CAPÍTULO 19
TRAICIÓN
Hanae volvió a la ciudad, repleta de actividad. Del burdel salían y entraban cortesanas; ya se había acostumbrado a ese entorno. Una leve música producida por instrumentos tradicionales se escuchaba en los alrededores.
Al subir las escaleras de la entrada, Hiro la recibió diciéndole que un hombre de cabellos azabaches la había ido a buscar hace unas horas.
Era Kai. De cierta forma, Hanae se alegró, aunque se preguntó de dónde provenía esa alegría.
Se obligó a sí misma a despejar cualquier emoción al respecto y asintió.
Había muchas cosas en juego para emocionarse por un acto de una sola noche.
Según el dueño del burdel, Kai le dejó un mensaje diciendo que se vieran en el campo, cerca de la casa de té, al amanecer, por lo que la mujer agradeció al mensajero y se mentalizó de ir al encuentro al día siguiente.
La mañana llegó y, antes de dirigirse al lugar indicado por Kai, fue hacia un herrero cerca del mercado.
Lo había visto varias veces trabajando arduamente, y las armas que tenía a la venta mostraban una evidente dedicación.
El hombre que tanto había visto la recibió; a sus espaldas, había unos jóvenes fundiendo acero o puliendo hojas.
―Buen día, señor. Vine porque necesito una katana como esta.
La espadachina sacó su espada y la extendió en el mostrador. Al instante, notó los ojos maravillados del mayor.
―Esta espada es un excelente trabajo.
Pasó sus manos por encima, sin llegar a tocarla, pareciéndole una katana hermosa. Posiblemente, el creador había tardado un mes o más en realizarla.
―Y tiene…
―Obsidiana.
El hombre mostró curiosidad por los detalles de aquel vidrio oscuro en los bordes del filo, los cuales creaban un diseño ondulado.
―Aquí tengo más para la nueva espada. ―Hanae le pasó la bolsa con la obsidiana en su interior.
―¿Para cuándo la requerirías? ―inquirió. Fue la primera vez que despegó sus ojos de la espada para mirar a la mujer.
―En cuarenta y ocho horas como mucho.
―¿Cuaren…? ¿Dos días? ―dijo con sorpresa, casi atragantándose con su propia saliva. Incluso sus pupilos en el local alzaron la vista, pendientes a la conversación―. Una espada como esta requiere tiempo y dedicación, una semana como mínimo, o unos meses como…
Hanae sacó unos pequeños pedazos del oro encontrado.
Los ojos del herrero se iluminaron al tomar el valioso mineral.
Luego se giró hacia los jóvenes detrás de él y les indicó que pausaran todo lo que estaban haciendo para comenzar a trabajar en la katana de la clienta.
Era el mayor pago que le habían realizado por un arma de ese estilo.
―Tendrás tu espada en cuarenta y ocho horas o menos ―aseguró e intentó tomar el mango de la katana frente a él para llevársela, ya que serviría como referencia para los detalles. No obstante, Hanae lo detuvo, adelantándose.
―No se la puedo dejar.
El simple hecho de pensar que estaría desarmada le estresaba. Nunca había soltado la espada desde que le fue otorgada.
―¿Podrá trabajar sin ella?
El hombre asintió y guardó los detalles en su mente.
―No por algo dicen que soy el mejor herrero en la ciudad, jovencita.
Hanae asintió y se alejó.
Era hora de encontrarse con Kai.
***
Había llegado a aquel espacio verde cerca de la ciudad, el cual bordeaba con un pequeño río.
Al otro lado, se ubicaba la misma casa de té donde, usualmente, las conversaciones entre señoras de diversas familias se volvían interesantes mientras los aromas dulces de sus bebidas calientes las acompañaban.
En esa zona suele entrenar con Kai.
Hanae no tardó en notar la figura de Kai.
Movía sus fuertes brazos sosteniendo un largo bō ―un arma en forma de bastón―, entre tanto daba giros y saltos intrépidos.
Ella se acercó con su típica gracia nata al caminar y, al apenas estar a un metro, el joven hombre fijó sus ojos oscuros en su figura.
Él llevaba su acostumbrada vestimenta azabache, que dejaba ver el centro de su pecho marcado.
―Kai… ―pronunció su nombre, sorprendiéndose a sí misma de cómo su cuerpo reaccionó al verlo.
―Hanae ―sonrió, deteniéndose y acercándose―. Había ido a buscarte, pero no estabas.
―Sí, bueno… Salí a hacer algo importante.
―¿Una misión secreta? ―preguntó con una esquina de sus comisuras alzadas. El gesto le sumó atractivo.
―Algo parecido; digamos que di un paseo. ―Buscó restarle importancia―. Por cierto, necesito hablarte de la pintura; aún debo continuar con mi…
―¿Entrenamos?
Kai la interrumpió y giró el bō.
―Kai, esto es importante.
―Sí, es importante entrenar. Debo ser tan bueno como tú, ¿no crees?
Tenía un punto. Era cierto que lo había visto hacer cosas impresionantes con una valentía incomparable, pero, al fin y al cabo, era otra persona que se introducía a una parte oscura de la realidad.
Hanae se consideraba a sí misma una espada afilada que amenazaba a cualquiera que se acercara demasiado.
Temía por eso, pero sabía que no podría frenar a Kai. Al inicio lo intentó y no resultó.
―¿Prometes que luego hablaremos?
―Luego… Todo lo que quieras ―afirmó Kai con una sonrisa pícara y sin dejar de moverse con el bastón.
En ese momento, varias ideas pasaron por la cabeza de la mujer; algunas, un tanto íntimas.
Estrechó su mano hacia la empuñadura de su espada, pero Kai negó con movimiento de su cabeza y un ligero: «Mm…».
―Vamos a ser justos, Hanae.
―Bien.
Hanae no tenía problema en no usar su katana. Dejó a un lado la espada envainada y la pintura enrollada. Tomaría otro bō que estaba en el suelo.
―De todas formas, te ganaría ―dijo Kai y se encogió de hombros con confianza.
―Sí, claro ―contestó, incrédula, acercándose al hombre―. Que no se te suba la confianza a la cabeza; vinimos a entrenar… Y será rápido, ¿entendido?
―Como digas… ―Kai no despegaba la sonrisa de su rostro.
El entrenamiento inició con Kai acercándose a Hanae sin precaución; le lanzó dos ataques con el bō, pero ella lo apartó sin moverse de su lugar.
Su contrincante alzó la vista hacia ella antes de volver a intentarlo.
El sonido de la madera al chocar con fuerza fue más prologando, pues Kai atacó mientras Hanae se defendía exitosamente, quien dio unos pasos hacia atrás y luego contraatacó.
Giró el bastón con un movimiento de muñeca y lo alcanzó en el hombro. Él la miró sorprendido.
―Dos a uno, Kai. ¿Te rindes?
―Nunca.
Se limitó a responder e intentó atacar nuevamente. Los bastones volvieron a chocar. Kai logró empujar a Hanae al tomar su bastón con ambas manos. Ella alzó una ceja ante el movimiento brusco; sin embargo, parecía ser que la obligaba a sacar su lado competitivo.
Hanae giró sobre su eje, al mismo tiempo que alzaba el bō ágilmente. Al dar un paso, se acercó a Kai e hizo descender la punta del bastón. El hombre se hizo a un lado y dio un giro antes de intentar atacarla. Una vez más, él demostraba ser más ágil de lo que parecía.
En un instante, ambos lanzaron un ataque, llevando sus bō por encima de los hombros de cada uno.
Kai aprovechó para tomar el antebrazo de Hanae y logró empujarla hacia adelante.
Al hacerlo, cayó sobre ella con su brazo detrás de su cuello.
Se miraron en aquella posición, uno encima del otro, sintiendo nuevamente la tensión de la noche anterior.
―Entonces, ¿gané? ―Kai sonrió sin intención de moverse o romper la cercanía.
―No ―dijo Hanae, saliendo de su trance y colocando su bastón debajo de la mandíbula de su contricante. Se impulsó con una de sus piernas, quedando encima de él. El bō lo mantuvo sostenido con ambas manos y colocado en su cuello―. Yo gané.
Sintió cierta satisfacción al proclamar su victoria y se levantó, intentando ignorar el hecho de cómo ambos estaban posicionados sobre la hierba. Kai había quedado un tanto atónito, tardando en ponerse de pie.
―Solo por esta vez. ―La señaló, riendo un poco―. ¿Hacemos la revancha?
―Kai…
Al escuchar su nombre, tardó en mirarla. Había apretado ligeramente su mandíbula con cierta molestia.
―Hablemos, Kai. No tengo todo el tiempo del mundo, por mucho que me gustaría.
Hanae consideraba que, mientras más tardara en descifrar la ubicación de la puerta, más demonios irían a buscarla.
Los riesgos aumentarían para ella y los que la rodeaban.
Aun teniendo una racha de victorias, la última vez se enfrentó a uno tan fuerte que casi la asesinó.
Lo hubiera logrado con certeza si no hubiera sido por la parte inhumana en su sangre.
Belioth. Jamás olvidaría su nombre.
―Hablaremos, solo déjame devolver los bastones. Serán unos pocos minutos ―respondió Kai.
Hanae asintió, aceptando, y con los bastones en mano, Kai se dirigió hacia los árboles que abrían paso a un bosque; era parte del mismo que la espadachina había visitado el día anterior.
Lo siguió con la mirada hasta perder su figura entre los troncos.
Decidió esperarlo, llevando su vista hacia las nubes.
El gris que cargaban no anunciaba lluvia, pero tenían la intención de ocultar el sol por el resto del día.
Vagar sola por años la hizo aprender sobre la naturaleza, al punto de creerse capaz de predecir los cambios climáticos.
Habían pasado alrededor de diez minutos y Kai aún no volvía. Pensó que quizás el bosque era un atajo hacia la ciudad, pero ¿qué tipo de atajo, si no había nada por allá? ¿Habría encontrado problemas en el camino?
Debido a las dudas, se sumergió por la misma ruta que lo vio tomar.
Las aves a su alrededor cantaban despreocupadas, siendo sus acompañantes en la búsqueda.
Caminó hasta verlo de espaldas; sin embargo, al escuchar una voz distorsionada, se detuvo en seco.
Estaba a cuatro troncos de distancia de él.
Rápidamente, se escondió detrás de uno, causando el leve sonido de una rama rompiéndose.
Él calló y dio un vistazo a su alrededor.
Al no notar nada extraño, continuó hablando.
«¿Cuánto tiempo más debo esperar para que su sangre corra?».
La voz estridente salía del cuerpo de un hombre. Sus ojos oscuros evidenciaban la posesión por parte de un demonio.
«¡Te di una sola misión, Kai! Asesinar a la hija del pacto o traerla ante mí».
La respiración de Hanae se detuvo brevemente al escuchar aquellas palabras. Lo que estaba sucediendo era tan obvio que no debía pensarlo demasiado: Kai se estaba comunicando con un demonio. Y esa voz… ¿Era Nobukatsu?