CAPÍTULO 19 #2
Parecía ser la misma voz que escuchó en su visión del Jigoku.
Se asomó por el borde del tronco para ver la escena y pudo notar que Kai tenía en sus manos el frasco que contenía la arena negra.
Este ahora estaba vacío, pues la arena había sido esparcida en el suelo, formando un círculo.
Era el frasco que Hanae tenía en su habitación.
¿Por qué Kai lo tenía? Estuvo oculto en su aposento hasta…
Hasta la noche en la que dormimos juntos.
Esa conclusión hizo que Hanae cerrara los ojos con fuerza. Apretó los labios ante la asimilación de la traición, la cual parecía quemarle las entrañas.
No puede ser…
Había sido engañada.
―Ella confía en mí. Lo haré hoy, padre.
¿¡Padre!?
Su corazón saltó y su respiración se inquietó por un instante. Conectaba puntos: si Kai era hijo de Nobukatsu, al igual que ella, significaba que eran parientes. Su garganta formó un nudo incómodo, siendo una noticia inesperadamente impactante.
Antes de que finalizaran la conversación, Hanae ya se había alejado de regreso al lugar donde estaban entrenando.
«¿Por qué has tardado tanto? ¿Te has enamorado de aquella mujer?».
La burla estridente del demonio no tardó en llegar. Pareció a punto de echarse a reír sin verdadera gracia.
―¡No! Eso sería ridículo. Vine aquí para ganarme lo que te pedí ―dijo enojado. No había olvidado su objetivo y, en ese momento, se convencía de que era mayor que cualquier otro sentimiento mundano que tuviera.
«Más te vale, porque si no me das lo que quiero… tu cabeza será mi premio».
El hombre que sirvió de recipiente se desplomó en el suelo, vomitando chorros de sangre. La posesión de Nobukatsu había sido demasiado fuerte para aquel cuerpo. Kai lo miró, emitiendo una mueca de desprecio antes de alejarse. Soltó el frasco vacío en el camino.
Cuando Kai regresó con Hanae, esta se encontraba arrodillada con la espada desenvainada en su regazo.
Los cabellos cortos de su flequillo volaban sobre su frente.
En silencio, la vio levantarse, sosteniendo el mango de su empuñadura, apretado por sus ágiles manos.
La cabeza levemente gacha de la mujer se alzó, manteniendo su espalda recta.
La ira la recorría, pero, al mismo tiempo, sentía aflicción por lo que había descubierto y lo que estaba pensando en hacer.
―¿Por qué, Kai…? ―Se giró encarándolo. Había una notable distancia que los separaba.
―¿De qué hablas? ―dijo desconcertado, aunque su tono de voz se había vuelto más bajo.
―Mírame a los ojos y dime que no estuviste mintiendo.
Kai no respondió, apretando sus puños.
―Mírame y dime que no viniste a asesinarme, que no trabajas para un ser del Jigoku, y que jamás tuviste intenciones de apuñalarme por la espalda.
Había alzado el tono de voz, demostrando un sentimiento inestable en sí.
―¿Cómo…?
El hombre se preguntó cómo Hanae había descubierto esa información, pero algo en él siempre supo que era cuestión de tiempo.
―No es nada personal… ―se limitó a decir. Kai alzó el mentón; sabía que la farsa se había caído.
Al instante, Hanae apuntó la espada hacia Kai, quien supo que no tendría más remedio que darle una conclusión a su misión. Él sacó el kusarigama que colgaba detrás de su espalda, tomando los extremos del arma.
―¡Ahh! ―Hanae gritó con ira y arremetió al llegar a él. Así como blandía su espada, él movió las cuchillas de sus cadenas, ambos intentando herirse mutuamente, y más que eso.
Eliminarse. Esa era la idea.
Era la primera vez de Hanae peleando contra un arma similar; solo la había visto en acción cuando el mismo hombre, que ahora quería asesinarla, la había ayudado. Por tal razón, le causaba conflicto. Parecía ser que se enfrentaba a alguien completamente diferente.
¿Ese era el Kai que estuvo conociendo esos días?
―Me mentiste… ¡Me hiciste creer en tu falsa benevolencia! ―gritó Hanae, mientras omitía gran parte de lo que quería decir: Todo lo que Kai le hizo sentir y vivir; los sentimientos que él le generó y que creyó ser correspondidos por una noche.
La falta de afecto y la inestabilidad emocional le hicieron una mala jugada a la espadachina. Cayó rápidamente en los brazos de un traidor.
Kai no decía nada, solo buscaba atacarla con esfuerzo.
En algún punto se agachó rápidamente, deslizando su pie hacia los contrarios para tirarla al suelo, pero ella saltó, evitándolo a tiempo.
Luego, al pisar tierra, Hanae intentó ensartar la katana en su pecho.
Sin embargo, su contrincante enredó el filo de la espada con las cadenas de su kusarigama; su intención era quitársela.
La espadachina impidió esa maniobra, dándole una patada en su abdomen para alejarlo.
―¡No tengo nada en contra de ti, Hanae! ―exclamó Kai, abalanzándose nuevamente. Ambas cuchillas, al girarlas, se dirigieron hacia Hanae, pero ella se inclinó hacia atrás, logrando que tan solo rozaran su cuello―. De hecho, pude creer que me caías… bien ―admitió agriamente.
El hecho de intentar asesinarla no le daba satisfacción.
Al inicio estuvo seguro de que le arrancaría la cabeza con sus propias manos la primera vez que la viera; sin embargo, desconocía que su víctima tuviera tanta belleza.
Luego, cuando surgió el ataque al pueblo Chīsana, creyó que se divertiría un rato asesinando a un demonio colosal que no le agradaba.
Lo vio como un juego junto a la mujer que pronto dejaría de vivir, pero aplazó su muerte y la siguió aplazando con los días, descubriendo aspectos de ella que le interesaban: su actitud difícil, su historia poco envidiable que la hizo resiliente; la forma en la que se movía al caminar o al pelear,
incluso la carencia de una madre.
Se había identificado con ella hasta el punto de preocuparse por su «casi muerte» a manos de Belioth y, más tarde, aquel interés escaló.
―¿Por qué no me asesinaste antes, Kai? ―preguntó, moviendo la katana con fuerza.
Hablaban sin detenerse, por lo que sus voces se escuchaban con cierta dificultad.
Al recibir la pregunta, Kai tardó en responder. Estaba a punto de decirle lo que llegó a sentir por ella, el afecto que había surgido, hasta lo siguiente…
―¿Por qué no me dijiste que somos hermanos? ―cuestionó Hanae.
Aquella revelación lo tomó desprevenido, recibiendo una herida que se abrió desde su brazo hasta su pecho.
Fue un tajo casi limpio que rompió parte de su vestimenta.
Los ojos de Kai lo dijeron todo. Instantáneamente, comenzó a conectar puntos.
La historia de la carencia de una madre y de un padre difícil era demasiada coincidencia.
―¿Nobukatsu es tu padre? ―preguntó Kai, buscando asimilarlo. Ambos se habían distanciado al pausar la pelea.
Hanae lo miró alzando las cejas. Había notado la impresión en él.
―Parece que también te oculta cosas… ―dijo Hanae, y soltó un bufido sin hacerle gracia―. Soy el resultado de un pacto entre él y mi madre. ¡Por su culpa ella está muerta!
Sus palabras denotaron dolor y enojo al mismo tiempo. Si él decidía detenerse en ese punto, se lo pensaría mil y una veces si perdonarle la vida, pues la traición quedaría marcada.
―Yo…
Kai se detuvo a pensar si valía la pena detenerse y dejarla ir; si valía la pena anteponer sus propios sentimientos a sus intereses.
¿Acaso valía perder la cabeza a causa de perdonar su vida?
Antes desconocía que compartían la misma sangre.
Se sentía incrédulo con la reciente revelación. Un mar de nebulosa amenazaba con bloquear sus pensamientos, pero hizo el esfuerzo por apartarlo con sus propias manos. No debía flaquear, no cuando estaba cerca de lograrlo.
Al final, se convenció de que no lo valía. Hanae lo notó cuando él comenzó a correr hacia ella con una mirada tanto seria como enfocada en su objetivo. Inhaló y se preparó para reanudar la pelea.
La decisión de Kai se manifestó en la insistencia con la que arremetió.
Logró herirla en un costado, después de impulsarse y bajar una de sus cuchillas hacia ella.
Ambos se herían mutuamente, pues, aun si sus técnicas de lucha eran distintas, se igualaban en agilidad, reflejos y fuerza.
Eran dos semidemonios que compartían la misma sangre; debido a esa relación, sus habilidades se igualaban.
Un labio roto por allá, una mejilla cortada por acá…
Llegó un momento en que Kai empujó a Hanae y ella se preparó para atacarlo.
En un milisegundo, lo vio transformar su brazo, revistiéndolo de escamas de oscuro gris, y sus dedos se alargaron en garras.
Después, la golpearía fuertemente en el rostro con el puño cerrado, causando que soltara la espada.
Hanae escupió sangre, obligando a sus pies a mantenerse en su lugar.
―Siempre supiste pelear… ―dijo Hanae con dificultad.
Recordó haber visto a Kai como alguien inexperto en los entrenamientos; se tropezaba, recibía golpes y perdía con frecuencia. Pero la situación había cambiado, y ahora Hanae se sentía en desventaja.
―Siempre fingí que no podía ganar.
Ahora estaba desarmada, pues Kai blandía su katana arrebatada.
―¿Sabes por qué tu espada es tan valiosa y peligrosa a la vez? ―preguntó, sin esperar una respuesta―. Por la obsidiana que la compone… Aunque, a decir verdad, ya deberías saberlo, ¿no?
Su brazo volvió a la normalidad, demostrándole a Hanae que podía controlar su transformación a su antojo. Anteriormente, creyó que era un humano como cualquier otro. Al parecer, su sexto sentido no funciona con semidemonios. No funcionó con Kai, al igual que su intuición.
―¿Recuerdas lo que eres? Si un poco de obsidiana puede asesinar a un demonio, entonces contigo no debería haber problema.
Hanae sintió que su aliento se entrecortó cuando Kai apuntó su propia katana hacia ella.
A pesar de intentar esquivarlo, recibió dos cortes en sus brazos.
Otros más se produjeron al intentar girar, afectando sus piernas y otro en su espalda.
Aun si intentaba defenderse y quitarle el arma, los cortes parecían quemarle el alma.
A Kai no le divertía; sabía el dolor infernal que la obsidiana podía generar, por lo que la vio caer al suelo con las heridas sangrantes.
Sin embargo, ella no se quedó ahí, volvió a levantarse y recibió otro tajo cerca de su hombro y clavícula como consecuencia.
Hanae se sostuvo del brazo más herido, mirándolo con el mismo odio que miraría a cualquier otro demonio.