Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 19 #3
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CAPÍTULO 19 #3

―Eres igual a cualquier ser del infierno…

Kai detestó escucharlo, pues se consideraba diferente. Insoportablemente humano, rebelde, pero podía llegar a ser superior. Sin embargo, ser llamado así con tal desprecio no era algo de lo que pudiera satisfacerse, sobre todo proveniente de la mujer por la que comenzó a tener sentimientos.

―Soy hijo de uno de los demonios más temidos, ¿qué puedo decir? ―Le apuntó con el arma y comenzó a girar una cuchilla de su kusarigama con la otra, simulando que desprendía confianza de sí mismo―. Igual que tú.

A decir verdad, Kai no estaba del todo listo para finalizar.

La idea de asesinarla aún no le agradaba y las palabras que mencionaba le causaban cierto pesar, pero ya había tomado una decisión.

Lanzó la katana en dirección a su dueña, esperando que el filo la atravesara, hasta que algo sucedió.

Otra espada más grande, una nodachi, apareció en medio de ambos.

La katana fue desviada en el aire y la figura de un hombre se colocó frente a ella.

Fue tan rápido que sucedió en un parpadeo.

Ambos contrincantes, Hanae y Kai, fruncieron el ceño con desconcierto.

El recién llegado mostraba un rostro de oni con colmillos largos verticales y unos más amplios que se extendían hasta las mejillas; además, unos cuernos medianos y enroscados en espiral se encontraban a ambos lados de su cabeza.

A su alrededor había una especie de aura azulina que emanaba como vapor. ¿Era demonio o humano?

Hanae, desde su posición, pudo ver cabellos grises algo largos, resaltando entre los tonos azules. Sin girarse, el oni dijo:

―¿Eso es lo que te he enseñado, joven Yoshida?

Hanae lo miró estupefacta al escuchar aquella voz conocida con cierta gravedad en su tono.

Su corazón saltó y sintió dificultad en las próximas exhalaciones.

El ardor terrible que emanaba de los cortes, creando virutas rojizas en su piel, quedó en segundo plano mientras sus ojos estaban fijos en el oni.

―¿Hotako…?

Le resultó imposible de creer, pero él la miró por encima del hombro, mostrando parte de su rostro. Parecía no haber cambiado ni una sola arruga desde la última vez que lo vio.

―Creí que estabas muerto…

―Qué tan poca esperanza tienes, niña.

Al responder, su rostro volvió a tornarse el de un oni sin rasgos humanos.

Hanae apretó sus labios mientras una sonrisa de felicidad buscaba esbozarse, pues, por muchos años, creyó que Hotako había fallecido en aquella colina, asesinado por el Demonio de Mil Ojos. Demasiadas veces se había arrepentido de dejarlo solo.

El reencuentro fue interrumpido por Kai, quien comenzó a girar su kusarigama.

―Toma el arma, Yoshida. Vamos a terminar esto ―dijo Hotako.

Hanae escuchó a quien en antaño fue su sensei, entendiendo que luego habría tiempo para ponerse al corriente.

―Dos contra uno no es algo justo ―se quejó Kai, mirando a ambos―. ¿Qué tal si te alejas, rōjin? Esta no es tu pelea.

Hotako respondió con un ataque, iniciando la lucha entre ellos, mientras Hanae se dirigía hacia su espada en el suelo, unos metros atrás, ignorando el dolor torturante de los cortes, los cuales no parecían tener intención de cerrarse.

El mayor peleaba con fiereza, engañando a cualquiera que subestimara su edad.

Kai la tenía difícil hasta que dio un salto e hizo que la cadena rodeara el cuello de Hotako para someterlo.

Al ver esto, la cazadora de demonios corrió, logrando distraer a su contrincante para que liberara a su antiguo sensei.

Sin embargo, en consecuencia, fue pateada a un lado e impulsada contra un árbol, generando una fuerte ventisca.

La batalla inició brutal entre Hotako y Kai.

Hanae de vez en cuando ayudaba a su sensei, pero ambos contrincantes eran tan rápidos que se le dificultaba intervenir, más aún con sus graves heridas. Estas no sangraban, pero ardían como si vertieran sal y limón dentro de la fibra de sus músculos.

Hotako empujó con una fuerza increíble a Kai. El joven salió despedido, volando sobre el pequeño río y aterrizando en la casa de té, destruyendo parte de su estructura. Las paredes se desplomaron y los muebles en su interior sufrieron heridas irreparables.

La situación alcanzó un punto en el que Hotako pudo sostener a Kai debajo de él, impidiéndole moverse. Sin embargo, el más joven comenzaba a utilizar su poder demoníaco, transformándose desde la punta de sus dedos hasta sus brazos.

―¡Hanae! ―llamó Hotako―. ¡Hanae! ¡Es la hora!

Kai empujó a Hotako, pero él volvió a retenerlo fuertemente contra el suelo, en medio de los escombros de la casa. La espadachina llegó a su llamado empuñando la katana.

―¡Clava la espada! ¡Ahora!

Hanae miró a ambos, analizando que, debido a la posición, sería imposible clavar la espada sin herir a Hotako. Comprendió que este buscaba sacrificarse, ya que Kai era muy fuerte.

―Pero, Hotako…

―¡Hazlo! ¡Es lo correcto! ―Él volteó a mirarla por encima de su hombro, mostrando parcialmente su rostro humano―. Mi tiempo en la tierra debió haber llegado a su fin años atrás…

Cruzaron miradas y él notó la tristeza de la joven.

Reconoció esa melancolía que la acompañaba desde la primera vez que la vio, por lo que detestaba tener que amplificar ese dolor; detestaba ser la razón del mismo.

No obstante, no había de otra. Si se arriesgaba a soltar a Kai, este podría liberarse y transformarse completamente.

Hotako apretaba sus extremidades con toda la fuerza que su cuerpo de oni le permitía.

―¡Ahora!

Hanae preparó la espada, sosteniéndola con ambas manos.

Apuntó justo en la espalda de Hotako, calculando que traspasaría también a Kai y llegaría a su corazón.

La frase de «dos pájaros de un tiro» no le agradaba en ese momento, debido a que su antiguo sensei fue una figura importante en su vida.

Por un instante deseó volver a cazar junto a él, a pescar los peces saltarines del río más cercano a la colina y a entrenar con una espada de bambú que no mataría ni a las avispas que tenían su panal cerca de la cornisa de su pequeña y humilde casa.

Deseó saber cómo había sobrevivido o cómo se convirtió en esa especie de semidemonio que tenía ante sus ojos.

Sin embargo, al parecer, perdería a otra persona importante en su vida.

La espadachina soltó un grito, más de dolor interno que de valentía. Y, cuando el filo traspasó el pecho del mayor y estuvo a punto de llegar a Kai, este lo empujó con sus piernas. Había logrado zafarse. Hotako cayó de espaldas, causando que ella hiciera lo mismo debido al peso del mayor.

Hanae se levantó rápidamente del suelo para ver a su alrededor, pero Kai se había esfumado con el viento. No había rastro de ni siquiera su sombra.

Bajó la mirada cuando escuchó un quejido proveniente de Hotako; estaba muriendo.

Su piel se convertía en piedra con rapidez, expandiéndose a partir de la herida abierta por la katana.

Hanae se agachó con tristeza. Sentía como si, apenas recuperaba algo, se lo arrebataban con brusquedad, llevándose consigo ilusiones y esperanzas.

―Hotako…

Él miró el rostro de su vieja aprendiz. Sus dedos se enroscaban; intentaba aguantar el dolor que se esparcía como un virus.

A pesar de no ser la primera vez que veía tristeza en la mirada de Hanae, le afectó de sobremanera, sin poder recordar cuándo fue la última vez que alguien se preocupó por él.

Incluso podía ver esos iris oscuros humedecidos.

―No te atrevas a llorar, niña. No te debilites en mis últimos momentos.

Hotako mostró su rostro sin colmillos ni cuernos, permitiendo que Hanae lo observara como lo conoció años atrás, lo que ahora parecía una eternidad para ambos.

Hanae se mantenía arrodillada a su lado, viendo cómo unas raíces negras se extendían por el cuerpo ajeno. Sus manos sobre su regazo se cerraban como piedras.

―Creí que habías muerto… y ahora… ―Intentó no quebrarse.

―Ahora… nos podemos despedir.

Hotako no tenía miedo. Deseaba poder transmitirle su calma a la mujer que sufría internamente.

―¿Cómo…? ¿Qué eres?

Hanae se atrevió a preguntar sin desprecio en su tono, solo curiosidad por aquel que por tanto tiempo la cuidó y entrenó. Se preguntaba si siempre fue un oni o por cuánto tiempo lo ocultó.

―¿Eso es lo que inquieta tu alma en estos momentos? ―Él rió levemente, haciéndole gracia. Quizás era la primera pequeña risa que veía de aquel hombre―. Escucha… mientras haya más como tú y yo en este mundo, entonces habrá esperanza.

La negrura llegaba a su abdomen, subía por su pecho y se extendía hacia su cuello. El tiempo se acababa para Hotako.

―Fuiste una gran aprendiz, tal como lo fue Suki… Y veo que, finalmente, te convertiste en una verdadera samurái ―finalizó con una sonrisa, la cual quedó inmortalizada en su piel convertida en piedra. Sus ojos se volvieron grises y quedó el cuerpo de un hombre que se desintegraría en poco tiempo.

Sus últimas palabras llenaron a Hanae, confirmando que su sensei estaba orgulloso de ella. Sin embargo, el dolor no tardó en crecer, y, dando un último vistazo a los ojos sin vida, golpeó el suelo con sus puños.

Presionó su frente contra la tierra y aguantó.

Aguantó su dolor sin mucho éxito, derramando unas lágrimas que empaparon la hierba.

Tenía un sentimiento similar al día en que su madre murió, pues él fue un padre para ella.

Aquellas gotas en sus ojos volvían a reafirmar su promesa de venganza, lanzando un grito al aire que descargó el torbellino que envolvía su corazón.

Volví a ver al hombre que me entrenó y cuidó en una alta colina sin nombre, y él me observó con orgullo.

Admiré esa sonrisa, tan extraña en su rostro de piedra, y escuché esas palabras que me dedicó con orgullo: «una verdadera samurái».

Debía sentir el mismo nivel de orgullo, pero no podía.

De nuevo lo perdía… ¡De nuevo alguien se iba de mi vida! ¡Otra vez debía cargar con la muerte!

¡Otra vez… otra vez!