CAPÍTULO 7 #3
Aprendía en silencio de lo sucedido y se enorgullecía de lo que había logrado.
Sin embargo, al mismo tiempo, sentía que aún quedaba mucho más por hacer, sin poder evitar pensar en su madre, quien era la razón de todo.
La joven se dirigió con calma hacia el lugar donde había dejado a Iku.
Eventualmente, notó que ya no quedaban criaturas.
Al parecer la demonio había utilizado todas para atacar a Hanae.
De hecho, al reflexionarlo, resultaba repulsivo que combinara carne para moldearla a su antojo y crear seres horrorosos.
No obstante, al parecer faltaba una: una criatura que, a pesar de estar en proceso de desintegración, aún saltaba e intentaba morder a Iku con su amplia boca. El joven trataba de defenderse con una rama en una mano y una piedra en la otra.
Hanae intentó no pensar en lo patético que se veía, aunque no pudo evitar que le causara algo de gracia. Al mismo tiempo, reconoció que también había sido valiente; habría imaginado que ya estaría asustado en su casa, pero seguía ahí.
―¡Agh! ¡Detente cosa horrenda!
Aquella criatura saltó frente a él, arrancándole un grito de terror al ver los dientes tan cerca de su rostro. Sin embargo, lo siguiente que vio fue al monstruo ensartado en la katana de Hanae. Lo había pinchado en medio de un salto.
―¡Hanae! ―Iku soltó la rama y la piedra de inmediato. Se sintió más seguro junto a ella y se alegró de verla bien―. ¿Dónde estuviste? ¡Creí que te habían comido esas… cosas!
Había estado preocupado.
―Tranquilo, ya no vendrán a molestar más ―dijo Hanae tranquilamente, a la vez que guardaba la espada.
Iku tardó unos segundos en hablar, aún no podía creer lo que había visto. Apenas asimilaba que no eran animales del bosque.
―¿Qué eran esas cosas? ―preguntó Iku.
En ese instante, recordó una conversación que había tenido una vez con Hanae acerca del porqué peleaba. «Demonios» fue su respuesta. El chico se lo tomó como una broma, aunque nunca la había visto bromear. Pero, en ese momento, comenzó a considerar la existencia de esos mismos.
―¿Eran demonios?
Hanae consideró que no valía la pena seguir ocultando algo tan obvio.
Conocía la curiosidad de Iku. Curioseaba hasta por el más mínimo grano de tierra o la más verdosa hoja.
Buscaba respuestas hasta que pudiera dormir en las noches sin carcomerse la mente ante la carencia de información; es decir, tarde o temprano lo habría averiguado.
De tal forma, Hanae asintió una vez y, al confirmarlo, Iku abrió los ojos como platos.
―Entonces, si hablabas en serio y… ¡peleas contra demonios! ―exclamó con emoción.
El interés de Iku creció al instante, maravillado ante las posibles aventuras que vivía la niña, dos años menor que él.
―Yo peleé contra un demonio… ―murmuró, dándose cuenta de que había pinchado con una rama a un demonio de extraña apariencia.
No peleó contra un demonio, ni siquiera esa criatura creada de carne debía considerarse como tal, pero así el joven lo sintió. Una gran hazaña para alguien tan temeroso.
Iku intentaba comprender en qué momento se volvió tan valiente. La noche anterior había besado a una chica y ahora se había defendido contra una creación demoníaca. Quizás la confianza en sí mismo y su osadía habían aumentado en cuestión de días.
Hanae notó su expresión y esbozó una leve sonrisa.
Sentía que, tal vez, el mismo entusiasmo del joven y su amplia curiosidad por el mundo habrían sido parte de ella, si no hubiera perdido su infancia tan temprano.
A veces sentía que él era el reflejo de lo que ella nunca fue: un recuerdo de la felicidad y la inocencia que apenas pudo conservar.
Ante la mirada de la chica, Iku sintió su corazón estremecerse. Sintió que lo sacudieron desde adentro, sobre todo con las próximas palabras de Hanae:
―Fuiste valiente, Iku.
El chico no pudo mover ni un solo dedo mientras intentaba asimilar lo que había escuchado.
Valentía… Parecía algo que estaba dispuesto a desarrollar gracias a esa joven que le servía de inspiración.
―Es… la primera vez que alguien me lo dice ―dijo, bajando la vista―. Mi padre solía decirme que era un cobarde. Por eso he intentado ser valiente… Pero tú ya lo eres, Hanae.
Alzó la vista hacia ella con sus ojos iluminados.
―¡Quiero hacer grandes cosas como tú!
Hanae se sintió conmovida. ¿Alguien quería ser como ella? Era difícil de creer, pero el rostro de aquel chico le demostraba que hablaba en serio.
Ella lo pensó, pero luego arqueó sus cejas.
Él no sabía lo que había sufrido, ni las desgracias temibles que la perseguían.
Desconocía cuántas noches había llorado hasta convencerse de que debía ser valerosa.
¡Cuántas noches evitó dormir por miedo a ser secuestrada por un demonio y llevada al infierno!
―¡No digas ridiculeces! ¡Nadie debería querer ser como yo! Mi madre murió, mi padre es un demonio y yo soy un engendro. Mi sensei murió por mi culpa… ¡Todos los que me conocen han muerto!
A medida que hablaba, su voz fue bajando. Pronto se dio cuenta de que había dicho cosas que no debía.
―Olvida lo que dije…
Iku guardó un momento de silencio. Luego extendió la mano para tomar la ajena. Hanae alzó la vista y notó su amplia sonrisa.
―Yo no veo un engendro… Eso suena como algo terrible, ¡y tú no lo eres! ―dijo Iku, asintiendo con seguridad. Luego separó sus manos rápidamente―. ¡Perdón! Sé que no te gusta que te toquen… Pero lo digo en serio. Eres la niña más increíble que he conocido.
Fue sincero. Una leve vergüenza que tiñó las mejillas del joven de cabellos rubios. Hanae lo miró con un brillo inusual en sus ojos.
«La niña más increíble» era un apodo muy distinto al montón de alias despectivos que había escuchado de pueblerinos.
―¿Vamos a casa? ―sugirió el chico.
Hanae asintió, sintiendo tranquilidad después de las palabras de Iku.
Aún no comprendía cómo, pero aquel chico parecía aceptarla tal como era, a pesar de haberle revelado sucesos terribles de su vida o de haberlo tratado mal al inicio de conocerse.
Mientras tanto, el corazón del joven palpitaba a mil por hora; no por el miedo que había sentido, sino por lo que la niña causaba en él.
Incluso le contagiaba su sentimiento de valentía.
Valentía… Es lo que ambos necesitarían en los próximos días.
Fue como un mal sueño en plena mañana… Las leyendas japonesas hablan comúnmente de criaturas que aparecen en las noches, dispuestas a realizar pactos, engañar humanos y llevarse sus almas.
Sin embargo, era terrible pensar que, en cualquier momento del día, incluso con el sol iluminando las horas y con las aves cantando alegremente, un demonio podía surgir en cualquier momento para reclamar tu cabeza.
Los demonios estaban en todos lados. La maldad pertenecía a la tierra.