CAPÍTULO 14
PESADILLA
Los demonios han sido un inusual, pero duradero, tema de conversación entre las familias japonesas, logrando crearse un miedo hereditario ante aquellos seres del infierno.
Sus ataques eran más comunes de lo que cualquiera pudiera imaginar: atacaban mentes, familias y vidas inocentes…
Al darse a conocer el nombre de Hanae Yoshida, comenzaron a repartirse parcialmente historias y rumores: algunos con incredulidad y otros con esperanza.
Los demonios comenzaron a ser más recurrentes, adoptando nombres que, tanto las personas como ellos mismos, se otorgaban.
A medida en que Hanae creció, también la maldad infernal comenzó a ser más frecuente. Ahora había uno de esos seres de oscuridad resonando en los peores rincones de su mente.
Hanae caminaba en un bosque con su katana en su espalda mientras sostenía las riendas de su caballo.
Era un día soleado y las aves cantaban despreocupadas; tres pasaron por encima de su cabeza.
El viento suspiraba ligeramente, llevando el aroma de las hojas verdosas que no mostraban signos del otoño.
De hecho, aquel camino parecía haber adoptado la primavera por adelantado, pero la espadachina no pensaba en ello.
Se mentalizaba que debía avanzar hasta llegar a un pueblo cercano, cuyo nombre no recordaba. Tampoco la ubicación.
Al tiempo que continuaba, las mismas tres aves volvieron a volar sobre su cabeza.
El sol se mantenía en su posición en el cielo y el viento pasaba por la misma dirección, arrastrando las hojas una vez más.
Hanae no se percató al instante, hasta que alzó la vista, presintiendo un déjà vu de la naturaleza.
Miró a su caballo, que le devolvió la mirada en silencio.
Se había dejado arrastrar por el camino como era costumbre, pero esta vez no llevaba equipaje.
Se preguntó por qué no lo llevaba: la mujer siempre estaba acostumbrada a viajar con provisiones.
Esta vez parecía haberlo olvidado, algo inusual.
Volvió a avanzar sobre el caballo.
Las mismas tres aves. El sol en la misma dirección. El viento y las hojas…
Se detuvo. Había algo extraño sucediendo.
Si consideraba la posición del sol, debían ser las doce de la tarde, pero llevaba más de cuatro horas en el camino, y ese inmenso orbe de luz seguía en el mismo lugar.
Además, parecía ser que todo a su alrededor se repetía.
Incluso una familia de hormigas que pasaba cerca de sus pies, cargando un insecto más grande, mantenían la misma distancia desde hace horas.
A juzgar por el tamaño de sus patas, debió haberlas dejado atrás hace tiempo.
Mientras se preguntaba en qué momento salió de Tokio, sintió la característica sensación inquietante detrás de la nuca. En ese momento, sacó su katana.
―Claro… ―susurró, como si fuera obvio.
Algo había afectado su mente. Era evidente que se trataba de algún demonio, pues lo último que recordaba era haberse ido a dormir en su habitación del burdel después de un día de entrenamiento con Kai.
Sin saberlo, un demonio la encontró, y estaba en la misma habitación donde Hanae dormía pacíficamente.
―Sé que estás ahí…
El día se transformó en noche en un solo instante.
Una noche más oscura, sin luna ni estrellas.
Las hormigas ahora yacían muertas en el suelo, mientras eran devoradas por el insecto que habían cargado hace unos segundos.
Hanae apuntó el filo hacia el frente dando unos pasos.
En los árboles no había movimiento, ni en los arbustos cercanos.
Era un inquietante silencio combinado con la falta de iluminación.
¿Qué clase de demonio era? No lo sabría hasta verlo, o eso pensaba.
Al girarse en dirección a su caballo, este parecía estarse derritiendo.
En las grandes gotas se formaban caras aterradas, las mismas que conformaban al demonio del exterior que ahora controlaba sus sueños.
Eran las caras de las víctimas que aterrorizó en sus pesadillas y que nunca pudieron escapar para contarlo: personas que se hallaron muertas en sus camas sin explicación alguna.
La criatura conservaba sus expresiones como premios de sus sádicas hazañas nocturnas.
El Demonio de las Pesadillas, un nombre tan obvio como aterrador debido a su modo de operar, a su manera de terminar con vidas inocentes para satisfacerse a sí mismo.
Hanae llevó la katana hacia el animal derritiéndose. Al cortar, se derrumbó en el suelo como arcilla que no pudo ser moldeada. A su alrededor, los árboles y las plantas perecían ante el mismo destino; las caras con ojos desorbitados y bocas sin dientes se derretían en aquel falso entorno.
Nada era real.
―¡Aparece! ―Hanae gritó entre dientes.
Hubo un silencio por unos segundos, hasta que el suelo bajo sus pies comenzó a hundirse.
Hanae intentó caminar, pero era viscoso, atrapando sus extremidades y abrazándolas sin permitirle alejarse.
Comenzó a bajar lentamente mientras lanzaba tajos inútiles.
En el mismo suelo abundaban los rostros aterrados, apareciendo como si buscaran oxígeno con desesperación.
―Agh…
Forzó a sus piernas a salir del camino movedizo y chicloso; sin embargo, al dar apenas un paso, continuó hundiéndose. Todo el suelo era un mar que la guiaba hacia lo profundo. Y, de pronto, se detuvo, manteniéndose tragada hasta la cintura. Miró a su alrededor.
Silencio y quietud.
Se hundió con repentina celeridad, bajando por aquella masa que cubría sus fosas nasales y ojos.
A medida en que descendía, la viscosidad se reducía y se escuchaba el roce de piedras.
Cuando Hanae por fin impactó contra el suelo, se encontró en un área repleta de negrura.
Alzó la vista hacia la única luz, el lugar de donde provenía, notando unos huesos gigantes similares a costillas, que cubrían el hoyo desde donde cayó.
Se cerraban poco a poco, como si fueran las celdas de una jaula.
La mujer flexionó sus rodillas, pues quería impulsarse para alcanzar aquella «salida», aunque no estaba segura de que lo fuera.
Hanae saltó sorprendentemente alto, pero no fue suficiente. Al hacerlo, parecía que su objetivo se había alejado.
Dio un salto más y el suelo se volteó, convirtiéndose en techo y haciendo que la espadachina cayera sobre un «nuevo suelo».
La luz estaba aún fuera de su alcance, más arriba que antes.
Decidió volver a enarbolar el arma, afilando la vista para intentar ver entre la oscuridad; no deseaba moverse del único círculo de luz en el área sin conocer qué había cerca.
¿Cómo salgo? ¿Cómo despierto?
Supuso que se trataba de un sueño, o más bien de una pesadilla siendo manipulada. Nunca había conocido a un demonio similar. Si bien podía escuchar, oler y sentir, era obvio de que no se trataba del mundo real.
La pesadilla se modificaba al antojo del demonio. Era un espacio que utilizaba a su favor.
―Sé que eres un demonio… ―anunció a la nada―. Sal de mi cabeza.
De pronto, una ráfaga de aire pasó por su espalda, empujándola bruscamente… Otra y otra.
Hanae clavó los pies en el suelo, sosteniendo una postura defensiva con la katana. Debido a la oscuridad, ni siquiera podía ver qué emitía aquella brisa. Además, los silencios abundaban en aquel sótano desconocido dentro de su mente.
Esta vez las ráfagas se repitieron, pero transportando vidrios que buscaban cortarla.
La espadachina se defendería contra estos, utilizando la espada para romperlos.
Los que eran alcanzados por el filo se desvanecían en mil pedazos, convirtiéndose en polvo.
Aparecían furiosos desde distintas direcciones.
Podía ver su propio reflejo en los cristales al verlos pasar.
Algunos eran exitosamente esquivados. Sin embargo, mientras más se defendía, más rápido se movían.
Unos cristales comenzaron a cortarla, rasgando áreas de su vestimenta. Otros se clavaban en su carne.
Hanae hacía lo posible para destruirlos a todos, pero eso no evitó que cristales de distintos tamaños la rozaran o se clavaran en su espalda y en sus brazos.
Soltaba quejidos de dolor sin intención de detenerse.
Fuera de la pesadilla, en la realidad, su piel se abría y la sangre brotaba justo en las áreas afectadas.
De tal modo, el demonio asesinaba… a través de las pesadillas.
Los múltiples vidrios se habían detenido, pero la sangre ahora germinaba de las ardientes heridas, como si hubieran acercado una antorcha a su piel abierta. Los cristales que se habían clavado se desvanecieron, y de su boca comenzó a descender un hilillo rojizo.
Se giró lentamente, notando un espejo que antes no estaba en ese espacio. Reflejaba todo su cuerpo. Hanae se acercó, viéndose con curiosidad y sin comprender qué significaba, hasta que su propio reflejo la tomó del cuello. Hanae inhaló con estupor.
«Yoshida», pronunció con voz inhumana, antes de arrastrarla hacia el espejo. Los vidrios volaron, como gotas saliendo del agua al zambullirse. Hanae iniciaría una pelea consigo misma, ambas utilizando katanas para atacarse.
Al haber mencionado su apellido, Hanae comprendió que se trataba de un demonio que fue a buscarla debido al pacto con Nobukatsu. Ahora intentaría vencerlo de alguna forma.
Los filos chocaban y ambas caían a través de la oscuridad.
Los vidrios se desintegraban a su alrededor.
Hanae continuaba intentando ignorar el dolor de sus heridas abiertas.
Esquivó un embate haciéndose a un lado y asestó un ataque horizontal hacia la espada ajena, logrando que la soltara.
Al hacerlo, su reflejo quedó desarmada. Aun así, buscó atacar.
Utilizó sus manos para tomar la katana de Hanae, golpeándola y pateándola.
No quería rendirse. Utilizó sus pies en el aire, pisando el cuerpo de la espadachina y dándole una patada bajo el mentón, haciendo que su cabeza se echara hacia atrás por el golpe.
En cambio, Hanae movió su espada tres veces, cortando a su reflejo y, finalmente, clavándola en su centro.
Una vez hecho esto, emitió una mueca, sintiendo que se había herido a sí misma.
Su doble esbozó una sonrisa antes de romperse como un espejo en mil pedazos.
Las piezas sólidas viajaron hacia Hanae, quien se cubrió con los brazos, sintiendo los vidrios clavarse en sus extremidades y en el centro de su abdomen.