Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 18 #3
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CAPÍTULO 18 #3

El oso corrió nuevamente, alzándose en dos patas y utilizándolas para atacar.

Sin embargo, no tendría mucho resultado, pues, comparado a un demonio, era tarea fácil.

Hanae podía asesinarlo de un solo ataque, pero sería desperdiciar una vida sin intenciones malignas.

Fue así que, al esquivar rodando en el suelo, vio otra posible salida y hacia allá se dirigió, siendo seguida por el insistente animal.

La luz blanca de la luna se colaba en los espacios del techo, por lo que era posible que no estuviera lejos de alguna salida.

Al pasar cerca de una esquina, de reojo notó un movimiento, por lo que se detuvo, comprendiendo las razones detrás de la agresividad del animal.

Dos pequeños osos se encontraban acurrucados en un espacio oscuro; sus ojos la miraban con curiosidad.

Hanae entendió que, posiblemente, el oso que la perseguía era su mamá.

Se alegró de no haber pensado en asesinarla, pues no quería ser la razón de dejarlos huérfanos.

En cuanto vio la sombra del animal agrandarse detrás de ella, se escondió en una esquina.

Observó a la osa olfatear a sus pequeños para confirmar que estuvieran bien.

Hubo simpatía en los ojos de Hanae antes de avanzar por el camino que había escogido.

No obstante, había un problema: había dejado la antorcha atrás.

Maldijo en voz baja y vio la negrura frente a ella.

No tenía intenciones de volver hacia donde estaban los osos, pero tampoco sabía qué tan peligroso sería el camino.

Inhaló profundo para concentrarse y cerró sus ojos.

―Bien Hotako, te necesito aquí.

Recordó que una de las enseñanzas de Hotako fue aprender a luchar con los ojos vendados.

Aquellos entrenamientos fueron casi imposibles en sus días con su sensei; no obstante, mientras más lo intentó y falló, más lograba dar un paso hacia el éxito.

Confiaba en que lo que hubiera aprendido le sirviera de algo.

Comenzó a caminar con una mano hacia el frente. Avanzó lentamente y con cuidado de no chocar o caerse. Sorprendentemente, sus oídos captaron un sonido leve: el de las llamas de la antorcha que luchaban por mantenerse activas.

No te apagues.

Rezó Hanae, al mismo tiempo que intentaba avanzar más rápido. Sin saberlo, ya había pasado más de un metro, esquivando estalagmitas en sus costados.

Al moverse para dar otro paso, unas piedras cayeron al vacío frente a ella, por lo que detuvo su pie en el aire y retrocedió.

Soltó un ligero suspiro y desenvainó su espada para tantear el terreno.

En los dos primeros toques no sintió el suelo, pero al tercero sí, por lo que continuó en aquella dirección.

Llegó a notar que su audición se había afinado más de lo esperado; escuchaba las llamas, el respirar de los osos, los murciélagos asentándose para descansar y, posiblemente, una fuente de agua en alguna parte de la cueva.

Pensó que se trataba de la ventaja de ser semidemonio.

Había tardado unos minutos, pero logró llegar a su destino, ignorando los sonidos y ecos que el abismo de la cueva producía. La antorcha continuaba en el suelo sin apagarse, en el mismo lugar donde la había soltado al esquivar un ataque del oso. La levantó y admiró la pintura por última vez.

―La puerta está ahí afuera y la encontraré… Lo prometo, madre.

Hacía todo por ella y se lo recordó a sí misma con seguridad en sus palabras. Se dio media vuelta para dirigirse a la salida, pero antes, algo en las paredes de la cueva llamó su atención. Al acercarse, se agachó y posó sus dedos en el vidrio que se asomaba.

―Obsidiana.

Es como si el destino la hubiera guiado hacia la cueva.

Primero, hacia la pintura de cien años de antigüedad, y ahora al material del cual estaba hecha su espada, así que lo aprovecharía.

Con ayuda de su filo extraería ese pequeño cúmulo de obsidiana.

La guardaría en un pañuelo que llevó consigo y convirtió en una bolsa.

Antes de irse, también consiguió oro. No era mucho, pero era tan valioso que podría comprar lo que quisiera con una pequeña migaja.

El frío del exterior le daría la bienvenida al salir mientras escuchaba los grillos en los alrededores. Los sonidos de los animales e insectos siempre eran una buena señal, pues significaban que no había demonios en la zona.

Hanae volvería con su caballo. Lo acarició un poco y se subió a su lomo para volver a la ciudad. Se despediría de la cueva, del gran árbol y del bosque. Se iría con el conocimiento de una historia y un verdadero indicio sobre la entrada del infierno.

La intervención de la chamana no fue coincidencia, y supuso que no todas eran un mal augurio.

Una vez encontré un demonio con apariencia de infante. Pequeño, delgado, pero con ojos corrompidos y una inexistente inocencia manchada por el núcleo del demonio.

«¿Por qué existes?», pregunté curiosa, sin deseos de asesinar a un demonio con esa apariencia.

«Por la maldad humana», respondió.

«¿Qué segmento de la maldad? La humanidad se ha encargado de expandirla».

«Y aun así los proteges…».

Hubo silencio.

«De aquellos cuyo placer ha trascendido los límites de la moral, manchando la inocencia e imponiendo su pecado en mentes de vírgenes».

Una lágrima salió del demonio. Me sorprendió.

«¿Para qué existes?».

«Matar, sentenciar…».

«No eres un Dios para hacerlo».

«Tú tampoco, pero te proclamas nuestra verduga, con esa espada de juicios eternos».

«¿Me detendrás?».

«No».

«¿Por qué?».

«No es tu culpa mi existencia. Tu deber es con mi especie, pero el mío no es contigo».

No estaba ahí para asesinarla. Era un demonio vengativo, pero con los humanos correctos.

El demonio dejó que la espada tocara su cuello, y separara los hilos de su carne de su cuerpo. Se volvió cenizas, dejando una extraña sensación a la espadachina, que jamás había conocido un demonio tan sensato en sus años de vida.