Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

PUEBLO MALDITO

Estaba de vuelta a las rutas rurales, al silencio que traían los caminos alejados de la ruidosa civilización y a la supervivencia distanciada de la normalidad.

A decir verdad, no le desagradaba estar sola con la naturaleza, pues resultaba abundante en tranquilidad.

Pero en los tiempos donde estuvo en ciudades grandes como Kioto o Tokio, conoció distintas personas y se involucró más con su parte humana, llegando a apelar a sentimientos que había buscado enterrar.

Estuvo dos días envuelta en aquella tranquilidad que traían los caminos. Se alimentó de la comida que había llevado consigo y cazó pequeños animales silvestres. Extrañamente, ningún demonio la había acosado desde que emprendió camino hacia la Puerta Infernal.

Al menos, su caballo le hacía compañía. Dormía junto al animal y viajaban como si fueran amigos inseparables. Se preguntaba si era hora de ponerle un nombre… y se decidió por uno que significaba «valiente».

―¿Te gusta Yūkan?

Había preguntado guiando sus riendas y viendo aquel ojo oscuro que le devolvía la mirada al caminar. Era obvio que no recibiría respuesta, pero ya se había decidido.

Sacó el lienzo y lo alzó hacia la luz del cielo para ver el mapa oculto; no dejaba de parecerle impresionante el nivel de detalle e intelecto plasmados en una pintura. Según sus conocimientos adquiridos por la experiencia de largas caminatas y aventuras, tardaría dos semanas en llegar al lugar.

―Solo un animal valiente puede estar junto a alguien como yo.

Esbozó una pequeña sonrisa, acariciando la cabeza del caballo.

El animal no había decidido seguirla por voluntad propia, pero se había vuelto su acompañante en aquella travesía que se había impuesto a sí misma.

Estar con Hanae significaba ser expuesto a peligros demoníacos y a riesgos de morir; razón por la cual había intentado alejar a cualquiera que pudiera relacionarse con ella.

Había fallado con Kai, pero ese era un caso particular.

Días, noches…

Por alguna razón, no había recibido sensaciones de ningún demonio acosándola durante el trayecto.

Notó el cielo nublado. La tarde había oscurecido, aparentando que el anochecer se había adelantado.

Tarde o temprano la lluvia caería, así que debía encontrar dónde refugiarse.

Los árboles no serían suficientes para contener el aguacero que se avecinaba y no parecía haber cuevas cerca.

Para su buena suerte, y casi por arte de magia, la presencia de un pueblo fue notable a cierta distancia.

Unas llamas doradas bailaban en algún lugar de este, destacando entre el frondoso ambiente.

Sin perder el tiempo, Hanae calbagó sobre Yūkan en aquella dirección.

Los minutos pasaron rápido, como las patas del caballo contra la tierra, hasta que se detuvieron en la frontera de la aldea.

Hanae bajó de la montura e ingresó al poblado a través del arco de la entrada.

Musgos y enredaderas cubrían los techos y paredes de algunas de las casas, cuyas estructuras de madera parecían estar medianamente podridas por la humedad.

El lugar brindaba una sensación extraña, de tintes lóbregos, que se combinaban con la temperatura fría.

Algunos pueblerinos pasaban vestidos con harapos y prendas empobrecidas por el tiempo. Miraban curiosos a la recién llegada.

Hanae encontró la lámpara de luz dorada que había visto en la lejanía, pero ahora parecía muy débil en el interior de una de las casas.

Vio, a través de la ventana, a una mujer acercándose para extinguir la llama.

Antes de que esto ocurriera, notó algo extraño en las comisuras de sus ojos.

Fue tan solo un segundo, pero pudo jurar que unas venas negras se expandían como ojeras.

Sus intenciones de fijarse mejor no fueron logradas al ser distraída por un hombre que tocó levemente su hombro.

Casi la hizo sobresaltarse, pero se mantuvo en calma.

A simple vista, dedujo que podría tener alrededor de cincuenta y cinco años.

―Bienvenida a nuestro pueblo: Gokayama. Hace tiempo no recibíamos visitas de forasteros. ¿Qué te trae por aquí?

Hanae giró momentáneamente hacia aquella ventana que ahora se encontraba a oscuras. Estuvo en busca de la mujer que había visto; sin embargo, ya no estaba.

―Estoy de paso, no pienso quedarme mucho tiempo.

―¿Segura? Mira el cielo. Una terrible tormenta está a punto de caer.

―No quisiera ser molestia.

―Tenemos camas disponibles.

Hanae observó el lugar, el cual no se veía muy cálido ni activo; sin embargo, irse significaba no encontrar otro pueblo en kilómetros. Posiblemente, la lluvia o la noche la alcanzarían antes de poder resguardarse. Por eso aceptó.

El hombre le indicó hacia dónde dirigirse para descansar: una especie de hotel, atendido por una mujer joven. El lugar carecía de gran tamaño y tenía la misma apariencia que las demás casas, como si estuviera detenido en el tiempo, pero serviría por ahora.

«¿Desea que le llevemos la cena a su habitación?», fue lo último que la mujer sonriente en recepción, igual de extraña que el hombre, le preguntó.

Por alguna razón, ninguno de los dos pestañeaba con regularidad. Tenían los ojos muy abiertos. Seguían cada uno de los pasos de la espadachina, incluso cuando esta les daba la espalda.

Subió las estrechas escaleras hasta llegar al segundo piso, hacia una habitación pequeña.

Sus paredes se veían agrietadas y el papel de arroz en las ventanas parecía haber perdido su firmeza.

Sin embargo, no esperaba quedarse más de una noche.

Llevaba cierto tiempo avanzando sin descansar, por lo que pensaba dormir temprano y no ser molestada hasta que el primer pájaro iniciara su cantar.

Recorrió la habitación notando otros detalles, como las sábanas empolvadas en la cama o los retratos rotos de familiares de alguna persona que residió ahí en algún momento. Supuso que nadie había pisado esa habitación en más de un año.

A pesar de que cada característica del pueblo llamaba su atención de manera negativa, era como si su instinto o percepción del peligro estuviera anesteciada. Podría deberse al sueño… o a algo más.

Se acercó a un espejo empañado para verse en este y acomodar algunos cabellos a sus costados.

El clima había desordenado algunas hebras como si se tratara de estática.

De pronto, divisó algunas manchas amarillentas plasmadas en el cristal.

No obstante, cuando quiso sacar conclusiones, llamaron a su puerta.

Otra joven apareció; llevaba una bandeja con algún platillo de comida, cubierto con un tazón.

―Gracias ―dijo Hanae, y tomó aquel ofrecimiento.

Su entrecejo se hundió al ver la misma expresión sonriente de lado a lado y sin pestañear en la joven.

Luego cerró la puerta, notando la silueta inmóvil de la mujer debajo de esta.

Su sombra se mantuvo presente, contrastando con la luz, hasta que se alejó con pasos lentos, tras haber pasado alrededor de treinta segundos.

Extraño, sin duda.

Las personas actuaban de forma misteriosa y ella comenzó a notarlo.

Una noche, se repitió.

¿Por qué estaba tan cansada?

Dejó la bandeja en una mesa y se recostó en aquella cama.

Comeré más tarde.

Antes de llegar, había comido un conejo que cazó. Además, en ese instante, el cansancio físico era mayor que el hambre.

Por alguna razón, su agotamiento era mayor de lo que esperaba, tanto que sus músculos parecían derretirse, sus ojos punzaban y pesaban como grandes piedras, y un ligero calambre recorría sus huesos. Ni siquiera en las peores peleas había tenido una sensación corporal tan fatigante.

¿Era la neblina que rodeaba el pueblo? No supo de dónde sacó esa duda, pero desde que puso un pie en el lugar, se sintió más extenuada de lo normal.

Cerró sus ojos y abrazó la espada sobre su pecho; en unos pocos minutos, se sumió en un sueño penetrante. Su mente se había desmayado en el más profundo abismo.

Al mismo tiempo en que dormía, una mosca salió por debajo de aquella bandeja de comida, volando hacia Hanae.

El insecto ingresó al oído derecho de la mujer e, inmediatamente, comenzó a ser asaltada por pesadillas extrañas acerca de ese pueblo y sus habitantes.

Un lugar que llevaba tantos años como los cuerpos putrefactos que apilaba.

Las personas saltaban ante sus ojos en aquel coma somnífero, mostrando sus verdaderas caras y la violencia que albergaban para quienes tenían la mala suerte de ingresar al pueblo de Gokayama.

Familias y forasteros en búsqueda de refugio, como ella, ingresaron a través del arco de la entrada, marcando su destino justo después de haber visto las llamas llamativas de los faroles; lámparas que atraían a sus presas hacia las garras de una aldea maldita,

como el pez linterna en la oscuridad del mar.

Una y otra vez, terminaban siendo controlados o devorados por las entrañas del pueblo. Una fuerza mayor albergaba entre todos los habitantes.

La historia se contaba con rapidez a través de imágenes oscuras.

El hombre que la recibió en la entrada, llamado Kibou, solía vivir con su familia.

Fue un hijo cohibido, reprendido por sus decisiones de libre albedrío y sus sentimientos hacia su propio género.

Su familia era muy tradicional, sobre todo su madre, quien lo maltrató físicamente y lo hirió de forma verbal innumerables veces.

Kibou quería controlar sus decisiones y su propio destino, generando una ambición por el sometimiento de todas las personas que lo rodeaban, así que hizo un pacto, pero con el demonio menos indicado: el Demonio del Control.

Era sabido que los pactos entre demonios y humanos no podían romperse; eran «sagrados», al punto de ser mortales.

No obstante, aquel ser tenía sus trucos bajo la manga, y contaba con formas putrefactas de beneficiarse sin romper un pacto, así que Kibou tuvo lo que quería.

Se vengó de su familia y obtuvo el control del pueblo.

Pero, poco después, el demonio tomó el control del hombre y de todo lo que este conocía.

Mientras más personas o cosas sobre la tierra controlaba este demonio, más poderoso se sentía. Ahora, el Demonio del Control intentaba tomar posesión de Hanae, pero ella percibió aquella sensación impropia en su cuerpo.

Algo está mal…