Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

LIRIO ARAÑA

La cazadora de demonios, Hanae Yoshida, había salido del burdel Hasunohana a la mañana siguiente.

Avistó a algunas mujeres sin maquillaje y a otras con el rostro desprovisto de retoques, pero el lugar parecía tener poca actividad a medida que el sol se alzaba en el cielo.

Como siempre, llevaba su espada consigo.

Era impensable dejarla atrás, sabiendo cuán sorpresivos podían ser los demonios.

Sin embargo, mientras bajaba las escaleras y recorría las calles de Tokio, se preguntaba si realmente uno se atrevería a atacar en una urbe tan grande.

Ella misma se respondió: si alguno se lo proponía, era posible.

Visitó un mercadillo, probablemente más diverso que los que conoció en su época en Kioto. Paseaba entre los puestos, recibiendo los aromas y siendo testigo del bullicio entre mercaderes y clientes.

«¡Pescado fresco! Recién pescado del río».

«¿Quieres telas para tu minka, señorita?».

«Lleve su arroz con furikake».

Hanae se detuvo junto a una comerciante que ofrecía platillos de arroz recién cocido.

Le mostró su dedo índice, y la señora comenzó a preparar una porción.

Cocinó el arroz y le agregó furikake como condimento, el cual adornaba el platillo y le daba sabor.

Cuando estuvo listo, Hanae tomó los palillos y el plato, después de pagarle con unas monedas.

El dinero que poseía era fruto de trabajos de distinta índole, ya que intentaba no robar. Además, algunas personas le agradecían con pagos monetarios tras haber sido salvadas de algún demonio, a pesar de que la espadachina no acostumbraba a cobrar por salvar vidas.

Hanae saboreó lo que sería su desayuno. Al terminarlo, continuó caminando por aquella ruta, sintiendo un ligero aire gélido en su nuca, quizás más tenue que en ocasiones anteriores.

Su mano se posó sobre el mango de la katana en su espalda, mientras observaba con atención su alrededor.

Las personas no parecían alarmadas ni asustadas.

¿Qué tan cerca estaría el demonio? Tal vez no demasiado, aunque esa sensación bastaba para mantenerla alerta.

Unos pasos más adelante, se cruzó con una tienda mística, similar a la de Annaisha, la chamana en Kioto que le había leído las cartas.

Pensó que tal vez podría averiguar más sobre su destino, quizás saber si algo había cambiado con el paso de los años.

Entró, sintiendo el ambiente más frío que en el exterior.

No buscó una explicación para ello. Aunque todo estuviera cerrado, el otoño solía ser más frío en ciertas zonas, y las estructuras tendían a conservar esa temperatura tras sus paredes, especialmente si las puertas permanecían abiertas.

Vio a una mujer joven, de facciones delicadas, sentada en una amplia mesa circular.

―¿Quieres probar tu suerte?

Señaló las cartas sobre la mesa. Tenía una sonrisa extraña y una mirada que parecía capaz de ensartar mil agujas.

―¿Estás bien? ―se atrevió a preguntarle Hanae.

―¡Sí! ¿Por qué no lo estaría? ―respondió. No realizaba muchas expresiones al hablar.

Hanae ingresó al lugar por pura curiosidad y una creciente sospecha. Se sentó con la espalda recta y los sentidos alerta, pendientes a cada rincón. Había algo que no le agradaba de ese sitio, ni de la mujer frente a ella.

Parecía una tienda mística como cualquier otra: cuadros pintorescos, adornos peculiares, frascos con especias e incluso poseía algunas flores exóticas comunes en Asia, como el lirio araña. Su hermosura rojiza contrastaba ligeramente con el espacio oscuro.

De hecho, sentía que algo estaba mal.

Repentinamente, un olor nauseabundo llegó a sus fosas nasales. Lo inhaló con desagrado, aumentando sus sospechas.

―¿Qué es ese olor? ―inquirió, dirigiendo la mirada hacia una esquina oscura del local. Quizás demasiado oscura, a pesar de la claridad del día.

―¿Qué olor? ―respondió la joven chamana, mientras barajaba las cartas sin apartar la vista de Hanae. Parecía ignorar por completo el aroma que impregnaba la tienda.

―Iré a ver…

Hanae sacó su katana, y el filo emitió un ligero sonido al deslizarse fuera de la vaina. Dio dos pasos hacia la esquina, pues algo le inquietaba en ese espacio.

Al apenas darle la espalda a la chamana, todo el lugar se tornó más oscuro.

La espadachina se detuvo en seco y notó la sombra que se alzaba detrás de ella.

Un escalofrío intensificó la alerta en su nuca.

Al girarse, vio a la mujer casi tocar el techo, mostrando lo que ocultaba bajo el kimono: diez patas gigantes, similares a las de una araña, y largas manos que se curvaban hacia arriba, creciendo desde sus costillas.

Entre sus extremidades colgaban delgados pliegues de piel que rebotaban con cada movimiento.

De sus hombros brotaron lo que parecieron telas rojizas, como pétalos.

Era similar… a un lirio araña.

El rostro de la mujer seguía sonriente, aunque sus cejas se arquearon hacia abajo. Se escuchó el estridente choque de sus extremidades contra la madera del suelo antes de que atacara.

Lejos de tratarse de una poseída, era más bien un demonio que se asemejaba a una araña y a una especie de lirio: una combinación de horror y belleza en una sola criatura.

Un demonio que parecía una escultura desproporcionada, con características de contorsionista: las manos que brotaron de sus costados, ligeramente suspendidas en el aire, eran aparentemente inservibles a simple vista, pues cuyas verdaderas armas eran las patas, largas y letales.

Se abalanzó hacia Hanae, quien alzó su espada para defenderse de sus patas. Aquellas extremidades causaron caos dentro del local, dejando cráteres en el suelo y en las paredes mientras intentaban clavarse en la cazadora.

―¿A qué sabrás? ¡Nunca he comido a un semi-demonio! ―exclamó con fervor. Su expresión tétrica permanecía, aunque sus ojos se habían agrandado y dilatado. El antojo de la demonio parecía ser intenso.

Hanae giró en el suelo para evitar que una pata se clavara en ella, repitiendo la acción evasiva una y otra vez.

Eran diez patas al alrededor de la criatura demoníaca, quien las utilizaba sin titubear.

En uno de los ataques, la octava extremidad quedó estancada en el suelo, y la espadachina aprovechó la oportunidad para deslizarse y arremeter por debajo.

En ese instante vio la verdadera boca de su enemigo: debajo de las patas y del kimono, allí estaba, circular y repleta de dientes. Un abismo oculto entre su falda de patas y pétalos que conducía a su garganta.

La demonio impulsó su cuerpo hacia abajo con la intención de atraparla entre sus fauces, pero Hanae ya se había deslizado al otro lado. Un segundo menos, y el rostro de la mujer habría sido rebanado por la sierra de dientes de aquella circunsferencia oculta.

A continuación, la espadachina intentó asestar tajos con su filo hacia las patas, pero eran demasiado fuertes; apenas lograba rasguñarlas en la superficie. Notó que contaban con una coraza resistente. Posiblemente, si seguía atacando en esa zona, no lograría ganarle a ese demonio.

En un instante, Hanae pudo ver cómo la punta de una de las patas se dirigía hacia ella, como una daga filosa y mortal.

Para la espadachina, el mundo pareció detenerse por unos microsegundos.

Movió la cabeza hacia un lado, dejando que la extremidad pasara por encima de su hombro, rozándolo y causándole un raspón.

Mientras tanto, la demonio lo vio todo tan rápido…

tan rápido, que no notó cuando la mujer hizo un movimiento con el brazo y pasó el filo por debajo de aquella pata, cortándosela.

Ahora eran nueve.

Un chillido salió de sus entrañas.

―¡Tonta! ¡No!

Una gota rojiza rozó la mejilla de la espadachina tras aquel acto, justo cuando la criatura atacó con más insistencia, provocando que parte de la estructura del local se viniera abajo, dejando la pelea expuesta a plena luz del día.

Las personas alrededor de la zona corrieron, alejándose para ponerse a salvo mientras la batalla continuaba.

La demonio giró una y otra vez, como un trompo incontrolable, desmoronando la estructura con las manos a los costados.

Para eso servían…

Hanae pensó en distintas formas de acabar con su contrincante, pero una parecía la más segura: la cabeza. Era la solución para casi todos los demonios que se le cruzaban, sin importar su nivel; no obstante, solía ser también la más difícil y peligrosa.

Antes de eliminar a un enemigo, solía enfocarse en cuál podía ser el núcleo de su vida. ¿Un corazón? ¿La cabeza? ¿Un ojo? Podía variar según las características del demonio. Aunque, en ciertas ocasiones, simplemente los asesinaba como pudiera.

La demonio intentó atacarla directamente, cometiendo el mismo error. Pudiera tratarse de una criatura inexperta o impulsiva. O directamente hambrienta. A los demonios no les gustaba que les arrebataran sus presas.

Perdió otra pata, lo que le arrancó un nuevo grito de dolor.

―Ocho… ―contó Hanae, sosteniendo su katana a la altura del cuerpo mientras permanecía agachada.

―¡No! ―negó la demonio, sucumbiendo a la desesperación.

Intentó aplastar a la espadachina con la intención de llevarla directo a sus fauces llenas de colmillos y acabar con la pelea.

Otra pata cortada… Dos menos…

El demonio parecía saltar, pero su estrategia no le servía de mucho.

Descendía con fuerza sobre el asfalto, mientras Hanae esquivaba con ágiles volteretas que sorprendían a cualquiera que la viera.

Lanzó un tajo por debajo de una de sus patas; no logró cortarla por completo, pero la dejó colgando, con el objetivo de debilitar sus ataques y reducir su intensidad.

Aprovechado ese momento, se deslizó por debajo del cuerpo inhumano y logró desprender dos extremidades más.

Menos dos…

Logró cortar tres de las manos curvadas hacia arriba cuando la demonio intentó empujarla con ellas; sin embargo, el enfoque de Hanae seguían siendo las patas.

La demonio ahora cojeaba al caminar debido a la pérdida de sus extremidades: le quedaban cinco y una a medio cortar.

En ese momento, comprendió que no podría ganar y que sus capacidades no superaban a las de la espadachina.

El miedo era casi palpable en su mirada, pues no quería morir. Por esa razón, comenzó a huir.