CAPÍTULO 9
GRATITUD
La ciudad de Tokio. Una metrópolis activa y repleta de cultura.
Sus actividades poseían las calles, llenándolas de color y bullicio urbano.
Era un lugar que transportaba a Hanae a sus días en Kioto, donde albergaba recuerdos tanto positivos como tristes.
Observaba con nostalgia a las familias pasar y a los pescadores con sus carretillas.
Un ligero suspiro de pesadumbre escapó de ella antes de continuar avanzando sobre su caballo.
Su vestimenta no estaba totalmente impecable debido a la tierra impregnada, aunque difícilmente alguien pensaría que había peleado con varios demonios antes de llegar; sus restos se habían desvanecido del plano terrenal al sentir la katana de la espadachina.
A medida en que avanzaba, podía sentir algunas miradas que la reconocían.
«La Vengadora», creyó escuchar entre susurros. Le parecía que nunca había oído ese título antes.
Miraba a su alrededor, sin saber dónde podría descansar o refugiarse. Había sido un largo camino, y el hambre se abría paso, rugiendo en sus entrañas.
―Mujer Oni…
Un hombre delgado llamó su atención al situarse frente a los pies del caballo. Tenía una apariencia humilde, a excepción de sus ropas de finas sedas con patrones amarillos y negros. Lo había visto salir de un burdel antes de acercarse, por lo que Hanae se adelantó a hablarle:
―No soy una prostituta… ―dijo seriamente, e indicó al caballo que avanzara.
Debido a su figura esbelta y el atractivo de su rostro, no sería la primera vez que alguien intentara aprovecharse de ella. Lo habían intentado cuando apenas era una niña, así que conocía bien las pocas limitaciones que pudieran tener algunas fantasías humanas.
A decir verdad, no se ofendía por tales pensamientos, pero sí le desagradaba la idea de formar parte de las cortesanas, especialmente considerando que no fue criada para escoger ese destino.
―¡No! No es eso… ―El hombre alzó las manos y caminó unos pasos apresurados. Hanae frenó el caballo―. Te ofrezco un lugar para quedarte.
Hanae frunció el ceño sin comprender, ya que se trataba del mismo burdel ubicado en el distrito Ichido de la ciudad. No entendía por qué debía aceptar; sin embargo, movida por el interés de escuchar su propuesta, siguió al hombre hasta el lugar.
El edificio se alzaba en dos pisos, con empapelado rojizo y ornamentos en el exterior, columnas de cedro japonés y un letrero colocado sobre la entrada que decía «Hasunohana».
Las mujeres que trabajaban en el prostíbulo destacaban desde los balcones del segundo piso, saludaban desde las ventanas abiertas y se paseaban por los alrededores de la zona mientras conversaban con potenciales clientes.
No evitó admirar la manera en que las oiran se desplazaban, con esos kimonos pesados y los peinados elaborados.
Eran mujeres instruidas en el arte del entretenimiento, preparadas para seducir.
―Bien… Bienvenida.
El hombre le permitió ingresar al burdel, que tenía un aspecto elegante y conservaba el mismo aire tradicional que el resto de los lugares en Japón.
Hanae había dejado su caballo en las afueras y permanecía expectante a las palabras del dueño.
―Te ofrezco quedarte aquí… sin compromisos ni servicios ―aclaró, aunque Hanae seguía dudosa.
―¿Por qué? ―cuestionó. Una amabilidad sin intereses no era algo común, y a veces era peligroso. Además, esa característica no abundaba entre las personas con las que se cruzaba.
Vio cómo el hombre bajó un poco la cabeza antes de volver a mirarla. Guardaba en su memoria ciertos sucesos del pasado quem con el tiempo, trascendieron como historias hasta sus oídos y se convirtieron en gratitud.
―Porque años atrás salvaste a mis hijas y a mi hermana de un demonio en Kioto…
La mente de la espadachina se transportó a aquellos días, incapaz de recordar todos los rostros de los ciudadanos que tuvo la oportunidad de salvar, a excepción de una señora y su hija.
Su hijo mayor había muerto antes de finalizar el día. Iku era su nombre.
Si bien aquella vez fue testigo de diversos rostros ―entre tristes, asustados y agradecidos―, le fue imposible memorizar a cada uno.
De todas formas, aceptó la verdad del hombre.
―Por favor… ―Él señaló hacia los pasillos del burdel, invitándola a pasar.
Hanae nunca pensó que alguna vez pisaría un lugar como ese, y mucho menos que se refugiaría en uno. Sabía lo que se movía en su interior y las historias que se escondían tras sus puertas.
―Sé lo que estás pensando… ―dijo el hombre―. Este es un lugar decente, y nadie te tratará de una forma que no desees. Quédate el tiempo que necesites y, para lo que sea, solo llámame. Mi nombre es Hiro Ahane. ―Esbozó una sonrisa, deteniéndose frente a unas puertas―. Prometo que nadie te molestará.
Luego agachó la cabeza en señal de despedida antes de marcharse.
Hanae mantuvo el silencio hasta que Hiro se alejó con pasos calmados. Desconocía cómo era el interior de un burdel hasta ese momento y, de hecho, le parecía más limpio de lo que había imaginado.
Luego, entró a la habitación donde se alojaría. Estaba decorada con pinturas que añadían color al espacio, cuyas cuatro paredes rojas y dos puertas ―o pantallas― deslizables creaban un ambiente acogedor. Pensó que serviría como refugio durante el tiempo necesario.
En los siguientes días, saldría a las calles de Tokio para averiguar sobre alguna posible entrada al Jigoku desde la tierra; la existencia de una conexión entre ambos planos sin necesidad de morir.
Años atrás, en su juventud, una bruja llamada Annaisha le advirtió que no debía buscar la puerta que conducía al infierno: el temible Jigoku, donde nacían los demonios y las almas eran cruelmente castigadas por la eternidad.
Sin embargo, nunca negó su existencia. Por esa razón, Hanae tenía la firme creencia de que podía encontrarla.
A lo largo de su vida, había intentado obtener respuestas de los demonios que se cruzaban en su camino, pero jamás hicieron mención al respecto.
Posteriormente, todos terminaban sufriendo el destino en cenizas que su katana les ofrecía.
Se había sentado en su cama de tatami ―casi al ras del suelo y similar a un colchón― y sacó su katana. Seguía siendo su fiel compañera desde hacía años, con la que había derrotado demonios inimaginables que, hasta ahora, no habían logrado vencerla.
Vio su reflejo en el filo gracias a la tenue luz de la habitación. No se sentía cansada, así que, antes de disponerse a dormir, salió de su habitación con los pies descalzos.
Pasó por los pasillos donde habitaban murmullos, mientras el ritmo de la música se escuchaba diluido desde algunas calles de Tokio. Hanae supuso que la discreción era importante, razón por la que no se atrevió a investigar qué sucedía tras el silencio del burdel, ocupándose de sus propios asuntos.
Caminó por el balcón y cruzó junto a las mujeres que ondeaban sus abanicos florales con gracia, vestidas con kimonos ceñidos por un obi y maquillajes pronunciados. Algunas la miraron con curiosidad o interés, uno que ella no correspondió.
Se detuvo junto al barandal de madera e inhaló el frescor de la noche.
Por primera vez, apreció la ciudad que se alzaba ante sus ojos.
Había oído lo magnífica que era la capital, y aunque sentía curiosidad por explorarla, no deseaba distraerse demasiado.
La verdad era que no se permitía muchas cosas.
Mientras admiraba el paisaje, una joven se deslizó silenciosamente a su lado. Observó a Hanae con genuina curiosidad.
―¿Eres Hanae?
Hanae se giró y vio a una oiran como las demás, vestida con un kimono floral impecable y un peinado recogido adornado, mientras sostenía un kisero encendido ―una pipa japonesa― entre sus dedos. Era una de esas cortesanas de alto rango que trabajaban en el burdel Hasunohana.
―¿Quién eres tú? ―preguntó Hanae, mirándola con desconocimiento.
―Saori ―respondió ella, apoyando sus codos en el barandal―. Saori Ahane.
Al instante, Hanae conectó su apellido con el dueño del burdel.
―¿Eres hija de Hiro?
―Hermana… ―respondió, tomando una calada de su pipa―. Lo sé, no nos parecemos.
Tenía una voz armoniosa y unas facciones delicadas que contrastaban con las de Hiro. Podía apostar que, incluso debajo del maquillaje, carecían de similitudes. Además, parecía tener una edad cercana a la de Hanae.
―Escuché que la asesina de demonios estaba en Tokio y quise pasar a verla…
―¿Para confirmar si era real?
El tono serio de Hanae se hizo presente, como casi siempre. En ese momento, se sintió como una atracción turística, algo que detestaba.
―Para agradecerte… ―expresó con suavidad, intercambiando miradas―. Tú me salvaste… y a mis sobrinas, las hijas de Hiro.
Hanae no supo cómo reaccionar ante su declaración. No estaba acostumbrada a recibir agradecimientos, pues no creía merecerlos. Sin embargo, sintió que había hecho algo bien, aun en medio de sus deseos de venganza.
―Estuve visitándolas en Kioto el día que un demonio horroroso salió de la nada…
Con su boca llena de dientes, abarcando gran parte de su cabeza, pero sin ojos ni nariz.
Su piel era tan pálida como las nubes, y una espiral destacaba alrededor de su garganta.
Pareció haber salido de las peores pesadillas.
Corrí junto a mis sobrinas para ocultarnos.
Era la primera vez que veía a un demonio, al menos tan cerca.
Anteriormente, había escuchado historias de que esos seres abundan más de lo que pensamos.
Había creído que solo eran eso, historias o mitos…
Nos encerramos en la casa y vimos desde las ventanas cómo las personas en las calles comenzaban a actuar extraño.
Se movían al mismo tiempo y sus ojos se habían oscurecido.
Temía por nuestra vida, creyendo que seríamos las siguientes.
Para colmo, la lluvia de aquel día también nos tomó por sorpresa.
Cegándonos... Las gotas parecían más gruesas que en otras ocasiones.
»Comenzaron a golpear las puertas, nuestra puerta…
Nuestros vecinos ya no eran ellos mismos.
Mis sobrinas, de cuatro y cinco años, lloraban en mis brazos, pero no sabía qué decirles para calmarlas.
Yo también era una niña en ese tiempo… Intenté convencerlas de que todo iba a estar bien, aunque realmente no lo sabía, hasta que todo se silenció.
Todos se fueron, dejándonos. No me atreví a salir al inicio, pero te vi.
Vimos lo que le hiciste al demonio. Salvaste nuestras vidas.
Hanae escuchó la historia en silencio, sin despegar su vista de Saori.
Comprendió las razones de su admiración.
Era como si la anécdota se reflejara en los ojos ajenos, humedeciéndose al revivir aquel terror.
Era la primera vez que escuchaba a una testigo de sus hazañas, una sobreviviente de un ataque contando su experiencia.
Incluso sintió una diminuta pizca de luz en su interior, pero desconocía de qué se trataba.
Simplemente, volvió a sentirse bien por haber luchado ese día, por haber logrado poner fin a la pesadilla de aquellos ciudadanos de Kioto.
Sintió la mano de Saori posarse en la suya, tan delicada como su apariencia.
―Gracias ―dijo Saori, antes de soltarla.
―No fue nada ―dijo Hanae con modestia, recargándose en el barandal.
―Fue todo, Hanae. ―Sonrió y le ofreció de su kisero―. ¿No tuviste miedo?
Hanae lo tomó sin ser la primera vez que fumaba. Simplemente, no era un hábito. Lo sostuvó entre sus dedos y lo llevó a sus labios dando una calada. Contuvo el humo unos segundos antes de liberarlo al viento. Obtuvo una sensación cálida en aquella fresca noche.
―Tenía más ira que miedo ―respondió Hanae, con honestidad―. El demonio había… Había herido a alguien que me importaba.
Fumó una vez más, recordando la muerte de Iku.
―Muchos fueron heridos ese día… Muchos se fueron ―dijo Saori. Con elegancia deslizó sus dedos en los contrarios para tomar cuidadosamente la pipa―. Lo siento mucho.
Hanae negó con la cabeza. Dar lástima no era su objetivo, pero tampoco quería dar explicaciones de su pasado duelo por aquellas personas que se fueron de su vida.
―¿Dónde aprendiste a pelear así?
La admiración de Saori continuó, pasando a otro tema.
―Tuve un sensei, él me enseñó ―dijo con orgullo. Iku alguna vez le hizo esa misma pregunta.
―Nunca había escuchado que enseñaran a mujeres a pelear ―volvió a verla con interés―. Debes ser un caso especial.
Hanae intentó no emitir una mueca de desaprobación al escuchar «caso especial». Quizás sí lo era, pero no lo quería; no quería sus dones curativos, ni sus habilidades, mucho menos su maldición. Era imposible llegar a decir que algún día sería feliz por todo lo que arrastraba consigo.
―No lo soy… ―negó con seriedad―. Buenas noches, Saori.
Hanae la miró una última vez antes de alejarse para regresar a su habitación. Solía evitar entablar conversaciones muy largas con otras personas; de lo contrario, terminarían conociendo más de ella misma y viceversa.
―Buenas noches, Hanae. Supongo que nos veremos a menudo en estos pasillos.
Saori se había girado para verla marcharse.
―Y gracias, una vez más…
Las últimas palabras las pronunció para sí misma, como un último agradecimiento a la mujer que la salvó de la muerte. Hanae evitó que su vida terminara años atrás, desviando su destino. A sus ojos, ella era su salvadora y, como ella, había otros que también le estaban agradecidos.
Aquella noche, Hanae revivió sus hazañas en sus sueños, con el corazón acelerado mientras yacía acostada.
Enfrentó nuevamente a demonios sin rostro y con millares de dientes, distorsionados en la irrealidad del sueño, así como los rostros de las personas que aplaudían, sin poder recordar quiénes murieron o quiénes vivieron para contarlo.
Diversos demonios me han desafiado y, a pesar de que pude derrotarlos, lo cierto es que mi recorrido no estaba lleno de victorias.
En una ocasión, llegué a fallarle a las personas que intentaba salvar.
Estaba tan cegada por el odio que escogí ir detrás de la criatura endemoniada que tenía ante mis ojos, en vez de ir a salvar a una niña indefensa.
Ignoré los llamados de auxilio, viendo de reojo a la menor antes de alejarme.
Luché con fiereza contra el demonio, el cual fue experto en esquivar cada uno de mis embates.
No obstante, cuando mi espada logró atravesar su pecho, me di cuenta de que era un duplicado: una copia que la criatura había creado con tierra.
Se trataba del Demonio Terrenal, aquel que secuestraba personas y las enterraba vivas antes de alimentarse de ellas.
Mi egoísmo me hizo una mala jugada, pues la niña terminó siendo secuestrada.
Por días intentamos buscarla con vida, pero la encontramos en el peor estado, junto a otros cadáveres enterrados en un bosque.
No sabíamos qué la asesinó primero: si la asfixia o la herida cerca de sus costillas.
La familia de la niña transformó su duelo en odio hacia mí, convencidos de que pudo haber sido salvada. Y no los culpé, pues yo misma terminé aceptando la carga por su muerte… Fue un error que no pensaría cometer otra vez.