Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

ANTES DE MAÑANA

Hanae había apretado los dientes y cerrado los párpados, dejando que sus pestañas se humedecieran.

Pareciera que aquel hombre, Hotako, apareció solo para ser visto morir.

Ella, quien fue su aprendiz alguna vez, derramó lágrimas por su viejo sensei, a pesar de no saber toda su historia.

Las gotas cayeron en la tumba que cavó en su nombre.

Entre los rumores que viajaban entre los pueblos más pequeños, los cuales vivieron sucesos con demonios, se decía que, si se enterraba el cuerpo de un demonio bajo tierra, este no llegaría a desintegrarse.

Tenían la idea de que se mantendría, aún si fue asesinado por obsidiana.

Hanae no sabía cuánta certeza cargaban esos mitos empolvados, pero enterraba a Hotako por simple respeto.

Lo llevó a una parte del bosque, donde cavó un hoyo poco profundo utilizando su propia espada y sus manos, sin temor a ensuciarse.

Lo hizo con su vista empañada y grandes ganas de volver a gritar.

Jamás pensó que llegaría a enterrar a su antiguo sensei.

Tenía una sensación de irrealidad. Creyó que se había acostumbrado a la muerte, a ver fallecer a los demás a su alrededor, pero no era así.

Mucho menos con alguien que fue un pilar en su vida.

Su madre, Iku, Hotako… Le generaba un profundo dolor recordar a quienes ya no estaban en su vida, sin mencionar que la traición de Kai le daba un tirón de fastidio, decepción y tristeza al mismo tiempo.

En cuanto tuvo el cuerpo acostado en aquel espacio, lo vería una última vez.

―Gracias, Hotako.

Fueron sus últimas palabras de despedida, agradeciéndole, tanto por el tiempo que pasaron juntos como por sus enseñanzas. No lo olvidaría, ni tampoco su sacrificio. Detestaba que las personas se sacrificaran por ella, cuando estaba dispuesta a hacer lo mismo por los demás.

Finalmente, lo cubriría con la tierra, clavando su nodachi a un costado y enterrándola hasta que solo la mitad quedara a la vista.

Un último vistazo.

Un último suspiro…

Y volvería a la ciudad.

Su expresión de aflicción cambió a una de ira. Secaría cualquier humedad que permaneciera en su rostro antes de dar pasos firmes de regreso a las calles que la vieron pasearse por varios días. Los caminos se sentirían distintos después de haber pasado por una traición inesperada y una muerte más.

Se dirigió directamente hacia la mujer que vio el día anterior, aquella que le indicó ir al bosque. Supuso que podría tener respuestas, ya que le había dado pistas de cómo encontrar la cueva.

Cuando llegó al local de la chamana, esta se encontraba de espaldas, organizando algunos frascos en su estantería. Se percató de la presencia de Hanae gracias a su sombra.

―¡Jovencita! ―La anciana sonrió, aún notando el semblante ceñudo de la recién llegada; más serio que el día anterior―. Lamento mis modales el día de ayer, mi nombre es Nozomi, ¿qué te trae por aquí?

―Creo que ya lo sabe…

Al mencionar estas palabras, colocó la pintura de Los Nueve Infiernos en la mesa circular del centro.

Nozomi se acercó intrigada, viendo aquella antigua pintura con detalles muy específicos.

―Esta pintura representa los nueve niveles del Jigoku, del cual, a menudo, surgen demonios que amenazan a la humanidad ―habló Hanae, sin temor a ser tomada por loca―. Necesito que me diga dónde está esa puerta.

―Jovencita… ―Despegó la mirada del papel para ver a Hanae―. Me temo que estás metida en asuntos muy oscuros, con razón tu aura me traía…

Hanae dio un paso dominante hacia ella. Se estaba cansando de escuchar a distintas chamanas hablar de la misma manera. Sentía que subestimaban la impaciencia de alguien que ha perdido mucho en la vida, incluyendo su propia luz.

―Solo necesito una respuesta.

―Joven…

Hanae colocó el filo de la espada en el cuello de la mujer. No recordaba la última vez que había amenazado a un ser humano, sobre todo, a uno indefenso. Su impaciencia se convertía en desesperación.

―Tres mujeres… Tres mujeres he conocido hablando de la misma forma, con intenciones que nunca puedo entender, y sin duda me molesta. Tú eres la tercera. La anterior fue un demonio que terminé degollando.

Sus palabras fueron filosas como su katana. Punzantes hasta rozar el nerviosismo ajeno.

Hubo un silencio entre ambas. La mayor adoptó un semblante más serio, pero de ojos compasivos.

―Lo siento mucho, Hanae… ―mencionó, desconcertando a la portadora del arma al escuchar su nombre. Abrió un poco los ojos con sorpresa―. Sé reconocer a alguien que ha perdido a un ser querido cuando lo veo.

Hanae permaneció inmóvil, sintiendo que había tocado un punto sensible en ella. La pérdida de Hotako le había afectado más de lo que podía ocultar.

―No te envié al bosque a recolectar simples hojas de menta, sino porque sé lo que está por venir. He tenido sueños muy vívidos del mundo siendo sometido por miles de demonios. Te he visto a ti intentando evitar el fin.

Hanae había aflojado el agarre del arma y despegó lentamente el filo del cuello ajeno.

―Desconozco tus razones para pelear, jovencita. No puedo saber el pasado, pero reconozco a una persona con buenas intenciones. Y tú serás una persona clave para nuestro futuro.

Nozomi caminó hacia la mesa y señaló la puerta de piedra grabada en la pintura de los Nueve Infiernos. Era una obra de arte que susurraba inquietud a cualquiera que la mirara de cerca.

La inspiración de una mañana cualquiera no fue la razón del autor anónimo para haber realizado la pintura, sino la realidad cruel de las almas que cruzaban el umbral del Jigoku.

―Esa puerta la vi dibujada en una cueva. Cuando toqué la pared, sentí como si viviera lo que otros presenciaron siglos atrás… Fue una masacre sin piedad. ―Alzó la vista hacia Hanae―. Encontraste la cueva, ¿verdad?

Hanae asintió, confirmándolo.

―¿Esa puerta es la entrada?

―La entrada principal al Jigoku, así es… Un lugar que solo es mencionado por supersticiosos o religiosos, o por aquellas personas que tienen una ligera sospecha de la existencia de los seres que ahí habitan.

―¿Sabe dónde se encuentra?

Nozomi estrechó su mano hacia la vela que tenía encima de la mesa y la acercó hacia Hanae.

―Acerca la pintura hacia la luz ―indicó.

Hanae carecía de comprensión, pero lo hizo, levantando el papel encima de la llama.

A los pocos segundos, unas figuras comenzaron a visualizarse con transparencia en el lienzo: era un mapa.

Ella se sorprendió de aquel truco en una simple pintura.

Señalaba la ubicación exacta de la puerta; siempre estuvo oculta a la vista.

―¿Cómo…?

―Las «brujas» sabemos de todo un poco acerca de los misterios del mundo, más no hacemos revelaciones hasta que sea el momento correcto o…

hasta que llegue la persona correcta ―recalcó sabiamente y señaló aquel mapa revelado de Japón―.

En la punta de las islas, al norte… después de cruzar un pedazo del mar que nos separa, llegarías a la isla de Hokkaido.

Ahí encontrarás la puerta y será el enfrentamiento.

Nozomi recitó una profecía, asentada en su memoria desde hace años:

La gran batalla renacería

desde las fauces de la desesperanza.

La salvadora surgiría

portando un atisbo infernal.

La melancolía de su armadura

haría justicia a la humanidad.

Con la oscuridad terminaría.

Y la brecha con sangre se cerraría.

Había escuchado el apodo de «salvadora» anteriormente, así que escucharlo repetirse en la profecía era una coincidencia que aterraba, debido a su asertividad.

―No me interesa pelear en una batalla, solo asesinar al demonio que ha estado interfiriendo en mi vida.

―Una vez se abran esas puertas, no habrá marcha atrás… La profecía iniciará, quieras o no.

Escuchar las predicciones de una guerra no era agradable a su oído, pues su único objetivo era eliminar a Nobukatsu. El hecho de saber que todo se podría complicar le desagradaba. Era inquietante, incluso para ella.

―¿Es un lugar remoto?

―Según se sabe, sí… Suele ser un lugar muy frío. Sobre todo, ahora que llegará el invierno, así que no debe haber civilizaciones o personas viviendo cerca.

Hanae asintió, refugiándose en sus ideas. La parte positiva era que no había seres humanos residiendo en sus cercanías. La parte negativa era que tendría que pelear sola, en caso de que la profecía fuese real.

La soledad siempre le pisaba los talones y se los pinchaba con dagas filosas. Más de una vez se preguntó si alejar a tantas personas en su vida era algo bueno. Lo dudó en diversas ocasiones.

―Gracias, Nozomi.

Procedió a guardar la pintura, pero sintió la mano contraria en su hombro.

―Eres una buena persona, Hanae. ―La miró a los ojos―. Sin importar qué pienses, sientas o cuál sea tu pasado. Eres una buena persona…

Escuchar esa declaración fue inesperado para Hanae, quien nunca se había considerado alguien digna de admiración. Asintió sin mucha convicción mientras Nozomi la soltaba con gentileza.

―¡Oh! Una última cosa… ―Sacó un amuleto rectangular confeccionado de tela que se encontraba entre sus pertenencias. Se lo entregó a la espadachina en sus manos―. Es un omamori, te protegerá.

Hanae no era totalmente escéptica al respecto de las creencias protectoras, pero dudaba que un «amuleto de la suerte» la protegiera, sobre todo al ser mitad demonio.

―Dudo que esto funcione en mí…

Nozomi colocó su mano en la mejilla contraria con delicadeza.

―Mientras te veas como humana y convivas como tal, serás humana, Hanae ―dijo la mayor con una sonrisa antes de alejarse―. Confío en que te ayudará.

Hanae terminó por aceptarlo, al menos por respeto. Se lo colgaría en el cuello, ocultándolo bajo su kimono.

―Nos vemos ―se despidió, colocando la pintura enrollada en su espalda.

―Suerte en tu camino, Hanae.

Salió de la tienda sin comprender por qué habían tenido que pasar tantos años para recibir la información que necesitaba. Sin embargo, la única respuesta que podía asimilar es que se trataba del destino. Tan cruel y solidario como era conocido.