Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

Volvió a sentarse, dando un profundo respiro y viendo la bandeja con la arena. Alguna parte se había esparcido fuera de su contenedor debido a las convulsiones.

―Te dije que era peligroso… ―comentó Kai, sacudiendo su propia vestimenta antes de levantarse.

Hanae ignoró su comentario y solo pensó en las imágenes del infierno, las cuales parecían desvanecerse de su memoria con el paso de los segundos.

No podía permitirse olvidar. Rápidamente, se levantaría e iría hacia una mesa.

Sus rodillas tocarían el suelo mientras dibujaba con un pincel y tinta las escenas de la visión: el río de putrefacción, las llamas ardientes, los cuerpos degollados y las cascadas de sangre eran plasmados con torpeza en el papel.

No eran sus mejores obras, pero no buscaba impresionar, sino recordar.

Kai se acercaría para ver lo que hacía. La mano de la mujer se movía con agilidad, a pesar de la rapidez.

―He visto esto. ―Alzó la hoja sin mirar a Kai, mientras continuaba su nueva obra. En vez de escenarios, esta pintura se centraría en los rasgos característicos del demonio que pudo observar por encima de su hombro―. Y esto…

―Quizás es solo un demonio más ―dijo Kai, fijando la vista en el nuevo dibujo.

―Quizás, pero sabía mi nombre.

Hanae se levantó con el papel en sus manos. Nunca se consideró una artista, ya que su atención siempre estuvo en las cosas poco convencionales. Pero, sin duda, su experiencia en el dibujo la ayudaron a plasmar trazos elocuentes e inmortalizar medianamente las visiones.

―Creo que es Nobukatsu…

Llegó a la horrorosa conclusión, tomando en cuenta que era mil veces más grande que ella. Ciertamente temible. Si bien sintió gran desasosiego al recordar su profunda voz y aquellos malignos ojos, no pretendía dar paso a la intimidación.

―Hay miles de demonios en el infierno y estoy segura de que la mitad sabe mi nombre.

―Se levantó, viendo el dibujo―. Pero siento, por alguna razón, que ese es el demonio que envía a los demás para asesinarme.

Aquel que ha estado pendiente de mí desde mi nacimiento y el que ha causado que muchas vidas fueran cobradas.

Los trazos mostraban un rostro endemoniado basado en lo poco que vio, quizás más exacto de lo que creía.

Las líneas se combinaban formando los ojos, los orificios de la nariz y la boca repleta de colmillos; unos largos cuernos se cruzaban sobre su cabeza.

Cargaba una mirada fulminante. Hanae sentía que no podría olvidar aquella voz al pronunciar su nombre.

―¿Te buscan? No sabía eso. ―Kai frunció el ceño, devolviéndole la pintura. Realmente desconocía muchos datos de la espadachina, más allá de los rumores o historias―. ¿Por qué te buscan?

Hanae suspiró con pesadez. Un suspiro que mostraba, inconscientemente, los años de lucha que ha tenido.

―Es una larga historia y ya hemos hablado suficiente, Kai ―dijo, volviendo hacia el espacio donde convulsionó, recogiendo la arena en el envase nuevamente, con cuidado de tocarla―. Puedes irte, has hecho mucho por hoy.

Lo vio una última vez, antes de dirigirse hacia la puerta. Deseaba investigar más sobre sus visiones, pero quería hacerlo por sí sola. Sabía lo peligroso que era estar a su alrededor, por lo que no quería involucrarlo más en su travesía.

―¡Déjame ayudarte! ―Kai alzó el dibujo que Hanae realizó sobre las visiones―. Estas parecen zonas en el infierno, pero son más que eso. Son niveles.

Se acercó a ella señalando el papel.

―Son más de los que plasmaste. Cada uno representa las desgracias y los pecados del mundo humano. No sé qué buscas, pero estará en algunos de estos niveles. Y… yo sé dónde puedes saber más de ellos.

―¿Por qué Kai? ―Hanae lo había mirado, buscando comprender su interés en ayudar―. ¿Qué quieres realmente? Sabes demasiado, peleas de forma sorprendente y, sobre todo, quieres ayudarme sin pedir nada a cambio, al menos hasta ahora.

Lo último le parecía lo más demente. ¿Qué persona normal quisiera seguir a un imán de demonios?

Kai suspiró, bajando sus hombros, así como su cabeza. Parecía rendirse ante la fachada de misterio que ha estado sosteniendo.

―Un demonio hirió a mi madre. Era grande e igual de aterrador que el tuyo…

―Señaló la hoja con el dibujo del rostro―.

Vi cómo su vida se escapó en mis propias manos.

―Él veía sus palmas, como si reviviera la sangre rojiza goteando en ellas―.

Aún recuerdo el odio y el pesar que sentí cuando supe que ya no la vería más.

Tensó su mandíbula, reviviendo cada detalle de lo sucedido.

En silencio, Hanae lo miraba. Sentía que se veía a sí misma en Kai: sus propios ojos impactados cuando su madre cayó ensangrentada al suelo, sus pies cansados de tanto correr para escapar, o sus ojos secos de tanto llorar.

―Eres la mejor espadachina que existe, la única que lucha contra los demonios… ―Kai apretó sus manos y la miró con decisión―. Quiero darles su merecido.

Sorprendentemente, la seriedad había desaparecido en la expresión de Hanae.

Nunca se había preguntado cómo sería verse a sí misma: una persona con motivaciones vengativas y sentimientos de desagrado a lo inhumano.

Ahora parecía que Kai era un espejo. Y, por mucho que quisiera ignorarlo, su conocimiento la superaba.