Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

BELIOTH

El descubrimiento de Hanae la noche anterior la dejó con muchas preguntas, al punto de no conciliar el sueño.

Se detuvo a analizar su piel, donde antes había escamas, similares a una vívida pesadilla que tuvo años atrás.

Evidentemente, siempre fue consciente de que era una semidemonio, según lo que su madre le había contado, pero nunca había experimentado una muestra física de lo que aquello significaba; más allá de su curación acelerada y de unos reflejos fuera de lo normal.

Se había acostumbrado a estos dos talentos de su cuerpo, pues le daban una ventaja indudable contra los demonios.

Sin embargo, haber visto su parte más infernal mostrarse por primera vez… le aterraba.

Salió de la habitación cuando la claridad azotó las puertas de arroz.

En el burdel comenzaban a movilizarse algunas cortesanas, que parecían notablemente resacadas tras una noche con sus clientes.

Las fantasías que pudieron haber cumplido no pasaron por la mente de Hanae; tan solo sentía que debía alejarse de la zona y respirar aire fresco con urgencia.

Era la primera vez que se sentía un peligro para los demás.

En el camino se cruzó con Saori quien, alegremente, se acercó.

―¡Hola Hanae!

Apareció con una apariencia limpia y descansada; no estuvo con sus clientes hasta muy tarde.

―Hola… ―dijo Hanae. Apenas podía mirarla, debido al nerviosismo que su propio origen le estaba causando.

―¿Estás bien? ―Saori notó la actitud y la expresión extraña que portaba Hanae―. Es como si hubieras visto un yurei.

Los ojos agobiados de Hanae complementaban su expresión preocupada. Apretó sus manos intentando controlarse a sí misma, pues las sentía temblar. Tenía la sensación de que su sangre hervía y su corazón se aceleraba sin explicación.

―Estás pálida… ―Saori acercó su mano hacia el rostro de Hanae, notando el calor que emanaba sin siquiera tocarla.

Hanae dio un paso hacia atrás.

―¡Tienes fiebre! Deberías recostarte. Te traeré un té…

―No es necesario ―respondió Hanae entre dientes, y cruzó al lado de la joven para alejarse sin esperar otro comentario.

Bajó apresurada las escaleras del burdel y llegó hasta su caballo.

Una vez ahí, escuchó su propia respiración, a la vez que un mareo surgía, moviendo su entorno como olas de mar.

Negó bruscamente con la cabeza y se obligó a subirse al caballo.

Intentó recomponerse para cabalgar. Como siempre, llevaba su katana en su espalda.

Sentía como si la velocidad y los movimientos del caballo la marearan aún más.

Apretaba las riendas con fuerza, creyendo que las rompería con el tacto de sus propias palmas.

Al bajar la vista a sus manos, se sorprendió: vio cómo estas volvían a ser las de un demonio, con su antebrazo cubierto de escamas.

Tenía miedo… miedo de sí misma. El mareo hizo que Hanae cayera del caballo, que se detuvo unos pasos más adelante.

Impactó contra las verdes hierbas y respiró el pasto que acariciaba su nariz. Volvió a ver sus manos con normalidad.

Analizó su alrededor y notó que seguía en Tokio.

Podía ver una casa de té a un lado ―espacio utilizado para ceremonias de té―, junto a un delgado río.

Era el mismo que cruzaba cerca del burdel.

Hanae se acercó a este para introducir sus manos en el agua y mojar su rostro.

Sentía como si pozos de lava ardieran en su interior.

Por mucho que no quisiera atribuirlo a su otra mitad, sabía que nunca se había enfermado, y justo después de que se manifestara en su piel, comenzó a tener esa extraña fiebre.

Ahora debía calmarse y comprender qué estaba sucediendo.

Colocó sus rodillas al lado del río y agachó la cabeza. El leve sonido del agua corriendo y la humedad que tocaba su rostro la tranquilizaron un poco, pero en su mente revoloteaban los pensamientos como hambrientos mosquitos.

¿Por qué ahora? Cuando por fin tengo pistas del infierno y de la entrada que me llevará a Nobukatsu…

¿Y si hería a alguien? ¿Y si se convertía en un demonio totalmente?

Su lado demoníaco era una parte que siempre tuvo latente, pero nunca conoció.

Verla con sus propios ojos la intimidaba y la hacía dudar de lo que pudiera suceder en el futuro.

Cuando se manifestó, solo estuvo guiada por la ira.

Había sostenido al Demonio de las Pesadillas con una fuerza increíble que antes no conocía.

Bajó la vista a sus manos en el regazo e intentó que sus rasgos endemoniados se manifestaran, buscando confirmar que lo ocurrido era real.

Apretó los puños y cerró los ojos; incluso una vena se marcó levemente en su frente por el esfuerzo.

Al abrir las manos, vio las marcas de sus uñas en las palmas. Nada sucedió.

Refunfuñó despectivamente al no lograr lo que quería y se levantó para dirigirse a un árbol.

Consideraba que no podía estar perdiendo el tiempo; por lo tanto, utilizó sus puños para golpear el tronco, una y otra vez con fuerza, mientras intentaba ignorar el dolor.

Hanae gritó sin detener los ataques hacia la madera, tan fuertes y rápidos como podía.

Pedazos de corteza se desprendieron y volaron.

Naturalmente, era fuerte, pero no lo suficiente para abollarlo.

Notó la sangre en sus nudillos; algunas astillas se habían clavado durante su intento de desahogo.

Apenas podía asimilar lo que realmente era.

―¿Estás bien? ―Kai apareció detrás de Hanae, causando que se sobresaltara.

―¿Qué haces aquí? ―preguntó extrañada.

―Fui a visitarte al burdel para hablar de la pintura, pero una chica me dijo que saliste corriendo en esta dirección. Mencionó que no te veías muy bien.

Él la analizó con la mirada. A juzgar por los cabellos oscuros, ligeramente desacomodados, y sus manos en proceso de curación, era obvio que algo le estaba sucediendo a esa mujer, quien antes parecía tener control de sus emociones.

La neutralidad constante en su rostro había sido reemplazada por una profunda inquietud.

Hanae maldijo para sus adentros. Se imaginó que hablaba de Saori.

―¿Sucede algo?

Kai intentó acercar su mano y dar un paso, pero ella retrocedió. Hanae sabía que no podía ocultar lo que sucedía, aunque quisiera, su propia actitud no ayudaba.

―Es que… ―Suspiró. Admitía que se había salido de sus casillas―. Anoche apareció un demonio en mi habitación y lo asesiné.

―¡Oh! ¿Un demonio en tu habitación? No, espera… Eso es bueno, ¿no?

Lo eliminó. Era algo de que alegrarse, pero la expresión de Hanae lo confundía.

―Sí, pero por primera vez algo sucedió y…

Hanae pensó por unos segundos si debía comentarle acerca de lo sucedido o no.

En su cabeza revoloteaban dudas, como mariposas carroñeras devorando su seguridad.

Sin embargo, mientras pensaba en la mejor opción, un estruendo se escuchó e hizo retumbar la tierra.

Al mismo tiempo, la sensación de la cercanía de un demonio se activó en Hanae.

Ambos dirigieron su vista hacia un humo oscuro que se levantaba y se extendía hacia el cielo.

El agua del río vibró, indicando que había algo grande y peligroso cerca.

Hanae y Kai se miraron; no fue necesario pronunciar palabra alguna para saber que irían al lugar.

La espadachina se adelantaría en su caballo, pues Kai tenía el suyo detrás de unos árboles.

Él se quedaría viéndola con sentimientos encontrados, quizás teniendo un déjà vu de lo que podría acontecer: de nuevo se separarían y ella pelearía por su cuenta.

¿Sería igual que la última vez? ¿Tendría que salvarla nuevamente?

Dependería de Hanae, quien cabalgaba siguiendo la dirección del humo.

La espadachina miró su mano sin poder borrar de su memoria lo que le sucedió, luego la apretó, cerrándola en un puño. Intentó que eso no interfiriera con el peligro al que se aproximaba.

Al llegar, vio al demonio al instante; era inconfundible.

Entre el campo vacío, solo había un ser que llamaba su atención por su altura y características, aunque en comparación con otros a los que se había enfrentado, no era tan alto.

Su piel era tan ceniza que podía confundirse con el carbón, de los orificios de su cuerpo parecía emanar lava, y tenía seis brazos; tres de cada lado de su cuerpo.

En su espalda divisó unas púas del color de su piel que recorrían su columna hasta la cabeza.

¿Y qué fue ese estruendo?

Hanae llevó su vista al campo abierto y notó que diversos árboles habían sido cortados en fila. Los troncos se encontraban recostados a ambos lados, intencionalmente. La espadachina dedujo que se habían colocado así para atraerla.

―Hanae… ―La voz del demonio se escuchó. Había sentido la presencia de la mujer que acababa de sacar su espada―. Pensé que no vendrías.

El demonio giró su cabeza antes que el resto de su cuerpo. Los ojos del demonio y su boca ―ubicada en su estómago― eran similares a aquel anaranjado ardiente que parecía recorrer sus venas.

―Sabes hablar, excelente… ―pronunció Hanae, dando unos pasos hacia adelante―. Prefiero los que hablan, así puedo escuchar sus últimas palabras mientras termino con ellos.

―Mm… Poeta. Mi nombre es Belioth. ―Caminaba erguido y hablaba con fluidez.

Invocó dos cuchillas en sus manos superiores y unas más grandes que eran sostenidas por las inferiores.

Aparentemente, eran de acero, pero poseían un color intenso, como si estuvieran ardiendo en un horno lleno de fuego―.

Para tu información, querida espadachina, no tengo nada en contra de ti o de la humanidad…

Es abrazadoramente interesante y espantosa. Llevan muchas almas a mi hogar.

Hanae bufó. Le hacía gracia su forma de expresarse, aunque reconocía que era el primer demonio se le presentaba directamente con un nombre propio.

―Hablas como si fueras humano, pero nunca lo serías. Necesitas mucho más que palabras para lograrlo.

―Los humanos y los demonios somos más parecidos de lo que crees, Hanae. ―Él alzó sus seis brazos armados, preparándose para pelear―. Incluso pueden llegar a ser… inconfundibles.

Hanae frunció el ceño y, antes de pronunciar otra palabra, el demonio se abalanzó hacia ella con sus cuchillas.

Fue veloz… Demasiado. La espadachina lo esquivó, llevando su tren superior hacia atrás.

Sus ojos se cruzaron por un instante, antes de que Hanae retrocediera y flexionara las rodillas mientras alzaba su espada a la altura del rostro.