CAPÍTULO 11
DESCONOCIDO
En cuanto Hanae guardó el frasco en la habitación, decidió pasearse por el burdel una vez más, apreciándolo con la luz natural y matutina que intentaba traspasar los paneles, brindando claridad al interior del lugar.
Tan solo unas pocas lámparas permanecían encendidas en las áreas más cerradas.
Esta vez, Hanae vestía un nuevo kimono: uno negro con flores blancas, mientras lavaban y cosían el que había usado anteriormente.
A pesar de estar usando ropa prestada, aceptaba el gesto con gratitud.
Recordaba que la vestimenta que poseía al llegar a Tokio había sido desechada, debido a la mala calidad de las telas y a la cantidad de suciedad que tenía impregnada, una combinación de trigo, agua y baba del demonio de mil ojos.
Aun si la presencia de los demonios desaparecía cuando probaban la obsidiana en su espada, algunos restos podían permanecer en la tierra.
Hanae lo veía como un recordatorio de que habían estado ahí, desgraciando la vida de humanos inocentes.
Al pasar frente a una habitación, pudo ver a la oiran que había salvado, siendo atendida por las demás cortesanas del burdel, incluida Saori. Hiro salió con una bolsa de hojas medicinales.
Hanae se tomó el atrevimiento de detenerse para averiguar cómo se encontraba.
―¿Cómo está?
―¡Hanae! Eh… ―El hombre se sobresaltó al no percatarse de su presencia de inmediato.
Antes de responder, deslizó la puerta y la dejó entrecerrada―.
Está bien, solo tiene algunos moretones, pero necesitará recuperar fuerzas durante unos días.
El problema principal sería… ―Utilizó su dedo índice para dar unos toques en la sien.
Sin decir nada más, Hanae lo entendió―. No está bien en ese aspecto.
Aún no se acostumbra a la idea de que está de vuelta con nosotros.
Al escuchar aquello, Hanae miró por la abertura hacia el interior de la habitación. La mujer apenas pestañeaba; parecía sumida en un trance. De cierta forma, la entendía.
―No sabemos cómo más agradecerte… ―dijo Hiro, con intención de agradar―. Lo que necesites, solo pídelo.
Hanae alzó sus manos levemente y negó con su cabeza.
―De verdad, no quiero nada… Solo me gustaría quedarme unos días mientras termino mi misión en Tokio.
―El tiempo que necesites ―respondió Hiro, tratándola con respeto, a pesar de ser mayor que ella.
Hanae asintió con gratitud antes de seguir su camino.
Se dirigió hacia unas escaleras que la guiaron a un jardín en la planta baja, un lugar que desconocía del burdel.
A simple vista, era hermoso. Las hojas carecían de verdor por estar en otoño, formando una mezcla de anaranjados, rojos y verdes; el verdor resaltaba en la grama y el musgo.
Algunas hojas caían en una fuente y en el pequeño arroyo que se corría a un lado.
Era un espacio interesante, pero algo le decía que los clientes ni siquiera lo pisaban.
Hanae inhaló profundo, soltando el aire levemente a medida en que se colocaba de rodillas frente a la fuente. Unos pájaros se detuvieron en esta, antes de partir a sus nidos o en búsqueda de comida.
La mujer colocó su espada frente a ella.
Había adoptado un ritual de sentarse en silencio y meditar cada día, sin importar dónde estuviese.
Se recordaba por qué peleaba; en ocasiones, solo liberaba su mente de cualquier pensamiento.
Clavó la katana en la tierra, sin querer ver su reflejo.
Intentó mantenerse calmada y, como decía Hotako, alcanzar un estado de equilibrio.
Sin embargo, en ese instante le resultaba difícil no pensar en su madre, quien había muerto en otoño, once años atrás; o en Iku, que volvía a su memoria desde que llegó a la ciudad.
El ambiente le recordaba a sus días en Kioto.
Hanae se preguntaba si debía negarse más a sus recuerdos y oprimirlos, ocultarlos en un cajón para siempre.
Lo había considerado más de una vez, pues, aunque lo negara, en el fondo ardía tanta pena reprimida en su ser.
Creía que, una vez terminara con Nobukatsu, podría estar en paz.
Su mayor deseo era poner fin a la venganza que le servía de motor.
Cabizbaja, recordó un momento en que Iku la había encontrado entrenando en el bosque, cerca de Kioto, días antes de enfrentarse al Demonio de la Carne.
Su espada se movía con la gracia propia de su portadora, tan ágil que era difícil predecir su próximo movimiento.
Al menos, eso sentía el joven, que la observaba desde cierta distancia con una canasta en las manos ―una canasta que su madre había hecho en sus tiempos libres.
«¡Hanae!». La había llamado, agitando su mano para saludarla, pero ella no le dirigió ni una mirada. Lo había escuchado, sí, pero no quería romper la coreografía mientras pasaba la espada entre sus manos. Él la miraba hipnotizado, como de costumbre.
«Hanae…», había insistido, acercándose, aunque se había detenido cuando ella hizo lo mismo.
«¡Eso ha sido genial! ¿Me enseñas?», le había perguntado con su típica emoción.
Hanae lo había mirado con seriedad, preparada para negarse.
«Podrías cortarte. Además, necesitas un propósito para usarla».
Hanae no quería desperdiciar su tiempo enseñándole algo en lo que ella misma sentía que carecía de minutos.
El chico poseía curiosidad. «¿Cuál es tu propósito?», había inquirido, mientras sus cabellos claros se movían con el viento y el interés brillaba en sus ojos.
La niña dudó, sin saber si contarle la verdad. Quizás no le creería, pero lo intentó.
«Demonios…».
«¿Demonios? ¿Crees en eso?», preguntó Iku, frunciendo el ceño con duda. Ante la inexpresiva mirada de Hanae, aceptó su propósito sin juzgar, aunque no creyera en esas criaturas. Las mismas que, al final, terminaron con su vida.
Hanae consideraba que su versión joven había sido muy dura con Iku en aquellos tiempos.
Sin embargo, apenas recordaba cómo relacionarse correctamente con las personas, sobre todo cuando el trauma de su infancia revivía constantemente en su mente.
Aquel joven le había estrechado la mano, pero era como si su pasado se la hubiera cortado.
Mientras Hanae abría los ojos, finalizando el recuerdo, vio en el reflejo de la espada a un hombre detrás de ella.
En un solo movimiento, la tomó y la posicionó en su cuello, justo cuando se giraba.
Al verlo, lo reconoció: él había estado entre los testigos durante la batalla contra el Demonio Araña.
Era el mismo hombre delgado con vestimentas negras y un kasa que cubría su rostro.
No obstante, esta vez sí pudo ver sus ojos oscuros y los cabellos del mismo color que sobresalían de su sombrero.
Aquellos iris la miraban con cierta simpatía.
Su mandíbula se marcaba levemente, al igual que los músculos de sus brazos de esa vestimenta sin mangas.
Tenía las manos colocadas cómodamente frente a él.
―¿Se te ofrece algo?
El desconocido alzó ligeramente las comisuras de sus labios en una pequeña sonrisa. La reacción de Hanae quizás era exagerada, pero ya había tenido una mala experiencia con un hombre cerca de un burdel. Además, le resultaba extraño la manera en que este desconocido apareció.
Fue sumamente silencioso.
―Solo recorría el lugar y encontré este jardín. ¿Interrumpo algo?
Hanae apretó sus dientes, sin ganas de tener compañía, pero bajó la espada al reconocer que no había amenaza alguna.
―No te preocupes, ya me iba… ―respondió cortante, mientras guardaba su espada en su lugar, dispuesta a irse.
―Fue increíble lo que hiciste ―dijo, cuando ella estuvo a unos pasos de la puerta, pero no se detuvo hasta escuchar lo siguiente―: el Demonio Araña tenía casi un año en la ciudad atrayendo clientes. Por fin alguien tuvo la osadía de detenerlo.
Hanae se giró con el entrecejo hundido. Era la primera vez que alguien le hablaba con normalidad acerca de los demonios. De hecho, el hombre parecía saber más que esas simples palabras.
―Sobre todo, no esperaba que lo hiciera alguien como tú… ―se refería a «una mujer».
―¿Qué sabes de los demonios?
Hanae se acercó con interés.
―Sé qué hay más demonios en la tierra de lo que creemos, y que la rondan por diversos motivos: algunos por hambre, otros por pactos; lujuria, pecados, venganza… ―Se cruzó de brazos con actitud relajada―. Peculiarmente, el Demonio Araña, solo lo hacía por hambre.
―¿Qué más…?
―Veo que tienes preguntas, pero no he hecho las mías. ¿Quién eres tú?
Entre los dos, él parecía ser el más relajado, pues Hanae tenía una actitud firme y exigente.
―Ya que tanto sabes, no creo que deba decírtelo ―respondió Hanae con recelo. Se cruzó de brazos, imitándolo. Él bufó sin perder la sonrisa.
―Conozco los rumores sobre ti. Sé las historias que posiblemente sean ciertas, aunque, de boca en boca, todo se puede tergiversar.
¿No crees? ―decía mientras daba unos pasos por el jardín, tocando una de las hojas que colgaban de los árboles―.
Hanae Yoshida… No eres la primera que conozco con tal apellido.
Hubo una espadachina antes de ti, si no me equivoco. Pero las historias… son más escasas.
El sujeto la miró para ver su reacción. Hanae no estaba sorprendida, ya que su nombre era conocido por aquellos que sabían las historias o se atrevían a creerlas y, esa última mención, Hanae la relacionó a su madre.
Desconocía mucho sobre esa mujer que le otorgó su espada, pero no le sorprendió saber algunas menciones de heroísmo frente a demonios que muy pocos guardaban respecto a esa mujer.
Pudo haber sido una espadachina increíble, intrépida, pero estaba muerta, así que era imposible saber con certeza los detalles.
Actualmente, la única Yoshida en Japón era Hanae, porque los demás en su familia estaban muertos.
Era la única que cargaba con ese apellido.
Su madre nunca tuvo hermanos, por lo tanto, nunca tuvo primos.
Hanae era hija única, así que no tenía sobrinos.
Sus abuelos habían muerto: su abuelo en alguna batalla sirviendo a Japón ―la extraña Guerra Roja de la que aún se habla en los rincones del país―, y su abuela de una enfermedad. Ella no tuvo oportunidad de conocerlos.
―¿Solo viniste a verme para saciar tu curiosidad, como la mayoría de las personas? ―cuestionó Hanae.