CAPÍTULO 10 #2
Al final de la calle, algunas personas observaban la escena, pero justo en esa dirección se dirigía la demonio, cojeando debido a sus patas restantes. Algunos se recuperaban, alimentándose de sangre o carne humana… Así que la cazadora no le permitiría ir muy lejos.
Con la espada en mano, la colocó verticalmente frente a sí misma. Respiró hondo y se preparó para lanzarla.
Avanzó unos pasos antes de disparar la katana hacia la criatura, que apenas llegaba al final de la calle.
Algunas personas ya habían huido, con el miedo en las venas.
De pronto, la katana aterrizó en medio de la cabeza del Demonio Araña, clavándose en el entrecejo.
Aminoró la marcha y cayó derrotada con sus patas hacia arriba, muriendo al instante.
Un hilillo de baba saldría de la fosa de colmillos que quedó a la vista del cielo.
Su cuerpo comenzó a desintegrarse por la oxidiana, pareciendo que pétalos rojizos se alzaban al cielo, pero se trataba de su piel consumiéndose en búsqueda de desaparecer.
Hanae respiró hondo y avanzó hacia el cuerpo.
A medida que lo hacía, algunas personas curiosas comenzaron a aparecer, manteniéndose a cierta distancia por precaución.
Se preguntó qué estarían pensando, ya que no podía identificar las emociones en sus miradas.
Sin embargo, la conversación con Saori la noche anterior había transformado un poco su perspectiva respecto a las personas que lograba salvar.
Llegó hasta su espada, que seguía clavada en el rostro pálido del demonio.
Sus ojos permanecían abiertos y opacos. En silencio, tomó su arma.
Un poco de sangre brotó mientras la katana se deslizaba al salir.
Luego miró a los testigos a su alrededor, fijándose en un hombre en particular, vestido de negro.
A diferencia de los demás, no la miraba; su kasa le cubría el rostro, creando sombras que combinaban con su kimono.
De todas formas, Hanae lo ignoró y volvió a la tienda que había quedado destrozada.
El hedor nauseabundo se intensificó al acercarse.
Hanae buscó el origen según indicaba su nariz y se detuvo en el área oscura, comprendiendo qué generaba el aroma putrefacto.
Había cuerpos en descomposición en una habitación oculta, en su mayoría atados con telas de arañas.
Algunos colgaban del techo, tan cubiertos que apenas se distinguían sus figuras humanas.
Los hilos prohibían el paso de la luz al cubrir las ventanas.
A juzgar por el tiempo que habían estado guardados, era posible que el demonio no hubiera estado esperando a Hanae. El Demonio Araña se estaba dando un festín desde hacía semanas. Como este, había otros que simplemente vivían para atormentar y saciarse de la humanidad.
De pronto, un sonido llamó la atención de la mujer.
Provenía de uno de los cuerpos envueltos en la pared.
Se acercó, notando telas de araña más recientes que las demás.
La figura humana se sacudía muy levemente, debido a la fuerza con la que había sido atada.
Hanae vio sus ojos y comprobó que estaba vivo.
Con cuidado abrió una abertura en el área de su boca.
―Ella vendrá, ella vendrá…
Su voz alterada hacía coherencia con el miedo que el hombre sentía.
―No vendrá. Nunca más volverá a molestarlos ―contestó Hanae con seriedad, aunque sus ojos mostraban compasión. Utilizando su espada cuidadosamente, sacó a la víctima de aquella cárcel de telas de araña.
―¡Gracias! Gracias.
El hombre no dejó de agradecerle, arrodillado y tomando su mano.
―Sal y busca ayuda… Pudiera haber más con vida ―indicó Hanae.
Y así fue, pues entre toda la muerte y putrefacción de aquella sala encontraron tres personas más. Tenían cierto grado de desnutrición, pero tuvieron más suerte que la mayoría. Una de ellas resultó ser una oiran del burdel Hasunohana.
Hanae recibió el agradecimiento de Saori quien, junto a otra chica, abrazaron a la cortesana que fue rehén del demonio.
―¡Gracias, Hanae! ¡Una vez más, gracias! ―Saori la había abrazado con lágrimas en los ojos―. ¿Estás bien, Shun? ―preguntó a la joven con mirada perdida. Hanae imaginaba que necesitaría un tiempo para volver a sentir la normalidad.
La cazadora se ofrecería a ayudar con los cuerpos.
En el proceso algunas personas identificaron a sus familiares desaparecidos.
Sus dudas de qué había sucedido con ellos fueron resueltas gracias a la ayuda de la recién llegada.
Sin embargo, había quienes hubieran preferido creer que sus seres queridos habían escapado y continuaban su vida lejos de ahí.
―Deberían enterrarlos y deshacerse de esta tienda… ―recomendó Hanae a uno de los voluntarios en sacar los cuerpos, el cual asintió antes de irse.
Hanae miró el interior del local destruido. Había jurado que la chamana era un ser humano normal; sin embargo, resultó ser un demonio que la había engañado profesionalmente. Varias víctimas fueron atraídas de la misma forma, directo a la casa del depredador encubierto.
Miró las pertenencias, notando una extraña tierra que se esparcía fuera de un jarrón roto.
La mujer se agachó, alargando la mano hacia ella; era tan negra como el carbón, pero más fina que la sal.
Apenas había introducido sus dedos en la minúscula montaña cuando su mente se transportó fuera de la realidad.
Diversas visiones se desplegaron frente a sus ojos: gritos desgarradores, una densa oscuridad, mares de sangre, demonios amorfos, sufrimiento…
Pasaron tan rápido que le costó recopilar lo que se le presentó.
Alejó su mano con rapidez, sin saber qué había sucedido; no obstante, por alguna razón, presintió que se trataba del infierno.
No una pesadilla ni producto de su imaginación, sino lo que parecía ser un vistazo real a lo que existía más allá, en ese terrible plano.
Lo primero que se le ocurrió fue tomar un frasco vacío e introducir toda la arena que pudiera, evitando tocarla nuevamente.
En cuanto estuviera envasada, miraría a su alrededor; no parecía haber nada fuera de lo normal, ni nadie a quien le importara que se llevara ese tarro de arena extraña.
Hanae se había alejado de aquel local con algo nuevo después de tantos años: una arena que, sin saber la razón, le había mostrado el Jigoku; el lugar de donde provenían todas las criaturas despreciables y donde residía Nobukatsu, su padre.
Había avanzado un paso más, a diferencia de su padre, que al parecer no llevaba la ventaja. No en más de diez años, pues ella seguía con vida.
Volvió al burdel, guardando cuidadosamente el frasco en su habitación y ocultándolo de cualquier ajeno, ya que no sabía qué implicaba aquella arena de oscuridad.
Me gustaría creer que soy una buena persona. La heroína que los ha salvado de la muerte. La intrépida mujer que no se ha dejado vencer en más de ocho años.
Sin embargo, mi corazón solo alberga oscuridad. Mis ojos apenas identifican la luz.
No conozco la paz. Definitivamente, no soy alguien de admirar.