dejando caer el haori verdoso que llevaba. Hanae vio las fotos en las mesas de aquella casa, donde las caras de los familiares ya no se veían, pues estaban rotas o manchadas de algún líquido oscuro. Probablemente, sangre.
Cuando volvió a ver a Kibou, notó el cráter en su estómago, iluminado con anaranjados y rojizos similares a la lava.
―Pronto serás parte de mi familia, cazadora ―decía al mismo tiempo que algo se movía de su interior. Algo parecía deslizarse a través de su piel, creando un bulto bajo ella, que llegó hasta el centro de aquel tumor.
Primero apareció una cola. Luego, una sanguijuela rojiza saltó del hombre e inició su deslizamiento por el suelo hacia Hanae.
Era obvio que la espadachina no desearía que llegara a ella, por lo que se levantaría y, con una mano, intentaría sacar una de las katanas de su espalda.
Sin embargo, algo la detendría. Todos sus músculos serían pausados en una pose, y lo único que podría mover serían sus ojos.
Sentía ardor y dolor en su cuello, pero era lo que menos le preocupaba debido a su rápida sanación.
El problema sería aquella sanguijuela que subía por su pie, mojaba su pierna con su viscosidad y pasaba a través de la falda de su kimono.
Pronto se movería verticalmente hacia su pecho.
―Ya nadie te perseguirá, ya no estarás sola…
Estarás con nosotros ―dijo el hombre con aquel tono y expresión antinatural―.
No tendrás que escapar, ni defenderte, ni sentir el miedo constante que ocultas con aparente valentía.