CAPÍTULO 17 #2
Aparte, todas sus extremidades estaban bien, sin ningún brazo faltante.
Tenía colocado un kimono sin cerrar completamente, dejando un hombro descubierto; era de un color grisáceo claro y olía a flores.
Al llevar su brazo hacia su nariz, percibió el mismo aroma.
Alguien la había bañado. Después se sentó y deslizó sus manos en su frente hasta tocar su cabello entre sus dedos.
Hacía memoria de todo lo sucedido; sin embargo, sentía que tendría que pensarlo con tranquilidad, ya que su sien punzaba con fuerza ante un dolor que gritaba por relajación.
Se levantó y notó su espada recargada contra una pared, debidamente envainada.
Aquella compañera había luchado junto a ella sin jamás fallarle, pero Belioth fue demasiado para ambas.
Supuso que Kai la trajo, ya que recordaba cómo fue cargada antes de perder la consciencia.
Se dirigió al lienzo que tenía a un lado junto a las pinturas; el hombre de cabellos azabaches le había conseguido aquellas para que volviera a ese viejo pasatiempo.
Kai… recordó que debía agradecerle por su ayuda. Si no hubiera estado ahí, quizás no estaría a salvo en el burdel.
La mujer preparó las pinturas de minerales para crear los pigmentos.
Lo hizo con calma mientras se sentaba en el suelo frente al lienzo.
Inició utilizando el pincel, creando trazos según lo que imaginaba.
Hace años que no pintaba y, en ese momento, le causaba nostalgia hacerlo bajo el resguardo de un techo.
La punta de la herramienta formaba hojas de bambú de tonos oscuros mientras plasmaba un paisaje alrededor de una casa. Una casa entre la naturaleza.
Desde los ventanales de arroz se escabullía la poca luz del sol que existía a esas horas. La leve calidez que emitía uno de los rayos que la alcanzaba no se comparaba con lo que sintió en sus venas antes de convertirse.
Mientras continuaba aquella obra, escuchó unos toques en la entrada.
―Adelante… ―dijo, sin despegar los ojos de lo que hacía hasta que escuchó los pasos.
Giró su cabeza y vio a Kai cerrando la mampara de tatami. Por alguna razón, sintió algo extraño al verlo y, rápidamente, devolvió su vista hacia el lienzo.
―¿Cómo estás, Hanae?
Escuchar su nombre salir de sus labios incluso se sentía diferente.
Él se acercó un poco, quedando de pie a un lado de Hanae.
Veía lo que la mujer hacía mientras notaba lo diferente que se veía sin su espada en mano, con sus cabellos sueltos y vistiendo un kimono a medio cerrar.
En Japón no se acostumbraba a mostrar tanta piel, como ahora ella lo hacía, pero Hanae no se preocupaba por esto ni por los ojos que la escrutaban detenidamente desde arriba.
―¿Quién me limpió?
Recordó la sangre impregnada en su piel antes de convertirse, así que quería confirmar si fue el mismo Kai quien se encargó de asearla.
―Fue Saori… Estaba algo preocupada, pero hizo un buen trabajo ―respondió Kai.
Hanae inhaló levemente y asintió una vez. Después le agradecería a aquella mujer.
―Me desmayé, ¿cierto? ―dijo Hanae con cierta suavidad. Muchas cosas pasaban por su mente y no tenía el ánimo necesario para fingir firmeza―. Gracias por traerme. Aún intento asimilar lo que sucedió.
Él tardó un poco en responder.
―Moriste o… te vi morir. Luego cambiaste.
Al escucharlo, Hanae detuvo su pincel por un instante. Recordaba el sentimiento y las sensaciones que experimentó en cada momento de la transformación.
―Sí… ―Hanae ahogó un suspiro―. ¿Me tienes miedo?
Alzó la vista para ver la expresión de Kai. Le aterró su propia pregunta y la posible respuesta, pero nada le indicó una mentira cuando él habló.
―No… Sé que estás del lado de la humanidad. No puedo temerle a alguien que toda su vida ha luchado por ellos.
Ante su respuesta, Hanae bajó momentáneamente la mirada, alegrándose de que no existiera miedo en él. Los demonios causaban eso, así que, si con ella sucedía lo mismo, entendería que no había más esperanzas para su existencia.
Retiró el pincel, tomando más pigmento oscuro, y volvió a pintar.
―¿Qué sentiste en esos momentos? ―preguntó Kai con curiosidad.
―Dolor, luego paz… ―Hizo una pausa, comprendiendo lo siguiente que diría―. Vida.
Se había sentido más viva que nunca. Había muerto; sintió su fin llegar junto con los filos que la atravesaron. Murió, pero revivió. Junto a su «resurrección» vino un cambio, con más fuerza y con más ferocidad.
Al parecer, en los instantes en que su corazón se detenía, algo se activó en su interior, cambiándola. Sin embargo, temía aceptarlo tan fácilmente debido a sus ideales.
―Por un momento, creí que morir no sería tan malo.
Kai sonrió levemente.
―Es difícil no aceptar la muerte cuando te trae paz, ¿no crees? ―Se agachó para estar más cerca―. Es fácil parar de pelear y dejarte llevar, pero ¿no te parece que la vida es más emocionante?
―No es tan emocionante cuando tienes un propósito como el mío. Quizás por eso no morí, ya que aún tengo que cumplir mi destino.
―¿Quién dijo que no puedes disfrutar de la vida mientras cumples tu destino?
Hanae volteó a verlo, comprendiendo que Kai era alguien que vivía al máximo su vida y que sabía cómo disfrutarla. ¿Debía aprender un poco de él al respecto? Era exigente consigo misma y, en ese instante, no estaba en su mejor momento.
―¿Qué pintas?
Kai se sentó a su lado, admirando la obra de arte que la mujer estaba finalizando.
Hanae tardó unos segundos en hablar. Siempre fue de pensar sus palabras y de tomarse su tiempo para expresarse.
―¿Sabías que pocas veces mi madre me permitía salir de la casa?
Estaba acostumbrada a vivir entre techos y paredes, así que hice del jardín todo un mundo.
Desde las ventanas veía a las personas pasar y siempre tuve el impulso de escapar, correr para siempre sin detenerme.
Irme lejos de ahí. No porque odiara estar en mi hogar, sino porque…
era una niña que ansiaba tener libertad y conocer el mundo.
En su infancia se imaginaba cómo sería vivir fuera de su hogar, pues ante la exigencia y el miedo de su madre, apenas podía ver lo que había más allá de sus paredes. Kai la observaba en silencio, escuchándola, pero concentrado en los movimientos de su mano pintora y en su rostro.
A diferencia del exterior de piedra que la mujer siempre mostraba, ahora parecía el pétalo de una flor de cerezo. Delicada y sensible.
―Salí de la casa tres veces sin permiso. En la primera, tenía cuatro años. Me colé por una abertura de la puerta, desconociendo lo que estaba haciendo, y me perdí en el bosque. Mi madre se volvió loca y culpó a los sirvientes de haberme dejado salir.
Una pequeña sonrisa se formó en Hanae.
―La segunda vez, aún no sabía qué estaba mal.
Tenía seis años. Me pareció divertido esconderme y escapar de mi casa para que me encontraran.
Lo hicieron, pero fui sermoneada. La tercera y última vez, conocí la ira de mi madre; lo hice por simple rebeldía.
―Su mano se deslizaba en una línea vertical para crear un bambú―.
Tenía diez años y salté un muro para llegar a un pueblo cercano.
Había recibido un aroma a comida callejera y quería probar algo diferente, conocer un entorno distinto y a las personas… Mi madre se puso histérica.
Ante el recuerdo, dejó presionado el pincel inconscientemente; una gota de pintura amenazó con deslizarse.
―Nunca me había gritado. Fue la primera y última vez, tanto para mí, como para ella.
Volvió a pintar sin permitir que la gota arruinara la pintura de tonos negros, grisáceos y rojos.
―Antes quería escapar de mi hogar, pero ahora… ―Bajó la mano sin soltar el pincel y vio la casa que representaba la suya en el lienzo―. Desearía volver… volver a aquellos tiempos donde todo estaba bien.
Al finalizar, sus ojos se humedecieron. Surgían horribles sentimientos al volver a sus memorias y al hablar sobre lo que tanto le afectaba.
Comenzaba a recordar por qué dejó de pintar, pues plasmaba lo que salía de su alma y, en ese momento, sentía que estaba manchada con una oscuridad insoportable.
Volteó a ver a Kai. Él parecía mirarla con comprensión, cruzando sus ojos oscuros con los de ella.
Entendía por qué era tan difícil su actitud, pero, internamente, deseaba que no fuera así y que las cosas hubiesen sido diferentes para ella.
En ese instante, todo pareció derrumbarse emocionalmente para Hanae.
Se había transformado en un demonio, un ser que tanto odiaba.
En esa parte de ella que siempre se había negado a que existía.
Durante la pelea con Belioth, se convirtió en su propia pesadilla, totalmente irreconocible.
Cualquier propósito o idea de venganza se desvaneció, siendo reemplazada por pura tristeza y miedo a sí misma.
Se levantó de repente, tirando el pincel a un lado y tomando la katana.
―¿Hanae? ―Kai la vio confundido.
La mujer desenvainó el filo y lo apuntó hacia su estómago.
―¡Hanae! ―Alterado, Kai se levantó y tomó el mango del arma, justo donde estaban las manos ajenas. Intentó detenerla―. ¿Qué estás haciendo?
―¡Ya no puedo, Kai! Han sido años y años de lo mismo.
Muertes, luchas, sufrimiento… Recuerdo cada rostro que vi morir, cada grito y cada crujir de huesos humanos.
He cometido errores y no puedo verme al espejo ni simplemente olvidar.
¡Ahora soy lo que tanto odio! ―dijo alterada y con gotas cayendo incontrolablemente de sus ojos.
Lloraba desconsolada, sintiendo una daga invisible clavada justo en medio de su pecho. Ardía en dolor, uno que ha estado aguantando desde la muerte de su madre.
―Déjame morir.
Era una petición que jamás había hecho, pero ahora, era lo único que le importaba.
Quería volver a ver a su madre. Hace mucho tiempo lo ha querido.
―¿Estás demente? ¿Por qué te dejaría hacerlo? Obviamente has perdido mucho, ¡y con más razón debes vivir!
―¡No sabes de lo que hablas! ¡Ni siquiera me conoces! ―gritó e intentó jalar la espada hacia su vientre; la punta rozaba su piel. No obstante, Kai no le permitió ir más lejos. De alguna forma, contrarrestaba la fuerza mejorada de Hanae.
―¡Dije que no! ―Kai alzó las cejas y subió la voz―. No tengo que conocerte completamente para saber cuánto vale tu vida. ¿Quién va a honrar la memoria de tu madre? ¿Quién va a vengarla? ¿Quién llorará tu muerte si no te has dado la oportunidad de vivir?