CAPÍTULO 15
ENGENDRO
Antes de que Hanae Yoshida tuviera memoria, apenas con unos meses de nacida, su madre supo que iba a ser una niña inquieta y curiosa.
Gateaba por los suelos de la minka, observando cada textura y partícula.
Se maravillaba con los movimientos de las hojas de los árboles o con la pequeña hormiga que competía junto a ella para llegar al otro lado de la habitación.
Se distraía con los aromas y los sonidos que provenían del primer piso.
La pequeña se quedaba inmóvil cuando algo captaba su atención.
Su madre, Natsuki, la observaba con curiosidad cada vez que la dejaba jugar libremente.
La analizaba, no solo en su actitud, sino también en sus posibles deseos u origen.
Desde que la tuvo en su vientre, supo lo que significaba su nacimiento.
Mientras la bebé gateaba, algo provocó su llanto: una astilla se había clavado en su brazo. La molestia que sentía era mayor que la sangre que brotó de la herida, pero fue suficiente para alertar a su madre, quien se levantó para cargarla.
―Tranquila, Hanae ―la arrulló y meció con suavidad, mientras buscaba el origen de su llanto. No fue difícil encontrarlo.
En la suave piel de la pequeña se encontraba un punto rojizo.
La mujer tomó un pañuelo y la limpió, sacando la astilla intrusa.
Luego procedió a acariciarla para que se calmara.
Con amabilidad, le sonrió y le habló para hacerle saber que todo estaba bien.
La pequeña, con los ojos cristalizados, fue reduciendo sus sollozos.
―Eres una pequeñita fuerte, ¿ves?
Natsuki le señaló donde antes se había herido, sorprendiéndose.
El área donde se clavó la pequeña estaca había desaparecido.
Ni siquiera un tono rojizo quedaba, por lo que su desconcierto se mantuvo.
La próxima vez que Hanae se hirió, a la edad de cinco años, su madre confirmó su rápida curación.
El rasguño causado por una caída desapareció en cuestión de minutos; sin duda fue algo que sorprendió a la mayor, quien no supo cómo reaccionar.
A la edad de siete años, se cortó accidentalmente con un pedazo de porcelana al dejar caer un plato. Su madre, comenzando a acostumbrarse, se acercó tranquilamente.
―Hanae… ¿Qué decimos siempre cuando nos lastimamos? ―dijo Natsuki, mientras cubría su brazo con una venda.
―Una oruga cayó y voló, un abejorro voló y cayó. Los ríos corren, los vientos vuelan, y… ―su ligera voz se interrumpió cuando intentó recordar.
―...¿Soy la oruga o el abejorro? ―finalizó su madre, sonriéndole y colocando la venda.
Natsuki decidió ocultarle la rápida curación a su hija, así como su origen, y, cualquier aspecto anormal que descubriera sobre ella, lo ocultaría durante los siguientes años. Sentía que Hanae no necesitaba saberlo y, mucho menos, lo entendería.
Solo quería que fuera feliz.
Su madre pareció estar cuidándola siempre. Sin embargo, aquel amor que tenía hacia su única hija no existió desde los inicios.
La noche en la cual dio a luz, la mujer gritaba con arduo dolor y desesperación. Podría deberse a la natural necesidad de desprenderse del bebé que estaba a punto de nacer; sin embargo, había algo más… Había miedo. El miedo de ver salir de sí misma a una criatura horrenda.
Durante los nueve meses de embarazo, tuvo pesadillas constantes de aquello que se desarrollaba en su vientre.
¿Tendría cuernos y colmillos? ¿Las garras le destrozarían el estómago hasta el corazón?
¿Tendría piel de lava y escamas? No quería ser madre de un engendro despreciable del inframundo, preparado para atacarla en cuanto abriera los ojos.
A veces hacía las paces con su futuro hijo o hija, pensando que sería tan normal como ella misma, pero la mayoría de veces…
no lo aceptaba. En una de esas ocasiones, tomó una cuchilla más grande que su mano, afilada y mortal, apretándola con fuerza mientras las lágrimas temblaban en las comisuras de sus ojos.
―¡No puedo permitir…! ¡No puedo permitir que nazcas!
Gritó hacia su abultado estómago. En ese momento, no pensó en el futuro de la criatura, sino en su propio bienestar y en el de los demás.
―Si voy a traer un demonio al mundo… no quiero ser parte de esto.
Había alzado su mano con la punta de la navaja apuntando a su vientre.
Parecía ser que nadie sería testigo, o eso creía, pues una de sus sirvientas escuchó los gritos y entró a la habitación con preocupación.
En la oscuridad de la noche, un relámpago iluminó el espacio justo cuando la mujer corría hacia la futura madre de Hanae para detenerla.
―Señora, Yoshida… ¡Deténgase! ¿Qué hace?
Un forcejeo inició entre ambas. La sirvienta sostenía la mano de Natsuki, que sangraba por la navaja, en un intercambio de fuerzas entre las dos mujeres.
―¡Debe detenerse! ¡Va a herir al bebé!
La criada, quien resultaba ser casi tan joven como Natsuki, hacía lo posible para detener la locura dentro de aquella habitación. Consideraba que su patrona estaba errática. No estaba siendo ella misma.
Los gritos, tan fuertes como el aguacero que caía del oscuro cielo, fueron acallados cuando, en un solo movimiento, Natsuki logró zafarse del agarre y rajó la carótida de su sirvienta.
Un accidente, uno mortal que, a costa de querer deshacerse de su futuro bebé, terminó asesinando a la mujer que cada día la atendía con humildad; que le traía la comida, le preparaba los baños calientes y, usualmente, cepillaba su cabello mientras conversaban del día a día.
Frente a la autora del acto atroz, ahora yacía un cuerpo sin vida que tardaría en desaparecer su calor. Estaba impactada y temblorosa. Soltó la navaja y vio su mano ensangrentada, sin entender dónde terminaba su sangre y comenzaba la ajena: se mezclaban en un rojizo apagado por la oscuridad.
Aquella noche de tormenta, Natsuki fue descubierta por sus otros trabajadores.
Suplicó que no dijeran nada para no ser alejada de su hogar, ya que podrían considerarla una enferma mental.
Al no tener otro lugar a dónde ir, sobre todo porque su señora Yoshida les pagaba tan bien, decidieron callar y monitorearla la mayor parte de los días.
Carecían de conocimiento sobre las razones de su arrebato nervioso o cómo ocurrió el accidente, pero sabían que su patrona no era una mala mujer, solo alguien que había pasado por mucho.
Cada vez que pensaba en suicidarse o en terminar con la vida de su bebé no nato, recordaba a la mujer en el suelo como un daño colateral, un accidente, un imprevisto… Nunca había asesinado a nadie y jamás habría imaginado algo así. Sin embargo, aquello la marcó de por vida.
Tenía sentimientos encontrados. Por un lado, presintió que lo ocurrido con su sirvienta fue la vida misma, advirtiéndole del karma que llegaría si permitía vivir a la atrocidad en su vientre.
Al mismo tiempo, sintió que se trataba de un aviso: no atentar contra la vida ajena o más muerte llegaría.
Había una posibilidad más sencilla… Simplemente, Natsuki perdió la cabeza ante la ansiedad y la paranoia.
En consecuencia, asesinó por accidente, sin que fuera culpa de nadie, ni de la bebé ni del karma.
Así que intentó mantener la calma hasta aquella noche de parto, donde volvió a tener un temor más grande que el dolor que sentía al pujar.
―¡Puje, señorita Yoshida!
Las parteras la rodeaban con objetos y utensilios para asistir en el parto.
La mayor de ellas se encontraba entre las piernas de Natsuki, cumpliendo con su labor.
Llevaban más de una hora intentando que el bebé naciera, pero algo en la mente de la mujer, de manera inconscente, impedía que el parto fuera exitoso: el miedo.
Las lágrimas de Natsuki corrían por sus ojos mientras se encontraba acostada. Recordó la vez que se otorgó al demonio Nobukatsu.
***
Hincada de rodillas frente a una pintura realizada millones de años atrás, lo había invocado con su sangre corriendo en un altar preparado para él.
La pintura mostraba una criatura musculosa de piel rojiza, cargando un rostro monstruoso con colmillos que ascendían, y unos ojos fieros que parecían observar a la joven y hermosa mujer que contenía tanta frustración y deseo en su interior.
Deseo por ser más. Deseo por vivir más y no solo sobrevivir el día a día, entre malos tratos y suciedad.
Al principio pensó que era una falsedad, y que la recomendación de la chamana que le otorgó la obra de arte había sido un engaño.
No obstante, pronto las paredes de la casa en ruidas comenzaron a moverse.
La brisa que entraba se hizo más fuerte y, en un abrir y cerrar de ojos, aquel demonio apareció.
Era más alto que ella, corpulento y monstruosamente aterrador, tal como estaba plasmado en la pintura, pero verlo en persona resultaba mucho más inquietante.
Natsuki le expresó su necesidad de tener una vida digna, pues en aquel momento no tenía más que una casa en malas condiciones y una comida al día.
Estaba delgada y desaliñada, sus huesos eran visibles en las costillas y sus clavículas resaltaban de forma casi cadavérica.
Por lo tanto, su apariencia no atraía ni a los nobles ni la mayoría de los burdeles en busca de cortesanas.
Su suerte se había extinguido tiempo atrás.
Mientras tanto, la petición del demonio, a cambio de su ayuda, fue sencilla, o al menos eso aparentaba.
―Dame a tu primogénito y te concederé hasta tus más profundos deseos ―dijo Nobukatsu, con una voz profunda y terrorífica que helaba sus nervios.
La mujer respondió que no tenía un hijo y dudaba que algún hombre la quisiera por su apariencia. La suciedad manchaba su rostro y cuerpo, ocultando la belleza que poseía. No obstante, al demonio no le interesaban esas cosas.
―Me lo darás.
Fueron tres simples palabras antes de empujarla para que se girara.
Tenía una fuerza impresionante. Ante esto, las garras del demonio desgarraron parte de su ropa y la sostuvieron, dejándola inmóvil.
Natsuki quedó acostada en el suelo con la espalda descubierta.
No podía negarse, pero sí podía gritar, pues sintió algo moverse en su interior, algo doloroso.
―¡No era esto lo que quería! ―negó, deseando que se detuviera. Sentía que la desgarraba.
―Engendrarás a un hijo y cuando tenga suficiente edad… volveré.
La voz de Nobukatsu resaltaba entre la tranquilidad de aquella tarde. Sin embargo, las aves cantoras habían desaparecido en cuanto el demonio llegó.
―¿Qué harás… con él? ―inquirió Natsuki con dificultad. El sudor bajaba por su frente y se acumulaba en su espalda. Parecía vivir una pesadilla mientras soportaba el dolor con cada penetración. Moverse o alejarse era imposible; estaba siendo retenida por las inmensas manos del demonio.
―Te daré lo que deseas y tú me darás lo que quiero.
Fue la única respuesta de Nobukatsu, quien pasó su dedo índice por la mejilla ajena, en una rústica caricia que hizo temblar de miedo a Natsuki.
No supo cuánto tiempo estuvo siendo víctima del demonio, soportando el acto con temblores incontrolables, pero al final desapareció.
En un instante, como si nunca hubiera estado ahí; sin embargo, su ropa desgarrada y la sangre que bajaba de su entrepierna eran pruebas suficientes para recordar que todo fue real.
***
Natsuki nunca comprendió por qué Nobukatsu quería a su primogénito, pero no buscó respuestas en cuanto la suerte comenzó a llegar por sí sola: la gran casa, los alimentos, el estatus, la clase social, la riqueza…
En menos de una semana su vida cambió y ella se convirtió en una persona completamente distinta.
Cualquiera que la veía comenzaba a respetarla o admirarla, ante su belleza e incluso su poder, siendo solo una mujer en una época dominada por los hombres.
Sin embargo, solo ella sabía lo que había hecho para lograrlo.
Después de dos semanas, fue a visitar a la misma chamana que le había ofrecido la pintura y recomendado el ritual. Con un solo vistazo a Natsuki, la mujer confirmó que había funcionado.
―Vaya… Veo que todo resultó bien para ti, jovencita.
La anciana sonrió, mostrando sus dientes podridos.
―Muchas gracias por ayudarme, señora ―respetuosamente, le entregó la pintura enrollada e inclinó su cabeza en agradecimiento.
―¿Qué te pidió a cambio? ―preguntó con una seriedad que sorprendió a Natsuki.
―Yo…
―Nobukatsu es un demonio terrible, devorador de almas y rey en el Jigoku. Tiene más años que esta pintura y más poder del que puedas imaginar. Lo que sea que te haya pedido… dáselo.
La severa expresión de la anciana le dio escalofríos.
―No lo niegues, no lo evadas, dáselo. Hiciste un contrato y ya no hay marcha atrás.
Natsuki había salido de aquella tienda con las palabras de la chamana resonando en su cabeza. Posó una mano en su vientre. Aún no había indicios de embarazo, pero le estremeció el hecho de pensar en el futuro.
La madre de Hanae viviría, despreciaría su embarazo y vería a su hija nacer.
Luego la tomaría en brazos al ver su humanidad.
La amaría, criaría y educaría. Sin embargo, no sería testigo de la mujer en la que se convirtió: luchadora, feroz, vengativa.
Sobre todo, leal al recuerdo de su madre, aunque guardando un eterno desconcierto debido a las acciones de su progenitora, que la condenaron a vivir alerta durante largos años de su vida.
Natsuki viviría sus años hasta que, llegado el momento, decidiera ignorar el contrato que hizo con Nobukatsu, y ahora sería su hija quien estaría peleando para evitar que más pactos se hicieran en nombre del demonio.
Estaría luchando por su propia vida, siendo guiada por la venganza.
Pequeñita aurora de azabaches cabellos,
asomada en cornisas de frescos abedules,
los cerezos son testigos de tu belleza inocente,
mientras tu madre, temerosa, al porvenir le reza.
Temible futuro de cimientos secretos,
portará una espada de juicios fulminantes.
En las cenizas descansarán los monstruos testigos
del amor de una madre que jamás fue extinto.