Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

EL POZO

―¿Puedo verla? ―había preguntado Hanae mientras caminaba junto a Kai en dirección a un espacio abierto para entrenar.

Él no dudó en prestarle su arma: el kusarigama que colgaba de su espalda.

Recordaba perfectamente cómo él se había unido a la pelea con gran agilidad cuando, media hora antes, pensó que solo era un extraño con intenciones insanas.

―Ten cuidado… ―advirtió Kai, quien accedió a prestarle el arma. Descolgó el kusarigama y le permitió ver los detalles.

Hanae le dio un vistazo serio a Kai, creyendo que su acompañante había olvidado su extensa reputación manejando armas filosas, especialmente la katana.

El kusarigama era totalmente oscuro, de un negro tan intenso como el carbón, y poseía detalles rojizos.

Tenía dos filos, siendo uno más grande que el otro.

Antes de pelear contra el demonio colosal, Hanae había visto el arma de reojo, pero nunca había tenido una similar en sus manos; lo suyo eran las espadas.

Recordaba que Hotako le decía que la elección del arma principal podía caracterizar a su portador.

¿Por qué una katana y no un shuriken? ¿Por qué un bokken y no un puñal?

Él explicaba que esto podía decir mucho sobre el carácter de una persona; sin embargo, su aprendiz desconocía acerca de esa psicología.

Al fin y al cabo, durante su infancia, reconoció que su sensei era más sabio que ella, indudablemente, por la edad triplicada.

Una vez tuvo el kusarigama en sus manos, se atrevió a girar tres veces las cadenas frente a ella. Al instante comprendió que se debía tener cierto balance para evitar herirse con el arma, algo similar al nunchaku.

―¿Cómo aprendiste a usarla? ―preguntó Hanae, destacando su curiosidad, mientras devolvía el arma a su dueño.

―Hace años un conocido que me la otorgó y se ofreció a enseñarme. Era un poco odioso, para serte sincero, pero su insistencia de alguna forma me impulsó a esforzarme.

―No todos los días alguien se ofrece a entrenarte por buena voluntad. Además, es evidente que aprendiste bien.

―Sí… ―Se rascó la comisura de los labios antes de llevar el kusarigama de vuelta a su espalda.

No tenía interés de hablar más respecto al tema.

Luego se estiraría llevando sus brazos detrás de su nuca, permitiendo que sus músculos se marcaran ligeramente―.

Pero, ¡basta de mí! ¿Cómo eres tan buena con la espada?

Ambos se detuvieron al ser interrumpidos por unos niños que pasaban cerca.

El parecido en los rostros infantiles denotaba que eran hermanos.

Las frutas que llevaban en una canasta se desparramaron en el suelo.

Kai, a pesar de ignorar normalmente los problemas ajenos, no dudó frente a Hanae y se agachó para ayudarlos; de cierta forma, le recordaban a su familia.

Hanae decidiría quedarse detrás de Kai.

―¡Gracias!

Los niños agradecieron haciendo una reverencia. De pronto, la niña abrió sus ojos como platos y dejó escapar un «¡oh!» de sorpresa.

―¡Eres la espadachina que salvó el pueblo! ―señaló, alzando la voz. El niño, menor que su hermana, pareció imitar su impresión.

―¡Muchas gracias, señorita! ―agradeció el pequeño, volviendo a inclinarse en reverencia.

Hanae, un tanto desconcertada ante aquellas actitudes, debido a no estar acostumbrada a agradecimientos o fanatismos, simplemente se limitó a responder con una inclinación de su cabeza. Ambos infantes se alejaron felices de haber visto a una heroína en carne y hueso.

―Eres famosa… ―Kai la miró con media sonrisa, un tanto desconcertado de que no haya sido debidamente reconocido por igual.

―No me gusta esa palabra… ―respondió, volviendo a caminar.

―¿No te gusta el reconocimiento o los niños? ―inquirió poco después de verla avanzar, alcanzándola en tan solo dos pasos.

De repente, un grito infantil fue emitido en las cercanías, interrumpiéndolos. Hanae escuchó a los niños decir: «¡Es Yudai!», antes de que salieran corriendo. No había presentido ningún demonio cerca, pero, inmediatamente, los siguió.

Si bien no creía que hubiera un demonio, nunca tenía buenos presentimientos, pues los sucesos más terribles sucedían cuando menos lo esperaba.

Cuando alcanzó a los niños, los vio mirando al interior de un pozo de piedra.

―¿Qué sucede?

―¡Es Yudai! Nuestro hermano cayó en el pozo cuando intentaba buscar agua ―dijo la niña, lágrimas descendían de sus mejillas―. ¡No nos contesta!

―No sabe nadar… ―continuó el más pequeño, mostrándose igual de preocupado.

―¿Lo salvará, señorita?

Hanae no iba a pensarlo demasiado. Además, no había alguien cerca que pudiera salvarlo tan rápido como ella. Se quitó el kasa que portaba en su cabeza y se colocó en el borde del pozo. El final se veía oscuro y profundo; no sabría qué sucedió con el niño hasta que bajara.

―Volveré con su hermano… ―avisó, y luego comenzó a descender, colocando sus manos y pies en las paredes del pozo. Evitó bajar de un salto, ya que, si lo hacía, tendría el riesgo de golpear al niño.

Al deslizarse por las paredes y sentir el agua, se zambulló en búsqueda del infante, quien tenía la misma edad de la niña.

A pesar de no ser su primera vez recolectando agua, tuvo un accidente con la cuerda y el balde que utilizaba para esta tarea.

Terminó golpeándose y cayendo hacia la profundidad del pozo que carecía de luz en su interior.

Hanae nadó, comenzando a ver su cuerpo en el fondo.

Los recuerdos de Iku hundiéndose en el agua la asaltaron, al mismo tiempo que revivía los sentimientos que tuvo aquella vez.

Después del día de su muerte, evitó las profundidades.

No por miedo a lo que pudiera haber debajo, sino porque le costaba hacer las paces con aquel suceso.

Recordaba perfectamente cómo su katana había atravesado al chico cuando intentó defenderse.

En cambio, esta vez no sostenía una espada, sino que extendía su mano para salvar una vida.

En cuanto lo sostuvo, lo impulsó hacia la estrecha superficie.

Con esfuerzo, cargó al infante mientras intentaba salir del pozo, ascendiendo lentamente. Recibió la ayuda de Kai y los niños en la superficie.

―No está respirando ―dijo, al mismo tiempo que lo recostaba en el suelo. Ambos estaban empapados―. Llamen a un médico ―pidió y Kai se alejó para buscar a alguien.

Los hermanos veían preocupados lo que sucedía.

Lloraban alterados, pero Hanae no permitiría que se perdiera una vida.

Ver a aquel niño empapado e inmóvil, con los ojos cerrados, como si estuviera cruzando el peligroso umbral del más allá, le causaba malos recuerdos.

Intentó no caer en desesperación. Posó ambas manos en su pecho y comenzó a presionar para sacar el agua.

A pesar de no ser experta, sabía que esa técnica podía funcionar.

Presionaba y presionaba, pero no respiraba hasta que… lo hizo. El niño expulsó el agua de su boca y abrió los ojos, tosiendo al instante.

―¡Yudai! ―exclamó la niña. Ambos hermanos se acercaron a abrazar al niño recién salvado.

Hanae suspiró profundamente, liberando la carga emocional, y contempló su buena acción. A lo lejos, Kai se acercaba apresuradamente con un hombre. Después de eso, se alejaron del área, dejando a los niños en manos del doctor.

Hanae estaba empapada, pero los planes para el entrenamiento no se cancelarían, pues había insistido en que entrenar con una vestimenta mojada era la menor de sus preocupaciones. Además, estaban alejados del burdel. Solo se detendría para exprimir sus largos cabellos.

―Entonces… ¿Realmente no te gustan los niños? ―Kai cuestionó con una ceja alzada y media sonrisa.

―No es que no me gusten… No soy muy buena tratando con ellos.

Omitió el hecho de que no era muy buena tratando con personas en general.

Sin embargo, en el caso de los niños, prefería mantener su distancia, ya que le generaban distintos recuerdos; su propia infancia, los infantes que murieron por su culpa y la inocencia que perdió.

No solo se trataba de la muerte de Iku, sino también de una niña que años atrás no pudo salvar de un demonio, debido a estar cegada por la venganza.

En esa ocasión, había decidido ir detrás de su enemigo antes de ayudar a la menor, descubriendo trágicamente que, el ser al que estuvo persiguiendo era solo una copia.

El original se había dirigido directamente a aquella que gritó por ayuda, pero fue ignorada por la espadachina.

Hanae pudo haber salvado a la niña, pero decidió no hacerlo.

Y si tener el cuerpo de la pequeña frente a ella no fue suficiente castigo, el pueblo completo se encargó de lanzarle insultos y desterrarla de sus tierras.

Tiempo después, la espadachina iría detrás de aquel demonio que dejó escapar.

Si bien se dedicó a cortarlo en pedazos hasta disolverlo en cenizas, eso no la hizo sentir mejor.

Al fin y al cabo, ella cometió un terrible error.

Eran arrepentimientos que se acumulaban y le hacían pensar que, simplemente, les había fallado a los seres humanos más pequeños.

―Prefiero mantener mi distancia.

―Eso de ahí atrás no fue «mantener tu distancia». ―Señaló a sus espaldas―. ¿Sucedió algo que te haya hecho pensar así?

Kai pensaba que los sucesos en su propia vida transformaron su forma de pensar, incluso su forma de ser.

El hombre de ahora era distinto al de su pasado.

Pero no intentaba volver atrás en el tiempo.

¿Muertes? ¿Asesinatos y sangre? ¿Demonios?

Buscaba excusas para convencerse de que su presente era mejor que su pasado.

Por lo tanto, quería saber cuáles situaciones transformaron a Hanae.

¿Qué sucedió para que fuera la persona que tenía frente a él?

Hanae lo miró de reojo, sin deseos de darle la razón ni de responder su pregunta.

―La vida nos cambia, Kai. Un día estás en tu casa junto a tu familia y, al otro, peleas contra demonios y estás… ―pausó su hablar, dudando en añadir la palabra que se le cruzó por su mente. Sin embargo, su acompañante le leyó la mente.

―Solo…

Ambos se miraron y un suspiro silencioso salió de parte de Hanae. Era exactamente lo que pensaba.

―Yo… he salvado vidas, pero también he causado que se perdieran: un chico en mi infancia y luego una niña que descuidé. ―Hizo una leve mueca leve; su mirada expresaba arrepentimiento―. Me llaman heroína, pero puedo asegurarte que no lo soy… ni deseo serlo.

Kai la examinó, dudando de aquella afirmación. Hanae hablaba sobre lo que sentía, más no lo que realmente era o podía ofrecer a los demás: seguridad, salvación y esperanza.

―Creo que te subestimas ―respondió Kai, con una leve sonrisa.

Hanae lo miró en silencio. Jamás se había cuestionado si realmente se subestimaba a sí misma. ¿Era cierto? Pensó en esto mientras avanzaban.

Fueron a entrenar, utilizando sus armas contra los árboles y contra ellos mismos, pero sin llegar a herirse.

Las horas pasaron mientras se aconsejaban y enseñaban mutuamente.

Hanae había olvidado lo que se sentía entrenar junto a otra persona y no en soledad.

Veía a Kai moverse fácilmente, sin temor de recibir un corte.

Aunque, de vez en cuando, caía al intentar esquivar.

La espadachina pensó que él aún tenía técnicas que pulir.

De vuelta a las calles de Tokio, Kai le pidió que esperara afuera de la tienda de pinturas que visitaron el día anterior. Le indicó que buscaría algo rápidamente. Para su sorpresa, cuando el joven volvió, no lo hizo con las manos vacías.

―Para ti ―indicó Kai, otorgándole una caja de madera con pinceles, pinturas y hojas enrolladas listas para utilizarse.

―Kai…

Hanae al inicio frunció el ceño sin saber cómo reaccionar. Apenas comprendía el gesto, pues hace tiempo no recibía un obsequio.

―Creo que lo necesitas. Es decir, ayer parecía que extrañabas pintar. Quizás te haga bien dejar la espada por un rato ―dijo con normalidad, ante su buena intención, y se encogió de hombros―. Además, todos necesitamos una distracción de los recuerdos de vez en cuando, ¿no crees?

Kai no quiso mencionar el hecho de que a todo niño le gustaba dibujar. Tal vez así conectaría con ella misma, pues la notaba desconectada de su entorno, incluso de las personas.

―Gracias… ―susurró, cerrando la caja y dándole un último vistazo.

Realmente lo agradecía.

Cada vez que alguien que me importaba moría, una parte de mi alma era arrancada. Mi madre, Hotako, Iku... Se supone que Hanae Yoshida existía para luchar contra fuerzas inhumanas, ¿por qué me sentía con tanta falta de humanidad?