CAPÍTULO 20
LA GUERRA ROJA
1345, Aozora. Japón
Cincuenta y seis años atrás
Hotako Gendō, de veinticinco años, practicaba con su espada en el dojo de su hogar.
Su familia provenía de generaciones guerreras, así que él quería enorgullecerla con su dedicación y disciplina y, si el destino deseaba otorgarle un gran reto en el camino, el joven estaba seguro de que vencería y lo recolectaría como hazaña para su apellido.
Sin embargo, poseía un temor intenso respecto a las guerras; uno que callaba para no parecer un cobarde.
Su padre siempre repetía «serás mi orgullo», manifestando el éxito de su primer y único hijo, quien solo sonreía con nerviosismo, intentando mostrarse seguro de sí.
Ante las tensiones con China, se rumoreaba que pronto se avecinaría una guerra.
El país vecino y rival tenía intereses en proclamar territorios japoneses, algo que la nación no pensaba permitir.
El emperador chino, Bao Li Wang, era conocido por ser un hombre cruel y sanguinario, por lo que el temor de lo que era capaz se esparcía tanto en pequeños pueblos como en grandes urbes, haciendo crecer la paranoia.
Un día, durante una mañana cualquiera, Hotako desayunaba junto a su familia cuando un mensajero llevó una noticia hasta las manos de su padre. Al abrir la carta, su mirada se mantuvo pegada a las palabras que anunciaban la guerra de la que tanto se especulaba.
En ese momento, supo que su hijo sería quien representaría a la familia Gendō. Poseía una mezcla entre orgullo y sorpresa.
―¿Qué sucede, padre? ―preguntó Hotako al notar su silencio.
―Murió el hermano menor del Emperador Isamu Katsumoto… Ren Katsumoto ―decir las palabras en voz alta le quitó brevemente el aliento―. Al parecer fue mandado a asesinar por el emperador de China y se desatará una guerra.
La alegría de Hotako no se dejó ver, pues calculó rápidamente las opciones, comprendiendo que su padre era demasiado viejo para ir a pelear; él debería partir.
Al día siguiente, se despidió de sus padres, secando las lágrimas de su madre, quien se había desvelado por terribles pesadillas sobre la muerte de su hijo en el campo de batalla.
Clamaba haber recibido un presagio de sus ancestros, pero intentaron calmarla, diciéndole que solo eran sueños.
Lo importante era que la familia Gendō tenía un guerrero, uno que ahora se dirigía al lugar de entrenamiento, a kilómetros de su hogar.
Hotako se dirigió a Fukushima, el lugar donde se estimaba que las tropas chinas se encontrarían con las japonesas en unos meses.
Alrededor de diez mil quinientos setenta hombres serían preparados como guerreros samuráis para la guerra.
Algunos tenían mucha experiencia; otros necesitaban más de ella para cargar con un título digno.
Sin embargo, Hotako era la excepción, siendo uno de los mejores espadachines entre las familias.
Recibió sus vestimentas y caminó hacia las carpas construidas en el exterior, donde solo cabían dos personas en cada una; debía elegir una para dormir durante los siguientes meses. Era la primera vez que se alejaba tanto de su familia; por lo tanto, se sentía fuera de lugar.
Había abierto un par de carpas, encontrándose con que estaban ocupadas, pronunciando sus disculpas avergonzadas antes de avanzar.
Veía a su alrededor presintiendo que era el único desubicado; sin embargo, solo un intento más hizo falta para encontrar la carpa ideal.
Entró y vio dos camas desocupadas y un baúl al lado de cada una.
Era un espacio estrecho, pero intentaba hacerse la idea de que no estaba tan mal.
Se sentó en la cama y dejó la muda de ropa a un lado.
Con los brazos, presionando la sábana, agachó la cabeza.
La ansiedad lo atacaba. Murmuró una maldición al verse obligado a pelear por su país y, al mismo tiempo, luchar por su propio honor, pues era algo que nunca pidió para su vida.
No era como su padre. Sentía que no era digno hijo de él.
Unos pasos anunciaron la llegada de alguien a la carpa. Un joven de su edad, lánguido y de altura media, entró disculpándose.
―Disculpa, ¿está ocupada? ―preguntó, señalando la cama vacía.
Hotako negó con la cabeza como respuesta. Ahora tendría un compañero de habitación y presentía que este sobreviviría solo unos segundos en la batalla.
―Soy Yao…
Lo escuchó presentarse y alzó la vista hacia aquel que hacía una reverencia a modo de saludo. Hotako le respondió con una ligera inclinación de cabeza.
―Hotako.
―Es un poco aterrador, ¿no lo crees, Hotako?
Yao se sentó en su propia cama, cruzando las piernas.
―¿Aterrador? No vale de nada estar aterrado cuando pronto estaremos peleando allá fuera.
Yao lo analizó brevemente antes de contestar:
―¿También tienes miedo?
Hotako negó, frunciendo el ceño con severidad y pronunciando un rotundo «No». Tan seco y serio que parecía imposible dudar de su veracidad; sin embargo, era todo lo contrario.
―Yo sí, lo tengo… ―afirmó Yao, aceptándolo sin vergüenza―. Sería tonto no tenerlo en esta situación.
Mientras la vista de Yao se enfocaba en la ranura entre las telas de la entrada de la carpa, Hotako lo miró, sorprendiéndose por la capacidad de Yao para aceptar su temor tan fácilmente.
De cierta forma, no comprendía cómo, ya que él siempre ocultó a su familia su poco deseo de pelear, sabiendo que sería reprimido y enviado de todas formas.
Negarse significaba ser testigo de la mirada de decepción de su padre, la cual lo perseguiría hasta en sus más profundos sueños.
Ambos estrecharon lazos con rapidez, volviéndose compañeros en aquel tiempo de guerra.
Durante meses, Hotako lo ayudó con los entrenamientos; arco y flecha, peleas cuerpo a cuerpo y armadas, entre otras.
Descubrió que Yao no era muy bueno para todo lo que conllevaba un esfuerzo físico, pero lo intentaba con la intención de también ganar el honor de su familia.
Por otro lado, Hotako era de los mejores reclutas.
Recibió las enseñanzas de grandes samuráis y le entregaron su propia espada.
El emperador quería un ejército capaz y numeroso para ganarle a China.
―¡Wow! Es totalmente impresionante ―dijo Yao, admirando la larga espada de Hotako. Tenía detalles distintos a la suya debido a que era de la división más experimentada del ejército. Poseía un llamativo mango con ornamentos trenzados de color dorado―. Es una nodachi.
Hotako había alzado el filo frente a su rostro, el cual se reflejaba con facilidad en el metal plateado. Era una espada más larga que la katana, incluso más que el propio portador.
―Podrías tener la tuya, solo debes esforzarte más, aunque ya lo haces muy bien.
―¿Eso crees?
Yao bajó la vista hacia su espada. Su mango era oscuro como el cobre y sin detalles. Totalmente sobria.
―Supongo que sí, algún día podré llegar a ser tan bueno como tú ―sonrió.
De pronto, un sonido hizo presencia en toda la base. El cuerno de guerra anunció que había llegado la hora. Las tropas chinas estaban a tan solo unos pocos kilómetros. Se habían adelantado y aparecieron tomándolos desprevenidos.
Según los informes, el ejército de China solo contaba con novecientos setenta y dos guerreros, mientras que Japón superaba el número. La confianza de todos se alzaba al pensar que ya tenían la batalla ganada.
La guerra iniciaría al anochecer.
Rápidamente, ambos compañeros se miraron y se dirigieron a equiparse con sus armaduras samurái, y todo el equipamiento adicional para la guerra.
Fue sorpresivo saber que Hotako iría en la retaguardia y Yao en la vanguardia, pero, aceptando que era una cuestión de estrategia, se despidieron, esperando volver a encontrarse cuando todo acabara.
Unas horas después, el silencio de la noche se hizo presente en el campo.
Hotako veía a través de su máscara mengu ―una pieza de armadura facial, creada para intimidar― a quienes tenía al frente y a los lados, irreconocibles ante sus propias caretas que representaban onis o espíritus del folclore.
Detrás de las filas guerreras se encontraba la división de arqueros.
Si todo salía bien, predecían que la retaguardia ni siquiera tendría que pelear.
Sin embargo, eso no quitaba el nerviosismo de Hotako Gendō, mucho menos al ver a la vanguardia avanzar y desaparecer entre las colinas.
Se mantuvieron en formación hasta pasada una hora.
Sin embargo, en ese momento, cuando aún la oscuridad prevalecía, un mensajero japonés comenzó a correr hacia ellos.
Su figura se notaba desde la distancia en aquel verde espacio oscurecido por la noche.
Muchos creyeron que traía buenas noticias, pero su voz vociferaba en desesperación: «Corran, corran… ¡No podemos!» .
Al inicio, la lejanía dispersó su voz sin poder ser comprensible.
No obstante, cuando esas palabras de advertencia pudieron escucharse con claridad, una lanza con punta metálica le traspasó la boca desde atrás, dejándolo clavado en el suelo.
Su cuerpo entró en espasmos, mientras tenía los ojos bien abiertos y desorbitados, y la sangre escurría de sus labios.
Inconscientemente, Hotako contuvo su respiración.
¿Qué sucedió con las tropas delanteras? ¿Qué sucedió con Yao?
Por ahora, esa pregunta no tendría respuesta, pues detrás del cuerpo del mensajero, las tropas de China avanzaban con fiereza. Sin embargo, había una oportunidad, ¿no? Aún quedaban siete mil samuráis japoneses listos para entrar en batalla.
Primero fueron lanzadas las flechas de fuego, antes de comenzar a derramar sangre a capa y espada.
***
La batalla avanzó en un abrir y cerrar de ojos.
Los soldados de China parecían tener una fuerza y determinación descomunales.
Masacraban a las tropas japonesas como si se trataran de simples plumas.
Hotako utilizaba su nodachi para cortar cualquier enemigo a su paso, la movía de forma ágil, combinando sus ataques con otras armas que cargaba, como una katana o una wakizashi; un sable corto tradicional en los samuráis.
Era su primera vez eliminando vidas, pero su enfoque era inquebrantable al luchar.
O al menos eso aparentaba, pues amenazaba con flaquear al ver el largo filo rajar bocas hasta las orejas, arrancar pedazos de cráneos con sus tajos, o cuando hacía que sus enemigos vomitaran sangre al perforar sus estómagos con brutalidad.