CAPÍTULO 11 #2
―No… Bueno… ―Arrancó la hoja y ladeó su cabeza―. Algo así. Digamos que quiero acompañarte en tus aventuras. Mi vida ha sido muy aburrida y estoy seguro de que la tuya ha sido solitaria, así que, ¿qué tal si me dejas seguirte?
Hanae bufó en una sonrisa forzada, pareciéndole una burla.
Nunca había tenido acompañantes, ni pensaba tenerlos.
Durante años había sido solo ella, su espada y un único objetivo.
No veía razones para aceptar a un acompañante y, mucho menos, a un desconocido.
En su mente, lo veía como un interesado más… quizás un pervertido.
―No lo creo. Primero, no sé quién eres. Segundo, llegas a un burdel con aires de fanático y me pides ir a una aventura.
―Frunció el ceño, disgustada―. Pareces solo un hombre más con fantasías y frustraciones…
y yo no vine a cumplirlas. Puedes encontrar a las cortesanas dentro del lugar ―finalizó, retirándose y dejando al desconocido con una sonrisa en el rostro.
Nunca había conocido a alguien con una propuesta similar.
Hanae sabía que ser reconocida en Japón tenía sus desventajas.
Los beneficios de ser una «salvadora» competían contra los aspectos negativos: las críticas, el desprecio y el escepticismo.
Además, detestaba que hombres extraños se le acercaran.
El desconocido no había expresado sus intenciones explícitamente, pero, dadas las circunstancias y el lugar en que lo hizo, solo podía pensar que la única razón era un deseo carnal.
Una vez dentro de las paredes de su habitación, sentada con las piernas cruzadas y el frasco de arena oscura en sus manos.
Lo analizaba sin comprender de qué se trataba específicamente.
Estaba consciente de lo que vio al tocarla, pero desconocía si existiría algún riesgo latente al intentarlo nuevamente.
¿Debía averiguar más sobre ella? ¿O debía solo centrarse en buscar alguna entrada al infierno?
Demasiadas incógnitas se habían acumulado a lo largo de los años, pero parecían aumentar en vez de reducirse.
De pronto, unos toques insistentes llamaron a la puerta, y apareció Hiro con la respiración agitada.
―¡Disculpe, señorita Yoshida! ―Agachó la cabeza, apenado por la interrupción―. Llegó esta carta hace unos segundos… ―Le extendió un papel blanco.
Hanae lo abrió y descubrió su contenido.
Las letras plasmadas clamaban la ayuda de la cazadora: un pueblo cercano estaba siendo atacado por un demonio colosal.
La mujer se imaginó lo que podía estar sucediendo, y sabía que, si una ciudad apenas podía soportar un ataque, un pueblo podía ser borrado del mapa.
Soltó la carta y se levantó con premura en dirección a la salida.
―Volveré en un par de horas, Hiro… Agradeceré si tienes la cena lista.
***
Hanae no tardó en llegar al pueblo Chīsana y sentir la estridente presencia de un demonio.
Y no solo eso, también lo vio a la distancia.
Era más grande que el Demonio de Mil Ojos y más extraño que el Demonio de la Muerte.
Su exterior parecía hecho de piedra, era una figura rectangular y descomunal.
Si la espadachina no lo detenía, posiblemente acabaría con todo el pueblo en poco tiempo.
Desde su posición, vio a las personas correr, dejando sus pertenencias atrás, preocupadas por su propia vida. Hanae corrió hacia el demonio, sin notar que alguien la observaba desde la distancia.
Al acercarse unos metros, notó la peculiaridad de que era un demonio camuflable con las montañas, ya que, la más cercana, tenía un espacio faltante; la marca rectangular plasmada se asemejaba al cuerpo de la criatura.
Era tan extraño que era imposible conocer desde qué punto comenzaba o terminaba, siendo similar a una ficha del juego shōgi.
No tenía brazos ni piernas, sino que se impulsaba por tentáculos que salían de su cuerpo rocoso, los cuales también le servían para tomar objetos o personas.
Tenía sangre goteando de su estructura y no contaba con rasgos faciales.
Hanae desconocía cómo se alimentaba, pero no estaba ahí para investigarlo, sino para acabar con él.
El suelo retumbaba con cada movimiento que el demonio realizaba. Si bien era grande, Hanae no se dejaría intimidar.
Corrió hacia el demonio pasando su espada por su piel rocosa sin tener resultado, confirmando que no sería tan fácil herirlo.
Logró subirse en él y caminó por su costado mientras este se movía.
La espadachina buscaba algún punto débil para atacarlo.
No obstante, sin esperarlo, el demonio tembló, causando que rodara y cayera hacia la tierra.
Apoyó sus manos sobre esta para levantarse y, al mirar hacia atrás, vio cómo su enemigo bajaba un tentáculo para aplastarla.
Rápidamente, Hanae se giró en el suelo, esquivándolo.
Volvió a levantarse para rodearlo.
Al menos era lento, pero no servía de nada la rapidez si, cada vez que lo cortaba, ni siquiera se inmutaba.
Hanae intentó atacarlo una y otra vez, pero el demonio se movía hacia el pueblo sin detenerse; rodaba como una ficha de dominó.
Por lo tanto, decidió calcular el momento exacto en que daría otro giro para movilizarse, impulsándose cuando este bajó nuevamente hacia la tierra.
Se subió sobre él y avanzó hacia la cima; mantenía su katana hacia abajo, rozándola contra la piel rocosa para obtener alguna reacción, algo que no sucedía.
No obstante, sintió algo en una de sus piernas, era un tentáculo.
Apenas Hanae se había girado cuando fue alzada en el aire. Su espada cayó, siendo imposible cortar la húmeda extremidad.
Por unos segundos, la criatura mantuvo a Hanae sostenida.
Aún estando de cabeza, sintió que era observada, pero no podía identificar desde dónde.
Se trataba del ojo oculto del demonio. De repente, fue soltada, cayendo hacia la tierra desde la gran altura.
Un «agh» doloroso salió de sus labios al impactar.
Gruñó ante el dolor y, al alzar la vista, vio cómo el demonio bajaba todo su cuerpo hacia ella.
Fue inevitable para Hanae preguntarse si ya sus años de vida llegarían a su fin.
Estaba negada a creerlo, pues no era la primera vez que tenía ese pensamiento.
Pero, mientras más aquel demonio dejaba caer su pared sobre ella, menos posibilidades tendría de salir con vida.
Tomó la espada que había caído a un lado y miró a su izquierda.
Notó que la abertura ―entre el demonio y el suelo― se cerraba rápidamente.
La espadachina dudaba que llegara a tiempo.
Y, cuando pensó que su intento de correr no funcionaría, fue sacada de ahí.
Con una rapidez impresionante fue depositada a un lado, viendo cómo el demonio de piedra caía detrás sin lograr aplastarla.
Hanae miró a su salvador.
―Tú…
Se trataba del desconocido que estuvo en el burdel. Ahora se encontraba a su lado, llevando la misma sonrisa relajada, como si no acabara de salvarla de un demonio colosal.
―¿Ya terminaste de descansar? ―mencionó, carismáticamente, mientras sacaba una kusarigama con retoques oscuros. Sus dos filos, uno más pesado y grande que el otro, se unían a una cadena, preparados para atacar―. Es inmenso, ¿no?
Hanae sacudió la tierra de su espada, sin evitar mirar con las cejas arqueadas a aquel que, con actitud pacífica, analizaba al colosal. Otra persona estaría asustada o impactada, pero él… no parecía siquiera impresionado.
―¿Encontraste su punto débil?
―No… ―admitió Hanae con irritación―. Tiene un exterior rocoso y varios tentáculos que salen de sus costados. Parece no tener ojos, pero de alguna forma sabe dónde estoy… y donde está el pueblo. ―Vio a un costado. Los residentes aún intentaban escapar del lugar―. No hay tiempo para pensar.
Dio un paso, pero la mano del desconocido se había colocado frente a ella, deteniéndola.
―Mira… ―Señaló antes de que le reclamara.
En ese momento, pudo ver el ojo del demonio. El orbe se movía de lugar cada segundo por todo su cuerpo. Cuando se cerraba, desaparecía, siendo la razón por la cual la cazadora no pudo notarlo antes. De hecho, no haberlo notado le frustraba. Ese debía ser su núcleo.
―Bien… Ahora, no te metas en mi camino.
Avanzó hacia el enemigo. Ahora Hanae sabía que debía ser más rápida que el ojo y detectar sus movimientos.
Repitió la escalada en el cuerpo del demonio, iniciando una carrera contra el reloj.
La estructura se movía como si fuera una balanza: antes de que bajara, Hanae se sostenía con fuerza.
Era fácil movilizarse si se tenía en cuenta a donde debía correr para no caer.
El problema era el sistema de defensa: Los tentáculos que surgían de su cuerpo para atacarla.
La espadachina los cortaba y caían al suelo sin perder su tono grisáceo.
Sin embargo, la distraían de su objetivo: el ojo gigante.
En algún momento, fue enredada por unos tentáculos.
A pesar de que los cortó fácilmente, perdió tiempo para movilizarse antes de que el demonio bajara al suelo nuevamente.
Por poco pudo sostenerse de una esquina.
Se impulsó hacia arriba gracias a la fuerza de sus brazos, encontrándose con los ojos del desconocido.
―¿No dije que te quitaras de mi camino?
―Creo que necesitas ayuda.
―¡No necesito…!
Ambos fueron interrumpidos por diversos tentáculos hostiles mientras el demonio realizaba su próximo avance en el suelo.
Hanae cortó los que se le cruzaron y, para su sorpresa, su acompañante también.
Movía las cuchillas de su kusarigama velozmente, siendo más ágil de lo que la cazadora imaginó.
Mientras peleaban con fervor, ella vio al ojo hacer un acto de aparición.