CAPÍTULO 8 #2
Se detuvo. Observó a su alrededor. Todo era silencio… hasta que escuchó una rama crujir detrás de ella. Se giró para enfrentar lo que estuviera allí.
―¿Iku?
El chico tenía un cuchillo en una de sus manos. Estaba igual de empapado que ella, pero su expresión de miedo destacaba en su rostro.
―Iku, ¿estás bien?
Hanae se acercó con preocupación. Pensaba que él había salido ileso del control del demonio.
―Hanae… Tengo miedo. ―La voz de Iku temblaba, y a simple vista parecía deberse a las frías gotas que lo bañaban. Pero en ese momento estaba siendo atacado desde dentro: sus nervios y su mente eran el blanco―. No sé qué sucede…
Él desconocía cómo había llegado a aquel lago ni por qué sostenía un cuchillo.
―No pasa nada, ¿sí? ―Hanae se acercó y lo tomó de los hombros con intención de tranquilizarlo―. Estás a salvo conmigo. ¿Dónde está Hoshi y la señora Ima?
―Ellas…
En ese momento, su semblante y sus ojos cambiaron, tornándose oscuros como la noche. Se había convertido en una de las marionetas.
―Iku…
Hanae dio unos pasos hacia atrás.
―¿Me escuchas? Baja eso, por favor…
Le habló, esperando alguna reacción positiva, o una mínima señal de que seguía con ella.
Iku hizo caso omiso, gritó y se lanzó hacia Hanae.
Ambos cayeron al lago, iniciando un descenso.
Se sumergían hasta el fondo del cuerpo de agua.
El joven intentó clavarle el cuchillo, ella forcejeó para evitarlo.
Vio sus ojos, que se tornaban cada vez más oscuros a medida que se hundían en el lugar donde una vez habían pescado.
Iku, ¡detente!, pensó sin poder pronunciar las palabras bajo el agua.
Hanae negó con la cabeza, intentando indicarle que se detuviera.
Con una mano tomó su muñeca y con la otra, la katana, que colocó debajo del cuello ajeno.
Ella podía aguantar la respiración por más tiempo, pero desconocía la capacidad de un poseído, quien parecía tener más fuerza que un humano normal.
Él logró sujetarla del cuello y presionar.
Llegaron al fondo del lago. Los peces fueron testigos, y algunos huyeron cuando el cuerpo de Hanae chocó contra el lecho arenoso.
Como esfuerzo, se impulsó con una pierna, intentando tomar el control.
Estuvo a punto de quedar sobre Iku, pero él la pateó con fuerza.
Los brazos de Hanae se cruzaron en una «X», sosteniendo las muñecas contrarias frente a ella.
Soltó la katana. Él logró hacerle un pequeño corte en la mejilla, y un hilillo de sangre se desvaneció en el agua.
Lo siento…, pensó, justo antes de torcerle las muñecas.
Iku no se inmutó, pero soltó el cuchillo. Hanae intentó tomar nuevamente su espada. Ambos se dirigieron hacia sus armas en una competencia por quién tomaba el filo más rápido, pero la joven espadachina fue más veloz, clavándola en el pecho de Iku antes de que el cuchillo penetrara sus tripas.
En el exterior del lago, todo parecía tranquilo, excepto por las personas poseídas que esperaban cerca de la orilla.
Hanae salió a la superficie, arrastrando con dificultad el cuerpo de Iku e ignorando quienes la miraban.
Lo dejó a los pies de un árbol, notando que sus ojos volvían a la normalidad.
De repente, tosió, y ella tomó sus manos.
―¿Hanae…?
―Aquí estoy, Iku, aquí estoy…
―¿Vinimos a pescar…? ―habló débilmente, dirigiendo su vista hacia el lago―. No es día de…
Tosió nuevamente, expulsando sangre de su boca. Él bajó la vista, notó la herida y sus ojos se humedecieron.
―No, no es día de pesca…
Hanae sintió un nudo pesado en la garganta, entretejiéndose con maña, como si una araña estuviera asentando su nido para impedir que sus palabras escaparan.
Iku vio las manos de ambos y alzó la comisura de sus labios, formando pequeña sonrisa.
―¿Esto significa que… somos amigos?
Hanae tardó en hablar, notando la vida de Iku daba sus últimos destellos.
―Aún debes enseñarme a usar la espada…
Hanae asintió varias veces, cerrando sus ojos y apretando sus dientes.
―Te enseñaré a usar la espada y a pelear contra los malos. Tú me enseñarás tus recetas… Y sí, somos…
Se interrumpió al abrir los ojos y ver a Iku sin vida. Su rostro había palidecido, y el brillo en sus ojos se había opacado. Incluso el color llamativo de su cabello parecía haberse oscurecido, como un sol apagado en plena mañana.
Un palpitar inusual se sintió en su centro: uno de terrible dolor. Con manos temblorosas, cerró los ojos sin vida de aquel simpático chico, pasando los dedos por sus mejillas húmedas antes de tragarse lo que sentía.
Ese dolor que se transformaba en ira.
―Estaba vivito y coleando antes de coleccionarlo… ―alegó una voz inhumana, haciéndose presente desde lo alto de un árbol―. Y ahora está muerto… ¡Muerto!
Hanae vio al dichoso demonio: tenía un cuerpo humanoide, piel blanquecina, dedos largos y afilados, y una boca abarcando gran parte de su cabeza. Una espiral hipnótica giraba en el centro de aquella cavidad dentada, como un remolino constante y perturbador que giraba entorno a su garganta.
―¡Todos lo están! Por algo soy el Demonio de los Muertos.
―Rió, complacido con sus propias hazañas, pero haciendo que la sangre de la joven hirviera más.
La rabia y el dolor comenzaban a mezclarse en su pecho como dos fuerzas imposibles de contener.
Desenvainó su espada nuevamente―. ¡Oh! ¡Vamos a jugar!
El demonio comenzó a alejarse con emoción, saltando entre los árboles.
De inmediato, todas las personas poseídas se lanzaron a atacar a Hanae, quien se defendió de las primeras, dejando los cuerpos sin alma en el suelo. No obstante, eran demasiados. Pensaba que, si asesinaba a quien los controlaba, acabaría con todos.
Eran campesinos, dueños de locales, residentes de Kioto…
personas de diversas clases sociales. A algunos los había visto durante sus días en la ciudad, incluyendo al hombre al que le había cortado la mano.
Al igual que los demás, sus ojos habían perdido el brillo, y se movía como una marioneta con una única orden plantada en la cabeza.
Parecía que el karma por fin le había llegado, después de haber mostrado sus oscuros deseos.
―¿Esto es un juego para ti? ¡Te mataré! ―escupió Hanae, con desprecio.
Hanae se hizo a un lado y se impulsó con ayuda de un árbol, pasando sobre las cabezas de los poseídos. Las utilizaba como puente, saltando entre ellas ágilmente y con equilibrio, para luego llegar hasta una rama y seguir la carrera desde las cimas.
El demonio era rápido, pero si mantenía el ritmo, Hanae creía que podía alcanzarlo. Debajo, los poseídos la seguían incansablemente, quedando atrás ante la velocidad de la iracunda espadachina y del demonio controlador.
Sin embargo, Hanae perdió de vista a su contrincante y llegó a una plaza solitaria en la ciudad.
La lluvia ya había cesado. Aun así, el suelo seguía húmedo, y en los charcos formados podía ver su reflejo: el de una joven que había aplazado el temor para vengar una pérdida que aún no había tenido tiempo de asimilar.
Caminó hacia el centro de la plaza y siguió la sensación vibrante de la presencia infernal, una sensación parecida a tener el frío filo de una espada contra la nuca. Sin embargo, era como si el demonio estuviera en un solo lugar y en todos a la vez, así que esperó.
Los ciudadanos poseídos llegaron. Rodearon la plaza en círculo y mantuvieron la distancia. Pronto, una figura se abriría paso entre ellos. Era el demonio.
―Pensé que este lugar sería más adecuado, ¿no crees?
―Sí, más adecuado para que mueras ―soltó Hanae. Evidentemente, la muerte de Iku le estaba carcomiendo el alma a pedazos.
―Eres muy pequeña para decir esas cosas… ¡Y divertida! Será un placer tener tu cuerpo ―se carcajeó.
La joven blandeó su espada y comenzó a acercarse, pero los poseídos salían de sus filas. Uno por uno comenzaron a interponerse con furor. Ella avanzó, repartiendo un corte para cada uno.
El Demonio de los Muertos se mantenía inmóvil, esperándola. Cuando ella estuvo a unos pasos, un hombre se interpuso en medio, sirviendo como escudo oportuno para recibir la katana de la joven.
De sus labios salió la voz del demonio: un cínico «hola» fue pronunciado antes de que escupiera sangre y cayera.
Eso no la detuvo.
Se lanzó hacia el demonio escurridizo, quien se ocultó entre la multitud. Su risa se escuchó mientras todos se movilizaban para agredirla. La pequeña espadachina se defendió con su katana y sus habilidades, poniendo nuevamente a prueba lo que Hotako le había enseñado.
Hanae lanzó varios tajos, eliminando a quienes se le acercaron primero. Su corazón dolía al saber que estaba enfrentándose a personas que no eran más que títeres.
Lo siento… ¡Lo siento!
Repetía en su mente sin parar.
Un poseído la agarró por la espalda, pero ella se giró y lo tiró al suelo.
Se incorporó, tomó el brazo de otro y se impulsó hacia arriba, iniciando una caminata en el aire cuyo suelo eran las personas a su alrededor, noqueándolas con patadas a la cabeza.
Apenas notaba lo que hacía, como si se moviera por puro instinto.
―¿Eres un cobarde? ―arrastró las palabras con odio, pues eso pensaba del demonio que atacaba sin acercarse―. Solo sabes enviar a otros por ti…
Al decir esto, todos los poseídos se detuvieron, y hubo un instante de silencio.
«No».
Se pronunció en la boca de un poseído.
«No».
Otro mencionó.
«¡No soy un cobarde!»
La última negación se pronunció al unísono, con el objetivo de ocultar la dirección por donde llegaba el demonio.
Treinta voces atacaron los oídos de Hanae con gritos; eran menos que antes, ya que ella había noqueado y eliminado a algunas personas.
No obstante, acalló el ruido en sus oídos y trató de concentrarse en su enemigo.