CAPÍTULO 7 #2
―¡Oh! Sí sé de lo que son capaces ―respondió, mientras acariaciaba a una criatura que se encontraba a sus pies, como si admirara a una deidad―. ¿Quién eres? ¡No! Espera…
Alzó su dedo índice. La niña albina prontó comprendería quien era la joven de la espada.
―¿Eres Hanae?
Hanae frunció el ceño ante el conocimiento de la niña desconocida.
―¡Eres ella! Te íbamos a buscar, pero llegaste hasta nosotros.
Estrechó sus brazos hacia el frente con una sonrisa.
―¿De qué hablas? Es mejor que nos vayamos ―dijo Hanae, intentando apurar a la niña que parecía tener su misma edad.
La verdad es que Hanae no veía la hora para terminar con aquellas bolas espantosas; sin embargo, sentía que algo estaba mal. Una inquietud palpitante se alzaba.
―No, no, no… Es mejor que tú corras.
La niña movió sus manos delicadamente en el aire y, utilizando una de las criaturas redondas, la moldeó para formar otra más alargada y grotesca, con cuchillas hechas de su propia carne y sin un rostro visible. Hanae alzó su vista para ver esa masa moverse como una serpiente.
―Me encantan cuando corren…
La criatura se abalanzó hacia Hanae, quien lo cortó torpemente por la mitad, entrecerrando los ojos en el intento. Apenas la parte superior cayó al suelo, Hanae alzó la vista para ver a la niña moldear nuevas creaciones deformes.
Hanae entendió que su inocencia con rostro humano era solo una fachada.
La niña de rasgos albinos era un demonio… Sería el primero al que Hanae se enfrentaría oficialmente; sin embargo, tenía un aspecto más humano que demoníaco, lo cual contradecía lo que creía saber acerca de los demonios.
―Puedes asesinar a cuantos quieras, crearé más y más ―dijo la niña albina, poseyendo diversión en su rostro―. Dudo que puedas vencer al Demonio de la Carne. De hecho, deberías ahorrarte la ridiculez y venir a jugar conmigo.
―Asesinaré a todos los que se crucen en mi camino hacia ti…
Fue la respuesta de Hanae. Si bien su voz fue ligeramente temblorosa, ya que el nerviosismo crecía, demostró una leve rabia en su tono. Se preguntaba si realmente estaba preparada…
Se preguntaba si acaso podría vencer a un demonio.
No tenía elección. Correr no serviría de nada.
La demonio la tenía en la mira e intentaría asesinarla sin piedad.
La pequeña espadachina se movía con velocidad, cortando con precisión a cada criatura que se le cruzara.
Se defendía a patadas y utilizaba su espada tal como le había enseñado su sensei.
Las criaturas intentaron rodearla, pero Hanae giró con una determinación incansable, sin detenerse ni flaquear.
En un instante, cortó los brazos de una creación del Demonio de la Carne con un solo movimiento, y le ensartó la espada en el pecho.
Lejos de pensar, Hanae atacaba. Estaba sorprendida de su propia agilidad y rapidez, pues había enarbolado la katana como si su cuerpo ya supiera qué hacer, o como si no fuera la primera vez que se enfrentaba a los demonios.
De pronto, Hanae recibió dos heridas en sus extremidades al resbalar en el suelo con torpeza. ¿Cómo pudo permitirlo…? Había impactado contra la tierra, impidiéndole defenderse. Las creaciones de carne rasgaron su piel, causándole quejidos.
Vamos, Hanae…
Con esfuerzo, se levantó trastabillando y casi dejó caer la espada, antes de sostenerla con fuerza nuevamente. Evitaba imaginarse la mirada severa de Hotako si la viera flaqueando en ese instante de peligro. Luego eliminaría a otros dos enemigos.
Entre los cuerpos amorfos, sus ojos se enfocaron en la niña que permanecía inmóvil en el centro del claro.
La luz mañanera iluminaba el espacio donde estaba la demonio de apariencia infantil.
La creadora de las criaturas que le dificultaban el avance a Hanae permanecía en tranquilidad, sin aún entender de qué era capaz la joven espadachina.
Solo la veía como una humana insignificante que debía asesinar para cobrar su recompensa en el infierno.
Más almas, más poder, más humanos para asesinar y convertirlos en pieles moldeables…
Sabía que disfrutaría el reconocimiento y el placer que obtendría.
Sin embargo, la espadachina no moría tan fácilmente. La joven era feroz: disipó el miedo de usar por primera vez su katana contra carne inhumana, y cualquier otro sentimiento fue reemplazado por pura adrenalina. Debía apagar sus emociones si quería sobrevivir.
Unas últimas criaturas cayeron y Hanae comenzó a avanzar directamente hacia la demonio, quien la miraba con plena serenidad, en una postura de inquebrantable calma.
La espadachina llegó a la mitad del camino, deteniéndose al sentir el suelo temblar.
Su cuerpo se tambaleó levemente hasta que plantó firmemente sus pies en la tierra.
Miró a todos lados, pero el origen del terremoto provenía desde el interior del terreno.
Se mantuvo estática hasta que algo salió centímetros delante de sus pies.
La tierra voló por todas partes y un cuerpo largo de mil patas se alzó frente a la joven.
Un milpiés gigante apareció, invocado y moldeado en carne, listo para tragarla.
Era similar a un ciempiés, pero con la longitud y los kilos de una monstruosidad.
Poseía una mayor cantidad de patas, mostrándose letales ante su contrincante, así como las aspas filosas que poseía como colmillos cerca de su mandíbula inmensa.
Por instinto, Hanae se alejó de un salto cuando este cargó contra ella, enterrando su cabeza en el campo y hundiéndose.
Hanae volvió a intentar acercarse a la demonio controladora, de apariencia infantil, esta vez corriendo con determinación.
No obstante, nuevamente, el milpiés la sorprendió, empujándola hacia un lado.
Los colmillos que crecían en la comisura de su boca saborearon un poco de la sangre que la joven había derramado, pues abrió una pequeña cascada rojiza en su brazo.
La espadachina soltó aire con pesadez, haciendo que los cabellos en su frente volaran, mientras tomaba la espada para levantarse una vez más. Esquivó al milpiés y corrió.
Es inmenso y temible… ¿Cómo voy a eliminarlo?
Intentó herirlo, pero se le cayó la espada debido a la velocidad con que la criatura volvió a introducirse en la tierra, esquivando el tajo.
El Demonio de la Carne rio al ver todo el espectáculo.
Una vez más, Hanae se levantó y colocó la katana cerca de su frente.
Debía enfocarse: podía haber vidas en juego, además de la suya; sin mencionar a Iku, quien probablemente seguía en la misma área del bosque.
Hanae inhaló pronfundo y sintió el terremoto generarse nuevamente bajo sus pies.
A medida en que soltaba el aire, se agacharía enterrando su mano en la tierra oscura.
Percibió cómo el temblor se reducía y aumentaba, según la dirección en que se movía el milpiés.
Recordaba los entrenamientos a ciegas con Hotako, en los tuvo que concentrarse más en su entorno y menos en la vista, despertando sus sentidos y permitiéndose percibir cada estímulo.
Debía tratar ese momento de vida o muerte como si fuera uno aquellos entrenamientos.
Y, en cuanto volvió a abrir los ojos, la criatura emergió de la superficie del suelo.
Debía reaccionar ahora…
¡Ahora!
Inmediatamente, se impulsó y giró sobre su propio eje, logrando tajar la parte inferior de su enemigo, quien chilló mientras una baba transparente brotaba de la división de su cuerpo. Pronto caería sin vida.
La demonio vería estupefacta lo sucedido, pues no se esperaba tal escena.
Llena de enojo al ver su creación sin vida, alzaría ambas manos.
Un nuevo terremoto retumbar aquel bosque y dos criaturas milpiés, similares al anterior que yacía muerto, nacerían de las profundidades de la tierra, alzándose a ambos lados de Hanae.
Las mismas características deformes resaltarían en las pieles de las criaturas.
Las mil patas se moverían creando ruidos al chocar.
―¡Voy a terminar contigo! ―gritó la niña pálida, mostrando sus dientes.
Por alguna razón, ver a un demonio irritado hizo sonreír a Hanae.
―Creí que tenías todo bajo control.
El milpiés de la izquierda se abalanzó hacia Hanae, y ella respondió de igual forma, usando sus pies para impulsarse con rapidez y trepar por la criatura, comenzando desde su cabeza. Corrió a lo largo del lomo mientras el otro milpiés pasaba cerca.
La joven deslizó su espada a lo largo del cuerpo invertebrado, logrando herirlo y provocando que se estremeciera.
Luego dio un salto en el aire para pasar al otro insecto gigante.
Clavó su arma en medio del alargado cuerpo, cortó profundamente un costado y la extrajo con fiereza.
Evitó un ataque repentino al cruzar su katana con los colmillos de la otra criatura que se aproximaba.
Parecía que Hanae danzaba en el aire, fundiéndose con el viento.
Hanae manejó perfectamente la espada de oxidiana para cortar la cabeza del primer milpiés.
Al momento de concentrarse en el segundo, esquivaría un ataque, cortándole las patas delanteras en el proceso. Después clavaría su espada en lo que podía considerarse su cuello. Ambas criaturas bañaron el suelo con las babas que derramaban de sus heridas.
Al mismo tiempo que esto sucedía, el Demonio de la Carne creaba unos últimos monstruos que irían a atacar a la espadachina.
Todo pareció suceder con suma lentitud ante los ojos de Hanae, pero demasiado rápido para la perspectiva de la demonio.
La espadachina atacó con ímpetu, empuñando su espada en dirección a la endemoniada niña de cabellos blancos.
La belleza que aparentaba se deshizo en cuanto la katana tocó su cuello, y su cabeza rodó por la tierra, acariciada por las verdes hierbas.
El resto del cuerpo cayó de rodillas antes de desplomarse por completo.
Poco después, comenzó a desintegrarse en cenizas llevadas por el viento, y sus últimas creaciones, aún incompletas, se desplomaron como masas inservibles.
Hanae se mantuvo ahí, en silencio, contemplando la hazaña que acababa de lograr por primera vez.
El primer demonio de muchos que llegarían a su vida.
El primero que asesinaba con la espada otorgada por su madre.
Admiraría el cuerpo del Demonio de la Carne hasta que no quedara ninguna pizca de su existencia en la tierra.
Entonces… así mueren.
A su alrededor, el bosque comenzaba a volver a la normalidad, quedando solo un poco de la baba de los milpiés en el suelo.