CAPÍTULO 16 #2
―Imposible que nos parezcamos cuando hablas con tu estómago, Belioth… ―gruñó Hanae entre dientes.
Belioth, lejos de estar ofendido, se acercaría nuevamente para reafirmar su intención de luchar.
Él no era de retractarse o dar vueltas a un asunto, así que sus cuchillas chocarían con ferocidad contra la espada de Hanae.
Ella se defendió, inicialmente, de los dos filos inferiores que la rozaron; eran más pesadas y grandes que las superiores.
Se hizo a un lado e intentó atacar al enemigo con su katana, pero este se inclinó, esquivándola.
Pronto Belioth movería bruscamente sus armas, causando que la espadachina se hiciera hacia atrás, pero no sería por mucho tiempo, ya que volvería a apuntar su katana hacia él y atacaría con decisión.
A pesar de tener que lidear con seis brazos, parecía ser que Hanae se las arreglaba para esquivar y bloquear sus embates.
Cuidaba su cabeza de las cuchillas superiores mientras se defendía de las inferiores.
Aun si Belioth parecía tener más ventaja por su tamaño y extremidades, la espadachina le daba batalla.
De repente, una llovizna inició, añadiendo gris a aquella mañana ausente del cálido sol. Las gotas eran degolladas al pasar por el filo de la katana, o se evaporaban al tocar las ardientes cuchillas del demonio. Solo las que estaban más alejadas de la pelea lograban llegar al suelo sanas y salvas.
En un momento, estando muy cerca de él, si bien Hanae hizo que tirara una de sus largas y pesadas cuchillas, el demonio soltó una de las superiores para atraparla con la extremidad que quedó liberada del peso de su arma.
Al ver esto, la espadachina giró sobre su eje, esquivando el atentado que rozó cerca de sus costillas e intentó cortar uno de sus brazos.
Estuvo cerca…
No obstante, Hanae fue pateada con fuerza hacia un lado. Rodó por el suelo y volvió a levantarse para continuar. Hasta ahora, Belioth era el mejor demonio luchador que ha conocido; este había logrado durar minutos sin recibir herida alguna de la katana de obsidiana.
La espadachina, en algún punto, blandeó su katana y la punta hirió uno de los brazos intermedios del demonio. Belioth se detuvo a ver la herida, creyendo que fue insignificante. Un corte pequeño en su piel. De hecho, se sacudió el fino río de sangre como si fuera polvo, y bufó con menosprecio.
―Ni siquiera lo sentí… ¿Terminamos con esto?
Belioth volvió a abrir sus brazos con prepotencia y, esta vez, fue él quien se abalanzó hacia Hanae.
Feroz y con vehemencia. Los movimientos de sus cuchillas eran más veloces y giraban en el aire como si fuera un espectáculo mortal.
Las soltaba, las atrapaba y se hacía a un lado para evitar otra herida en su piel ceniza.
Mientras tanto, su contrincante, Hanae Yoshida, intentaba seguir sus movimientos.
Eran cuatro filos contra uno solo. Los reflejos de la portadora de la katana eran excepcionales.
Sin embargo, esta vez, parecía haberse complicado aquel versus que sostenían.
Demasiado hábil…
Debía ser un demonio de los rangos más altos.
Hanae soltó un suspiro pesado cuando logró despegar una de las cuchillas pequeñas de las manos ajenas.
Sin embargo, mientras esta caía al suelo, a un costado, Belioth la atacó con uno de sus filos más pesados.
Aunque Hanae intentó esquivarlo, el demonio abrió la piel de la espadachina con un tajo horizontal.
El brote de sangre se expandió por su abdomen.
Ella cayó al suelo y rodó intencionalmente para evitar otro ataque.
Otro suspiro, otro intento de defenderse y otra caída siendo herida nuevamente.
Las gotas de lluvia se habían agrandado, reduciendo la visibilidad de los alrededores lejanos y empapando a quienes peleaban en el campo.
La mujer clavó la punta de la katana en la tierra para levantarse y tocó la nueva herida en su cuello; era más pequeña que la del abdomen, aunque la sangre se deslizaba hasta su pecho.
Sabía que aún podía continuar y se mentalizaba para asesinar a aquel que parecía tener ventaja.
Belioth estaba prácticamente intacto, desprendiendo superioridad con su personalidad y un porte extrañamente elegante para un demonio.
―Ambos sabemos cómo acabará esto, humana.
Avanzó hacia Hanae mientras esta se incorporaba.
Una vez más, se acercó a él. Era una pelea a muerte que se intensificaba con cada minuto.
Parecía que ambos estuvieran empatados: él, uno de los mejores jinetes de Nobukatsu, y ella, la mejor espadachina que la humanidad tenía para combatir a las criaturas del infierno.
Sin embargo, sus esfuerzos no fueron suficientes.
Todo sucedió tan rápido.
Se produjo un corte, uno que derramó sangre como si fuera parte de esa lluvia imparable.
Poco después, el sangrado se detuvo debido al ardor de las cuchillas de Belioth.
Fue un corte en el brazo derecho que separó la mitad de la extremidad de Hanae, quien abrió los ojos ampliamente ante la impresión y cayó hacia atrás.
Vio, impactada, su antebrazo en la grama, y luego notó lo que quedaba de él.
Mi… brazo. ¿Qué…?
Entre los árboles, a lo lejos, se fijó en una figura vestida de negro: era Kai. Estaba distanciado de la pelea, algo que la espadachina prefería.
No te acerques. No me ayudes… Quédate lejos.
Su mente intentaba comprender lo que sus ojos presenciaban. Parpadeó tres veces, intentando despabilarse y salir del estado de shock, pues su contrincante se acercaba nuevamente.
―Creí que tenías algo especial, Hanae. Me sorprendió la insistencia de otros demonios en llegar a ti y quise intentarlo. Sin embargo, ya veo que eres solo otra…
Belioth se detuvo al ver cómo Hanae intentaba ponerse de pie.
Aun careciendo de un brazo recién cortado y con diversas heridas mortales en su cuerpo ―capaz de morir desangrada antes de que el demonio intentara otro ataque―, ella se levantó con esfuerzo, sosteniendo su katana con la zurda.
Era la mano que menos utilizaba, sobre todo para pelear, pero la blandeó ágilmente, sacudiendo las gotas que caían sobre el filo.
Belioth simplemente emitió un leve «Mm…»
, impresionado por la persistencia de la mujer frente a él.
Sabía que, si hubiera sido otra persona, estaría temerosa en el suelo, esperando su destino final.
No obstante, Hanae no caía fácilmente. Notar esto le brindó cierta satisfacción al demonio.
Hanae soltó un gruñido y corrió hacia él para atacarlo. Un grito salió de su boca para darse valor a sí misma.
Seis brazos contra uno solo. Cuatro cuchillas contra una katana. Parecía imposible, pero con esfuerzo Hanae pretendía continuar, a pesar de tenerlo todo en su contra.
Hanae sentía un dolor inmenso e indiscriptible donde estaba la extremidad faltante, como si el mismo infierno se hubiera asentado en su piel viva.
Intentó ignorar cuanto dolor sentía, así como la húmedad en sus ojos.
A pesar de esto, su persistencia no sería suficiente.
Un par de ataques, un par de defensas de su parte, y luego Belioth golpearía el centro de la katana para hacerla caer al suelo.
Luego, la tomó de su único brazo para atraerla.
Los ojos de la espadachina se dirigieron hacia las dos cuchillas que tocaron su cuerpo.
Ambas fueron clavadas junto a las otras dos faltantes; tres atravesaron su abdomen y una su pecho.
Al instante, sintió la sangre escapar de su boca, y un extraño frío, acompañado de dolor, estremeció su cuerpo.
Belioth pasó uno de sus dedos por la mejilla de Hanae.
―Tal vez… has sido la mejor contrincante que he tenido.
Deslizó su dedo hasta llegar a su mentón, donde escurría la sangre desde sus labios. Diciendo estas palabras, se despedía a su manera. Para ser un demonio, tenía respeto hacia sus contrincantes dignos; era la primera vez que lo decía a un ser humano.
Finalmente, Belioth sacó las espadas del cuerpo de Hanae sin delicadeza alguna y la dejó caer en el suelo húmedo.
La lluvia que se había apagado. Hanae permanecía inmóvil, recostada y sin poder sentir sus extremidades.
Veía al demonio victorioso darle la espalda y alejarse, pues su trabajo allí estaba hecho.
Lejos de querer cobrar una recompensa por su vida, solo buscaba el reconocimiento y la estima que recibiría ante tal hazaña, y la propia satisfacción de haber podido derrotar a la reconocida Hanae Yoshida.
Podía comprender por qué otros demonios no pudieron con aquella denominada «cazadora». Sin embargo, al mismo tiempo, sabía que a aquella mujer le faltó más para poder vencer al mercenario del infierno.
Hanae comenzaría a perder la consciencia.
Si bien intentaba abrir los ojos y mantenerse despierta, estos se volvían pesados.
Se cerraban y abrían mientras lentamente perdía el control de su propio cuerpo, de su corazón…
apenas bombeaba. Estaba tan débil que sabía que pronto su vida se detendría. ¿Por fin había llegado el fin?
Cuatro pálpitos…
Tres, dos…
Ninguno.
Era la primera vez que sentía un frío tan iracundo, amenazando con congelar mis huesos, frenar mi corazón y domar mi cerebro.
¿Eso habrá sentido Iku al final? ¿Eso habrá sentido mi madre cuando el demonio la atravesó?
Quizás por fin podré verlos.