Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

MUERTE

Las supersticiones y las historias que recorrían el mundo acerca de la muerte eran comunes en el día a día.

Las personas se preguntaban qué había después, a dónde iría su alma, qué verían y si después del dolor venía la paz.

Era una incógnita insistente que habitaba sin una respuesta coherente.

Obviamente, para descubrir qué había después de la muerte había que morir.

Sin embargo, no se recordaba a la primera persona que vivió para contarlo.

Hanae sentía como si descendiera en un amplio cuerpo de agua.

La luz blanca bailaba en el exterior a través de las ondas e iluminaba ligeramente la oscuridad en la que se sumía.

Estaba inmóvil, con sus extremidades rendidas en las aguas, y sus ojos se mantenían cerrados.

Mientras su corazón se iba deteniendo, ella no sentía nada.

Su mente, anteriormente en blanco, comenzaba a tener indicios de recuerdos; uno en específico le mostraba la vez que se introdujo al pequeño estanque de su casa.

Entre esas tardes, cuando solía «entrenar» con las ramas que caían de los árboles, se acostó sobre el agua, ignorando los peces Koi que nadaban a su alrededor.

La humedad había inundado sus ropas y sus cabellos se empaparon en totalidad.

En ese momento, no tenía una razón para aquello que hacía; solo quería disfrutar de la frescura del agua y de la vista del cielo.

Su niñez era una nueva aventura dentro de las paredes de su casa y de su mente.

Ahora sentía la misma paz que cuando se recostó en aquel estanque; libre de responsabilidades o preocupaciones.

¿Qué es la vida sino un recorrido hacia la muerte?

Un recorrido lleno de sables y púas en busca del sufrimiento de su portador; difícil, doloroso…

Pero así era la vida, al final: esperanzadora y en busca de un propósito que la llenara como combustible.

Hanae tenía uno. Era un propósito que la guio hacia una vida de soledad y aceptación, tanto de las muertes a su alrededor como de sí misma.

Sin embargo, las cosas que aún faltaban por aceptar o descubrir parecían desvanecerse al mismo tiempo que su vida.

Supongo que aquí termina todo… Sin poder lograr lo que quería y sin poder honrar el sacrificio de mi madre. Parece irreal, pero creo que… ya no hay marcha atrás.

Pensó Hanae mientras continuaba descendiendo. Si bien en algún punto creyó que tocaría el fondo del lago, solo bajaba y bajaba, con la luz reduciéndose; era más profundo de lo que creía.

Sentía paz, una que no experimentaba desde niña.

¿Sería paz lo que sentiría por siempre? ¿Las historias de reencarnación serían reales?

Se preguntaba si renacería en una familia normal, completa y feliz.

O, si acaso, se convertiría en una pequeña ave, totalmente libre de volar a su antojo, como esas que amaba ver cada mañana.

Quizás desaparecería para siempre y no llegaría a una vida después de la muerte.

Su alma podría esfumarse como humo en una hoguera.

Comenzaba a considerar que debía dejarse llevar; el sentimiento de tranquilidad la llenaba completamente. Sin embargo, algo comenzó a arder en su interior.

El fondo del lago se iluminó en un tono rojizo y anaranjado, el color de la lava.

Hanae frunció el ceño sin saber de dónde provenía, pero solo hizo falta ver a su propio pecho para notar la luz saliendo de este.

Por alguna razón, sintió su cuerpo comenzar a aumentar su temperatura y vio sus venas tornarse del mismo color del fuego; no era una sensación tibia, era extremadamente ardiente. Y, aparentemente, era soportable.

En un segundo, fue arrastrada con suma fuerza hacia la superficie del lago.

Un impulso que provenía desde la infinita profundidad.

Ella se acercó a la luz blanca del exterior con rapidez y, cuando sintió el agua golpear su rostro, abrió los ojos.

Si bien continuaba acostada en aquella hierba húmeda, sintió que había recuperado sus fuerzas.

Belioth continuaba alejándose a pasos de victoria, pero Hanae no lo dejaría ir, no ahora que se sentía revitalizada.

Hanae se levantó y notó un cambio que la sorprendió: parte de su piel se tornó en un relieve de escamas oscuras en sus extremidades, pecho y parte de su cuello.

Las placas negras viajaban hasta su estómago, mentón y frente.

Sus hombros tenían púas de distintos tamaños.

Si bien intentó quitarse la vestimenta para ver qué más se había cambiado en sí misma, accidentalmente terminó desgarrando parte con sus filosas garras.

Al pasar la lengua por sus dientes, notó que sus colmillos habían crecido.

Ahora, en su cuerpo, había menos piel visible que rasgos demoníacos.

Mientras Hanae recorría su vista en sí misma, sintiendo que estaba en el cuerpo equivocado, Belioth se giraba, pues había escuchado sus movimientos.

Vio maravillado a la mujer, recordando que sus armas habían traspasado órganos importantes y dejado heridas mortales.

Comenzaba a comprender por qué era tan especial.

―Vaya, vaya… Sí que eres «algo», ¿no?

Hanae alzó la vista y gruñó. Después tendría tiempo para comprender qué le estaba sucediendo.

Ahora tenía trabajo por hacer.

―Vamos a ver de lo que eres capaz, Hanae…

Belioth se inclinó hacia adelante con sus cuatro cuchillas apuntando hacia ella.

La emoción de pelear con aquella criatura tan peculiar le abundaba en su ser.

Mientras tanto, Hanae se inclinaba de igual forma, abriendo las garras de sus dedos y presionando las de sus pies contra el suelo, levantando la tierra en consecuencia.

Pronto, ambos contrincantes correrían, encontrándose en un punto intermedio y reanudando la pelea.

Ambos volvieron a una pelea que parecía no tener fin, donde los ataques y defensas parecían un baile coordinado en pareja.

Las garras de Hanae chocaban contra las cuchillas, desviándolas mientras realizaba ágiles giros y maniobras.

Belioth era un jinete del Jigoku, uno de los demonios con mayor rango.

Realizaba torturas y encargos, tanto en la tierra como en el infierno.

No obstante, disfrutaba hacerlo solo con aquellos que desperdiciaban su vida en superficialidades.

Se creía un ser superior, más civilizado que la mayoría de los de su raza; sin embargo, era tan demonio como aquellos que buscaban humanos para sacarle los órganos y drenarlos de sangre.

Hanae lo veía por lo que era, y eso la motivaba a finalizar con él, a pesar de haber estado desconcertada por sus características endemoniadas. Luego lidiaría con ello.

Hanae logró desgarrar parte del rostro ajeno. Cuatro garras se tatuaron en Belioth, quien se motivó a sí mismo a no detenerse.

La cazadora golpeó una de las extremidades del demonio con fuerza y este emitió un gemido de sorpresa cuando vio que una de sus cuchillas había sido tomada.

En un movimiento, Hanae cortó los brazos superiores de Belioth y estos cayeron al suelo.

Su enemigo ahogó un grito de dolor, convenciéndose de que era lo suficientemente fuerte para soportarlo.

Mientras tanto, chorros de sangre salían disparados.

Belioth se tomó un costado sangrante con la mano que tenía libre para apaciguar la horrible sensación y los disparos rojizos.

Nuevamente, la semihumana utilizaría sus garras, esta vez para cortar la muñeca ajena y dejarla dislocada, medianamente colgante. Solo un brazo faltaba.

Belioth retrocedió, quizás siendo la primera vez que lo hacía en su vida, mientras Hanae se acercaba con la fiereza que siempre la caracterizaba.

Estaba lista para finalizar con el jinete, pero este no, pues intentó atacar con un brazo y una sola cuchilla.

Al llegar hasta la semihumana, esta se agachó, esquivando el filo que se dirigía hacia ella.

Luego lo rodeó, quedando a sus espaldas.

Dio un giro en su eje y su pie golpeó con fuerza la cabeza del demonio, tanta que logró despegarla de su cuerpo.

Belioth cayó de rodillas.

A pesar de que su boca estuviera en su estómago, Hanae sabía que la cabeza siempre sería el mejor punto para finalizar con un enemigo infernal. Al menos la mayoría de las veces.

―Oh… ¿Quién lo diría…?

Habló Belioth con lo poco que quedaba de él, antes de que sus nervios se apagaran y su vida se desvaneciera.

―La hija de un demonio y una humana… Supongo que ha sido un honor, Nobukatsu.

Al decir lo último, su cuerpo cayó y comenzó su proceso de desintegración en el viento.

Sin embargo, Hanae no quedó satisfecha al escuchar aquel nombre.

Belioth lo había dicho a propósito para recordarle de dónde provenía.

Ella se mantuvo de pie, mirando a su enemigo derrotado; luego bajó la vista a sus manos y a sus dedos convertidos en garras. Era tan difícil de creer.

De pronto, comenzó a recibir una extraña sensación en su cuerpo.

Sus piernas se debilitaron y cayeron sobre la tierra.

Al hacerlo, vio su rostro en un charco lodoso que se había formado por la lluvia.

Notó los cuernos y las escamas en su rostro, pero se desvanecían, tal cual un demonio desintegrándose.

Poco a poco, los rasgos demoníacos fueron desapareciendo en cenizas.

En el proceso, un olor a leña quemada llegó a sus fosas nasales.

Su piel desnuda quedó libre de las características inhumanas y, sobre esta, cayeron sus largos cabellos oscuros, pues su trenza había sido deshecha durante la batalla.

Sus ojos se sentían pesados. Presentía que podría desmayarse en cualquier momento.

En uno de sus parpadeos, vio a Kai acercarse con el kimono que se había quitado; estaba parcialmente desgarrado.

Lo posó sobre sus hombros y la cubrió del frío.

Él la ayudó a levantarse. Estaba débil y Hanae no comprendía por qué.

―Te llevaré de vuelta… ―él habló mientras la cargaba hacia el caballo, pero Hanae no escuchó la oración completa. Apenas podía ver a su alrededor sin marearse.

Kai subió a Hanae al caballo y él se sentó detrás, rodeándola con sus brazos para que no cayera. Mientras el animal iniciaba el galope, la cabeza de Hanae quedó sobre su hombro. Recibió el aroma de carbón y hojas de té que Kai despedía antes de perder la conciencia.

***

Hanae comenzó a despertar lentamente hasta que abrió los ojos de golpe.

Primero notó que estaba en su habitación del burdel, recostada en su cama.

Alzó un poco su cuerpo y se vio a través de un espejo que tenía en una mesa pequeña; pudo ver su cabello aún suelto y su piel no poseía rastro de rasguños o escamas.