CAPÍTULO 21 #2
El destino construyó una serie de «coincidencias», como su reciente transformación, la mejora de sus habilidades, el conocimiento en sí misma y la aceptación de haber sido parte de un pacto. Años atrás no habría estado tan preparada, ni siquiera mentalmente, para una futura batalla.
***
Aprovechó el resto del día y se preparó para el largo viaje que iniciaría en cuarenta y ocho horas, tiempo suficiente para que su nueva katana estuviera lista, al menos según el herrero.
Posiblemente, sería su último viaje. Consiguió suministros, afiló su katana, alistó a su caballo y entrenó en solitario.
También realizó su pequeño ritual: se colocó de rodillas, cerró los ojos y se mentalizó para el futuro.
El ardor en las heridas repartidas por todo su cuerpo había desaparecido por completo con las horas, pero no había señales de una curación completa. Presentía que le quedarían cicatrices en sus extremidades y torso.
Al menos… estaba viva.
Pasaron dos días hasta que fue a visitar al herrero. El hombre le había indicado cuarenta y ocho horas o menos, por lo que, en cuanto se colocó en la entrada, esperaba que la katana estuviera lista.
―Buen día, señor ―dijo, dejando notar su presencia.
―¡Joven guerrera! ―El dueño del lugar apareció con una sonrisa―. Ya sabía que te había visto en alguna parte. Eres la que derrotó a aquel demonio gigante en el pueblo vecino, ¿cierto?
Hanae asintió, recordando al demonio rectangular con un ojo. Casi terminaba aplastada aquella vez. Detestaba pensar que Kai la había salvado, aunque ¿con qué fin, si de todas formas la deseaba asesinar? Quizás su plan era hacerlo con sus propias manos.
Quedaban varias incógnitas.
―Estuve allá ese día. Fue aterrador… ―Acercó la nueva katana, envuelta en una tela blanquecina―. Sobre tu espada… Fue un reto hacerla en cuarenta y ocho horas. De hecho, estamos exhaustos. Sin embargo, hemos quedado satisfechos. Esperamos que tú también lo estés.
Con cuidado la desenvolvió, permitiendo ver un brillante plateado inoxidable y un borde oscuro de obsidiana a lo largo del filo.
Poseía el mismo estilo que su vieja espada, la que su madre le otorgó.
Era totalmente idéntica, a excepción de unos kanjis que se encontraban grabados en medio de la hoja, cerca del mango.
En la inscripción se leía: «Guerrera del amanecer».
―Espero no te haya molestado el atrevimiento, pero agregamos esto como agradecimiento por todo lo que has hecho por nosotros. Por Japón.
Es cierto que no habían acatado la orden de la espadachina al pie de la letra, debido a ese agregado a la hoja. Pero, lejos de incomodarle, le agradó el detalle. Alzó la vista para ver a los tres herreros, quienes se notaban algo nerviosos y expectantes por su respuesta.
―Me encanta ―fue sincera, aun si no esbozó alguna sonrisa.
Su actitud era tranquila y sus ojos relajados demostraban la calidez en su pecho. Ese detalle fue un abrazo indirecto para ella, justo cuando sus emociones estaban a flor de piel, debido a su duelo por Hotako y la traición de Kai.
―Muchas gracias, a los tres.
―Suerte en tu camino, guerrera.
El herrero se inclinó hacia delante de forma respetuosa. Los dos jóvenes trabajadores hicieron lo mismo; uno con una pequeña sonrisa. Hanae los imitó antes de tomar la espada y su nueva vaina.
Ahora tenía dos armas mortales contra demonios, aunque igual para sí misma. Era irónico pelear con la misma arma que podría asesinarla, pero no se preocupaba por ello. Más bien, creía que los demonios en su camino debían cuidarse.
Lo último que haría era dirigirse al burdel a recoger sus cosas; las pocas que tenía, ya que viajaba ligero.
Algunos alimentos para el camino y un cambio de kimono.
Mientras realizaba todas esas tareas, un vacío por abandonar Tokio y volver nuevamente a una ruta impredecible crecía en su pecho.
Nunca pensó que pisar aquella ciudad le afectaría de alguna manera.
Durante su tiempo en Tokio, descubrió que no albergaba únicamente odio en sí misma.
Notó que podía sonreír si se lo permitía, apreciar los detalles o, nuevamente, sentir cariño…
No obstante, la vida la había azotado con malas jugadas.
Una vez más, se sentía obligada a ser tan dura como siempre había sido. O eso creía.
Al poner un pie en el exterior de su habitación, se encontró con Saori, la hermosa mujer de menor estatura y con una personalidad que parecía iluminar donde pisara.
―¿Hanae? ―Vio con desconcierto las canastas que Hanae cargaba y su nueva espada. A simple vista dedujo qué sucedía―. ¿A dónde vas?
Frunció el entrecejo; algunas heridas se asomaban de las mangas de sus brazos, no las tenía la última vez que la vio.
―Llegó la hora, Saori… Debo partir.
A Saori le invadió tristeza, pero ¿por qué?
¿Las conversaciones cortas que sostenían habían sido tan interesantes?
¿O era obra de la cazadora que llamaba siempre su atención al pasar?
―No puedes… Es decir, ¿no puedes quedarte un poco más? ¡Te invito a un té en el jardín!
―No…
Su negación fue directa, pero no tan severa. Hanae no tenía el ánimo suficiente para ser dura con ella, mucho menos después de haber recibido su ayuda esos días.
―Debo continuar mi camino. Quizás… algún día nos volvamos a encontrar.
Aun si Saori lo intentaba, era obvio que no podría convencer a Hanae de quedarse, ni tampoco tenía la intención de frenarla para siempre.
Era comprensiva; ese burdel no era el lugar para esa espadachina que, a sus ojos, y a los ojos de muchos, era increíble.
Además, Hanae Yoshida tenía una voluntad de acero.
Cuando tomaba una decisión, era definitiva, sea quién intentara doblar su conclusión.
―Si algún día terminas tu misión… por favor, ven a buscarme.
Un atisbo de esperanza por aquel futuro iluminó los ojos de Saori, posicionados en un rostro sin maquillaje y vestida con un kimono a medio colocar.
Hanae asintió una vez y se inclinó hacia adelante para despedirse tradicionalmente.
―Un gusto conocerte, Saori.
La de menor estatura interrumpió su posición y se acercó a Hanae para abrazarla: un último abrazo sincero y cálido antes de partir de Tokio.
La cazadora no sabía cuánto lo necesitaba hasta que lo recibió, incluso cerrando los ojos ante el tacto.
Aquellos pocos segundos le brindaron un pequeño atisbo de paz antes de separarse.
Ambas se miraron una última vez, y Hanae continuó su inconcluso camino, asintiendo a Hiro con agradecimiento antes de colocar un pie en la salida.
El dueño de aquel burdel comprendió que ya era hora y le deseó lo mejor a la salvadora de muchos.
¿Se volverían a ver? Era incierto, tal como dictaba el destino.
Una montaña rusa sin coincidencias que, en algún punto, podría acabar.
Hanae se alejó de Tokio montada en el lomo de su caballo, sin mirar atrás. Si algún día sus ojos se volvían a posar en las calles de la ciudad, era porque había vivido para contarlo.
El rumbo estaba fijo hacia mi objetivo. Por primera vez en años, después de que muchos murieron debido a mi presencia maldita, después de que mi corazón fue apretado con desprecio por la vida misma, por fin…
sabía dónde debía dirigirme para acabar con Nobukatsu.
La incertidumbre era real, pues una profecía parecía perseguirme.
¿Cómo nunca supe de esta? Tal vez porque temía volver a conversar con las chamanas que pretenden saberlo todo…
y, probablemente, algunas realmente tenían las respuestas que me aquejarían.
Quise apartar la nostalgia, la tristeza de lo que dejaba atrás, para centrarme en la llama incesante de venganza que movía mis pies. Nobukatsu iba a caer, incluso si el infierno mismo debía hundirse con él.