Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 14 #2
46%

CAPÍTULO 14 #2

Hanae quedó suspendida en el aire por unos segundos, adolorida y con múltiples heridas, antes de caer nuevamente. Esta vez no cayó de pie, sino de rodillas. Parecía haber vuelto al mismo lugar oscuro y silencioso.

―¡No estoy para juegos!

En ese momento, una voz la dejó sin aliento.

«Pero cariño… de pequeña te gustaba jugar conmigo».

Era la voz de su madre en forma de eco. Al girarse, vio una figura femenina con un vestido, cuyos detalles se hicieron más llamativos cuando todo el entorno se convirtió en su antigua casa.

Frente a ella estaba su madre, tal como la recordaba.

Se encontraba sentada mientras yacía comida sobre la mesa.

Ambas tenían las piernas cruzadas, sentadas sobre cojines en el suelo.

Parecía tan real que fue imposible para Hanae no transportarse completamente a esa visión.

Era como si realmente estuviera allí. Esa sala se veía tal como la recordaba.

―Mamá… ―dijo, casi para sí misma, mientras permanecía estática.

―¿Sí? ―La mujer la miró con la compasión que siempre pareció tener, pero también manteniendo su personalidad estricta―. Deberías comenzar a comer, Hanae. Se te va a enfriar.

Hanae tenía un nudo profundo en la garganta y apenas podía utilizar sus cuerdas vocales.

Tomaba los palillos, sintiendo los dedos entumecidos y ligeramente temblorosos.

Los guiaba hacia el salmón frente a ella sin despegar la mirada de aquella mujer.

El sashimi era la comida favorita de su madre y ahí estaba, probándolo juntas una vez más: en la misma mesa y en la casa que no había visto durante once años.

Dudó en degustar aquella fantasía, pero fue tan realista como el dolor corporal.

Era como si volviera a ser una pequeña niña, con su corta trenza y sus ojos llenos de inocencia.

―Recuerda tus clases, más tarde tienes costura. Te estarán esperando en el salón.

―Sí…

Hanae se encontraba en un estado de impacto, pero sentía la necesidad de decirle algo a la mujer frente a ella. Su niña interior sufría, sus recuerdos dolían y la huella que dejó su madre estaba profundamente clavada en su ser. Así que, al momento de abrir su boca, había olvidado que no era real.

―Te extraño.

Su madre alzó su gentil mirada hacia Hanae quien, fuera del sueño, e inconscientemente, derramaba una lágrima con sus ojos cerrados.

Esta se deslizó hacia las sábanas. Era un momento emotivo, aun si no era real.

Sin embargo, debido a no serlo, las cosas comenzaron a cambiar de forma horrenda.

La piel de la mujer comenzó a despegarse y opacarse en un gris agrietado.

La sonrisa se fue borrando y su mirada se volvió maniática.

―También te extraño mi niña.

Se escuchó a medida en que crecía, pues la mujer se alargaría en una criatura femenina e inhumana, de largos cabellos y sin ojos. Llevaba largas garras y su sombra cubriría a Hanae.

¿Cómo pude olvidarlo? Sigo en una pesadilla. Este demonio sabe demasiado sobre mí.

Buscó recomponerse, recordando que el demonio tenía acceso a su subconsciente.

Hanae no perdió el tiempo y se levantó, volviendo a tomar su katana.

El demonio la había estado engañando perfectamente, tanto que su propia mente confundió la realidad ante el dolor de su pérdida.

Inició a correr, ya que la casa a su alrededor cambiaba drásticamente.

Entre los pasillos aparecían senos colgantes, costillas punzantes y tripas entrelazándose con la arquitectura abstracta de la pesadilla.

Intentaban agarrarla o herirla mientras subía las escaleras hasta llegar a un pasillo que parecía infinito.

Detrás de ella, era perseguida por aquello que evolucionaba con el paso de los segundos y que antes parecía ser su madre.

―Vamos a jugar, Hanae. ¡No huyas de tu madre!

Los rasgos finos de la mujer se resquebrajaron como un huevo, y su mirada sin párpados la delataba como algo macabro.

El monstruo intentaba alcanzar a la cazadora con sus largas manos, habiendo crecido de forma exagerada en un mundo que parecía no tener cielo.

A medida que avanzaba, todo se tornaba en blanco y negro.

Hanae supuso que la forma de vencer al demonio y detener todo el espectáculo era despertando, pero no sabía cómo lo haría.

Había llegado a un punto sin retorno: una pared blanca sin puertas ni ventanas.

En ese momento, solo pensó en un método para salir.

Tomó su espada y se apuntó a sí misma en dirección a su estómago.

Fuera del sueño, involuntariamente, había hecho lo mismo sin levantarse de la cama.

Tenía la idea de que, si se asesinaba en la pesadilla, podría despertar; sin embargo, desconocía lo que sucedía en el exterior de su mente.

Estaba lista para ensartar el filo en sí misma; incluso la criatura gigante se había detenido.

El demonio estaba excitado por ver aquella conclusión, ya que el trabajo se lo facilitaba su propia presa.

La espadachina soltó un suspiro y, cuando iba a acabar con todo, de reojo algo llamó su atención.

Era un tipo de puerta negra en el pálido suelo.

Algo en su mente le decía que bajara la espada y que entrara.

Era una idea latente, como un susurro sutil y tentador, que la desviaba de su elección.

Una posible condena, o quizás… su salvación.