CAPÍTULO 11 #3
―Bien, ¿quieres ayudar? ―Hanae alzó la voz, llamando la atención del desconocido―. ¡Cúbreme!
Al decir esto, él comenzó a seguirla, interceptando los ataques que se dirigían a ambos. Hanae aprovechó para no detener su paso por la estructura del demonio, asestando uno que otro tajo ante las ofensivas directas que recibía.
En algún punto, tuvo que escalar en el cuerpo del demonio, colocando rápidamente el mango de su katana en su boca para sostenerla con los dientes.
Luego, al incorporarse nuevamente, notó algo importante: el ojo se movía en una misma dirección.
Era un zigzag constante, pasando de costado a costado entre sus lados, y llegando a puntos específicos.
Su acompañante notó la mirada encendida de Hanae cuando lo descubrió.
―¡Sígueme!
Hanae llegó a la parte más alta del demonio antes de que este se moviera nuevamente. Luego se giró hacia el hombre que la acompañaba.
―Sujétame y, cuando te indique, me sueltas. ¿Entendido? ―dijo y estrechó su mano hacia él, quien desconocía su plan, pero no tenía razones para negarse.
―Está… bien ―aceptó con confusión y tomó su mano.
Hanae quedó colgando en el aire mientras era sostenida con fuerza. Su mano zurda tomó la katana mientras contaba mentalmente. Pasaron unos segundos hasta que gritó:
―¡Ya!
El hombre la soltó, permitiendo que la cazadora se deslizara por la pared que formaba parte del cuerpo del demonio.
Cuando iba por la mitad, el ojo apareció, mirando a su alrededor, pero no se esperó que el filo de obsidiana llegaría hacia su retina.
Sangre oscura se disparó, como una fuente violenta.
El enemigo cegado pareció estremecerse, descontrolando sus tentáculos en algún intento de auxiliarse.
Finalmente, cayó, causando un último terremoto.
El silencio no se hizo esperar, anunciando la victoria.
Hanae colocó firmemente sus pies en la tierra, mirando hacia atrás. Había faltado poco para que el pueblo diera un último adiós. El ojo del demonio se tornaría blanco mientras su piel rocosa se quebraba. Pronto no sería más que cenizas, incapaz de atormentar otro lugar.
Los residentes del pueblo creyeron que no tendrían tiempo para escapar, por eso estaban dispuestos a abandonar su ganado y la mayoría de sus pertenencias.
No obstante, en cuanto notaron el silencio y la carencia de terremotos, se detuvieron.
Vieron a su salvadora caminar en medio de las casas humildes.
Esa joven mujer que no debería ser capaz de hacer actos tan increíbles, pero sorprendió con su destreza y valentía.
Los pueblerinos se dirigieron a ella con agradecimiento plasmado en sus lágrimas y sonrisas. Hanae no estaba acostumbrada a tales atenciones. De hecho, no le gustaba ser el centro de atención. Sin embargo, se mantuvo ahí, escuchando a cada persona que se le acercó.
El desconocido la vería desde una esquina, siendo testigo de cómo celebraban estar vivos, con sus hogares intactos. La cazadora modestamente respondía con «no deben agradecerme», pero ellos hacían caso omiso.
Durante ese momento, una mujer se apareció con una canasta de higos como agradecimiento.
Al verla, Hanae borró la expresión pacífica de su rostro, paralizándose, pues la mujer se parecía mucho a su madre.
Sus rasgos no eran totalmente idénticos, pero no podía evitar notar a su progenitora en la sonrisa gentil que esbozaba, en sus cabellos castaños cuidadosamente recogidos, o en la mirada de amabilidad que compartía con la niña a su lado, su hija.
Amablemente le estrechó la ofrenda mientras sus ojos cafés saludaban las arrugas en su rostro al sonreír.
Incluso su armoniosa voz le recordaba a la Yoshida que le dio la vida.
Había dicho: «Para nuestra salvadora. ¡La salvadora de Chīsana!»
―Per… ―intentó pronunciar Hanae.
Sin embargo, de pronto, tantas personas comenzaron a agobiarla y sintió la necesidad de hacerse paso.
―Permiso… ―logró decir mientras utilizaba su brazo para empujar a quienes se interpusieran. A los pocos segundos salió del tumulto, respirando profundo y cerrando los ojos al sentir la brisa saludarla.
Al abrir los ojos vio al joven desconocido frente a ella.
―¿Estás bien?
Hanae se obligó a recuperar la compostura; no se permitía ser vista como vulnerable.
―Lo estoy…
Lo miró por unos segundos. Después de ayudarla sin temor, y de pelear de forma hábil, su necesidad de conocer sobre él había aumentado.
―¿Cuál es tu nombre?
―Kai… ―Él se inclinó hacia adelante, respetuosamente, en forma de saludo―. Disculpa que no lo mencioné antes.
En silencio, Hanae lo analizó. Si bien aún le parecía extraña su presencia, quería hablar más con él para comprender qué tanto sabía de los demonios y quién era exactamente.
Pudiera tener una historia interesante detrás.
Además, se preguntaba si poseía conocimientos que aportaran con su búsqueda de la entrada infernal. Las Puertas del Jigoku.
―Kai… Tengo que mostrarte algo.
Recibir ayuda es algo indigno de mí. Extraño… Ceder a la solidaridad, sobre todo de un extraño, suena como una pesadilla. Yo debería ser capaz de luchar, salvar, vencer… No he construido este nombre en compañía de nadie.
Pero, tal vez, todos necesitamos una mano que no nos permita caer al vacío de vez en cuando.