CAPÍTULO 17 #3
―Por favor… ―suplicó Hanae, mirándolo a los ojos. Sus manos se habían deslizado hacia los filos de la espada, causando que sus palmas sangraran con un dolor que la mujer ignoraba. Sus piernas se debilitaron mientras se dejaba caer. Sus rodillas tocaron el suelo y bajó la cabeza―. Déjame ir…
Su agarre se tornó más débil.
―No ―dijo Kai con firmeza. Se arrodilló frente a ella y le despegó las manos cuidadosamente del filo.
Las marcas de los dedos permanecerían en el metal mientras él tomaba un pequeño pañuelo para posarlo en las palmas contrarias y limpiarlas―.
No te dejaré ir. Aun si el infierno cayera sobre la tierra o la más temible criatura amenazara con arrancarme el corazón…
no te dejaría tomar la decisión de irte y jamás volver.
Una vez secó la mayor parte de la sangre de los dedos ajenos, se atrevió a llevar su mano hacia los cabellos que caían en el rostro de Hanae. Los acomodó detrás de su oreja con cuidado para que no reaccionara negativamente. Después la tomó del mentón para que lo mirara.
―Eres Hanae Yoshida, la mejor espadachina que pudo haber existido en el mundo. Jamás te dejarás vencer por nada, ni siquiera por ti misma. Tú ya te has demostrado lo fuerte que eres, solo debes continuar el camino.
Secó sus lágrimas sin despegar sus ojos de ella.
Hanae se debatía en si debía alejarlo o no; volvía a advertir lo que hacía años sintió por un joven de cabellos rubios como los rayos del sol, pero temía por ello.
De todas formas, no se separó, como si una extraña atracción impidiera que se distanciaran.
Entonces, Kai afirmó un poco más el toque en su rostro de porcelana, posando la mano en su mejilla y acariciándola con el pulgar.
Por la mente de Yoshida intentaban llegar recuerdos de la última vez que permitió que alguien la tocara, ya sea con un abrazo, un roce de codos o el simple toque de un dedo.
Se había impedido a sí misma la libertad de sentir tanto física como emocionalmente a los demás.
Y, en más de una ocasión, se cuestionó si era lo correcto.
Hanae suspiró ligeramente, llegando a un estado de mayor calma.
Era la primera vez que perdía el control de sus sentimientos de tal forma.
Siempre había odiado verse vulnerable ante otros, pero ahí estaba, demostrando que solo era una persona que había perdido mucho y que había tomado decisiones difíciles durante toda su vida.
Cada emoción reprimida era dolorosa. Cada pelea contra un demonio le quitaba parte de su alma.
Estaba exhausta y lo había demostrado en ese instante.
Kai se comenzó a acercar.
La mente de Hanae gritó que se alejara, pero todo su cuerpo y su corazón se lo impedían, así que, cuando sintió la respiración de Kai mezclarse con la suya y los labios de ambos uniéndose, supo que no había tiempo para dudarlo.
Consumaron un beso duradero y lento por varios segundos.
Sus labios no se despegaron, creando un momento en dualidad hasta que fue interrumpido por Kai, quien vio los ojos de la mujer por la que comenzaba a tener sentimientos y deseos.
Para su sorpresa, la mirada que ella le otorgaba no era de desprecio u odio, sino que parecía estar sumergida en la misma calma que él poseía, y fue lo único que necesitaba para saber que podía continuar.
Volvió a besarla. Llevó su otra mano a la mejilla faltante, acercando el rostro húmedo de Hanae hacia él.
Ella soltó el pañuelo empapado de su sangre y se concentró en el beso que se profundizaba cada vez más, sin llegar al desenfreno.
Mantenían una especie de cariño evidente en ambos.
La mujer posó sus manos sobre su pecho, mientras él deslizaba sus dedos desde su mejilla hasta su hombro descubierto.
Se tomó su tiempo, sin dejar de prestarle atención a sus delicados labios.
Bajó el kimono, desnudándole la parte superior del cuerpo.
Ella lo imitó, aprovechando la apertura en la vestimenta de Kai para descubrirle el pecho.
Ambos no se detuvieron. Al contrario, continuaron los besos lentos y apasionados. Kai se aseguró de pasar sus pulgares por sus mejillas para borrar cualquier rastro de lágrimas posterior a la crisis de Hanae.
Kai se inclinó hacia adelante para que Hanae quedara recostada en el suelo.
Él entre sus piernas. Sus kimonos caídos cubrían parcialmente sus ingles, las cuales reaccionaban ante el deseo creciente.
El hombre se detuvo para respirar y recorrió con sus ojos el cuerpo femenino debajo de él, mientras que ella, en ese instante, no se atrevió a bajar más allá de su abdomen.
Ninguno se imaginó que llegaría a esa situación.
Y, esta vez, fue Hanae quien lo atrajo con sus manos en su nuca.
Él se atrevió a acariciar su cuerpo con anhelo y a depositar varios besos en su cuello antes de volver a sus labios, haciéndolos propios. Las piernas abiertas de Hanae lo invitaban a aumentar el calor de la noche. Y fue algo que no se hizo esperar.
Ambos consumaron aquel acto, mezclándose con los cantos de placer que salían de sus labios. Lo disfrutaban más de lo que habrían pensado.
Los besos, las caricias, los jadeos… Finalizaron en satisfacción aquella noche.
¿Alguna vez has sentido que caes en un pozo tan profundo que la oscuridad podría ahogarte?
¿Alguna vez has sentido que, sin importar cuánto estreches la mano, no alcanzarías a tocar la luz del exterior?
A veces caemos en ese pozo una y otra vez, con temor a la vida, con ira hacia los demás, con confusión ante la realidad y con desprecio hacia nosotros mismos.
Solo nosotros somos capaces de sacarnos de las profundidades.