Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

NUEVE INFIERNOS

En los rincones más profundos del Jigoku, algo se estaba cocinando para la semi-demonio que decidió ir en contra de su destino.

Por años, Hanae ha vagado por las tierras de Japón, evitando lo que podría considerarse inevitable, pero había sorprendido con sus habilidades.

Más que entrenamiento, eran parte de su sangre, y aún le faltaban rincones por descubrir de sí misma.

Por ahora se preocupaba por la pista que obtuvo respecto al infierno.

Necesitaba encontrar la entrada sin necesidad de sacrificar su alma.

Llevó a un recién conocido hacia las puertas del burdel donde se hospedaba. Al menos no recibió más de una mirada al abrirse paso hasta su habitación.

―¿Qué hacemos aquí? ―preguntó Kai con media sonrisa. Le hacía gracia que fuera llevado al mismo lugar en que fue acusado de ser un pervertido.

―Cuando te vi, me recordaste a un hombre que conocí en mi infancia.

Tenía el triple de mi edad, así como de mi tamaño.

Quería aprovecharse de mí por el simple hecho de que, casualmente, me encontraba frente a un burdel.

Yo me negué ―decía sin mirarlo mientras caminaba―.

Pero, gracias a ti, derroté al demonio colosal, así que necesito de tu ayuda nuevamente.

―No fue nada… ―Simuló modestia―. ¿Qué le pasó a ese hombre?

―Le corté una mano.

Kai sonrió, alzando ambas cejas, impresionado ante su respuesta. Hanae le abrió paso hacia la habitación, entrando detrás de él y cerrando la puerta deslizable, sin notar la mirada curiosa de Saori en una columna.

La mujer de larga trenza se dirigió al lugar donde había guardado el frasco de arena negra y se lo presentó a su acompañante, quien yacía de pie frente a ella.

―¿Sabes qué es esto?

Kai frunció el ceño. Tomó el frasco en su mano y lo analizó sin abrirlo.

―¿Dónde la conseguiste?

―En la tienda del Demonio Araña, ¿por qué?

―Es Arena Infernal…

El interés de Hanae se disparó al escuchar por primera vez de aquel elemento. Sobre todo, la parte «infernal» le llamaba la atención. Se preguntaba si a eso se debían sus visiones al tocarlo.

―Debido a que el dueño de esta arena fue un demonio, no es extraño que la tuviera… ¿Por qué la tienes tú? ―dijo Kai y desvió su mirada hacia ella.

Hanae dudó en detallarle lo sucedido, pero lo hizo:

―Al tocarla tuve visiones. Fueron tan rápidas que apenas comprendo qué vi. ―Frunció el ceño. Llevó sus ojos al suelo y su mente a los recuerdos―. Pero creo que vi el Jigoku.

Kai no se inmutó, agitando el frasco en sus manos.

―Dicen que la Arena Infernal habita en todo el infierno y permite que los demonios tengan una conexión con el plano terrenal. Sin embargo, desconozco el porqué de tus visiones, a menos que seas una bruja o un demonio.

Ambos cruzaron miradas, pues Hanae sabía la respuesta que podría brindarle a su duda.

De todas formas, omitiría ese dato. Nadie, aparte de su difunta madre, sabía que era mitad demonio.

Ni siquiera Hotako conocía aquella mitad en su sangre que le permitía tener un pie en la humanidad y un pie en el reino de las almas en condena. Entonces, algo se le ocurrió.

―Quiero intentarlo nuevamente…

―¿Ahora? ―preguntó Kai con cierta sorpresa. La siguió con la mirada mientras Hanae tomaba un envase de porcelana con superficie llana de alguna decoración y volvía con este en sus manos.

―La primera vez, no supe lo que vi o cómo controlarlo, pero quiero intentarlo nuevamente, ahora que sé de lo que se trata.

Hanae se sentó en el suelo y sacó la arena del frasco, colocándola en el envase. Frente a ella se colocaría Kai, quien poseía inseguridad en su rostro.

―¿Estás segura de esto? Si te dejas llevar por las visiones, o no sabes cuando detenerlas, es posible que termines vagando en una clase de…

«limbo mental» ―advertía Kai―. Es sabido que los demonios pueden hacerlo con naturalidad, y las chamanas a duras penas viajan entre las visiones antes de perder la cabeza.

En un pueblo existe la historia de una bruja que obtuvo esa arena y no volvió a ser ella misma.

Su alma se consumió a partir de lo que vieron sus ojos. Créeme, he estudiado estos fenómenos.

Hanae escuchó sus advertencias en silencio; en cambio, no tenía interés en detenerse.

Bajó la vista hacia la arena esparcida. Las enseñanzas de Hotako vinieron a su mente, como consejeras de aquello que estaba por hacer: debía mantenerse en el equilibrio que tanto mencionaba y recordar que solo eran visiones.

Mantener la cordura y sus pies en la tierra.

Hanae volvió a ver a Kai.

―Estoy segura… ―asintió―. Si crees que tardo más tiempo de lo que debería, sácame de alguna forma.

Estrechó ambas manos hacia el frente.

Kai tenía varias ideas de cómo sacarla de aquellas visiones que mostrarían el presente del infierno, pero eran peligrosas para quienes las buscan intencionalmente.

A veces incluso podían ser más fuertes que la propia realidad terrenal.

Él la vio bajar las manos e introducir sus dedos en la arena; inmediatamente sus ojos se tornaron blancos mientras su mente viajaba lejos de la habitación o del propio burdel.

Más allá de Japón y de sus cielos… bajando hacia lo profundo: donde el día y la noche no existían; donde la frialdad de quienes sostenían el látigo era mayor que los días de invierno por venir;

donde la lava recorría como ríos en algunas esquinas y la sangre teñía las paredes que rodeaban a las almas.

Entre todo el horror, se encontraba proyectada Hanae.

Veía su cuerpo como si hubiera salido del tatami.

Tanteó su espalda, notando que no cargaba su espada. Al menos llevaba la misma ropa.

Caminó en los pisos endurecidos y rojizos de algún material extraño.

Parecía estar en la cima de alguno de los muchos lugares del Jigoku.

Se acercó a la orilla, impactándose de lo amplio que era el infierno.

Había estructuras de formas extrañas y cascadas de lava descendiendo de altos picos; montañas infinitas abundaban a lo lejos, dando la impresión de ser un mundo tan inmenso como el terrenal.

A simple vista no notaba señales de vida…

¿o muerte? Sin embargo, sabía que era cuestión de tiempo para encontrar algo inhumano.

Se deslizó por una pequeña pendiente hasta llegar al suelo.

Hanae estaba proyectada en uno de los distintos niveles del Jigoku, pero desconocía en cuál estaba o cuántos eran.

Apenas se daría cuenta de que existía más de un infierno al pestañear, pues en un abrir y cerrar de ojos, estaría en otro lugar; uno repleto de arena negra.

La luz se había opacado y podía ver algunos cráneos blanquecinos resaltar entre el polvo oscuro.

Pestañeó nuevamente, volviendo al nivel anterior, pero rodeada de lava y de fuego.

―¿Qué…? ―expresó en voz alta con confusión, al ver el cambio repentino. Sus labios no se movieron en su cuerpo físico. En la realidad, estaba inexpresiva e inmóvil frente a Kai.

Pestañeó. Las almas cruzaban a su alrededor, arrastrando pesadas carretas con cuerpos ensangrentados. Sus expresiones eran agónicas y sus cuencas estaban vacías.

Pestañeó. Se encontraba en el interior de un río nauseabundo de color verdoso, ubicado en un ambiente distinto. Del agua salía un ligero humo hediondo y burbujas. Creyó haber visto un intestino flotar.

Pestañeó. La muerte se materializaba a su alrededor en forma de cuerpos desmembrados, sin piel u ojos, soltaban alaridos en sufrimiento.

Cada vez que Hanae abría y cerraba los ojos, se encontraba en un escenario distinto. Eran peculiares y daba la impresión de no estar en un mismo infierno. Se hacía idea de lo amplio que era, pero, al mismo tiempo, le preocupaba que fuera tan grande que resultara difícil encontrar a Nobukatsu.

Los pestañeos eran involuntarios, pero ahora intentaría controlarlos, como si pasara rápidamente las imágenes, buscando llegar a donde quería.

Sin embargo, cada vez que abría los ojos, era testigo de la realidad que se vivía en lo profundo.

Veía a las almas en pena cargando con sus errores terrenales y a los demonios disfrutando de su sufrimiento.

Algunos intimaban ante quienes carecían de extremidades y esperanza.

Abusaban de los condenados, como si fueran prostitutas de camino a un funeral, con lágrimas evaporándose dolorosamente, o demostraban placer y regocijo frente a los mismos.

A pesar de que Hanae no podía hacer nada por ellos, era inevitable sentir una pizca de odio crecer.

Entre las imágenes, notó una puerta gigante de piedra grisácea, pero pasó tan rápido que no tuvo tiempo de comprender de qué se trataba.

Continuó pestañeando, llegando a un lugar peculiar de árboles rojizos y una luna del mismo color.

Había un templo de roca con un trono gigante en medio de su salón.

Entre los niveles que había visitado dentro de la visión, aquel era distinto y llamaba su atención.

Estaba rodeado de naturaleza y parecía estar alejado del caos.

Se preguntaba de quién era el trono, una respuesta que obtendría al sentir pisadas cercanas causar un terremoto.

Hanae se tambaleaba levemente sin poder determinar su origen.

Giraba sobre sí misma, buscando la fuente.

El temblor hacía que algunas piedras diminutas cayeran de las paredes, hasta que se detuvo.

Si bien parecieron haber pasado unos minutos, de pronto sintió calor en su espalda.

Fue como una nube ardiente suspirando tras ella.

Tan solo había girado su cabeza un poco y, al mirar de soslayo, notó unos ojos de rojo intenso mirándola fijamente.

Escuchó un profundo «Hanae» y las visiones comenzaron a pasar rápidamente, sin control alguno.

Veía imágenes confusas, escuchaba gritos como ecos, mientras que su cuerpo se movía en incontrolables convulsiones en la realidad.

Dentro de la visión, Hanae se tomó la cabeza e intentó cerrar los ojos, pero nada cambió.

Las imágenes pasaban tan rápido que la mareaban.

Desconocía qué sucedía con su cuerpo; sin embargo, de pronto abrió los ojos en la realidad.

Se encontró con la oscura mirada de Kai mientras su cuerpo descansaba en el suelo.

Las manos ajenas yacían apoyadas detrás de su cabeza y en sus hombros.

―¿Estás bien? ―dijo Kai, preocupado. Hanae intentó incorporarse, ocasionando que se separaran.