CAPÍTULO 18
LA CUEVA
La noche en la habitación de Hanae se había vuelto más calurosa ante el roce de los cuerpos, el toque entre pieles y los dedos entrelazados; las caricias en los cabellos, las miradas sumidas en intensidad y pasión.
Se sumergieron en el espacio de intimidad que ambos crearon, donde los ojos transmitían las palabras que no decían y las manos eran los instrumentos de su música.
Al finalizar, se mantuvieron acostados en la cama, lugar donde se habían movido para la comodidad de ambos.
Hanae tenía su cabeza en el pecho de Kai, el cual subía y bajaba tranquilamente; su brazo la rodeaba detrás de la espalda hasta llegar a su cintura.
La mujer estaba consciente de que muchos hombres desaparecían al lograr su cometido.
Había escuchado de quienes salían en medio de la noche después de concluir el acto.
Sin embargo, Kai estaba aún ahí, en silencio, permitiendo que ella se acurrucara en él.
Disfrutaba de la cercanía y de su calor sin quejarse. Se sentía menos sola.
Hanae se decidió a interrumpir el agradable silencio.
―No me has contado mucho sobre ti, Kai.
―Te conté una parte ―recordó cuando mencionó a su difunta madre. Acomodó su brazo detrás de su cabeza―. ¿Qué quieres saber?
―Si comparamos… sabes más de mí que yo de ti.
―A ver… ―esbozó una leve sonrisa―. Sé que cazas demonios, al parecer eres famosa en el lugar donde provienen los demonios, eres terca, increíblemente odiosa…
Hanae giró su cabeza para verlo con una ceja enarcada y él le devolvió una mirada burlona.
―Sé que te gusta pintar y lo haces muy bien. Sé que perdiste a tu madre…
Al decir eso, Hanae se tornó más seria y volvió a recostar su cabeza.
―Tú también… ―dijo suavemente, sin ganas de herirlo.
―Tal para cual… ―Rió levemente.
Al frente de ellos había un espejo, así que podían ver sus rostros, aún en esa posición.
―¿Cómo fue tu vida? ―preguntó Hanae.
―Bueno… Digamos que siempre he sido un espíritu libre. Viajar es lo mío, y ahora pelear con demonios. Ha sido una vida… interesante ―dijo Kai con tranquilidad, aunque por su mente pasaban imágenes que difícilmente contaría a la mujer que estaba junto a él.
―¿Y tu padre?
Kai tragó saliva. Hanae pudo ver su manzana de Adán bajar y subir antes responder. Lo sintió tensarse.
―Él es… alguien peculiar. Yo lo llamaría… demonio.
Bajó la vista para mirar a Hanae a través del espejo.
―¿Tan malo es…?
―Digamos que es difícil de querer… ―Hizo una mueca―. Ahora está en casa, haciendo sus cosas.
El silencio volvió, ya que Hanae aceptó no expandirse más aquella conversación. Esperaba que todos los padres no fueran tan complicados como los suyos.
―Basta de padres por un rato, ¿qué dices? ―mencionó Kai, acomodándose para dormir.
―¿Te quedarás? ―Se notó la sorpresa en la voz de Hanae.
―Sí, ¿por qué no lo haría?
Él pasó un dedo por el perfilado mentón de Hanae para acercar sus labios y depositar un corto beso.
¿Hanae se sentía querida? Parecía que sí, pero no quería confundirse en caso de que solo fuera por aquella noche. De todas formas, no dijo nada más y ambos durmieron juntos, abrazados, aunque despertaron en tiempos distintos.
Al abrir los ojos, Hanae se encontró en soledad, con los rayos del sol siendo disparados en el interior del espacio.
Se restregó los ojos, confirmando que Kai no estaba.
Sin darle vueltas a ello, se levantó para alistarse y comenzar la mañana.
Esperaba poder hablar con él sobre la pintura de los Nueve Infiernos.
Sin embargo, las imágenes del acto íntimo de ambos serían difíciles de borrar.
Intentaría enfocarse por el resto del día.
De pronto, tocaron la puerta. La única ropa que Hanae tenía cerca era el kimono grisáceo de la noche anterior. Se vistió parcialmente para atender a la persona que llamaba desde el exterior.
Dos toques más…
Se acercó y deslizó la pantalla. Se encontró con Saori. Su rostro, levemente contraído por la preocupación de ver a Hanae, apareció al cruzar miradas.
―Hanae… ―Inclinó su cuerpo hacia adelante para saludarla.
―Saori.
Apenas pasó un segundo y Saori no se contuvo, lanzándose a abrazar a Hanae con efusividad. Fue un cálido abrazo que la espadachina aceptó con retraso, pues no comprendía aquella muestra de cariño repentino.
―Lo siento, es que… ―Se separó y juntó sus manos frente a ella―. Ayer estabas muy mal. Aquel chico te trajo y pensé… Creímos que morirías.
Hanae la miró en silencio, intentando asimilarlo. Realmente estuvo muy herida después de la pelea; un gran cansancio la invadió. Desconocía si se trataba de haber «revivido» o si fue a causa de la intensa transformación. Le faltaba aprender más de sí misma.
―Lamento haberte preocupado. ―Hanae inclinó su cabeza hacia adelante, de forma respetuosa, como una disculpa.
Saori la analizó sin recordar la primera vez que vio a aquella cazadora con el cabello suelto cayendo como una cascada, en lugar de tenerlo trenzado como acostumbraba. Podía ver que era una mujer hermosa, aun despeinada. Ella sonrió.
―Tranquila, por cierto… ―Le extendió un kimono que había traído. Era totalmente negro, como los que Hanae acostumbraba a usar―. Lamento tardarme, pero creo que este va mejor contigo, ¿cierto?
Hanae lo tomó y sintió la suave tela, hundiéndose ante su toque. Alzó la vista antes de agradecerle.
―Gracias, Saori.
―¡Oh! ―Saori tomó sus manos al ver unas extrañas marcas en sus palmas―. ¿Te cortaste con algo? ¿Se rompió algún cristal?
Hanae frunció el ceño al ver lo mismo que ella.
En sus palmas, y debajo de las articulaciones de algunos dedos, había marcas rojizas con cierto volumen.
Se trataba de las heridas que se causó al intentar quitarle la katana a Kai; la había sostenido del filo con ambas manos.
Le pareció extraño, ya que aún no se curaban y podía sentir cierto ardor emanando de estas.
Recordó la vez que se autoinfligió un corte en su niñez con la misma espada y obtuvo una pequeña cicatriz que, hasta el día de hoy, permanecía visible.
En ese instante, comenzó a creer que, posiblemente, su katana tenía algo que la afectaba.
Era preocupante; sin embargo, no podía confirmarlo por ahora.
Tranquilizó a Saori al restarle importancia y se despidió de ella para volver a la habitación.
Se alistaría tomándose su tiempo. Se colocó su nuevo kimono, se peinó con su típica y larga trenza que descendía más abajo de la cintura.
Tomó su katana y enrolló el lienzo de los Nueve Infiernos.
Tardó un rato en salir a los pasillos, pero una vez abrió la puerta, posó su vista una última vez en su palma abierta.
Detesto sentir que soy una de ellos, sobre todo, haberlo visto con mis propios ojos.
Pensó, aún con cierta desazón por lo vivido.
Pero… es lo que soy. En algún momento tendré que aceptarlo.
Miró la pintura que representaba la tranquilidad y la belleza del hogar que perdió, dándose fuerzas a sí misma para continuar la vida que su propio cuerpo y naturaleza le permitieron.
Inhaló y soltó el aire con suavidad a medida en que salía de la habitación.
Inició su caminar por los pasillos, los cuales parecían no cambiar con el paso de los días; diferentes rostros de clientes, mismas cortesanas saliendo de las habitaciones, y un leve frío debido a que las temperaturas descendían con el paso de los días.
Echó un vistazo a su alrededor al bajar las escaleras.
Aún no veía a Kai. Se preguntaba en qué momento había salido silenciosamente de la habitación o si quizás se había arrepentido de lo que hicieron.
Negó con la cabeza, despejando ese pensamiento, pues se dijo a sí misma que no se iba a permitir distraerse.
Apuntó mentalmente que debía preguntarle dónde se hospedaba para poder visitarlo.
Caminó por las calles concurridas, pasando al lado de carretas y uno que otro kago; también había personas con canastas y sombreros de arroz mientras se dirigían a las siembras o ríos.
La normalidad de aquella mañana no lograba tranquilizar a la mujer armada, pues había sido testigo de que, incluso en un día soleado, se producían las más oscuras sombras.
Ninguna esquina le parecía segura. A veces atribuía esto a la paranoia que desarrolló con los años y, es posible que, incluso logrando su meta de asesinar a Nobukatsu, continuara con aquel sentir inquietante.
Hanae continuó hasta llegar a los puestos de comida.
Su estómago no rugía fuertemente, pero sabía que debía alimentarse, por lo que escogió un poco de onigiri que vendían en un pequeño local.
El arroz cocido relleno de salmón y envuelto en algas siempre había sido una opción a la hora de llevar algo a su estómago.
Mantuvo su vista en la preparación, como si fuera una relajante terapia.
En el pasado, le entretenía ver a la madre de Iku cocinar; la señora Ima le recordaba a su propia madre.
Su preparación tardó varios minutos, durante los que Hanae se concentró en el cocinero frente a ella. Le costaba no envidiar las vidas pacíficas de los demás, ya que la mayoría de las personas desconocía de la existencia de los demonios o la ignoraba.
Pudieran ser ignorantes o incapaces de defenderse a sí mismos de ellos, pero al menos tenían días normales y problemas ordinarios. Como aquel cocinero… Tan solo se preocupaba por servirles a sus clientes y obtener el dinero suficiente para su día a día.
―¡Listo su onigiri!
―Muchas gracias ―agradeció Hanae. Le pagó con un par de monedas antes de alejarse, dándole paso al siguiente en la fila.
Inició a degustar mientras daba pasos lentos.
Su boca saboreaba el alimento, sus oídos eran testigos del bullicio de aquella zona, y sus ojos veían el cielo soleado, iluminando parte de la ciudad.
Cuando sus pies se detuvieron junto a una columna y terminó de comer, dejó los palillos y el plato a un lado para sacar la pintura de los infiernos.
Extendió ambos extremos frente a ella para analizar cada trazo en el material.
Tenía muchos detalles, pero, en general, parecían ser solo características de los niveles.
¿Dónde estaría Nobukatsu entre esos? Ese sería el dilema. Mientras tanto, comenzó a buscar con la mirada aquella extraña puerta que vio en su visión. A los pocos segundos la piedra grisácea resaltó en sus ojos. Afiló la vista hacia un punto en específico. ¿Sería esa la estructura?