Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 14 #3
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CAPÍTULO 14 #3

Miró hacia la criatura inmóvil y, rápidamente, se deslizó hasta llegar a aquella abertura. Un «no» estridente y profundo se escuchó por parte del monstruo que bajó su puño, logrando dañar únicamente al suelo.

Hanae cayó en un tipo de pozo profundo, carente de luz, similar a aquel donde se sumergió para salvar al niño el día anterior, pero mil veces más amplio.

Mientras descendía, comprendió que el demonio estaba en una mente ajena ―la suya― y que, inconscientemente, esta sabía que había un intruso.

Solo debía buscar la manera de despertar.

En aquellos segundos en el agua, el enemigo no podía encontrar a Hanae, quien tendría poco tiempo para idear un plan y salir de ahí. Cuando el agua se drenó y la espadachina volvió a caer en el lugar de oscuridad, estaba lista para pelear.

Hanae apretó el mango de la espada en su mano y miró hacia el monstruo gigante.

―Eres el Demonio de las Pesadillas, ¿verdad?

Algo le decía que la monstruosidad frente a ella no debía ser el demonio, ya que no se arriesgaría a ser atacado cuando podía controlar todo en la pesadilla. Por lo tanto, hablaba para que la escuchara, donde sea que estuviese.

―Ese debe ser tu título, es demasiado obvio… ¿A cuántos habrás asesinado mientras dormían? ―Blandeó la espada, alistándose―. ¿Crees que es divertido torturar de esta manera? He visto demonios menos cobardes que tú, que te ocultas tras las sombras de mis pesadillas.

En ese momento, la criatura chilló con fuerza. Hanae pensó que debió haberle molestado lo que dijo, así que sonrió levemente. Se detuvo frente al monstruo hexápodo de inmensos pies y dos largas manos. Era tan colosal que la mujer parecía minúscula desde su posición.

―Eso creí… ¿Qué tal si terminamos con esta pesadilla?

Un nuevo chillido y Hanae cerró los ojos mientras inhalaba.

«Mantén la claridad en tu mente y proyecta lo que quieres. Equilibrio y serenidad. No desesperes, no dejes que el miedo te controle, y mucho menos la ira. Si sientes miedo, lleva el miedo a tu enemigo. Si sientes ira, aprende a dirigirla hacia tu espada y no en malas decisiones.

Una vez entiendas esto, serás capaz de todo», le dijo Hotako años atrás.

Hanae exhaló y sintió que encontraba la especie de equilibrio de la que su maestro le hablaba.

El ser antropomorfo llevó su puño hacia ella, bajándolo con fuerza.

Pareció haber aplastado a la mujer, pero la verdad es que ni siquiera lo sintió.

El puño gigante fue levantado por varias espadachinas multiplicadas: nuevas Hanae fueron creadas.

Se impulsaron, alejando la mano, y se separaron en distintas direcciones.

La original sonreía satisfecha por su logro, dominando su propia mente.

El demonio no podía creérselo, era algo que nunca había visto antes.

Hanae no era como sus demás víctimas. La había subestimado.

La espadachina y sus clones atacaban al monstruo.

Algunas subían rápidamente por sus extremidades junto a ella.

La criatura se agitaba y rugía, sintiendo los ataques de las diez espadas.

No sabía hacia donde mirar, ni a quién atacar primero.

Sus clones tenían la misma agilidad y rapidez que su creadora, quien subía por el lomo, pisando la sobresaliente columna vertebral.

Pasó por el cuello y llegó a la cabeza, repleta de cascadas de cabello.

La piel del monstruo era gruesa, pero no era real: era un personaje creado por el demonio, controlador de todo ese entorno.

Los ojos azorados de la criatura se abrieron más al notar a Hanae; no la habían visto llegar. Era tan silenciosa y letal como le habían advertido.

―Debiste dejarme dormir ―dijo Hanae. Alzó su espada y la clavó en uno de sus ojos.

La criatura chilló con agonía y todo el lugar se estremeció con fuerza. La pesadilla se debilitó y Hanae pudo sentirlo. En la realidad podía mover los dedos de sus pies y sus manos. Poco a poco su cuerpo se iba despertando, pues el velo del demonio caía.

Algo inesperado sucedió.

Su mano derecha se había cubierto de escamas oscuras y sus dedos se transformaron en garras.

Inconscientemente, tomó al demonio del cuello, que estuvo todo el tiempo en la habitación.

Él se desconcentró, terminando con la pesadilla.

Hanae abrió sus ojos de rojo intenso y se levantó de la cama. Su mano libre sostuvo su katana.

―¿Qué…? ¡Te debí asesinar en cuanto pude! ―gritó el demonio. Su cuerpo cubierto de sombras mostraba los rostros aterrados, tal como el primer escenario en la pesadilla.

―Claro ―dijo Hanae con sarcasmo―, perdiste tu oportunidad.

Su katana fue dirigida al cuerpo del demonio y este comenzó a desvanecerse con un grito de dolor. Pronto volvería a estar sola en aquella habitación.

Los ojos de la mujer volvieron a la normalidad y bajó la vista con el ceño fruncido severamente, notando por primera vez su mano con garras y escamas.

Se tomó de aquel brazo con una mirada atónita.

Había retrocedido unos pasos sin entender qué sucedía.

En ese acto, había soltado su katana. Su extremidad, eventualmente, borraría esos rasgos endemoniados, dejando a Hanae desconcertada y con un hallazgo aterrador sobre sí misma.

Quizás… era la primera vez que me preguntaba qué mi madre hizo antes de mi nacimiento. ¿Qué pasaba por su cabeza cuando pactó con Nobukatsu? ¿Por qué yo fui el precio de su codicia?