CAPÍTULO 8
FUTURO MARCADO
Dos días después de su primer demonio derrotado, Hanae se despertó más temprano que la familia Watanabe.
El cielo grisáceo aún no daba paso a los colores que anunciarían la llegada del sol, pero las aves más pequeñas de la zona habían iniciado su suave y melodioso canto para cualquiera que tuviera la dicha de escucharlas a tales horas.
Los ciudadanos apenas comenzaban a movilizarse hacia sus labores cotidianas.
Hanae, desde la ventana de la habitación que compartía con Hoshi, observaba cómo la mañana comenzaba para los ciudadanos de Kioto.
Volteó a ver a la menor y quiso creer que nada era capaz de interrumpir su sueño, pues podía jurar que la niña estaba en la misma posición desde que se había acostado. Envidiaba lo apacible que se veía.
La joven se levantó, vistiéndose con un kimono a su medida y trenzándose sus oscuros cabellos, antes de salir a las calles en compañía de su espada.
Pronto se uniría a aquellos que rondaban por Kioto.
El aroma de los locales de comida aún no había hecho aparición.
No obstante, más tarde, quizás usaría alguna moneda para probar algo nuevo.
De vez en cuando, aplicaba su cautela para robar un par de monedas a aquellos a quienes les sobraban.
Ahorraba lo que recolectaba con el objetivo de tener una reserva antes de partir hacia su siguiente y desconocido destino.
Estaba lejos de querer hacerle algún daño a las personas que robaba, pero había cierto egoísmo detrás de sus acciones.
Hanae subió a uno de los techos de los locales cerrados y allí esperó a que las horas pasaran.
A medida en que el sol se movía, la gente aumentaba y el ambiente urbano cobraba vida.
A pesar de no haber dormido del todo bien, no se sentía cansada.
Era una ventaja propia que había descubierto hacía poco: al parecer, su energía no se reducía por la falta de sueño.
Sin embargo, extrañaba dormir sumida en tranquilidad, y no entre «malos augurios».
Mientras esperaba, se sorprendió pensando en Iku.
Su sonrisa parecía un sol cada mañana, y su personalidad ―aunque muy diferente a la de ella― lograba que olvidara la mala suerte que la perseguía.
Incluso después del suceso con el Demonio de la Carne, convivieron más, lo que llevó a que Hanae se sincerara sobre lo sucedido con su madre, aunque no reveló todos los detalles.
Definitivamente, le hizo prometer a Iku que no diría nada a nadie, ni siquiera a su familia.
Él había respondido: «¡Soy una tumba!». Era un joven tan parlanchín que Hanae dudó de su palabra al inicio, pero decidió confiar en él.
Despejó los pensamientos y bajó por un camino de piedras cuando era hora de explorar ese lado activo de la ciudad.
Parecía haber más de lo mismo, pero reunido en un solo callejón: venta de pescados, mariscos, arroces, telas, kimonos…
Eran comercios usualmente concurridos. Sin embargo, uno en particular llamó su atención.
Tenía cartas o-fuda colgando en la entrada, conocidas por alejar a los espíritus.
En comparación con los demás locales, ese estaba desértico.
Se acercó, recibiendo un peculiar aroma a hojas medicinales, similares a las que su madre usaba para preparar tés.
Entró observando el espacio con escasa iluminación; solo una que otra lámpara de llama viva yacía sobre las mesas.
Había piedras extrañas, palomas en jaulas y pieles de animales.
Un cuadro llamó su atención: personas y animales parecían estar en un tipo de océano rojo con expresiones horrorizadas, bañados en llamas de fuego infernal y rodeados de seres con astas.
Mientras lo observaba, escuchó una voz inesperada.
―Hola…
Era una mujer de cabellos castaños, con varias canas desaliñadas, vestida con un kimono descuidado. Sus arrugas contrastaban con esos ojos vivos de alguien que aún tenía mucho por vivir, lo que hacía que Hanae se cuestionara su edad.
―Hola, disculpe… Busco…
―Respuestas… ―fue interrumpida por la mujer―. Todos buscan respuestas.
Señaló una mesa en el centro para que la joven se sentara, y ella lo hizo con cierta duda. Era la primera vez que entraba en un lugar así.
―Dos monedas por una consulta.
Hanae pagó sin quejarse, preocupada por la certeza de lo que escucharía.
―¿Usted es una bruja?
Hanae se atrevió a preguntar.
―Mi nombre es Annaisha, y no me considero «bruja». Digamos… alguien que ofrece un servicio ―respondió, mientras miraba a Hanae con detenimiento y sacaba unas cartas―. ¿No eres muy joven para consultar las cartas?
―Dicen que soy muy joven para muchas cosas…
Annaisha sonrió, agradándole la actitud de la menor, y sentándose en la mesa. Apiló las cartas frente a ambas.
―Cada carta me dirá algo de tu pasado, tu presente o tu futuro. Tu historia y el desenlace dependen de ti, también aquello que hagas con las respuestas. Solo soy una guía… ―advirtió Annaisha con seriedad, mencionando las palabras como si estuvieran ensayadas.
Annaisha le indicó a Hanae que pasara su mano sobre el mazo de cartas. Luego las repartiría por todo el centro de la mesa en un solo movimiento. Las cartas quedaron hacia abajo y en orden aleatorio.
La chamana tomaría la primera carta.
―La Fuerza… ―dijo. Era una carta que mostraba a un campesino trabajando arduamente―. Eres fuerte, mental y físicamente, aunque quizás no siempre lo fuiste. Esa fortaleza puede crecer. Sin embargo, ¿tendrás la capacidad de afrontar el porvenir?
Dejó la carta a un lado y sacó otra.
―Justicia…
Esta carta mostraba a un emperador imponente sentado en un trono.
―Buscas justicia, y la justicia nos alcanza a todos nosotros según nuestros actos. Si eres amable, recibirás amabilidad. Si eres cruel, cosecharás crueldad. Y no solo tú: los que te rodean también obtendrán lo que merecen… ―dijo Annaisha, haciendo una pausa para sacar la siguiente carta―. El Mago...
Mostró una carta con un hombre sosteniendo una moneda y una rama, y poseyendo diversos objetos frente a él.
―Eres determinada, pero tu futuro es incierto. Todo dependerá de tu fuerza de voluntad y tus decisiones en el camino.
Sacó otra carta. Su aparición pareció desconcertar a la chamana, incluso antes de que la anunciara:
―La Muerte... Hubo pérdidas, y habrá más en un largo camino. Es una carta de significado oscuro, quizás preocupante.
»También tenemos La Torre: tu pasado ha visto la destrucción, y tu futuro podría enfrentar lo mismo. Depende de ti cómo afrontarás estas dos cartas: La Muerte y La Torre.
Solo faltaba una carta.
―Por último, el Dos de Espadas significa que las dificultades tocarán a tu puerta. Te confirma la llegada de las cartas anteriores, pero te indica que puede haber luz detrás de las tinieblas. Los resultados son inciertos, aunque existe la posibilidad de alcanzar la paz.
Annaisha había colocado las cartas en fila frente a Hanae, quien las vio con detenimiento. Inevitablemente, relacionó cada una con su vida, a excepción de aquellas que se referían al futuro. La falta de certeza le inquietaba; sin embargo, continuaría llegando tan lejos le fuera posible.
―Nunca había tenido a una niña en esta mesa, sobre todo me sorprende ver cartas tan problemáticas frente a ti.
―Estoy en búsqueda de algo… Algún lugar o método que me lleve más allá del mundo humano. ¿Lo conoce?
Vio el rostro de la chamana tornarse serio y comenzó a recoger las cartas.
―Hay cosas que no se deben buscar, niña. Por algo el mundo terrenal es lo único que podemos ver. Más allá no hay nada benigno.
―Entonces, sí sabe…
Annaisha no respondió.
Justo cuando iba a levantarse, una carta cayó al suelo, cerca de Hanae. La joven la recogió sin moverse de la silla, y al alzarla, su corazón retumbó ante la coincidencia.
―Akuma… ―susurró Annaisha.
El Diablo se presentaba en la carta con un porte temible y horroroso.
Ambas se miraron, y Hanae presintió lo que siempre temía: el frío en la nuca le erizó los vellos de esa zona de su cuello. Su corazón comenzó a palpitar con intensidad al ver cómo el día se convertía en noche. Las nubes cubrieron el sol, y una lluvia gélida comenzó a caer.
―Tienes un aura oscura a tu alrededor, niña. ¡Vete! ¡Aléjate de aquí, vienen por ti!
Hanae notó el miedo de aquella chamana que se apresuró a desaparecer hacia alguna esquina de la tienda.
Lo peor inició en Kioto.
Hanae salió de la tienda y las calles parecían haberse silenciado, sin personas ni sonidos de ningún tipo, a excepción de la lluvia que caía con intensidad. Sacó su katana y caminó con cautela.
¿Dónde están todos?
Creyó que se alejaron del repentino clima, pero su sexto sentido nunca se equivocaba.
Comenzaron a aparecer algunos ciudadanos: caminaban lánguidos, cabizbajos y con los brazos caídos.
Hanae se acercó a una mujer que la miró con los ojos completamente oscuros, apartados de la realidad y perdidos en un abismo de negrura.
La tomó por los hombros, abrió su boca y gritó.
Los demás a su alrededor también gritaron al unísono.
Hanae la empujó y alzó su espada, pero se frenó, evitando herir a dos personas; actuaban de forma errática.
Al parecer un demonio las controlaba.
No puedo atacarlos… No están siendo ellos mismos.
Corrió para evitar ser alcanzada por las personas poseídas. Fue en busca del demonio.
Cuanto más corría, más poseídos aparecían tras ella. Sin embargo, se dio cuenta de que algunos rostros la observaban ocultos tras las ventanas. Sus miradas reflejaban miedo, y dejaban en claro que no todos en Kioto estaban bajo el control del enemigo.
Si bien los poseídos la perseguían, no eran tan rápidos como ella. Decidió avanzar y dejarse guiar por su intuición, una sensación latente que la conducía a una dirección específica: el lago donde había pescado con Iku.
Esperaba que la familia Watanabe estuviera a salvo, pero si no lograba eliminar al causante de las posesiones, la población de Kioto podría sufrir graves consecuencias. No necesitaba ser vidente ni chamana para preverlo: donde había un demonio, los resultados eran siempre sanguinarios y desastrosos.
Hanae llegó al lago, donde debía estar el autor de las posesiones. La lluvia continuaba derramándose del cielo, pero las hojas de los árboles frondosos amortiguaban la mayoría de las gotas, en marcado contraste con el ambiente de las calles.