CAPÍTULO 8 #3
Entre tantos gritos, había un sonido peculiar: pisadas veloces y movimientos rozando el viento.
El mundo se detuvo para ella y, cuando abrió los ojos, supo dónde estaba.
Hanae movió la espada y algo chocó contra ella: eran las garras de la criatura. Escuchó un gruñido por parte del demonio cuando la katana se deslizó entre sus dedos, cortando dos de los siete que poseía en su mano.
―¡Agh! ―expresó el demonio con dolor. Se deslizó por el suelo dejando un rastro de sangre azul oscura―. ¡Te voy a convertir en una masa de carne sin huesos! ―chilló, cambiando su tono de voz a uno grueso y sacando su larga lengua. Sus colmillos crecieron alrededor de su boca eternamente abierta.
Los poseídos despejaron el camino, y ambos contrincantes corrieron, encontrándose en un punto intermedio donde comenzaron la pelea cuerpo a cuerpo.
El demonio era histérico, atacando con rabia y rapidez.
Sin embargo, Hanae era igual de rápida y más inteligente.
Inutilizaba los ataques contrarios gracias a su katana y esquivaba con destreza.
Se centraba en apuntar hacia su cabeza o pecho.
De pronto, el demonio iba a lanzar un ataque, pero ella echó la espalda hacia atrás, viendo las garras filosas de eso dedos esqueléticos pasar sobre ella.
Volvió a incorporarse, cortando debajo del brazo para que no pudiera moverlo. Luego avanzó detrás del demonio, pasando por su espalda, y haría lo mismo con el otro.
Si bien el demonio chilló de dolor, pensaba continuar peleando mientras pudiera respirar. Aun así, Hanae se lo dificultó: cortó donde debían estar las rodillas, causando que se desplomara.
―¡Niña tonta! ¡Tu padre vendrá por ti y acabará contigo!
Hanae se colocó frente a él.
―Ojalá lo intente…
Fue lo último que Hanae dijo y apuntó su espada a la frente del demonio.
El demonio gritó y obligó a la multitud de poseídos a avanzar; sin embargo, el filo fue clavado, y un ligero humo rojo salió de la herida. Las personas a su alrededor se desplomaron al mismo tiempo en que el demonio comenzaba a convertirse en cenizas.
En silencio, Hanae presenció lo que había logrado.
Las personas de Kioto, que no sufrieron los ataques del demonio salieron de los locales y las casas, sintiendo el miedo en carne viva.
La mayoría fue testigo de lo que Hanae hizo, sin poder creer que una niña de catorce años fuera su salvación.
Algunos se acercaron para verla detenidamente, mientras que otros buscaron a sus seres queridos entre los cuerpos.
Todos tenían una mirada inquieta, como si hubieran despertado de una pesadilla.
Entre las personas sanas y salvas, Hanae pudo ver a la señora Ima asomarse. Cargaba a Hoshi y, con la mirada, encontró a Hanae en el centro de la plaza. Se apresuró a acercarse y la abrazó con fuerza.
―Dioses… me alegro de que estés bien. ―Acarició los cabellos azabaches de Hanae―. ¿Dónde está Iku? ―preguntó con preocupación, separándose del abrazo.
Hanae no supo cómo hizo para siquiera mirarla a los ojos.
La llevó hasta el lago, justo donde yacía el cuerpo de su hijo. Iku parecía dormir pacíficamente sobre un manto de nubes, o al menos eso expresó su madre después de enterrarlo bajo el mismo árbol.
Al fin y al cabo, el lago siempre fue el lugar favorito de Iku.
Hanae nunca olvidaría la expresión de dolor y las lágrimas de la mujer en cuanto lo vio.
No olvidaría la manera en que protegió a Hoshi de su propio sufrimiento e impidió que la niña viera a su hermano sin vida.
Sin embargo, mucho menos olvidaría al chico que le hizo pasar sus mejores días.
El chico que despejaba, involuntariamente, sus preocupaciones con su sonrisa, su humor, su buen corazón, sus ojos…
Si hubiera estado en otras circunstancias, donde no peleara contra demonios o no fuera perseguida por ellos, quizás el futuro de ambos habría sido brillante.
Iku sería una muerte más que alimentaría su razón para pelear.
Se permitiría llorar por él después de ser enterrado y, finalmente, sellaría esa llaga en su corazón, quedando una significativa cicatriz.
Después de ese día, los rumores sobre una niña que luchó contra un demonio y ganó, salvando a una ciudad, se esparcirían por todo Japón, dándole una fama que nunca deseó. Algunos le temerían y otros la alabarían.
Años más tarde, se convertiría en una mujer que continuaría luchando, sin dejar atrás su espada ni sus recuerdos...
La frase de Hotako ―«nunca dejes que te vean llorar»― la llevaría tatuada en el alma, endureciendo su personalidad. Sería nombrada con distintos alias, recolectándolos con el paso del tiempo, así como sus victorias. Aprendería cada vez más sobre sí misma y sobre la oscuridad contra la que peleaba.
La «niña más increíble del mundo» quedaría como un recuerdo de lo que fue…, así como el joven que representó la ultima pizca de alegría en su vida, antes de que esta le fuera arrancada de raíz.
Dejó de existir… Así como mi madre, así como Hotako… El joven dejó de respirar de un segundo a otro. Su corazón enérgico pidió descanso, sus ojos lagrimeantes reflejaron mi rostro con un brillo flaqueante.
Quizás nunca aprecié demasiado su compañía.
Al final, fue muy tarde.