Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 20 #2
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CAPÍTULO 20 #2

El joven se había sorprendido al notar ojos rojos entre algunos de sus contrincantes, sobresaltándose al creer que era parte de su imaginación, pero no se detuvo, causando gritos de dolor y dejando enemigos tirados en el campo de batalla.

Recibió ataques que no lo detuvieron, incluyendo el de una cuchilla que le trazó el rostro, rompiendo su máscara y causando una larga cicatriz desde su mejilla hasta su nariz.

La pelea continuó hasta que el sol apareció en el horizonte, saludando con sus rayos la batalla que pronto acabaría.

El cielo se iluminó, permitiendo ver la sangre y los cuerpos repartidos alrededor en lo que parecía una masacre sin sentido.

Muchos hombres carecían de extremidades, algunos parecían haber sido mordidos por osos o tenían sus ojos arrancados de sus cuencas.

Parecía más una descuartización antes que una guerra, dejando lagos de sangre que predominaban en el verdor del campo.

Eventualmente, Hotako cayó de rodillas, y formó parte de un silencio extraño, pues al mirar a su alrededor, notó que nadie más se movía. Cayó rendido junto a los demás.

Los enemigos se habían esfumado.

Hotako despertó al mediodía, encontrándose en una carpa donde otros soldados estaban siendo atendidos. Podía notar que los demás tenían heridas más graves que él; incluso uno miraba el techo sin siquiera pestañear, envuelto en una nada absoluta.

―¿Alguien puede decirme dónde está Yao?

Hotako preguntó al ver pasar a un médico, pues no veía a su amigo por ninguna parte.

No obstante, a las pocas horas, se enteraría de que había sido de los primeros en morir en la vanguardia.

Según sus heridas, había dado pelea, pero no hubo testigos para corroborarlo, ya que nadie de las líneas delanteras quedó vivo.

Aquella noticia fue un golpe fuerte para Hotako.

Según los informes, algunos guerreros restantes de las tropas chinas se adentraron al territorio japonés y estaban siendo localizados. Sin embargo, inexplicablemente, la guerra había sido una gran pérdida para Japón.

La victoria de China se repartía por todo el territorio, aunque las preguntas acerca de cuál sería el siguiente paso eran más abundantes, pues el país vecino no había realizado más movimientos desde que la guerra finalizó.

Se rumoreaba que apenas estaban comenzando o que el emperador chino solo quiso demostrar el poder de su ejército.

Sea lo que sea, Hotako, y lo que restaba de los samuráis, no fueron a casa hasta que la noticia de una muerte significativa llegó.

El emperador Bao Li Wang de China murió y el mito de los demonios apareció con fuerza, pues decían que el emperador japonés, Isamu Katsumoto, había hecho un pacto con uno para quitarle la vida.

Los escépticos se negaron y decidieron creer que fue obra de alguna estrategia para finalizar con la guerra y con cualquier intento de tomar Japón.

Sin embargo, los más cercanos al soberano decían que estaba cegado por la venganza desde la muerte de su hermano, así que estuvo dispuesto a hacer lo que fuera para lograr su cometido.

Después de este suceso, Katsumoto murió de un ataque repentino al corazón, aun cuando no tenía problemas de salud.

Hotako volvió a su hogar para ser celebrado y recibido con los brazos abiertos.

Su familia lo veía como un héroe; de los pocos soldados que quedaron en pie.

Su vida continuó como un samurái, debido a sus altos honores otorgados, pero se retiró cuando sus padres murieron de vejez.

Eventualmente, él también envejeció, mudándose a una alta colina.

Para ese momento, ya había visto demasiada muerte y, de igual manera, la había ocasionado.

El trayecto de su vida lo hizo cambiar y consideró que viviría en tranquilidad el resto de sus días, lejos de portar alguna espada.

Era su idea hasta que se encontró con una mujer intentando subir la colina.

Tenía el rostro desencajado y portaba vestimentas de telas finas llenas de ramas y hojas.

Creyó que la habían estado persiguiendo, así que le ofreció agua bajo su techo.

Después de un par de sorbos, reveló que quería ser entrenada.

Hotako bufó sin podérselo creer, pero la expresión de la recién llegada se mantuvo seria.

Al instante, supo que esa mujer tenía un objetivo real, aún si nunca supo los motivos exactos.

«Quiero ser capaz de protegerme y a los que amo», fue lo único que Suki le había explicado, aunque su determinación parecía guardar una historia que Hotako desconocía.

A pesar de ser una mujer de complexión frágil y delgada, fue tan duro en sus entrenamientos como lo fue con hombres competentes. Sin embargo, aquella que se hacía llamar Suki lo sorprendió con su destreza.

Después de finalizar los años de entrenamiento, Suki continuó visitándolo.

Lo acompañaba a comer o lo retaba a pelear, utilizando su katana como en los viejos tiempos.

Era una mujer con una sonrisa tan amplia como su personalidad.

Siempre le aseguró que todo estaba bien en su vida.

Sin embargo, con el tiempo comenzó a ausentarse.

Enviaba a sus criadas o guardias con canastas repletas de alimentos y semillas para cultivos.

Solía añadir cartas con cortos mensajes.

Uno de ellos revelaba que tenía labores que atender en su hogar.

En su último mensaje escribió: «Las cosas están algo difíciles hoy en día, pero espero pronto poder sentarme con usted a comer el ramen que tanto le gusta».

Luego no supo más de ella.

Tiempo después, apareció una niña de cabellos oscuros; pequeña e indefensa, con una expresión que aterró sus más diminutos nervios. No pudo negarse a ayudarla, aun cuando nunca fue bueno tratando con niños. Además, las facciones de su rostro y la espada en su mano le recordaron a Suki.

Hanae se ganó su confianza y, con el tiempo, le costó admitirlo, pero también su cariño. La había adoptado como su aprendiz y se preocupaba por ella como si fuera su hija, teniendo su propia forma de tratar con ella. Tosco, pero nunca con desprecio.

Todo iba bien hasta la noche en que tuvieron que separarse.

Hanae creyó que Hotako murió al pelear contra el Demonio de Mil Ojos, pero solo fue herido de gravedad, quedando en la cuerda floja entre la vida y la muerte.

Si no hubiera sido por la regeneración de Hotako, habría muerto esa noche, pues él era un semidemonio con características de oni, cuyo origen desconocía.

Se decía que los oni antes fueron guerreros, bendecidos o malditos para continuar una vida inmortal de batallas.

Entre los rumores se mencionaba que un hombre fallecido en el campo de batalla podía obtener el favor de los infiernos para seguir derramando sangre.

Sin embargo, eran solo rumores que no debían ser totalmente ciertos, aunque para Hotako siempre fue inquietante la similitud de estos con su vida.

Solo un ser que fuera completamente un demonio no sufriría una muerte por parte de otro o de un semidemonio; solo sería enviado de vuelta al infierno.

Por eso, la obsidiana jugaba un papel clave en la exterminación definitiva de aquellos seres.

Sin embargo, si bien la obsidiana afectaba a los semidemonios, estos no serían arrastrados al infierno al morir.

Si morían, lo hacían como un ser humano, pisando la tierra en donde nacieron.

Cuando despertó, Hotako creyó que había sido un sueño, pues no contaba con ningún rasguño. A partir de ahí, comenzó a aprender de él mismo y de lo que era capaz.

Intentó investigar sobre su origen, pero en su vieja casa solo había un par de cartas de su abuelo que hablaban de lo extraña que actuaba su esposa; con falta de lucidez y paranoia.

Supuso que algo sucedió en su línea familiar que causó que su propio nacimiento fuera menos humano, un hecho que hasta ahora no había surgido a la luz.

Recordaba que el nombre de Hanae se pronunciaba por ciertos rincones de Japón, rincones que ella ya había recorrido en distintas fechas.

Saber que su aprendiz había buscado la forma de sobrevivir y superarse, logrando ser una reconocida espadachina y cazadora, le resultaba admirable.

Y, sin buscarla, el destino los unió en el momento indicado.

Hotako la salvó, sintiendo que su resurrección, así como su tardía revelación como semidemonio, se debían a una segunda oportunidad otorgada. Todo llegó a su tiempo; por lo tanto, estuvo satisfecho con su final.

Su vida tuvo períodos de tranquilidad. Otras veces vivía en un torbellino de situaciones. Sin embargo, se trataba de alguien más que se sacrificaba por la mujer que intentaba forjar su propio destino.

El olor a muerte es algo a lo que, lamentablemente, me he acostumbrado, pero nunca me ha agradado. No creo que a alguien normal siquiera le agrade lo que implica. Detrás de ese aroma hay tristeza, culpabilidad y dolor. Lo sé porque me ha visitado más veces de las que me gustaría.