CAPÍTULO 12 #3
Se quiso esforzar una vez más por dejarlo seguir su camino. Sin embargo, se preguntaba: ¿con qué beneficio? No aceptar significaba continuar por un largo e indefinido trayecto. Él podía aportar a la misión que estaba realizando.
―Llévame.
Fue tan solo esa palabra, lo único que Kai necesitó para saber que Hanae comenzaba a confiar en él.
A partir de esa petición, esbozó una leve sonrisa y salieron en dirección a una tienda ubicada en el distrito Harakoa, en Tokio.
Era un local medianamente amplio, con tintas para pinturas y pergaminos a la venta.
Asimismo, tenían obras de arte expuestas a los clientes.
Al llegar, Hanae no evitó ver detenidamente las obras. Se sintió atraída por el talento de autores desconocidos.
―Hola, señor Keito. Si me permite, nos gustaría ver… la obra.
Escuchó a Kai hablar. El hombre de mayor edad asintió, alejándose hacia alguna parte de la tienda en búsqueda de lo solicitado.
―¿Te gusta? ―preguntó Kai al acercarse a Hanae, quien veía una pintura de un paisaje. Las ramas de los árboles y el sol en el horizonte destacaban de una forma hermosa entre los trazos.
―Antes solía pintar… ―recordó, pasando sus dedos con delicadeza para sentir la textura de la pintura en el papel. Tenía un gusto peculiar por ese pasatiempo iniciado en su infancia―. Me gusta este lugar ―admitió en voz alta.
El señor Keito apareció con una obra enrollada. La colocó en una mesa para que pudiera ser apreciada. Los colores resaltaron con cierta opacidad. Estaba arrugada. Tenía más años de lo que aparentaba.
―Los Nueve Infiernos… ―mencionó Keito.
Hanae se acercó, observando la pintura de cerca. El nombre hacía referencia a los nueve niveles que se mostraban en la obra. Cada uno se diferenciaba por sus colores y detalles gráficos que hacían referencia a lo que contenían.
―¿Son estos? ―inquirió Hanae, con curiosidad.
―Sí, cada nivel tiene un nombre y representa algo distinto.
El Infierno Incandescente es lo más básico del inframundo: fuego, calor, terror.
El Infierno Marchito posee oscuridad y un ambiente repleto de dunas de sombra, conformadas por un polvo extraño.
El Infierno del Castigo, rojizo como el Incandescente, pero a causa de la sangre que lo tiñe, abundante en cascadas y ríos repletos de cuerpos.
Es el único que especifica «castigo» en su nombre, pero todos sabemos que el tártaro es eso en sí ―explicaba como experto, mientras señalaba cada nivel.
Mientras hablaba, descendía su dedo hacia los círculos inferiores.
―El nivel de la Putrefacción es bastante desagradable, si me preguntan. Luego está el del Infortunio y el nivel de la Desesperanza. El Infierno Reverso es uno de los más extraños, supuestamente todo está al revés.
Dramatizaba con su voz y ademanes a medida en que hablaba; quería mostrarlo como más interesante, como si ya no lo fuera.
―Por último, el Limbo. Muchos hemos escuchado de él, pero poco se sabe. Dicen que es la nada misma, poseyendo una vacía eternidad.
―¿Quién es el autor? ―preguntó Hanae. Quienquiera que fuera, debía saber mucho de aquel terrible plano.
―Anónimo… Nunca se ha sabido.
―Se cree que cada infierno representa un pecado o aspectos del ser humano.
Por ejemplo, el Incandescente representa la ira, el nivel del Castigo la violencia, y el Infierno Marchito la avaricia…
―mencionaba Kai―. El Reverso tiene un concepto interesante, pues dicen que las almas perezosas están condenadas a subir sus escaleras filosas por la eternidad ―dijo, señalando un nivel con líneas en zigzag.
Sin duda, Hanae comenzaba a alegrarse de haber aceptado la propuesta de ayuda de Kai; si no, nunca hubiera descubierto esas informaciones o esa pintura inusual, o al menos no tan rápido.
El hecho de que esos datos fueran totalmente ciertos aún era un misterio.
No obstante, las descripciones de la pintura encajaban con las visiones, no debía ser pura casualidad.
―Bien… Nos la llevamos ―dijo Hanae. Apenas había colocado una mano encima del papel, pero el hombre la apartó, negando.
―¡A pagar!
Hanae sacó un par de monedas, creyendo que sería suficiente, pero el vendedor negó una vez más. La seriedad apareció de manera severa en el rostro de la mujer.
―¿Crees que eso es suficiente, chiquilla? Esta obra debe tener más de mil años. Si la quieres, debes pagar alrededor de…
El hombre calló cuando Kai dejó una bolsa de dinero en la mesa. Era algo pesada, y la cantidad que contenía compraba perfectamente aquella pintura. Hanae lo miró impresionada.
―¿Qué tal ahora? ―preguntó Kai, enarcando una ceja.
―Creo que… ―Miró una moneda de cerca, era más dinero de lo que siquiera valía aquella obra―. ¡Sí! Pueden llevársela.
Hanae tomó la pintura. La enrolló y se dirigió hacia su caballo. Ambos tomarían rumbos distintos, acordando verse al siguiente día para un entrenamiento. La mujer tardó en aceptar, pero lo hizo. Era lo mínimo que podía hacer por aquel que aportó dinero e información a su objetivo.
Ahora estaba un paso más cerca de descubrir la entrada al Jigoku y encarar Nobukatsu.
La luz dentro de mí se fue apagando desde mi infancia: disecándose, opacándose, muriendo… Era imposible disfrutar por siempre de la tranquilidad, ya que las llamas infernales estaban determinadas a arrasar con todas las huellas que dejaba al caminar.
Amé, peleé, odié… Nunca olvidé.