Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 18 #2
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CAPÍTULO 18 #2

Antes de que pudiera responder sus dudas, el murmullo de una anciana se escuchó. La vio a su izquierda, vistiendo harapos y accesorios típicos de las «brujas». Sus cabellos grises estaban algo desaliñados y sus ojos rasgados se alineaban con las arrugas en su rostro.

―No deseo hacer consultas… ―respondió Hanae, volviendo su concentración a la pintura.

Ya no más.

Cada vez que entraba a una tienda similar, algo malo sucedía; un demonio atacaba o alguien moría. Comenzaba a pensar que ese tipo de mujeres no eran buenos presagios.

―Tienes un aura complicada, jovencita. Algo te preocupa…

Aquí vamos de nuevo.

Despegó la vista de la pintura por un segundo, intentó mantener la calma y pensó en la forma de hacerle entender a la chamana que no quería hablar con ella.

―¿Acaso no todos tenemos preocupaciones?

―Las tuyas quizás sean más oscuras de lo normal.

Hanae le dio un vistazo breve a la mujer. No dejaba de sorprenderse de la habilidad que tenían las chamanas para acertar respecto a su vida.

―Quizás no necesitas una consulta, sino un paseo.

―¿Paseo? ―Hanae frunció el ceño.

―Sí… No muy lejos de aquí hay un bosque hacia el sur. ―Señaló en esa dirección―. Te recomiendo darte un respiro de la ciudad, incluso los más jóvenes suelen agobiarse. ―Hizo una pausa, dándole una extraña mirada―. Además, dicen que los bosques cuentan historias curiosas.

―¿Qué clase de historias? ―La curiosidad había llamado a Hanae.

―Tendrás que descubrirlo por ti misma.

Hanae lo pensó unos segundos. Podía ser una trampa, pero si había peligro cerca de Tokio, debía asegurarse de que los habitantes de la ciudad estarían a salvo.

―Bien, supongo que lo intentaré ―aceptó mientras enrollaba la pintura y la volvía a guardar.

―De paso, si consigues hojas de menta, sería genial… Tengo una tos terrible ―carraspeó―. La última vez las encontré cerca de un árbol. Era más grande que los demás ―dijo mientras se alejaba.

Hanae miró hacia la dirección donde la anciana había apuntado anteriormente y decidió dirigirse hacia esta.

En poco tiempo volvió al burdel, tomó su caballo y cabalgó hacia el bosque.

Mientras el viento rozaba su rostro, se preguntaba si Kai iría a buscarla creyendo que la encontraría en su habitación.

Era la primera vez que se detenía a preocuparse por tal simplicidad, por lo que le preocupaba qué tan profundamente los días con él la habían tocado.

El olor que desprendían los bosques debido a la humedad llegó a su nariz, anunciando que estaba cerca de su destino.

Había cabalgado por un par de minutos, pero sin apresurarse.

Por primera vez, disfrutaba del viaje, aunque no pretendía vagar por mucho tiempo en la frondosidad que sus ojos alcanzaban a ver, pues tenía trabajo por hacer. El tiempo apremiaba.

Al llegar, dejaría el caballo sujetado a un árbol entre los miles a su alrededor.

Evidentemente, no sabía por dónde comenzar a buscar aquello a lo que la anciana hizo referencia.

¿Un bosque lleno de historias? Hizo memoria, recordando algo sobre un árbol gigante.

Conectando puntos en la conversación, aquel era el mayor indicio que tenía, razón por la que avanzó más hacia el sur en búsqueda de un árbol distinto a los demás.

En cuanto estuvo unos metros lejos de su caballo, sacó su espada para realizar una marca horizontal en un tronco.

Esta sería una práctica que repetiría varias veces con el pasar de las horas.

El «peculiar y gran árbol» estaba siendo difícil de encontrar en aquel frondoso bosque.

En algún punto comenzó a pensar que iba en la dirección incorrecta, pues era una floresta tan amplia que podía estar en cualquier parte.

Decidió desviarse hacia una dirección distinta con la esperanza de encontrar algún otro detalle que resaltara en su vista.

Tajos y tajos. Los árboles eran tatuados por la katana de obsidiana.

Finalmente, a medida que el sol llegaba a la mitad de su punto más bajo y los pájaros cesaban su cantar, un árbol destacó a cierta distancia.

A diferencia de los demás, tenía un tronco más amplio y deforme, debido a las raíces que se alzaban desde el suelo; raíces tan gruesas que podían soportar una casa repleta de residentes.

Sus ramas carecían de hojas, como si hubiera llegado un invierno prematuro a su estructura.

Su rostro se alzó cuando lo tuvo imponente frente a ella.

―¿Será este el dichoso árbol?

Se preguntó, rodeándolo con la vista. Y, mientras sus ojos rozaban la madera de su tronco, divisó un punto oscuro ubicado a espaldas del árbol. Una cueva. Su entrada era mediana y pasaba ligeramente desapercibida.

Hanae decidió encarar la oscuridad al acercarse.

Ante tanta oscuridad sería imposible ver su camino, pero, para su conveniencia, una antorcha se encontraba en el suelo, casi oculta entre las hojas.

Poseía unos detalles antiguos y oxidados.

Un líquido incoloro chorreaba de su centro y, al acercar su nariz y olfatear, notó que era aceite para encenderla.

Ingeniosamente, acercó la antorcha a la pared de la cueva, y con su otra mano movió su espada contra la piedra.

La acción provocó chispas desde el muro hasta aquella que sería su lámpara.

Hizo falta de un segundo intento con más fuerza para lograr encenderla.

Una pequeña sonrisa apareció en Hanae cuando el fuego nació en la antorcha; luego la acercó a la entrada. Sería imposible ver más allá del espacio de luz que la rodeaba, pero era suficiente para ver por dónde caminaba. Y así ingresó a aquella cueva que transmitía frío y un olor a humedad.

A medida que se alejaba de la entrada, la oscuridad se hacía a su alrededor, pero no le temía.

Con solo la antorcha en su mano, pasó por una especie de puente de piedra.

Unas rocas pequeñas cayeron hacia el vacío, tardando ocho segundos en tocar fondo, así que consideró que lo mejor era evitar tropezar.

La cueva era más profunda de lo que parecía.

Para suerte de la espadachina, el equilibrio era uno de sus fuertes, por lo tanto, llegó al otro extremo con éxito.

Aunque no contaba con que se resbalaría al dar un paso hacia el frente, deslizándose hacia abajo mientras rodaba.

Hanae se cubrió el rostro como pudo, y sin querer soltó la antorcha, la cual cayó junto a ella al llegar al suelo. El polvo de la zona se alzó y tosió una vez al comenzar a levantarse. Sentía áreas de su cuerpo con un leve dolor, pero nada que no pudiera soportar.

Miró hacia la antorcha en el suelo, y frunció el ceño al notar lo que estaba iluminando en la pared de la cueva. Alargó la mano para tomarla.

Al iluminar la pared de piedra, pudo ver con mayor claridad lo que tenía ante sus ojos. Eran dibujos de más de cien años plasmados con formas peculiares sobre la piedra.

―Wow… ―expresó con asombro, causando un leve eco.

Las pinturas no eran solo pinturas, sino que narraban una historia.

Una que Hanae comenzó a descifrar con la ayuda de la luz; personas que vivían aparentemente felices con sus familias en un pueblo un día fueron atacadas por criaturas con garras y características deformes.

No le tomó mucho tiempo entender de qué se trataba.

Demonios…

La historia se tornaba más complicada a medida que seguía recorriendo con su vista los dibujos.

Había personas plasmadas, algunas con armas y otras con sus hijos en los brazos; casas en llamas y otras intactas, y jinetes intrépidos en caballos.

Llegó a un punto en el que los pueblerinos peleaban contra los demonios.

Fue un suceso sangriento de hace más de cien años, una guerra entre demonios y humanos.

―¿Es esta la historia de la que habló aquella anciana?

Escuchaba los susurros de una historia que quedó perdida en el tiempo, cuyos sobrevivientes decidieron borrar de cualquier papel o memoria, creyendo que los demonios crecerían en poder mientras más hablaran de ellos. Una creencia que no necesariamente debía ser cierta.

Hanae continuó hasta llegar a una figura en específico, más grande que las demás, intimidante, con un color intenso y unos rasgos imponentes.

―Nobukatsu… ―supuso. Pudiera estar equivocada, pero era el único demonio que sabía que tenía esos rasgos.

Entre los susurros que se producían en lo profundo de su mente, creyó escuchar un rugido. El rugido del demonio inmenso plasmado en la pintura.

Un leve viento se escuchó desde las afueras, y Hanae notó que el techo de la cueva tenía una abertura circular con vista hacia la pacífica noche; el manto nocturno surgía más temprano cuando el invierno se acercaba. El orbe de la luna llena brindaba luz al interior de la cueva.

Hanae volvió a analizar la pintura y llegó hasta el final de la historia.

Un dibujo de una puerta, con relieves exagerados en su estructura, se encontraba frente al pequeño grupo de personas que salió victorioso de aquella guerra.

Inmediatamente, Hanae tomó el lienzo de los Nueve Infiernos y llevó su vista hacia un área en específico: donde una puerta estaba pintada. No cabían dudas, era la misma puerta.

La entrada al Jigoku realmente existe… y debe estar en alguna parte de Japón.

Cuando quiso comprobar en cuál nivel se encontraba la puerta dentro del lienzo en sus manos, un sonido resonó en alguna parte de la cueva. Dirigió la antorcha hacia el rincón sin luz. Hanae no percibió nada, pero sabía que no estaba sola.

Se mantuvo ahí, mirando la dirección de aquel sonido hasta que una figura grande y peluda apareció.

Las orejas curvas, el hocico y las garras largas de un oso de pelaje café oscuro sobresalieron en la oscuridad.

Hanae se sintió aliviada de que no era un demonio; sin embargo, era un oso cuyos gruñidos y salvajes ojos indicaban intenciones de atacar.

―Tranquilo…

Colocó una mano frente a ella sin dejar de sostener el lienzo enrollado con uno de sus dedos. Evitaba mostrarse agresiva hacia el animal, ya que su intención era alejarse lentamente del lugar justo por donde había venido; sin embargo, el oso provenía de ahí.

Al apenas dar un paso hacia atrás, este gruñó nuevamente y avanzó hacia ella. Hanae se hizo a un lado, volviendo a retroceder. Lo que menos quería era sacar su katana con aquella criatura que no tenía la culpa de que ella estuviera pisando su territorio.